Una tormenta perfecta Capítulo 32
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Capítulo 32

La lluvia golpea el coche con tanta fuerza que tengo que alzar la voz.

—¿Deberíamos volver? —pregunto. Llevamos los impermeables amarillos del resort, pero llueve tanto que apenas puedo ver el camino a través del parabrisas.

—Vamos a esperar un momento —propone George.

No he sido capaz de mirarlo a los ojos desde que hemos estado en la hamaca. Me aterra que, en cuanto lo haga, él vea que he entrado en pánico. Mi mente es un tornado.

¿Cómo puede estar pasando esto? ¿Por qué está pasando esto? Igual las montañas y la niebla y los pétalos de rosa me están liando. George y yo hemos sido amigos durante la mayor parte de nuestra vida, ¿no tendría que haber sentido algo antes?

Pero ¿no lo he sentido?

Dice algo, pero yo estoy distraída y no me entero.

—Perdona, ¿qué?

—La lluvia ha amainado un poco, ¿quieres que probemos?

Le echo un vistazo rápido y es increíble lo bien que le sienta un anorak amarillo. A nadie le sienta bien un anorak amarillo. Lo tengo demasiado cerca. Me da igual cuánto llueva, necesito salir de este coche.

—¡Pues claro! —digo—. ¡Vamos de excursión!

George me mira como si estuviera mal de la cabeza y, sí, estoy fatal.

Me pongo la capucha, pero tampoco llueve tanto.

Ahora no es mucho más que llovizna. El verdor es tan espeso que al cabo de unos pasos nos vemos engullidos por algunos de los árboles más viejos y grandes de Canadá, gigantes que han sobrevivido durante cientos de años.

El musgo crece a lo largo de la barandilla de madera y los líquenes trepan por los troncos de los árboles llenando el bosque de bordados verdes.

George señala varios tipos de árboles: cedros rojos del Pacífico, abetos de Vancouver y tsuga de Canadá.

Me habla de cómo los troncos nodriza apoyan el ecosistema del bosque templado húmedo, pero, por lo demás, caminamos en silencio.

Tras cada recodo del camino, nos encontramos un paisaje todavía más impresionante, otro caleidoscopio de verde esmeralda, oliva y lima.

No pasa mucho tiempo hasta que la belleza sofoca mis pensamientos descontrolados.

La lluvia es más constante, pero el follaje es tan espeso que el aguacero no nos alcanza con toda su intensidad.

Avanzamos hasta llegar a una bifurcación en la que podemos bajar a un valle por una escalera empinada o continuar por terreno llano.

Bajamos y nos detenemos al final de la escalera para mirar hacia arriba.

Los árboles son tan altos que no vemos la copa. Me gotea agua en la cara. Abro la boca y cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás y extendiendo los brazos, estirándome como si fuera uno de esos poderosos abetos.

Me quedo así un buen rato y, cuando abro los ojos, me maravillo de nuevo. Los árboles jóvenes luchando por llegar a la luz. Los helechos y el musgo y el cornejo canadiense. El liquen que cuelga de las ramas como retales de encaje, trajes que ninguna novia se ha puesto.

Pero también me impresiona ver a George.

Se ha quitado las gafas y tiene los ojos cerrados y la cara vuelta hacia el cielo.

Atrapa una gota de lluvia con la lengua y yo solo puedo pensar en las ganas que tengo de probar su sabor y en cuánto deseo hundir los dedos entre su pelo.

Él respira hondo y luego suelta el aire con un suspiro gutural. Necesito tragarme ese sonido.

—Estoy en uno de esos momentos —dice.

Perlas de agua se le aferran al final de los rizos. Una de ellas pierde el agarre y le resbala por la nariz.

—¿De cuáles? —La sangre me bombea tan fuerte que mi voz me llega amortiguada.

—De los mejores —dice abriendo los ojos y mirando a nuestro alrededor. Tiene una sonrisa efervescente. Quiero estirar la mano y tocarla para asegurarme de que es real—. De esos que me hacen sentir agradecido de estar vivo aquí, ahora, en este planeta espectacular.

Lo tengo cerca y, cuando se vuelve hacia mí, su mano roza la mía. Es un contacto de lo más inocente, pero el corazón me late desbocado. Entonces George me mira y lo sé.

No son los pétalos de rosa ni el bosque. Es él. Mi increíble mejor amigo.

George.

—Pero, sobre todo —dice—, me siento afortunado de estar aquí contigo.

Lo miro a los ojos; son tan oscuros y azules como el océano y, por un momento, me pierdo en ellos. Él deja de hablar y sé que es porque ve que tengo la respiración acelerada.

—¿Frankie?

Ya no sonríe. Creo que lo está entendiendo. Entonces parpadea y sacude un poquito la cabeza como si estuviera equivocado.

Yo doy un paso hacia él.

—Lo siento —le digo—. Una vez te hice una promesa, pero no puedo cumplirla.

La mirada de George encuentra la mía en el momento en el que lo comprende todo.

Levanto las manos hacia el cuello de su chaqueta y lo agarro temblorosa. Me quedo mirando su boca, me pongo de puntillas, dándole la oportunidad de echarse atrás. Cuando levanto la vista hacia sus ojos, el anhelo que encuentro en ellos me deja sin respiración.

—Me lo prometiste —dice con voz rasposa. Me mira desde arriba con una tormenta en los ojos—. Pero yo a ti no.

Y entonces, como un rayo, sus labios caen sobre los míos, devorando mis suspiros.

No es un beso vacilante, es exigente, necesitado.

Abre la boca a la primera caricia de mi lengua por su labio inferior y, cuando lo saboreo de verdad por primera vez, gimo.

George gruñe en respuesta y sus manos encuentran las mías y las llevan a su nuca.

Entonces posa las manos en mi cadera para acercarme más a él.

Cada movimiento de nuestra lengua parece una discusión, una pelea que seguro que estoy perdiendo.

Me muerde la boca y yo le devuelvo el mordisco con más fuerza.

Nos reímos, pero no paramos. La lluvia cae con más intensidad y noto el sabor en sus labios.

Me bombardean recuerdos de George, de todas las veces en las que he luchado contra la atracción que sentía por él.

En nuestro catorce cumpleaños, cuando se plantó al final del trampolín.

La noche que subió por la ventana de mi habitación y me miró de un modo que nunca me había mirado.

Aquella mañana en nuestro piso después de habernos tatuado.

La noche que lo oí en la cama con alguien.

Y esta semana. He estado luchando contra ello casi a cada momento desde que llegamos.

Besarlo es como abrir un compartimento secreto en mi alma, es más intenso que nada que haya experimentado. Es como si nos jugásemos la vida.

—Frankie. —George gime mi nombre y me devuelve a la realidad.

Puede que no nos estemos jugando la vida, pero sí la amistad. ¿En qué estábamos pensando? George debe de sentir lo mismo en el mismo momento que yo. Cuando hago una pausa, él da un paso atrás. Nos observamos, respirando con dificultad.

—Eso ha sido… —Niego con la cabeza, incrédula.

«Increíble. Estúpido. Muy sexy, joder. Muy mala idea».

—Ya —dice George.

—Nunca habíamos hecho algo así.

—Una vez —dice George—. Lo hicimos una vez.

—Así no.

Me mira la boca fijamente.

—No, así no.

—Ha sido…

George levanta las cejas.

—Volcánico —digo. He sentido que deberíamos haber estado besándonos desde el principio. George sabe usar muy bien la boca—. ¿Siempre besas así?

Niega con la cabeza.

—Iba a preguntarte lo mismo.

—Pero ha sido un error, ¿no? —pregunto, pensando en voz alta—. Lo último que quiero es estropear nuestra relación.

George va asintiendo con la cabeza.

—Sí —dice, pero no parece convencido.

Vuelve a centrarse en mis labios. Cuando su mirada encuentra la mía, está cargada de deseo. Hay algo potente revolviéndose entre nosotros, una fuerza de la naturaleza a la que solo resistiremos si vamos con cuidado.

—Tú ibas a venir aquí con otra persona. —Su voz es ronca—. Ibas a casarte.

—Sí —le digo llevándome los dedos a los labios hinchados—. Está eso. —Pero Nate es lo último en lo que pienso. Podría existir perfectamente en otra galaxia—. Y tú también acabas de salir de una relación —digo. Es lo único que puedo hacer para no abalanzarme sobre él.

—La verdad es que se me había olvidado.

—A mí se me ha olvidado todo —digo—, hasta cómo me llamo.

George suelta una risita y yo me veo devolviéndole la sonrisa.

—Entonces, para que me quede claro —continúo—: esto ha sido un error de juicio, ¿no? Seguimos siendo nosotros.

—Sí… —Se aferra a su propia nuca, dudando—. Con todo lo que ha pasado… y la boda… —Suele ser mucho más elocuente—. No es un buen momento.

Ladeo la cabeza.

—¿Podría haber un buen momento?

George me mira largo y tendido antes de contestar.

—La verdad es que no lo sé.

Yo tampoco.

—Entonces, ¿volvemos? —pregunto. Puede que esto sea menos incómodo si caminamos.

Es una ruta circular y solo tardamos diez minutos en oír el ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado de la autopista. Apenas nos hemos dirigido la palabra, pero, cada vez que miro a George, él ya me está mirando. Cuando llegamos al coche, todavía siento un cosquilleo en los labios.

Me pongo en el asiento del conductor, preocupada porque, si tengo total libertad para mirarlo, puede que termine pasando por encima de la consola y subiéndome a su regazo.

Y, si hago eso, dudo que sea capaz de contenerme.

El cuerpo me zumba. Soy consciente de cada una de sus respiraciones, de cada centímetro que nos separa.

Huelo el bosque en su piel cuando se desabrocha la cremallera del impermeable.

Yo hago lo mismo y enciendo el motor y la calefacción porque, ahora que he parado de moverme, me ha entrado frío.

Tengo las piernas mojadas y el agua de mi pelo me está dejando la camiseta empapada.

—Entonces, ¿deberíamos intentar olvidarlo? —pregunta George.

Asiento y luego me arriesgo a lanzarle una mirada.

Mis ojos buscan directamente sus labios —¡unos labios que hace un momento estaba besando!

—, mientras que los suyos bajan por mi pecho, donde mis pezones endurecidos empujan la tela de la camiseta.

Arrastra la mirada por mi cuello, luego por mi boca y llega a mis ojos.

—Creo que deberíamos borrarlo de la memoria —le digo.

De un beso podemos recuperarnos. Ya lo hicimos la otra vez.

—Sí, supongo que deberíamos.

—Aunque no sé si voy a poder —confieso.

—Has dicho que el beso ha sido volcánico —musita George.

—¿Tú lo describirías de otra forma?

—No. —Respira—. La palabra lo resume bastante bien.