Una tormenta perfecta Capítulo 31
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Capítulo 31

Estoy tumbada en la hamaca de lona que hay entre dos píceas de Sitka al final de la playa, rodeada de arbustos con hojas cerosas de color verde oscuro y racimos de bayas moradas.

La marea está baja y el oleaje es suave.

Observo a una madre y a su hija pequeña caminar hacia el agua con una tabla de surf pequeña.

La niña no debe de tener más de cuatro años, pero corre hacia el mar como si volviera a casa.

Se tumba sobre la tabla bocabajo y su madre aguanta la parte trasera de la tabla y le da un empujón cuando llega la ola.

Se pone de pie en cuestión de segundos y planea con suavidad hasta la arena.

Su madre lo celebra feliz y corre hacia ella.

Por un momento, vuelvo a ser una niña y pedaleo en una bicicleta por primera vez. Mi madre corre detrás de mí por Old Stone Road y su risa se eleva con el viento.

Sonrío y cojo una baya de color morado oscuro de un arbusto para examinarla.

Pero entonces me siento observada. Me vuelvo y George viene hacia mí. Está listo para nuestra excursión, lleva una camiseta, pantalones cortos y botas. Nuestras miradas se encuentran y se me para el corazón.

—Una baya de salal —dice señalando con la cabeza el fruto que tengo en la palma de la mano—. Son comestibles.

Me la llevo a la boca. Estalla entre mis dientes, el sabor es parecido al de una mora o una uva Concord. Me pregunto qué podría hacer con ellas. Están por todas partes y no sería difícil recolectar suficientes para cocinar con ellas.

—Nunca las he probado. ¿Están buenas? —pregunta él.

En lugar de responder, cojo otra del tallo y se la ofrezco. Se me acerca. Sus dedos me rozan la mano cuando coge la baya y se la mete entre los labios.

—Creo que podrían ser buenas para una mermelada —le digo, consciente de que esto es lo máximo que hemos hablado hoy.

Veo cómo se llena la palma de la mano de bayas y se las mete todas en la boca excepto una. Me da la que queda.

—¿Cómo van los deberes? —pregunta.

Cuando hemos vuelto al resort después del surf, George me ha enviado fuera como si fuese una niña desobediente para que escribiera la lista de cosas que me gustan sobre mí misma. De todas las actividades que ha propuesto, esta es la que menos me gusta. Con diferencia.

Le tiendo la hoja y él la estudia.

—Aquí solo hay un punto, Frankie.

«Buena cocinera».

—Ya.

—Y un montón de cosas sobre las que has hecho rayajos.

—Me ha costado más de lo que pensaba —le digo—. Cada vez que se me ocurría algo que valoro, también le veía el lado malo, como ser apasionada, que también me hace terca. Cabezota. Discutidora. Soy independiente, pero también estoy muy acostumbrada a mi modo de hacer las cosas. Soy competitiva y…

George me interrumpe:

—Madre mía, Frankie.

He pasado tanto tiempo estos dos últimos meses reprochándome mis defectos, intentando encontrarle sentido a que Nate me dejara, que es fácil volver a caer en esos patrones de pensamiento.

George se acerca la hoja a las gafas intentando leer una de las cosas que he tachado.

—No sabía que tu autoestima se hubiese llevado un golpe tan duro —dice en un tono más suave que el que ha tenido en todo el día.

—Prueba que te dejen el día antes de tu boda a ver lo creído que te lo tienes tú.

Se queda mirando el mar y luego se agacha para desatarse los cordones.

—¿Qué haces?

No contesta hasta que se ha quitado las botas.

—Hazte a un lado. —Sube a la hamaca y tardamos un rato en ponernos cómodos a pesar de que nos estamos tocando desde el hombro hasta la rodilla—. No le des tantas vueltas —dice.

Durante un segundo, creo que habla del contacto físico, pero luego me doy cuenta de que se refiere a la lista.

—Pensaba que el objetivo del ejercicio era pensar.

Ladea la cabeza y me mira a los ojos. Tiene las gafas sucias, pero no se las cojo para limpiarlas.

—Pensar, sí, pero no dudes tanto de ti misma. Ya lo has dicho, eres competitiva. Eso es algo que me gusta de ti. Eres decidida y estás llena de energía. No te rindes cuando algo te importa.

Me coge el bolígrafo y lo anota.

—Te toca.

Arrugo la nariz.

—Dime solo tres cosas, Frankie.

—¿Tú querrías hacerlo?

—No, por dios, pero esto es parte de El Plan y el hecho de que te cueste puede ser una señal de que tu autoestima necesita recalibrarse.

—Vale. Lo hago.

—Perfecto.

—Si tú también lo haces.

Suspira.

—Eres intratable.

Al otro lado de la hoja escribe su nombre seguido de «tenaz», «se me dan bien las palabras» y «un pelo excelente».

—Lo del pelo no cuenta —le digo.

—Lo fabrico yo.

Y luego escribe: «Suelo tener razón, pero no me da miedo admitir que puedo equivocarme». Me lanza una sonrisa traviesa.

—Venga —dice—, te toca. Los tres primeros adjetivos que se te ocurran.

Descuelga un brazo de la hamaca y empieza a empujar contra el suelo para que nos balanceemos.

Me quedo mirando el dosel que forma el bosque.

—Me gusta pensar que soy creativa.

—Y lo eres.

—Soy leal, la gente puede contar conmigo, y soy constante. Si digo que voy a hacer algo, lo hago.

Él lo anota todo y yo exhalo.

—¿Tan difícil era?

—La verdad es que sí. Ha sido horrible.

—Tengo otra idea —dice—, algo que puede que disfrutes más.

—¿Hacerme la cera en las ingles?

George ignora mi comentario.

—Dime las cosas que te molestaban de Nate, todo lo que te volvía loca.

Uno de los artículos que George se había guardado proponía hacer una lista de todas las cosas que no te gustan de tu ex. Parece como de resentida, aunque tampoco es que esté yo por encima de criticar a un ex.

—Se te da muy bien ser dura contigo misma y no te da reparo decirle a alguien que está siendo un capullo, pero nunca hablas mal de Nate.

—Es que es buena persona.

—Cortó con su prometida con una nota. Yo diría que es un cobarde.

—Sí, tú lo dirías, ya lo sé. —Y no se equivoca.

—Vale, está claro que a mí no me caía bien, pero es imposible que tú pensaras que era perfecto. Para empezar, baila como el culo.

—Eso no es justo. Nadie baila tan bien como nosotros.

—Es verdad, pero Nate se movía como si tuviera cinco pies izquierdos y no supiese dónde ponerlos. Ahora me dirás que no te dabas cuenta…

—¡Qué malo! —digo intentando no sonreír.

—No es cosa de ser bueno o malo, se trata de reconocer que tu ex era imperfecto. Y voy a seguir hasta que no empieces a hablar tú.

Escribe: «No tenía patillas».

—¿Todas tus críticas son superficiales?

—Es que voy de fuera para dentro.

—Solo lo conoces de un par de veces.

—Y con eso tuve suficiente —dice George—. ¿Sigo?

Lleva el bolígrafo al papel.

—Era un poco rígido —digo despacio—. Estaba acostumbrado a vivir solo, habituado a sus rutinas.

George ha dejado de escribir. Se limita a escucharme.

—Iba todas las mañanas al gimnasio. No fallaba ni un día a no ser que le suplicara que se quedase en la cama conmigo.

A veces yo me preguntaba si a Nate le gustaba que le suplicara, pero nunca me lo dijo directamente. El sexo era un asunto en el que no era un libro abierto precisamente. Y, cuando tenía un orgasmo especialmente potente, lanzaba un grito victorioso de gladiador.

Cojo la hoja y escribo solo: «El sonido».

—¿Quieres explicármelo? —pregunta George.

—Mejor que no. —Me muerdo el labio, pensando—. A Nate no le gustaban mis cosas. La mayoría no valía la pena guardarlas cuando me mudé a su casa, pero sí que llevé aquella vieja lámpara de casa de mis abuelos.

—¿La de las borlas?

—Sí. Y los platos.

Coleccionaba vajillas antiguas desde adolescente. Siempre que traía una pieza a casa, me sentía como si la hubiera rescatado. No había nada a juego, pero a mí me gustaba así. Era una pequeña familia de platos huérfanos y yo los había adoptado.

—También llevé unas cuantas cosas más, pero Nate dijo que nada de aquello encajaba en su casa.

—Qué imbécil.

—No estaba siendo un capullo. Solo evidenciaba la realidad. Él ya tenía cosas y no necesitaba las mías. Creo que, si le hubiera dicho que quería quedármelo todo, a él le habría parecido bien. Supongo que lo que habría querido es que le gustase sin tener que pedírselo.

Esa fue la primera vez que tuve dudas de si estaba cometiendo un error.

¿Y si la cosa no acababa en los platos? ¿Y si todo lo que me hacía ser yo misma iba siendo desterrado tan poco a poco que ni me daba cuenta?

Pero me lo quité de la cabeza. Para irse a vivir con alguien hay que estar dispuesto ceder.

—Elegiste esos platos uno por uno —dice George—. Son más que una vajilla, y la lámpara está impregnada de tu infancia. Forman parte de ti. Ya tendrás otro piso y podrás hacerlo tuyo y llevar allí todas tus cosas.

—Lo tiré todo.

Por un instante, parece que George se encuentra mal y yo pienso que tal vez no estaba loca porque me importasen tanto mis cosas, pero entonces se recupera.

—Cuando vuelva de México, iremos a comprar. Encontraremos platos viejos y lámparas con flecos y las copas de cristal antiguas que te gustan.

—Vale —digo con tensión en la garganta de nuevo. No quiero pensar en que nos quedan solo tres días juntos—. ¿Por qué no te caía bien a ti? —pregunto con voz queda.

—¿Te digo la verdad?

—Sí, porfa.

George traga saliva.

—A pesar de lo que te dije en Navidad, no estaba tan mal, pero todo ocurrió muy deprisa. Un día estabais saliendo y al otro prometidos. No quería que tomases una decisión irreversible.

—Pues el matrimonio es bastante reversible.

—Si te hubieses casado con él, habrías hecho todo lo posible por que funcionara. Te conozco, Frankie. Eres una Jo March de los pies a la cabeza. Habrías vivido y muerto por él.

Es una referencia a una frase de Christian Bale en la película y sé que tiene razón. No me gusta fracasar y, aunque en general el divorcio no me parece un fracaso, seguramente, para mí misma, el listón estaría más alto.

—Puede —musito.

—Seguro —dice George—. No me puedo creer que puedas llegar a cuestionarte si fuiste buena pareja. Yo siempre he sentido que me ha tocado la lotería al tenerte como amiga.

—¿En serio?

Se le forman unos surcos entre las cejas.

—Harías lo que fuera por quienes te importan. Haberme mudado a tu lado es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Siento un cosquilleo en la nariz y aparto la cara.

—¿Estás bien?

—Sí —digo, pero la palabra me sale ahogada.

—Puedes contarme lo que sea. Por favor, no me dejes al margen. —La voz de George es calmada. Tranquilizadora.

Me giro para quedarme mirándolo y él hace lo mismo.

—Siento que me has dejado atrás. Has estado viajando a otros continentes sin parar estos últimos tres años. Y luego te alejaste de mí después de la pelea en Navidad. George, no sabía si ibas a venir a la boda.

—Lo siento —dice—. Sé que no me he portado bien contigo. El compromiso me pilló por sorpresa. Me enfadé por cómo tuve que enterarme, pero si pudiera cambiar el modo en el que me comporté, lo haría.

—¿No me habrías dicho que estaba cometiendo un error?

Tuerce la boca.

—No, eso te lo habría dicho igual, pero de una forma muy diferente.

Nos observamos un instante y me doy cuenta de que el pulso se me ha acelerado hasta alcanzar la velocidad de las alas de un colibrí. Sí que hay algo que está cambiando entre nosotros.

—No han sido solo los últimos seis meses —le digo—. Hace unos años que las cosas están raras. —Desde que volvió de cubrir los incendios. Yo pensaba que George pasaría más tiempo en Toronto después de aquello, pero se fue alejando cada vez más—. ¿Hice algo mal?

Niega con la cabeza.

—Tú no has hecho nada mal, es todo cosa mía. He estado intentando aclarar algunas cosas y tenía que hacerlo solo. —Hace una pausa y aprieta la mandíbula—. No quería hacerte daño ni que sintieras que no me importas. Nadie me importa más que Mimi y tú.

Mis pulmones son como dos globos debajo de las costillas y no estoy segura de que mi pecho sea capaz de contenerlos. Mirando a George a los ojos, mirando ese azul eléctrico que le rodea las pupilas, me doy cuenta de algo.

Él me observa y arruga la frente.

—¿Estás bien?

—Sí —digo, pero no lo estoy, porque mi mundo entero acaba de estallar.

Mi corazón es una criatura peligrosa y traicionera. Unas emociones que pensaba que había descartado hace mucho ahora amenazan con romperme las costuras, con quebrantar todo mi ser.

—¿Hacemos la excursión? —pregunta George.

Miro a mi mejor amigo con el pulso acelerado.

—Vale.

Entrecierra los ojos.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí —le digo—, es que estoy un poco rara.

—¿Te ayudará dar un paseo?

—Puede.

Pero sé que nada me ayudará. Porque creo que siento algo por George y eso solo puede significar peligro.