Una tormenta perfecta Capítulo 30
57%

Capítulo 30

Día cuatro: Reflexionar

George no me mira a los ojos. Está sentado en el sillón con el pelo caído sobre la frente mientras se ata las zapatillas de correr. Acabo de bajar las escaleras en pijama esperando pillarlo antes de que se fuera.

Cuando volví anoche a la casa, no estaba por ningún lado. Me preparé para dormir totalmente sobrepasada. Estaba tan alterada que, en lugar de crema, me puse jabón de manos en la cara. No podía pensar en nada más que en las ganas que tenía de besar a George.

Todavía no había vuelto cuando aparté los pétalos de rosa recién esparcidos sobre la cama y me tumbé escuchando el mar mientras esperaba.

Por fin, oí el clic de la puerta. Mantuve los ojos cerrados mientras George se lavaba los dientes y se cambiaba sin hacer ruido para irse a dormir.

Esperé que el colchón se hundiera bajo su peso, pero las escaleras chirriaron con sus pisadas al bajar.

Me pasé horas dándole vueltas a todo.

Intenté explicarme lo que había ocurrido en la playa.

Tal vez George estaba intentando demostrarme lo ofensiva que le parecía la propuesta de un matrimonio sin sexo.

Pero también estaba empalmadísimo. Al menos en ese momento, había sentido algo más que amistad.

Y yo había estado más que dispuesta a cruzar esa línea.

Me perturba lo bien que me sentí apretada contra él.

Cuando sus labios me rozaron la oreja, el cuerpo me tembló de deseo.

La presión de la palma de su mano en la base de mi columna me pareció un baile nuevo, uno del que ya me sé los pasos.

Puede que sea capaz de fingir que no ha ocurrido, pero no creo que pueda borrar esa erección de mis sentidos.

Sé que no podré olvidar el sonido de su voz ronca susurrándome al oído:

«A la mierda tu matrimonio sin sexo».

Ahora George se levanta y creo que está a punto de marcharse sin dirigirme la palabra, pero entonces dice:

—El día cuatro va de reflexionar.

Me lo quedo mirando atónita, esperando el contacto visual. No llega.

—George.

Se le tensan los hombros y arranca un trozo de papel a rayas de su libreta de espiral y me lo tiende.

—Escribe una lista de las cosas que te gustan sobre ti.

Saca los auriculares de la funda y se dirige hacia la puerta. Dejo la hoja en blanco en la mesita de café y lo sigo.

—¿No crees que deberíamos hablar de anoche? —le pregunto.

Su mano se detiene en el pomo de la puerta.

—No tendría que haber hecho eso —me dice sin volverse siquiera—. Estate lista para hacer surf a las nueve.

Sigo plantada en el mismo sitio cinco minutos después de que se haya ido.

Me quedo mirando la espalda de George cuando llevamos las tablas de surf hacia la playa con Liz.

Ha vuelto de correr diez minutos antes de la hora de marcharnos, ha estado sesenta segundos en la ducha y luego ha engullido tres vasos del yogur gourmet de Kevin.

Ha evitado el contacto visual prolongado conmigo y cada palabra que sale de su boca es educada y funcional.

Algo está cambiando entre nosotros y no sé qué significa eso.

He estado fijándome en cosas de George que llevo gran parte de mi vida intentando ignorar.

Tal vez sea porque estamos lejos de casa, rodeados de playas misteriosas y bosques antiguos.

Estamos fuera de contexto. Durante la mayor parte de la veintena, nuestra relación se mantuvo a través de mensajes, llamadas y correos electrónicos, con algunas visitas aquí y allá.

George era una idea, una voz al otro lado del teléfono, más que un cuerpo.

Y ahora estamos aquí, en uno de los lugares más maravillosos del mundo, en una suite de recién casados en la que hay un kit romántico.

O tal vez se me haya olvidado cómo ignorar lo guapo que es.

Pero sé que es más que eso. Nunca he visto a George comportarse como anoche.

Me deseaba. Es imposible negarlo. Y yo lo deseaba a él.

En la piel de mi cuello hay una marca invisible por donde me pasó el pulgar.

Todavía siento calor en la oreja por la caricia de sus labios.

Me habría derretido en cuestión de segundos, no habría pasado mucho tiempo hasta haberme deshecho del todo.

En cierto modo vuelvo a sentirme como una adolescente preocupada por los besos y el sexo, pero esta vez no se trata de una fantasía anónima, sino de George.

Cuando mi mirada baja por su espalda, desde sus hombros cubiertos por el neopreno hasta su trasero, me pregunto si fijarnos en el otro era inevitable.

Juraría que ayer me olió el pelo cuando me abrochaba el traje de neopreno.

Debe de saber que no voy a dejarlo correr.

Necesito hablar de esto con mi mejor amigo.

—Hagamos una excursión por el bosque esta tarde —le digo mientras colocamos las tablas en el agua. Hoy está nublado. El aire pesa con la amenaza de lluvia—. A no ser que tengas planeada otra cosa.

Tiene la mirada fija en el horizonte.

—Una excursión está bien. Podemos ir a comer y escribes esa lista, y luego salimos de excursión. Será un buen momento para reflexionar.

—Estoy de acuerdo. —Podemos reflexionar sobre lo de anoche.

Tengo el cuerpo cansado de ayer, pero no tardo mucho en volver a coger el ritmo.

Intentarlo. Caer. Esperar.

Me concentro en mí misma y en la respiración del mar.

Vacío la mente. Durante dos horas, consigo olvidarme lo suficiente de él para remar hacia una ola en el momento adecuado y con la fuerza suficiente.

Avanzo a toda velocidad mientras me pongo de rodillas, luego en cuclillas y después de pie.

Lo consigo dos veces más. Y nada puede borrarme la sonrisa de la cara.

George me ofrece un «bien hecho» sin ningún tipo de contacto visual después de mi tercera ola decente. Yo estoy demasiado orgullosa de mí misma para prestarle demasiada atención.

Pero Liz se da cuenta.

—Parece que hoy las cosas no van muy bien entre vosotros —dice mientras observamos a George remar hacia una ola. Consigue mantenerse en pie unos segundos antes de caer.

—Anoche discutimos, pero se nos pasará —le digo deseando que no me pregunte más.

—Claro —dice—, todas las parejas discuten.

Daba por sentado que Liz pensaba que George y yo éramos pareja, pero esta es la primera vez que lo ha dicho en voz alta.

—Somos amigos —le digo—, no pareja.

—¿De verdad? —Ladea la cabeza. Su mirada se desvía hacia George, que camina por el agua hacia nosotros antes de volverse hacia mí—. ¿Por qué no?

Abro la boca mientras preparo mi lista de motivos.

«No nos atraemos».

«Él no me ve con esos ojos».

«Solo somos amigos».

Cierro la boca.

«¿Por qué no?».