Capítulo 29
Teníamos dieciséis años
Empecé a besarme con chicos a los doce años, antes de que me interesasen lo más mínimo, porque sabía que a George ya le interesaban las chicas.
Para cuando cumplí dieciséis, estaba obsesionada con el sexo.
Estaba convencida de que era la única chica que pensaba tanto en ello.
Me ponía nerviosa pensar cuándo perdería la virginidad y con quién sería y cómo me sentiría yo.
Me aterrorizaba pensar que se me daría mal.
Sabía que George ya lo estaba haciendo. Todo el instituto sabía lo de George y Tish. Era el tipo de información que se esparce entre el alumnado como por ósmosis. Además, a Tish le encantaba el cotilleo.
Me picaba que George tuviera ese conocimiento y yo no. No me apetecía nada tener novio, pero tampoco quería quedarme atrás. Y él se negaba a hablar conmigo de ello. Fue la primera señal de que nuestras vidas se estaban separando.
Ya entonces, no me gustaba dejar las cosas en manos del azar, especialmente algo tan importante como el sexo.
Quería el control total de la experiencia.
Decidí que la noche del baile de invierno me acostaría con Dylan Martin.
Le había robado un condón a George del cajón de su mesita de noche la semana anterior y había practicado poniéndoselo a un plátano, preocupada por si mi primera vez se echaba a perder por mi inexperto manejo del látex.
No me esperaba que el ron de Dylan me afectara tanto ni contaba con que George nos siguiera cuando salimos del baile, no pensaba que nos hubiera prestado ninguna atención, pero ahí estaba, en el aparcamiento, con la corbata desanudada y arremangado.
Furioso. Nunca lo había visto tan enfadado. Nunca lo había visto pegarle a alguien.
Ocho semanas después de aquello, Dylan había dejado de hablarme, George y Tish habían roto y yo había elaborado un plan B.
Y aquella era la noche que lo llevaría a cabo.
Darwin vivía con un amigo en Peterborough y mis padres estaban visitando a Moby en Ottawa. Le mandé un mensaje a George: «¿Vienes a dormir?».
La sugerencia no era extraña —se colaba por mi ventana de noche muchas veces y a mí no me gustaba quedarme sola en casa—, pero el resto de aquella noche sería distinto. Me paseé por mi habitación practicando el discurso.
Muy pasada la medianoche, oí el golpe seco en mi ventana. La había dejado abierta porque sabía que no querría entrar por la puerta principal. Contuve la respiración mientras pasaba por encima del alféizar en chándal.
—¿A qué vienen todas las…? —George se quedó boquiabierto al verme—. Velas —terminó de decir con la voz seca.
Le había dado muchas vueltas a qué ponerme. ¿El pijama de siempre? ¿Un bikini? ¿Nada? Me había comprado un camisón de satén rebajado en el Winners, pero no me parecía muy yo. Al final, me decidí por unas bragas de algodón y un sujetador de encaje verde pastel. Casi parecían un conjunto.
—Pero ¿qué…? ¿Dónde tienes la…? —La mirada de George me recorrió una vez, dos—. ¿… ropa?
Estaba al otro lado de la habitación, pero yo sentía el calor de su atención y se me fue erizando la piel. El corazón me latía más deprisa que nunca.
George tragó con dificultad y pareció que tenía que hacer un esfuerzo por apartar la vista de mi cuerpo y llevarla a mi cara. Cuando lo hizo, me miró de un modo en el que nunca me había mirado. Me desestabilizó. Mi propuesta ensayada se me disolvió en la boca.
—Creo que deberíamos acostarnos —solté.
George me miró inmóvil.
—Juntos —aclaré—. Creo que deberíamos acostarnos juntos.
Una risa brotó de su garganta y yo cambié el peso de pierna.
—Un momento —dijo—. Lo dices en serio.
—Sí —respondí deprisa—. Quiero que seas tú. Quiero decir, yo te enseñé a conducir con marchas y tú me ayudaste con el examen de Francés. Nos apoyamos el uno al otro, ¿no? No tiene por qué ser tan importante. Tú solo… me enseñarías.
A decir verdad, creo que una parte peligrosa de mí quería saber si había otro motivo por el que George se había abalanzado sobre Dylan de ese modo.
Algo cambió en su mirada y, durante un segundo, vi que estaba a punto de salvar la distancia entre nosotros. Dio un paso hacia mí, pero se detuvo, se pasó una mano por la cara y apartó la mirada.
—No puedo hacerlo, Frankie —dijo con voz espesa.
Era lo que pensaba que me respondería, pero quería que escuchara lo que tenía que decirle. Quería que se lo pensase. Quería que dijese que sí. Estaba decidida a que me dijese que sí.
Respiré hondo y me senté en la cama dando unas palmaditas a mi lado. Tras un momento de duda, se sentó.
—Confío en ti —le dije—. Sé que no te reirás de mí si se me da como el culo. Y ya lo has hecho antes, así que por lo menos uno de nosotros sabrá lo que hace. Además, estoy lista.
George se irguió al oír eso, me observó.
Su mirada bajó a mis labios y yo aproveché el momento y apreté la boca contra la suya para demostrarle que lo que decía era cierto.
Él se quedó completamente inmóvil, pero entonces sentí que entreabría los labios.
Sabía a refresco de uva y a algo más que era muy él. Su mano encontró la mía.
—Por favor —dije contra su boca—. Quiero terminar ya con esto.
De repente, se había levantado de la cama e iba de un lado a otro de la habitación.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. Tú ya lo has hecho. Tampoco es algo tan importante.
George me fulminó con la mirada.
—Ahora mismo no sé quién eres.
Se dirigió a la ventana y desapareció en la noche.
Intenté disculparme a la mañana siguiente, pero no quiso hablar conmigo. Tenía mucho miedo de haber estropeado nuestra amistad y me odiaba a mí misma por ello. Pasaron dos largos días hasta que, por fin, encontré una carta en el nido de pájaros.