Una tormenta perfecta Capítulo 28
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Capítulo 28

Me quedo boquiabierta mirando el sitio en el que estaba sentado George sin terminar de creerme que haya salido del restaurante. Estupefacta, me levanto y cruzo despacio el comedor hasta la recepción. No lo veo por ningún lado.

—¿Puedo ayudarla? —pregunta el joven que lleva uniforme negro y está en el mostrador.

—¿Has visto salir a un tío alto de pelo oscuro y gafas hace cosa de un minuto?

—Me ha dicho que iba a traer el coche. —Señala hacia fuera—. ¿Es él?

El coche se detiene delante de la entrada. George está sentado en el sitio del conductor y mira fijamente hacia delante.

No se gira cuando me acerco al coche. Ni cuando abro la puerta. Ni cuando me siento, me abrocho el cinturón y digo:

—Hola…

—Hola. —El tono es glacial.

Volvemos al resort en un silencio tenso. Afortunadamente, el trayecto solo dura cinco minutos. Yo no dejo de lanzarle miradas cuando nos dirigimos a pie hacia nuestro chalet, pero él sigue imperturbable.

Proponer que nos casásemos ha sido impulsivo y ha estado fuera de lugar, y tal vez ha sido insensible por mi parte sugerir que él no encontraría a alguien, pero marcharse del restaurante y no dirigirme la palabra es drástico incluso para nosotros.

Abro la puerta y entro.

—Lo siento, ¿vale? —le digo volviéndome hacia él.

Pero no está.

Asomo la cabeza y lo veo alejarse en la noche. Lo llamo, pero no se detiene.

—¿Adónde vas? —le grito.

—A dar un paseo.

Lo veo dirigirse a la playa y mi enfado va en aumento. Vuelvo a entrar en la casa, pero me paro.

«A la mierda».

Me quito los zapatos de una patada y voy tras él por el camino que cruza el bosque y llega a la playa. Distingo su silueta a lo lejos.

A lo largo de la costa, refulgen hogueras con huéspedes del resort reunidos alrededor. Alguien toca el ukelele. Sé que estoy a punto de montar una escenita, pero la verdad es que no me importa, tampoco será la primera vez.

—George —grito sin saber muy bien si me oye por encima del oleaje.

Varias caras se vuelven hacia mí; las ignoro. Estoy centrada solo en la figura sombría de George, que continúa caminando.

Echo a correr tras él. Grito su nombre lo más fuerte que puedo. Él hace una pausa. Por un momento, creo que va a girarse, pero luego sigue andando.

—Capullo —musito, y luego empiezo a correr.

Mi vestido y la arena se alían para ponérmelo muy difícil y estoy sin aliento cuando consigo alcanzarlo.

—George, para. —No espero a ver qué hace antes de apoyar las manos en las rodillas y agacharme—. Ay, dios, me muero.

Me miro los pies, jadeando. Antes se me daba bien correr. Ahora siento punzadas en el costado. Cada inhalación me quema por dentro. Si continúa caminando, no voy a poder seguirlo. Puede que necesite pensar seriamente en ir al gimnasio cuando vuelva a mudarme a la ciudad.

—No te mueres.

Alzo la vista y George está ahí parado. Me cuesta distinguir su expresión en la oscuridad, pero parece cabreado. Tiene la camisa arrugada, con los tres botones de arriba desabrochados y el bajo por fuera del pantalón.

Pongo la espalda recta y vuelvo a respirar antes de decir:

—Se suponía que tenías que escaparte conmigo, no de mí.

Me acerco un poco de modo que quedamos a tan solo unos pasos de distancia. Quiero verle la cara. Quiero que él vea la mía.

—Lo siento. —Le tiendo las manos en señal de rendición—. No quería hacerte daño.

Su risa es amarga.

—Bueno, pues se te da excepcionalmente bien.

—Lo siento mucho, George. Solo intentaba decirte que echo de menos estar contigo. No soporto que pase medio año sin que nos veamos. No soporto no celebrar el cumpleaños juntos. Me gustaría que las cosas fueran diferentes. Ya está. No estaba pensando en lo que decía.

La mirada de George sigue siendo fría, de manera que le pongo los dedos sobre el brazo y me acerco aún más.

—Claro que encontrarás a la persona adecuada. Conocerás a alguien encantador y con talento y será la persona más afortunada del mundo. Eres el mejor, George.

Pienso que cederá, porque, en lo que a humillarme respecta, creo que lo estoy bordando, pero él se gira y fija la mirada en el agua. La luna está dorada, y la espuma, también dorada bajo su luz. Dejo caer la mano de su brazo y me vuelvo hacia el inmenso océano.

Pasa un minuto antes de que hable.

—Sé que no lo haces aposta —dice posando su dura mirada sobre mí—, pero a veces las cosas que dices son crueles de cojones.

—Lo siento —repito—. No me gusta nada haberte disgustado tanto.

George se lleva las manos a la cabeza y luego asiente, como si estuviera dándose ánimos a sí mismo.

—Olvídalo, Frankie. No pasa nada.

Pasa por mi lado en dirección al resort, pero luego se detiene y se da la vuelta.

—Mira, ¿sabes qué? Sí que pasa.

Me preparo para lo que viene mientras se me acerca a grandes zancadas, fulminándome con la mirada como si fuera nuestra batalla final. Yo me yergo.

—¿Crees que yo sería feliz en un matrimonio sin sexo?

Me sorprende lo que dice, pero también cómo lo dice. Levantando la voz, con un tono acusador y la frustración escrita en la cara.

—No lo sé. Supongo que pensaba que estaba siendo moderna. Hay muchas parejas que tienen relaciones abiertas —pruebo a decir.

—Pero nosotros no somos pareja. Una relación abierta no es lo mismo que una relación sin intimidad física.

—Ya lo sé.

—¿Crees que querría pasar mi vida con alguien que no se siente atraído por mí, que no soporta la idea de estar conmigo?

—Eso no es lo que he dicho. No es lo que quería decir. —Niego con la cabeza con la garganta tensa—. Solo pensaba que tal vez a ti te gusta estar conmigo tanto como a mí contigo. Pensaba que tal vez querrías pasar la vida conmigo.

Está lo bastante cerca para que yo huela las notas de cuero de su perfume.

—Pues eso no es lo que quiero.

Trago aire.

—Vale.

Paso a su lado con un empujón porque sé que estoy a punto de llorar, pero George me coge de la muñeca y me da la vuelta para que lo mire. Antes de que comprenda lo que pasa, me acerca a él.

El shock me atraviesa como una bala.

George me agarra la cara entre las manos y fija la vista en mis labios. Las manos se me mueven solas y le arrugan la camisa tirando de él para que se acerque.

Una vez le prometí que nunca volvería a besarlo, pero ahora me pongo de puntillas sin ningún otro pensamiento en la cabeza que no sea la necesidad de sentir su boca sobre la mía.

Él se inclina hasta mi oreja. Sus labios me rozan la piel.

Es el más sutil de los contactos, pero mi cuerpo palpita de deseo.

Más que oírlo, siento su gemido de respuesta.

Una de sus manos cae hasta la parte baja de mi espalda y me aprieta contra él.

George la tiene dura. Suelto un suspiro.

Me aparta el pelo detrás del hombro y yo ladeo la cabeza cuando me acaricia el cuello con el pulgar. Su nombre sale de mis labios en un susurro.

Los labios de George planean sobre mi oreja antes de soltar:

—A la mierda tu matrimonio sin sexo.

Se aparta despacio con la mirada clavada en mis ojos y luego sus manos dejan mi cuerpo. Me lo quedo mirando con el corazón golpeándome el pecho mientras se va.