Una tormenta perfecta Capítulo 27
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Capítulo 27

George cierra el libro cuando bajo por las escaleras para ir a cenar. Levanta la vista hacia mí, luego la aparta y luego la vuelve a fijar en mí. Me detengo.

—¿Tan mal está?

Me paso las manos por encima del abdomen mirando el vestido una vez más.

Es de un rojo ciruela oscuro que hace que destaque el violeta de mis ojos y la tela fruncida se pega a mis curvas hasta más abajo de las rodillas.

Es un poco elástico, por lo que es fácil moverse con él, aunque parece delicado con los tirantes finos y el escote pronunciado.

Me he puesto unas sandalias negras de tacón.

Me compré el vestido de rebajas la primera vez que me invitaron a cenar con los compañeros de trabajo de Nate, esperando engañarlos y que pensaran que era más sofisticada de lo que se podría esperar de alguien de mi edad.

Un poco sexy. Incluso tal vez algo misteriosa.

A pesar de lo que decía él, yo sabía que sus amigos me mirarían con escepticismo.

Que verían así nuestra relación. No tengo ni idea de si el vestido ayudó con eso, pero sí que tuvo un efecto sobre mí.

George parpadea.

—Estás… —Se levanta despacio.

Yo pongo los ojos en blanco y sigo bajando las escaleras.

—Di que estoy bien y ya está.

Se pasa los dedos por el pelo.

—Joder.

No consigo saber qué le parece. Ahora mira por la ventana.

—¿Ha sido un «joder» bueno o malo?

Me busca los ojos con la mirada.

—¿Tú te has visto en el espejo?

—No, me he maquillado a oscuras.

He usado algunos de los productos que Aurora compró para la boda.

He tenido que hacerle una videollamada para que pudiera explicarme paso a paso cómo se ponen la raya y la sombra de ojos, pero estoy contenta con el resultado.

Un toque de dorado en los ojos. Un tinte de labios un tono más oscuro que el de mi color natural.

George ya no me mira, pero ahora frunce el ceño como si estuviera incómodo.

—¿Acaso te duele físicamente hacerme un cumplido?

Se le forman arrugas entre las cejas.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que nunca lo haces si no te obligo.

—¿En serio? —Parece sorprendido.

—No pasa nada. —Es un caso perdido. Cojo la tarjeta de la habitación de la mesita de café y me dirijo a la puerta—. ¿Estás listo?

George sacude un poco la cabeza y viene hacia mí. Yo giro el pomo de la puerta, pero él pasa un brazo por mi lado y apoya la mano contra la puerta para que no la pueda abrir. Vuelvo la cabeza para mirarlo. Tiene la cara a pocos centímetros de la mía y la mirada oscura.

—Frankie —dice en un tono grave—, joder, estás increíble.

Entonces pone la mano sobre la mía y abre.

El restaurante Pointe del Wickaninnish Inn es un espacio circular con una chimenea de cobre redonda en el centro y ventanas en todo el perímetro.

Es la sala más espectacular en la que he estado nunca.

El techo es alto, como el de una torreta, pero tiene las paredes recubiertas de madera, como si estuviéramos dentro de una casa en un árbol al lado del mar.

Las vistas de las olas rompiendo contra la costa rocosa me dejan sin respiración.

Me alegro de haberme puesto el vestido. Un lugar así merece un toque de glamour. Kevin se me ha quedado mirando cuando nos ha visto salir. Me ha dicho que parecía la más especial de las orquídeas. Puede que el modelito haya compensado mis comentarios sobre las ballenas.

El servicio en el restaurante es impecable. Los camareros son atentos, pero no se sobrepasan. La comida está tan buena que me altero de un modo que solo ocurre cuando como algo salido de las manos de un maestro.

Pedimos raviolis de chantarela y tartar de vieiras, bacalao negro a la brasa y alce asado. Un trocito de tomate cae al cuello de la camisa de George. Yo no digo nada, pero disfruto del puntito rojo.

Cada uno de los platos parece una obra de arte y sabe como el paisaje.

Anoche, durante la cena, sentí que se encendía una luz en un rincón de mi mente que últimamente se había quedado a oscuras.

Esta noche, la luz brilla con más fuerza todavía.

Es el deseo de crear. De experimentar. De encontrarme a mí misma en la comida.

O, quizá, incluso de perderme a mí misma en ella.

—¿Qué te ha parecido? —pregunta George cuando hemos pagado la cuenta—. ¿Se merece la fama que tiene?

—No se lo digas a Brie, pero me siento inspirada.

George está inclinado hacia delante, apoyado en un codo, con la barbilla sobre la mano. Me mira con interés. Nos hemos ido acercando el uno al otro por encima de la mesa cuando nos han retirado los platos.

—¿Sí?

Una sonrisa le pasa de puntillas por los labios.

Hemos compartido una botella de vino y me siento tan titilante como el océano bajo la luz de la luna.

Me inclino hacia él y digo:

—Antes pensaba en cuánto sentido le da a tu vida tu trabajo. Yo también quiero encontrar eso, una conexión profunda con lo que hago. —Miro a nuestro alrededor—. No sé exactamente qué puede ser eso, pero hacía mucho tiempo que no estaba tan ilusionada. Y… Prométeme que no te vas a reír.

Se lleva la mano al corazón.

—Te lo prometo.

Carraspeo.

—Hace años que no pasamos tanto tiempo juntos.

Me gusta quién soy cuando estoy contigo.

Sigo siendo yo, pero también puedo ser una versión más grande de mí misma.

—Soy consciente de que no me estoy expresando bien, pero George parece un poco emocionado—.

Cuando estoy contigo parece que el mundo esté lleno de posibilidades.

Antes pensaba que era porque me encanta competir contigo, pero no es eso.

Eres como una fuerza imparable y me haces sentir invencible a mí también.

Cuando estoy contigo me siento más viva.

Siempre me ha parecido que nuestra personalidad era demasiado parecida, demasiado incisiva para que fuéramos compatibles, pero tal vez no habríamos formado una pareja tan mala.

George traga saliva. Frunce el ceño.

—Lo siento —le digo—. Estaba intentando ir en plan sincera, pero me he pasado.

Me llevo una mano a la mejilla, que está ardiendo. Me siento como si me hubiera quitado una capa de piel, como si le hubiera dejado ver las partes blandas de mí que no estoy acostumbrada a compartir.

—No. Ha sido… —Me estudia de un modo que hace que me dé un salto el corazón.

—Lamento interrumpir —dice nuestra camarera colocando dos vasitos sobre la mesa—. Nos hemos enterado de que debemos darles la enhorabuena. Dos amaros, cortesía del chef.

George aparta la mirada de mí y mira a la camarera confundido.

—¿Disculpa?

—Kevin, de Moss and Stone, ha llamado poco antes de que llegasen y nos ha hecho saber que están de luna de miel. Enhorabuena.

—Ah —dice George—, gracias.

—Yo me caso en otoño —dice—, ¿les importaría compartir cómo fue la boda?

—Claro —respondo.

George me lanza una mirada y yo le sonrío con dulzura.

—Cuéntaselo tú, amor —le digo.

Le centellean los ojos y sé que luego pagaré por esto.

—Empieza por cómo me lo pediste —le propongo. Miro a la camarera—. Fue muy romántico.

Ella mira a George con los ojos muy abiertos y yo le doy un golpecito en la rodilla con la mía por debajo de la mesa. Él me devuelve el toque, pero luego no aparta la pierna.

—Ella era mi mejor amiga —le dice George a la camarera con los ojos fijos en mí—. Y entonces me enamoré.

Se me apaga la sonrisa y siento presión en el pecho.

—Un día, cuando estaba muy enfadada conmigo, lo cual ocurre más a menudo de lo que uno pueda pensar, le escribí una carta pidiéndole que se reuniera conmigo para poder demostrarle lo mucho que significaba para mí.

Me quedo pasmada porque conozco esa historia.

El armario de la biblioteca. Un vestido hecho con una cortina. Violetas con los tallos envueltos en un cordel. Los votos debajo del manzano.

Escucho mientras George le cuenta a la camarera una nueva versión de la historia.

En esta versión tenemos treinta años, no diez.

Él me pide matrimonio, pero no en el armario, sino en el hueco del seto, el lugar en el que nos conocimos.

Celebramos una boda íntima poco después, con nuestra familia reunida bajo el manzano.

Su mirada nunca se aparta de la mía y parece que yo tampoco puedo mirar a nada que no sea él. Su rodilla apenas roza la mía. El contacto es tan ínfimo que tal vez él ni se haya dado cuenta de que está ahí, pero yo siento que me arde la pierna.

—Oooh, me encanta —dice la camarera cuando él termina, con las manos entrelazadas debajo de la barbilla—. Bueno, no les interrumpiré más en esta velada. Disfruten del amaro y del resto de la luna de miel.

Cuando se marcha, George ya no me está tocando.

Miro por la ventana mientras el corazón me golpea, firme e implacable, las costillas.

—¿Frankie?

—¿Mmm?

Vuelvo la mirada hacia George. Él me observa con una sonrisita traviesa. Esto será bueno.

Se inclina hacia mí. Le bailan los ojos.

—Me parece que, antes de que nos interrumpieran, estabas describiendo cómo te hago sentir. Diría que la palabra que has utilizado es «invencible».

—Voy a arrepentirme de habértelo dicho, ¿no?

—Me has llamado «fuerza imparable».

—Te estás riendo de mí.

—No me estoy riendo —dice—, estoy saboreando el momento, asegurándome de que he entendido bien los detalles. No sueles ser tan…

—¿Sentimental?

—Iba a decir «apasionada».

—Mmm. —Doy el último sorbo de amaro—. Creo que esta noche hemos aprendido una lección importante sobre nuestra amistad.

Él recorre el borde de su vaso con el dedo.

—¿Sí?

—Que se nos da mal hacernos cumplidos.

—Te he dicho que te quedaba bien el vestido.

—Coaccionado.

—Te queda bien el vestido, Frankie.

Su modo de decirlo hace que sienta electricidad en la piel. Me crepita en la superficie vaporosa y centelleante como espuma de mar bajo la luna.

—Algunos dirían incluso que parezco una orquídea muy especial.

George suelta una risita.

—Creo que el vestido ha hecho que Kevin cambie de idea sobre ti.

—¿A que sí? En fin, a ninguno de los dos se nos da bien lo sentimental.

—Se nos da mejor sobre el papel —dice George.

—Te refieres a las cartas.

Pienso en la que le dejé la semana pasada en el buzón.

—Te he echado de menos —le digo, porque creo que debería oírlo también—. Hace mucho tiempo que te echo de menos, pero, sobre todo, este año.

—Eres mi persona favorita —dice George—. Y te he echado de menos como echaría de menos…

—¿Una costilla? —sugiero.

—Más bien un órgano interno.

—Yo igual.

Me quedo mirando el mar que se va ennegreciendo y siento todavía su mirada fija en mí. Pienso en la historia que le ha contado a nuestra camarera. En la carta que me dejó en el buzón hace tantísimo tiempo. Es una de las que tengo guardadas.

Eres mi mejor amiga. Y yo seré tu mejor amigo para siempre. Y puedo demostrártelo.

—Tal vez deberíamos habernos casado nosotros —musito.

—¿Qué? —La voz de George corta mi ensoñación.

—Que tal vez deberíamos habernos casado —digo apartando la atención del mar y devolviéndosela a él.

No es la peor idea que he tenido—. Tal vez deberíamos haber sido tú y yo los que nos casáramos en mayo en lugar de Nate y yo.

Esto está bien, ¿no? Tú y yo, juntos, así. Yo soy tu persona favorita y tú la mía.

Tiene los ojos fijos en mí con una intensidad que quema, pero yo continúo:

—Ninguno de los dos tiene un buen historial de relaciones.

Yo accedí a casarme con el primer hombre con el que tuve una relación seria solo seis meses después de conocerlo.

Y tú viajas tanto que te resultará difícil encontrar a alguien con quien compartir la vida.

¿Por qué no nos elegimos el uno al otro?

—Me doy prisa por aclararlo porque su expresión me resulta ilegible—.

Las cosas no tendrían por qué cambiar. Podríamos tener uno de esos matrimonios amistosos y sin sexo en los que nos apoyamos siempre mutuamente, pero también nos damos libertad.

George se queda con la mirada clavada en mí. Durante diez segundos, se limita a parpadear. Pero luego empuja la silla hacia atrás, tira la servilleta y se va.