Una tormenta perfecta Capítulo 26
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Capítulo 26

Pasamos el resto de la tarde en la playa de delante del resort. Tumbonas. Cerveza fría. Cuerpos flojos. Hablamos de la cena en el Wickaninnish Inn, para la cual tendremos que estar presentables luego.

Me quedo dormida.

Cuando me despierto, estoy sola y entrecierro los ojos para protegerlos del sol que se está poniendo.

George me ha tapado hasta los hombros con una de las toallas de playa del resort, a rayas verdes y blancas.

El libro que leía está abierto bocabajo sobre su tumbona.

Es casi como si volviéramos a ser niños, cuando alternábamos entre nadar y leer en las tumbonas.

A George le gustaban las revistas — National Geographic , Canadian Geographic , Scientific American — y los libros sobre naturaleza.

A mí me encantaban las novelas de todo tipo, siempre que estuvieran ambientadas en lugares lejanos.

Aunque la Casa Grande estaba llena de libros, en verano íbamos a la biblioteca de Lakefield casi una vez por semana y salíamos de allí con pilas de libros tambaleantes en brazos.

En la tienda de regalos del resort me he comprado The Wickaninnish Cookbook: Rustic Elegance on Nature’s Edge para prepararme para la cena de esta noche.

Es el primer libro de cocina que me compro desde hace años.

Ahora lo hojeo salivando ante las recetas de fletán de Haida Gwaii y espárragos, flores de calabacín rellenas de camarones moteados y ostras a la parrilla. Tengo las expectativas muy altas.

George vuelve con unos cócteles burbujeantes adornados con espirales de piel de limón. Lleva una camisa blanca y pantalones grises y va descalzo.

—Pareces el concursante de un reality de esos de buscar pareja —le digo incorporándome y aceptando la copa.

Lleva el primer botón de la camisa desabrochado y las mangas subidas hasta los codos.

—¿Gracias?

—Es claramente un cumplido—confirmo—. Estás guapo.

Hace chocar nuestros vasos.

—Por un primer día de surf muy exitoso.

—Por nosotros —digo fijándome en que tiene un cristal de las gafas algo sucio.

Damos un trago y dejo la bebida en el suelo para quitarle las gafas. Él me observa con una sonrisa extraña.

—Puedo hacerlo yo, ¿sabes? —dice mientras las limpio con el dobladillo de mi camiseta de tirantes.

—Pero no lo haces.

—No suelo darme cuenta de que están sucias a no ser que esté escribiendo. ¿A ti no te molesta hacerlo por mí? —pregunta cuando vuelvo a colocárselas.

—No, me sale solo. Casi no me doy cuenta de que lo hago.

—Bueno, pues gracias —dice—. Ahora veo mejor.

El resto de la bebida entra con facilidad haciéndome cosquillas por todo el cuerpo hasta los pies. Ladeo la cabeza observando a George. Tiene el libro abierto en las manos, pero mira a lo lejos tarareando su nana.

—¿Cómo se llamaba? —le pregunto.

—¿Cómo se llamaba el qué?

—La canción de tu madre, la que estás tarareando.

—¿La estoy tarareando?

—Sí.

— À la claire fontaine.

—La tarareas cuando estás feliz.

—¿Sí? —Asoma una sonrisa tímida—. Pues es verdad, estoy feliz, pero no me había dado cuenta de que la estaba tarareando.

—Lo haces mucho, ya te lo he dicho. Seguro que Lara te lo decía también cuando estabais juntos.

—No, la verdad es que nunca lo mencionó. —Me mira—. Tú eres la única que la hace salir.

—Ah. Pues igual es por mí.

Una nana para Frankie.

George se vuelve de nuevo hacia las vistas.

—Ha sido un buen día.

El sol está dorado, como suele ocurrir antes de que se ponga.

George vuelve a tararear y se apodera de mí una abrumadora sensación de estar donde debo. Aquí con mi guapo e inteligente mejor amigo.

George baja la vista y vuelve a concentrarse en su libro. Va sobre la historia de Tofino, la bahía de Clayoquot y el pueblo nuu-chah-nulth. Arruga la frente con gesto pensativo y las gafas se le resbalan por la nariz.

Siento una profunda sensación de satisfacción, como si pudiera hundirme en este instante y quedarme aquí muchísimo tiempo.

Hay algo paradójico en el hecho de estar cerca de George.

Su ambición, su profunda conexión con el trabajo y lo claros que tiene sus objetivos me hacen querer conseguir más, pero también tengo permiso para, simplemente, ser.

Ojalá pudiera tenerlo siempre cerca y no perderlo por un encargo nuevo, un país nuevo y otra zona horaria.

Tal vez los que deberíamos casarnos somos nosotros.

Estar juntos para siempre.

Le doy vueltas durante un minuto antes de darme cuenta de que el cóctel debía de ser más fuerte de lo que parecía y de que no he comido suficiente. Me muero de hambre.

—¿Por qué te me quedas mirando? —pregunta sin volverse hacia mí.

—¿Me he quedado mirándote?

—Sí, ya hace varios minutos.

Veo las olas romper contra las rocas del final de la bahía y la espuma brillando con los rosas y amarillos del sol que se esconde.

—Estaba pensando en lo que has dicho cuando hacíamos surf sobre seguir siendo amigos cuando tengamos ochenta años.

—¿Sí?

Ladea la cabeza hacia mí con la cara iluminada por el sol.

—Me gusta la idea. Tú y yo dentro de cincuenta años. Justo igual que ahora.

Me observa durante unos cuantos silenciosos segundos. Una sombra le cubre los ojos, por lo que no puedo ver su expresión.

—Deberíamos tomarnos una foto —digo incorporándome y tendiendo una mano—. Esta luz es la buena.

George pone su mano sobre la mía, pero, en lugar de dejarme que lo ayude a levantarse, tira de mí.

—¡Eh!

Le doy un golpe con el codo para escaparme de su agarre. Él me hace cosquillas en la zona sensible de debajo de las costillas y suelto una risa. Sabe que soy cosquillosa.

Desde detrás de mí me dice al oído:

—Deja de resistirte, Frankie.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo. George también debe de sentirlo, porque se queda inmóvil. Cierro los ojos sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, pero, antes de que se me ocurra, él tira de mí y me sostiene contra su pecho, acogiéndome con su cuerpo, entre sus piernas.

—Haz la foto —dice pasándome los brazos por la cintura.

Asiento porque no confío en que mi voz suene exactamente como me siento. Forcejeo con el teléfono y me obligo a sonreír al levantarlo. En la pantalla veo a George colocar la barbilla sobre mi hombro. Sus rizos oscuros se aprietan contra mi pelo rubio.

Parecemos una pareja.

Estos dos últimos días me he sentido casi como si lo fuéramos.

Estos pensamientos que tengo son peligrosos. Los aparto a un lado y fijo la vista en el pequeño punto verde que hay encima de la pantalla, evitando mirarnos a nosotros.

—Se está levantando viento. ¿Tienes frío? —pregunta George cuando termino, con los brazos todavía a mi alrededor—. Se te ha erizado la piel.

—Ah. —Bajo la cabeza y veo la carne de gallina de mis brazos. Dudo que sea por la brisa—. Un poco.

George me pasa las manos un par de veces por los brazos y luego me atrae todavía más hacia su pecho y me rodea con los suyos. Es como tener una toalla de playa en forma de George enrollada en el cuerpo.

—¿Estás bien así?

No soy capaz de hacer nada que no sea asentir.

«Dime lo que quieres, cariño».

Vuelvo a observar la puesta de sol de un vivo carmesí envuelto por un color oro quemado, como si fuera una rodaja de naranja sanguina. Al cabo de un momento, él empieza a tararear, pero yo apenas lo oigo por encima de los gritos de mi corazón.