Una tormenta perfecta Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Venga, demuéstramelo, Gardiner.

Apago su voz en mi cabeza. Lo apago todo excepto las inhalaciones y exhalaciones del océano, mi propia respiración y el sonido de la voz de Liz.

—¿Ves esa? Es tuya. Túmbate. Ahora.

Lo intento, lo intento y lo vuelvo a intentar.

Remo demasiado pronto, luego demasiado tarde, luego con muy poca fuerza.

Liz sujeta el final de mi tabla y me empuja hacia la ola dándome la velocidad suficiente para llegar a la playa tumbada bocabajo.

Me dice que elija un lugar de la costa al que quiero llegar y yo pongo los ojos en una mujer sentada en un tronco observándonos.

Remo con más fuerza. Clavo los brazos en la profundidad del agua. Uno, dos, tres, cuatro. Consigo ponerme en media posición de zancada antes de caer. El agua salada me inunda las fosas nasales. No es para tanto.

Se me escapa una ola tras otra. Observo el horizonte respirando con el mar.

Me pongo de rodillas y llego hasta la playa sin intentar ponerme de pie.

Caigo de culo. Me siento a horcajadas sobre la tabla, esperando.

Bajo las cejas, entrecierro los ojos para no deslumbrarme.

El movimiento ondeante del agua me recuerda al de una sábana tendida.

No dejo de intentarlo. Lo conseguiré y lo haré mejor que George.

—Esa es tuya, Frankie —grita Liz.

Los dedos de los pies tocando la tabla. El torso centrado. El impulso de la ola. Remo con todas mis fuerzas. Coloco las palmas de las manos sobre la tabla. Arqueo la espalda. Avanzo un pie. Sonrío. Caigo.

Lo vuelvo a intentar.

—Ve a por esa.

El impulso de la ola. Remo todavía más fuerte que antes.

Coloco las manos. Saco pecho. Fijo la mirada en la mujer de la playa.

Un pie. Luego la rodilla. Me pongo en la postura de zancada.

Luego en cuclillas. Sonrío. Caigo. Me protejo la cabeza con los brazos.

La cara bajo el agua. Me planto sobre el fondo.

Escupo el mar. Cojo la cuerda. Tiro de la tabla para colocármela al lado.

Me adentro en el mar para volverlo a intentar.

Me siento como si tuviera doce años y estuviese tras la línea de salida el día que toca atletismo.

Tengo a George a mi lado y estoy decidida a ganar.

Veo pasar toda una vida compitiendo con él mientras espero las olas.

Quién llega antes al arroyo. Quién salpica más agua en la piscina.

Quién saca mejor nota en las redacciones y los exámenes.

Y entonces, de pronto, ya no tengo doce años. Soy una mujer de treinta años tumbada sobre una tabla de surf en el océano Pacífico con su mejor amigo de toda la vida al lado. Me hace tan feliz que casi duele.

Hay un grupo de novatos cerca y la mayoría ya se han puesto de pie. Algunos varias veces. Sonrío al ver a una de ellos planeando por la superficie del agua y saboreo su victoria como si fuera mía. Aplaudo y lo celebro con los otros alumnos.

No soy una surfista nata. ¿Y qué? ¿Habría disfrutado restregándole a George por la cara que me había puesto de pie al primer intento? Claro. Pero también disfrutaré cuando él presuma más tarde. Lo importante es estar aquí. Intentarlo. Fracasar. Esperar el momento adecuado para volverlo a intentar.

El mar se calma un rato. George y Liz charlan encima de las tablas.

Los oigo muy de fondo. Estoy centrada en el punto en el que se encuentran el agua y el cielo, el principio y el fin.

Espero tanto que me parece una meditación.

Siento que todo se expande. El espíritu, el alma y el cuerpo.

El hueco entre mis costillas. El espacio en mi corazón.

En mi mente no hay nada más que la respiración ondulante del mar.

Me siento como una criatura marina. Tengo sal en los labios y sal en la lengua.

Mi pelo forma cordones mojados que me caen por la espalda y el cuero cabelludo está rasposo por la arena.

Me duelen los hombros, noto que me tira el cuello, pero aquí, montada sobre una tabla de surf en el Pacífico, me siento en equilibrio.

Estoy flotando en el mar, literalmente a la deriva, pero me siento como en casa.

Me siento hija de mi madre. Por primera vez desde que tengo memoria, la echo de menos con tanta intensidad que se me llenan los ojos de lágrimas.

Y entonces la veo. Una ondulación que va creciendo hasta convertirse en ola. Es mía.

—Esta es la tuya, Frankie —dice Liz.

Yo ya he girado la tabla.

Coloco el cuerpo en posición guiándome por las sensaciones en lugar de bajar la vista para comprobar que estoy alineada. La ola me empuja y yo aprieto los dientes remando con todas mis fuerzas. Avanzo deprisa. Un pie, el otro, cuclillas. Y entonces me levanto. Estoy de pie. ¡Vuelo!

Dura una maravillosa fracción de segundo antes de que caiga rodando de la tabla. Choco de culo con el fondo, pero apenas lo noto. Me agito por la risa. Oigo a George y a Liz celebrándolo a lo lejos.

George ya está buscando otra ola cuando los alcanzo. Liz y él están sentados en sus tablas. Él fija la vista en una y al momento está bocabajo sobre la tabla girándola hacia la costa. Mira hacia atrás y luego fija la vista en la playa.

—Esta va por ti, Frankie —dice, y luego rema con fuerza hacia la ola.

Liz y yo lo observamos ponerse en cuclillas de un impulso y luego salir disparado de la tabla.

Se pone de pie escupiendo agua como si fuera una fuente.

Pienso en lo que me ha dicho hace un rato: nadie va a darme un premio por cómo vivo mi vida. No hay forma de ganar, solo de vivir.

Liz coge una ola y llega hasta la playa con la gracia de una bailarina, pero incluso ella tiene que bajarse de la tabla. No podemos estar siempre arriba.

Cuando por fin consigo volverme a levantar, es en la misma ola que George.

Él cae primero. Yo surfeo la ola hasta la playa con los ojos fijos en la mujer que sigue ahí sentada sola.

Cuando salto de la tabla y caigo de pie, la veo aplaudir.

Le sonrío y oigo que George me llama. Corre salpicando agua para llegar hasta mí.

—¡Lo has conseguido! —dice—. Ha sido increíble. Has estado de pie todo el rato.

Me rodea con los brazos. Tengo la mejilla apretada contra su pecho. Esto es lo que importa. Intentarlo. Estar aquí.

—Lo he conseguido —digo riendo.

Unas lágrimas calientes me caen sobre las mejillas frías. Más sal en el mar.