Una tormenta perfecta Capítulo 25
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Capítulo 25

Dos furgonetas de color rosa chicle con logos de surf a los lados entran en el aparcamiento y nosotros nos acercamos a donde se han parado.

Las puertas de atrás de una están abiertas y revelan unas diez tablas de surf de color turquesa amontonadas con el lado de la aleta hacia arriba.

Cuatro mujeres descargan grandes cajas de plástico llenas de material de la otra furgoneta.

Pronto nos reunimos allí un grupo. Nos entregan trajes de neopreno, botines y camisetas rosa de Billabong y nos dicen que nos cambiemos.

—¿Cómo te has puesto eso ya? —le pregunto a George mientras me peleo con el neopreno para pasármelo por encima de las caderas—. ¿Cómo has cerrado la cremallera?

Hemos vuelto al coche para poder dejar la ropa y los zapatos dentro. Da la impresión de que George lleva surfeando toda la vida, mientras que yo parezco una longaniza a medio salir de su tripa.

Baja la cabeza para mirarse y el pelo le cae hacia delante. Hasta sus rizos están playeros.

—No ha sido muy difícil.

Empiezo a dar saltitos tirando del neopreno hasta que por fin —¡por fin!

— consigo subírmelo hasta la cintura. Suelto un grito de celebración y miro a George con una palma levantada para que me choque esos cinco, pero él no aparta la vista de mi pecho.

Me he puesto el bikini más práctico que tengo.

Es negro y de un solo tirante y no se escurre si me muevo.

Pero ahora he estado dando brincos como una saltadora de trampolín y el bikini no tiene demasiada sujeción.

Tiro del neopreno, meto los brazos en las mangas y luego voy a por la cremallera.

Consigo subirla hasta la cintura, pero entonces se atasca. Suelto una palabrota. Ya estoy sudando.

Mientras tanto, George se ha puesto los botines sin problema. Ya está listo y me observa contorsionándome para poder hacer algo de fuerza con la cremallera.

—Cállate —digo cuando veo la expresión que pone.

—Si no he dicho nada.

—Deberías estar ofreciéndome ayuda —le digo—, como un caballero.

Él me dirige una sonrisa burlona.

—Las últimas noticias que tengo son que soy un libertino.

—Ahora mismo eres más bien un sinvergüenza.

Se ríe, se me acerca un paso y hace una reverencia.

—¿Me permite ofrecerle mi ayuda, señorita Gardiner?

—Ja.

Me hace el gesto de girar con el dedo índice y yo me coloco de espaldas a él.

Siento el calor de su cuerpo justo antes de que me aparte el pelo por encima del hombro.

Y entonces me coloca una mano en la cadera y tira de la cremallera con la otra.

A medida que va tirando, sus nudillos me rozan la columna.

Cierro los ojos mientras su contacto viaja desde la parte baja de mi espalda hasta el espacio entre mis omóplatos.

Pienso en que lo he tenido detrás de mí esta mañana y me imagino recostándome en él ahora.

Un maullido casi felino se me escapa de los labios.

Es un sonido que nunca había emitido. Me quedo de piedra y la mano de George se detiene en la base de mi cuello. Siento cómo se inclina hacia mí.

—¿Estás bien?

No.

—Ajá.

Cierra los últimos centímetros de cremallera y yo le doy las gracias con un balbuceo, preguntándome qué es lo que me pasa.

George ha contratado una clase privada, de modo que, una vez que nos han dado las tablas de surf y nos han dicho que debemos llevarlas entre los dos, nos separamos del grupo y seguimos a nuestra monitora por un camino que lleva a la playa mientras charlamos con ella.

Liz es de Tofino, practica surf desde los tres años y lleva su longboard por encima de la cabeza como si no pesara nada.

El camino termina en una gran media luna de arena clara.

La playa está relativamente tranquila. Hay unas cuantas personas paseando al perro y otras sentadas en los troncos de color gris claro que ha arrastrado el mar a la orilla.

En el mar es donde se concentra toda la actividad; el agua está salpicada de surfistas.

Liz comienza la clase dibujando la silueta de una tabla en la arena con el dedo para mostrarnos cómo nos colocaremos sobre las nuestras cuando estemos en el agua.

Nos da indicaciones sobre cómo salir nadando de una corriente de resaca y cómo caer de forma segura.

Nos muestra dónde tumbarnos sobre la tabla, cómo centrarnos y una técnica para principiantes para ponernos de pie.

George y yo usamos también el dedo índice para dibujar la forma de nuestra tabla imaginaria.

Nos tumbamos bocabajo y practicamos el remo para coger una ola.

Una, dos, tres y cuatro brazadas fuertes; nos impulsamos con las manos colocadas al lado del pecho sobre la superficie de la tabla; arqueamos la espalda, levantamos la cabeza, sacamos pecho; una rodilla adelante y luego la otra atrás para quedarnos haciendo una especie de zancada, con la mayoría del peso apoyado en el pie trasero. Es como una serie de posturas de yoga.

Entonces Liz nos enseña una forma de levantarnos más avanzada que consiste en pasar de la postura de plancha a quedarnos en cuclillas y luego ponernos de pie. Hasta en la arena es agotador.

—Parece que ya lo tienes —le dice Liz a George cuando él se pone de pie de un salto con facilidad.

—Empollón —le digo.

Como me ocurre a mí, cada centímetro de su cuerpo desde la nariz hasta los botines está cubierto de arena. A diferencia de mí, él parece deportista y atlético. Es una personificación de la robusta vitalidad de la costa oeste.

—Son todas las proteínas que me he tomado antes del desayuno —dice guiñando un ojo.

—Espera y verás lo que soy capaz de hacer yo después de comerme una montaña de tortitas.

Liz se ríe.

—Qué monos sois. Vale, Frankie, a ver qué tal se te da.

Me observa mientras remo. Uno, dos, tres, cuatro; coloco la palma de las manos sobre la arena y me pongo en plancha; luego arrastro las piernas hacia delante como si fueran bloques de cemento y me quedo en cuclillas.

Me tambaleo antes de ponerme de pie. Me cuesta el doble de tiempo que a George y no hay ningún tipo de salto ni fuerza en mis movimientos.

Lanzo una mirada hacia donde está George para acabar pronto con su regodeo, pero él mira fijamente el mar. Qué buena persona.

—Tal vez prefieras seguir con la primera técnica —dice Liz—, pero, una vez que estemos en el mar, usa la que te haga sentir más cómoda.

La clase de hoy es para que os vayáis familiarizando con la tabla y aprendáis a leer las olas.

Quiero que sintáis el momento en el que una empieza a empujaros hacia delante y entonces reméis para cogerla.

Si surfeáis una ola de rodillas, será todo un éxito para el primer día.

Ya nos preocuparemos por lo demás el segundo.

—¿El segundo? —Miro a George.

—He contratado dos sesiones. ¡Sorpresa! —dice con una sonrisa traviesa.

—¿Listos? —pregunta Liz.

Asiento mirando las olas.

—Prepárate para tragar espuma, Saint James.

Coger la tabla y llevarla hasta el agua me hace sentir la persona más guay del universo.

A la altura de los tobillos, la gélida agua marina penetra el neopreno y siento punzadas en la piel, pero sigo caminando, disfrutando del frío.

Coloco la tabla sobre la superficie del agua y voy guiándola.

Tengo a Liz a la izquierda y a George a la derecha.

Atravesamos las olas hasta donde el agua me queda justo por debajo de los hombros y, cuando la monitora sube a su tabla y se sienta a horcajadas, yo hago lo mismo.

George y yo observamos a Liz remar buscando una ola.

Se pone de pie sobre la tabla antes de que la ola rompa y planea sobre el agua.

Con sus rompientes arenosas, Tofino es un lugar ideal para los novatos.

No hay arrecifes de coral ni costas rocosas que puedan cortarte la piel.

Liz lo hace parecer tan sencillo que me pregunto si le resulta un poco aburrido.

Es como si alguien que compite en carreras de BMX se pusiera a montar en triciclo.

—¿Queréis probar? —pregunta cuando vuelve a nuestro lado.

—¿Elegimos una ola y nos lanzamos? —digo.

—Y no os olvidéis de remar fuerte.

Nos quedamos separados por unos pocos metros de distancia, los tres sentados sobre nuestra tabla, de cara al horizonte observando las ondulaciones del agua.

El reflejo del sol centellea en todas direcciones sobre la superficie, bailando con el oleaje.

Parece que el océano respira, traga y suelta energía, como un ser vivo.

—Ahí viene una —dice Liz—. Colocaos sobre la tabla deprisa y yo os diré cuándo empezar a remar. Recordad que debéis mirar hacia dónde queréis ir.

Estoy tumbada bocabajo con la adrenalina ya disparada mientras intento recordar cómo alinear el cuerpo con la tabla cuando Liz grita:

—¡Ahora! Remad.

Hundo los brazos en el agua —uno, dos, tres, cuatro— apretando los dientes, decidida a bordarlo a la primera, pero la ola me pasa por debajo y me empuja antes de que haya podido siquiera levantar el pecho, mientras que George avanza con facilidad, se coloca en cuclillas de un salto y se queda de pie un segundo antes de caer de la tabla protegiéndose la cabeza con los brazos.

Liz suelta un gritito encantado y yo me quedo con la boca abierta. George se pone en pie al cabo de unos segundos y viene caminando hacia nosotras con una sonrisa fanfarrona en la cara.

—Eso no suele pasar tan pronto —apunta Liz.

—¿Has visto? —dice George alzando la voz cuando está lo bastante cerca para oírlo—. ¡A la primera!

—Genial —responde ella.

—La suerte del principiante —grito yo. Cuando se acerca más, le digo—: Luego estarás insoportable, ¿verdad?

Él sacude la cabeza para apartarse el pelo mojado de la cara.

—Cuenta con ello. Estaré insoportable hasta el fin de los tiempos. Cuando tengamos ochenta años todavía te estaré dando la lata con esto.

Me da un vuelco el corazón.

«Hasta el fin de los tiempos». «Cuando tengamos ochenta años».

—Puede que tú te hayas puesto de pie primero, pero yo voy a aguantar de pie. —Entrecierro los ojos mirando el horizonte, centrándome en lo verdaderamente importante: ganar a George.