Capítulo 24
—Siempre he querido probar el surf —le digo a George dando saltitos de alegría.
Estamos sentados en un banco, en un aparcamiento de la playa, esperando a nuestros monitores.
El bosque es tan denso que no vemos el mar a pesar de estar casi al lado.
El aparcamiento está lleno de campers y viejas furgonetas Volkswagen.
Cerca, un padre y una hija adolescente con trajes de neopreno levantan las tablas de surf para colocarlas sobre el techo de una ranchera.
Hay un cartel que avisa del agua fría, las olas impredecibles y las rocas resbaladizas, y otro que habla sobre las corrientes de resaca, sobre cómo evitarlas y cómo «escapar de las garras de la corriente» nadando en paralelo a la costa.
—Ya lo sé —dice George—. Fui testigo de tu obsesión con En el filo de las olas .
Lleva lentillas y me cuesta mirarlo a los ojos. Sin gafas, tiene un aire travieso. Parece más un granuja que un periodista.
—Estoy superemocionada de poder hacer esto. —Tal vez ayude a quemar parte de esta energía sexual contenida que tengo—. No sé por qué, creo que se me dará genial.
George me sonríe, es una sonrisa plena, sin reservas, y su expresión me hace viajar en el tiempo. A esa misma sonrisa bajo circunstancias muy diferentes.
Tengo casi catorce años y estoy en el hueco del seto esperando a que se vaya el padre de George.
Hace siete meses que no veo a mi mejor amigo, desde que volvió a Montreal a vivir con su padre.
El día que se marchó fue uno de los más dolorosos de mi corta vida.
Cuando me enteré de que no había funcionado la convivencia con su padre y de que George se quedaba a vivir en la Casa Grande para siempre, lloré de alivio.
Tendría que haberme sentido culpable. Mimi había ido a visitarlos sin previo aviso y se lo había encontrado solo. Llevaba así cuarenta y ocho horas.
En cuanto el coche de su padre salió por el camino de grava, eché a correr.
Mimi intentó que me fuera a mi casa. Dijo que George no se encontraba bien, pero yo no me moví hasta que me dejó pasar.
Subí las escaleras corriendo hasta su habitación y lo encontré bocabajo en la cama, sollozando.
No parecía el mismo. Su cuerpo no era como tenía que ser, era alargado y enjuto, y llevaba el pelo rapado casi al cero, como cuando nos conocimos.
Sabía por sus correos que su padre lo había obligado a cortárselo.
Nunca había sentido odio hasta ese momento, pero odié al padre de George. Lo odié por haberse llevado a mi amigo lejos de mí. Lo odié por no querer a su hijo lo suficiente. Y lo odié por cortarle su precioso pelo.
Quería gritar. Quería tirar algo al suelo. Pero me tumbé al lado de George y le acaricié la espalda como hacía mi madre conmigo cuando era pequeña.
—Había una vez una chica que se llamaba Francesca y una ballena que se llamaba Francesca —le susurré.
Me vino el cuento de mi madre como si fuera la letra de mi canción favorita—.
Francesca, la niña, vivía al lado del mar, y lo mejor de vivir al lado del mar eran las ballenas.
A Francesca le encantaban las ballenas que se alimentaban en las aguas cercanas a su casa, en la bahía de Fundy. Esperaba todo el año a que llegaran.
Cuando terminé, George había dejado de llorar.
—Hola, Frankie —dijo con la cara hundida en la almohada.
—Siento que estés triste —le dije—. Y espero que esto no sea de mala persona, pero me alegro un montón de que hayas vuelto.
George volvió la cabeza hacia mí. Parecía mucho mayor sin las ondas del pelo.
—Yo también.
—El pelo… —dije intentando no llorar.
—Sí, mi única belleza.
Los dos nos partimos de risa por la referencia a Mujercitas y, aunque George tenía la cara empapada y los párpados hinchados, la sonrisa que me dedicó fue la más bonita que había visto.
Me duele el pecho de pensar lo lejos que ha llegado desde que era aquel chico con el corazón roto. Me encanta cuando se permite sonreír de verdad como hace ahora.
—No me puedo creer que fuerais a pasar una semana en Tofino sin aprender a hacer surf —dice—. ¿Qué ibais a hacer?
Le lanzo una mirada en la que se lo digo todo.
—Iba a ser nuestra luna de miel. ¿Qué crees que íbamos a hacer?
—Ah —dice—, claro.
Carraspeo, decidida a dejar de pensar en sexo, sobre todo estando cerca de George.
—A ver, ¿me podrías explicar cómo encaja el surf dentro de El Plan? —le pregunto tendiéndole una barrita energética, aunque se ha tomado una tortilla, dos tostadas y un parfait de chía y frutos del bosque para desayunar.
—El día tres se centra en el movimiento.
—Y con «movimiento» te refieres al ejercicio.
—Eso también. El surf es un buen ejercicio físico y he pensado que sería una forma divertida de desahogarte, además de hacer algo que siempre has querido.
Eso es algo que aparecía en los artículos de George. «Encuentra un nuevo hobby. Rompe tu rutina diaria. Pasa tiempo al aire libre».
—Supongo que tendrás un discurso preparado sobre el impacto positivo del ejercicio sobre la salud mental. Las endorfinas, el alivio del estrés, etcétera.
—Lo tenía. —Me mira de soslayo—. Pero parece que me lo puedo saltar.
Me río.
—Valoro mucho lo en serio que te estás tomando esto. Algunos de los artículos que me diste son bastante ilustrativos.
Se le tuerce una de las comisuras de los labios.
—¿Sí?
—Sí. Sé que no lo llevé muy bien al principio, pero leer esos artículos me ha confirmado algo. —Pienso en los signos de interrogación que George ha escrito en los márgenes.
—¿El qué?
—No creo que Nate fuera el único hombre adecuado para mí.
George, que ha estado moviendo la rodilla arriba y abajo, se queda quieto. Vuelve la cara un par de centímetros hacia mí.
—No tengo claro que haya una sola persona para nadie, pero si hubiera… —La oleada repentina de emociones que siento me pilla desprevenida y miro los árboles de hoja perenne con los troncos rectos y altaneros, sin acículas hasta las ramas superiores.
—¿Si hubiera…? —George me anima a seguir en voz baja al cabo de unos segundos.
—Si hubiera una persona, una sola persona para mí, esa persona no sería Nate. —Me vuelvo hacia George—. Yo quería que lo fuera. Quería una relación como la de Aurora y Betty. Antes pensaba que tener pareja sería como atarme un ancla a la pierna.
O me ahogaba o tenía que deshacerme de ella para sobrevivir.
Su risa es grave.
—Créeme, lo sé.
—Pero Aurora y Betty están muy bien juntas. Cada una tiene su vida, su trabajo, pero se apoyan la una a la otra. Juntas son más, no menos. Nunca he visto una relación con un apoyo tan incondicional como la suya.
George ladea la cabeza.
—¿Qué dices? Tus padres se apoyan.
Le lanzo una mirada mordaz.
—Mi madre quería ayudar a las ballenas. Mi padre quería ser carpintero. ¿Quién ha conseguido lo que quería?
Le da un mordisco a la barrita energética y hace un sonido de no estar de acuerdo.
—Ella se quedó embarazada y lo dejó todo —digo.
—¿Crees que tu madre lo ve así? Tu padre y ella estaban enamorados.
Mi madre se mudó de Halifax a los lagos Kawartha a los catorce años y mi padre siempre dice que se enamoró de ella en cuanto la vio en el comedor del instituto.
Sin embargo, ella no aceptó salir con él hasta el último curso.
Cortaron cuando ella se fue a estudiar Biología Marina y Dulceacuícola en la Universidad de Guelph.
Quería ayudar a recuperar las ballenas francas del borde de la extinción en el Atlántico Norte.
Mi padre se quedó en la zona como aprendiz de ebanista, pero, cada vez que mi madre volvía a casa de visita, se encontraban en una fiesta y se acurrucaban en un rincón a ponerse al día.
Estuvieron cuatro años así. Mis padres pasaban más tiempo separados que juntos, pero pensaban en el otro a todas horas.
El verano anterior a que mi madre volviese a Halifax para estudiar el máster, su amistad se desbordó.
Esta vez, su conexión era más profunda que de adolescentes.
Parecía inevitable y les fue imposible parar.
Se pasaron un año en una tórrida relación a distancia, chocando como placas tectónicas cada vez que se veían.
Eran jóvenes y estaban enamorados y no tenían ningún plan de futuro más allá de querer estar juntos.
Entonces, mi madre vomitó durante el examen final de Biología Molecular.
Estaba embarazada. Adiós a las ballenas.
—Ya sé que estaban enamorados —le digo a George—. Pero mira lo que eso le hizo a ella. A nosotros.
Él se toma un momento para contestar.
—Creo —dice con suavidad— que te has estado contando a ti misma tu propia versión de la historia de tu madre mucho tiempo. Tal vez deberías pedirle que te la contase ella.
Me molesta lo razonable que suena eso.
—Me molesta lo razonable que suena eso —le digo.
Él suelta una risita.
—Entonces, ibas diciendo… ¿que culpamos a la perfecta relación de Aurora y Betty por lo de Nate?
—Ja. Sí.
—Les mandaremos las facturas de tu psicólogo.
—Cómo lo has colado —le digo—. Pero creo que lo de Nate también fue una cuestión de tiempos.
Estaba quemada del trabajo y harta de esforzarme tanto.
Lo que hacía en ese momento ya no me estaba sirviendo.
Quería una vida más plena y alguien con quien compartirla.
Creo que fue el hombre equivocado que apareció en el momento adecuado.
George me observa unos segundos y luego me da el último bocado de su barrita energética.
—¿Puedo preguntarte algo sin que te enfades? —dice.
—No te prometo nada.
—¿Por qué Nate? No es con quien te imaginaba.
Frunzo el ceño.
—¿Con quién me imaginabas?
—No lo sé. —La mirada se le va hacia una pareja de más o menos nuestra edad. El hombre lleva a un bebé en el pecho—. Supongo que con alguien más profundo y menos… dentudo.
Se me escapa la risa.
—¿Dentudo?
—Siempre estaba sonriendo, como un príncipe de dibujos animados. ¿Era siempre así?
—Más o menos.
—¿Y eso te gustaba?
—Claro. Era fácil pasar tiempo con él. Nos gustábamos, y puede que hasta nos quisiéramos de verdad, pero de un modo que no suponía ninguna amenaza.
—Nate estaba divorciado y no quería que le volviesen a romper el corazón, y yo no quería estar con alguien que fuese a absorberme—.
Nunca fue intenso. Nunca fue una de esas relaciones que podrían destruirte.
George me mira con los ojos entrecerrados por el sol, pero no habla.
—Demuestra lo que ya sabía. Ahora tengo treinta años, vivo con mis padres y no he conseguido nada de lo que se supone que debería tener a estas alturas.
—¿Como qué?
—Un lugar donde vivir. Un trabajo que me importe. Un pasaporte lleno de sellos.
Se agacha para mirarme a los ojos.
—Nadie va a darte un premio por tachar todos los elementos de una lista que crees que deberías haber tachado.
—Ah, bueno, pues a la mierda. Solo estaba intentando poner mi vida en orden porque pensaba que al final daban una medalla.
Me recuesto sobre las manos y arqueo la espalda, estirando los nudos.
—En fin, voy bastante bien con todo el tema de la ruptura.
No me paso el día queriendo estar con Nate ni entro en su cuenta de Netflix para saber lo que está viendo ni releo sus mensajes.
No estoy enfadada como antes. No creo que llegue a recuperarme nunca de cómo dejó él la relación, porque la humillación fue realmente horrorosa, pero he aceptado que se ha terminado.
Me estudia con la frente algo arrugada. Es su cara de estar pensando.
—Entonces, ¿no te quedan sentimientos rondándote?
—Sobre todo confusión —le digo—. No comprendo por qué esperó al día de antes de la boda para dejarme. Me parece como si me faltase algún elemento de la ecuación. Es evidente que tenía dudas, lo cual me parece razonable, puesto que yo soy yo y él es él.
—Frankie —dice George en un tono amable—, tú eres mejor que mil Nates.
—La verdad es que no. Tengo un carácter espantoso, una cabezonería que…
—Es una de tus mejores cualidades —me interrumpe George.
Lo ignoro.
—Siempre tuve cuidado de no ser demasiado peleona, demasiado yo misma cuando estaba con Nate, pero es evidente que, aun así, me pasé.
—Deberías poder ser tú misma con tu pareja sin apagar tu chispa —dice George—. Las personas discuten, Frankie. En todas las relaciones de verdad, hay conflictos. No digo que no haya formas más o menos sanas de discutir, pero las discusiones están ahí. Lo importante es querer solucionarlo.
—La última vez que discutimos apenas te vi en seis meses.
—Lo sé. Estoy abordando mis propios problemas. —Se me acerca—. En el psicólogo.
—Ostras, ahora sí que lo has colado bien.
—Gracias.
Se espera un momento antes de seguir.
—Me dijiste que solo tuviste una gran discusión con Nate. ¿Por qué discutisteis?
—Quería que me pusiera su apellido.
—Pfff. Nunca lo harías.
—Nunca —coincido—. Pensaba que no le molestaba, pero entonces me matriculó en el gimnasio como Francesca Bacon. Frankie Bacon. ¿Te imaginas?
—Prefiero no imaginármelo.
Se le oscurece la expresión.
—Me puse furiosa cuando llegamos al resort y Nate había hecho la reserva para el señor y la señora Bacon.
—Ya lo vi.
Cuando me apuntó al gimnasio con su apellido, entré en pánico. Sentí que me ahogaba.
—Creo que lo que me molestó en realidad es que la idea de sentirme parte de él me parecía sofocante —le digo a George.
—¿Crees que es algo de Nate o del matrimonio en general?
—No lo tengo claro. No quiero que me absorba nadie, pero tal vez no me sabría mal sentirme parte de alguien y que esa persona se sintiera parte de mí. Si los dos fuéramos parte del otro, pero, a la vez, nosotros mismos.
—Un reparto equitativo.
—Sí, exacto. Creo que eso me gustaría.
George hace un sonido de aprobación.
—Creo que a mí también me gustaría.