Una tormenta perfecta Capítulo 23
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Capítulo 23

Día tres: Moverse

Un aliento cálido en la nuca.

Una mano recorre mis costillas y se instala en el hueco de mi cintura.

Unos labios se posan en las últimas vértebras de mi columna. Su voz es un gruñido.

—¿Te gusta lento por la mañana?

Un nudillo me roza la punta de un pezón endurecido.

—Dime lo que quieres, cariño.

Tengo la difusa consciencia de que se trata de un sueño, de un maravilloso sueño sexual matutino. Mis pestañas amenazan con abrirse, pero yo no quiero despertar.

Un tirón y mi trasero se pega a él. Suelto un suspiro por lo dura que la tiene. Parece muy real.

Demasiado.

Abro los ojos de golpe.

Estoy de lado, en una nube de sábanas blancas, muy arrimada a George. Él tiene la pierna por encima de mi cadera y el brazo doblado encima de mi pecho como si fuera un cinturón de seguridad.

Por un momento, me quedo ahí tumbada, inmóvil, con el culo pegado a su erección.

El deseo late entre mis piernas y resisto las ganas de mover las caderas.

Porque, joder, hace mucho que no siento algo así.

Aunque mi cerebro sabe que cruzar esta línea con George sería catastrófico, mi cuerpo… Ahora mismo mi cuerpo lo desea.

Me roza el hombro con los brazos y suspira:

—Frankie.

Me quedo sin aliento y el pulso ruge en mis oídos. Intento apartarle el brazo, pero se aferra a mí con más fuerza.

—George.

—Cariño —musita.

—George —digo levantando más la voz y dándole golpecitos en la muñeca, pero él se limita a recolocarse para apoyar la barbilla en mi coronilla.

Trato de empujarle la pierna, pero mide veinte metros y está hecha de plomo.

—George Émile Saint James —le digo con la voz más severa que tengo mientras me escurro dándome la vuelta e intentando poner algo de distancia.

Sin embargo, solo consigo que emita un ruido que no puede describirse más que como sensual.

—George, despierta. —Le clavo las uñas en el muslo y él suelta otro gemido gutural—. Estás soñando.

Y, entonces, su cuerpo se tensa.

—Pero ¿qué…?

De pronto, deja de estar pegado a mí.

—Joder.

Siento que el colchón se mueve y me incorporo. George está de pie con la espalda desnuda hacia mí y con las manos en la cabeza.

—Hola —le digo.

George se da la vuelta horrorizado.

—¿Estás despierta?

Me esfuerzo todo lo posible por mantener la vista por encima de sus hombros, pero la tienda de campaña de los pantalones cortos de algodón fino que lleva es tan grande que la veo incluso sin mirarla directamente.

George baja la vista y se sonroja desde las mejillas hasta el pecho. Se tapa con las manos.

—Se suponía que ibas a levantarte pronto para salir a correr —digo con voz aguda.

—Como me dijiste que no te gustaba despertarte sola, no me he puesto la alarma —contesta él mucho más alterado. Tiene el pelo despeinado y caído, al contrario que su postura rígida y su voz tensa—. Me dijiste que durmiese aquí.

—Vale, vamos a tranquilizarnos un segundo —digo, y sueno de todo menos tranquila—. No es para tanto.

George me mira como si hubiera sugerido que se tirase por el balcón.

—¡Te estaba haciendo la cucharita!

Me encojo de vergüenza.

—En realidad, te estabas restregando un poco.

Se tapa la cara con las manos.

—Eh, George, todavía estás… —Le señalo los pantalones cortos—. Igual quieres…

—Joder.

Se da la vuelta.

—No pasa nada. Tampoco es la primera vez que te he visto con una erección matutina —digo mientras él se dirige al vestidor y saca una camiseta negra sin mangas.

—Joder, Frankie —musita, y luego me lanza una mirada volviendo la cabeza con los ojos muy abiertos—. ¿He hablado en sueños?

«Frankie». «Cariño».

—¿Aparte de la conferencia que has dado sobre deforestación de los manglares? No.

Deja caer los hombros aliviado y se pone la camiseta.

—Voy a salir a correr —dice sin mirarme a los ojos—. Después, desayunamos en el edificio principal. Nos vemos allí a las diez. Hoy necesitarás energía. —Todo lo dice con un tono mecánico.

—¿Estás bien?

Saca unos pantalones cortos del cajón sin mirarme todavía.

—Estoy muerto de vergüenza. Solo necesito un poco de espacio.

La última vez que George me dijo que necesitaba espacio, no lo vi en seis meses.

—Que no te dé vergüenza. Creo que ha sido culpa mía.

Por fin, me mira.

—Estaba teniendo un sueño… sugerente sobre ti. Sobre nosotros. Y creo que es posible que me haya acercado a ti durmiendo y tú me has rodeado con el brazo y…

No se mueve.

—¿Has tenido un sueño erótico sobre mí?

—No es para tanto —vuelvo a decir, tratando de convencernos a ambos—. Tú tienes un cuerpo. Yo tengo un cuerpo. A veces los cuerpos quieren cosas.

—¿A veces los cuerpos quieren cosas? —repite despacio.

—Sí. —Carraspeo—. Y hace un tiempo que no… Así que es posible que esté ligeramente más cachonda de lo normal.

Las cejas le salen disparadas hacia arriba como un cohete.

—Estás ligeramente más cachonda de lo normal —repite de nuevo con la voz ahogada.

Oh, no. Creo que he roto a George.

—Perdona, me he pasado dando información. No tienes por qué conocer el estado en el que se encuentra mi libido. Lo que quería decir es que, si alguien tiene la culpa, soy yo, y no hace falta que te avergüences. Somos adultos. Vamos a hacer como si esto no hubiera pasado.

Él respira hondo.

—Vale.

—¡Vale!

Nos quedamos mirándonos.

—Me parece que esto se nos hará raro durante un tiempo, ¿no? —pregunto.

—Sí. Voy a correr.

—Buena idea.

Yo voy a darme una ducha fría.

Me dirijo al comedor para tomarme un capuchino mientras George corre.

Como el resto del resort, es un espacio magnífico, recubierto de madera, con sillones acogedores, una chimenea de piedra y ventanas que dan al bosque y la bahía.

Me llevan a una mesa con vistas y, después de dar el número de nuestro chalet, se dirigen a mí de inmediato como señora Gardiner.

Es una de las salas más bonitas en las que me he sentado y el ambiente es relajado.

En el mar, unos pocos surfistas esperan pacientemente una ola.

La marea está baja y hay un largo trayecto del bosque al agua, pero una pareja está haciendo el recorrido entre ellos cargando con las tablas.

El sol ya está alto y brilla con fuerza y el agua está azulísima.

Hay un grupo haciendo saludos al sol en la parte norte de la playa y un bebé gatea tan rápido como puede hacia su hermano mayor y su padre, que están en una piscina de olas cercana.

Podría quedarme ahí sentada todo el día, observando, pero me interrumpe un mensaje de mi hermano mayor.

Es una foto de Birdie atándole lazos en la barba a mi padre.

Mi padre es callado y parece estoico, pero por dentro es muy blandito.

Mi madre era la que impartía disciplina.

Diría que mi padre no nos castigó ni una vez cuando ella se fue.

Es increíble lo bien que le sientan los lazos

Darwin

A él también se lo parece. No se los ha quitado. Qué tal George?

Pongo los ojos en blanco. Mi familia me pregunta por George como si estuviéramos en su luna de miel en lugar de la mía.

George es George

Le doy a «enviar», pero entonces me doy cuenta de que no es exactamente así. George no es George. Va al psicólogo, tiene un objetivo diario de ingesta proteica y lleva una colonia excelente. Ha planeado meticulosamente este viaje.

En realidad, George es genial. Ayer pasamos el día en una sauna flotante en medio de la naturaleza.

Y se está portando bien respecto a lo de la ruptura

Darwin

Quieres decir que todavía no te

ha dicho «te lo dije»?

Ni una vez

Darwin

Entonces, lo ves bien?

Frunzo el ceño. Aparte de la debacle de esta mañana, ¿por qué no iba a estar bien? Repaso las fotos que tomé ayer. Le mando a Darwin una de George tirándose al agua como respuesta a su pregunta. Él me contesta con un emoji del pulgar hacia arriba.

Aurora me ha estado reclamando más fotos, así que le mando una buena que nos hizo Derek cuando nos recogió. Me contesta al segundo.

Aurora

Por qué sois tan monos?

George se ha puesto todavía más buenorro???

Creo que tengo que cambiar mi posicionamiento oficial

Qué posicionamiento?

Aurora

Pensaba que el profesor era perfecto para ti, pero estoy empezando a decantarme por el chico de la casa de al lado. Nunca pensé que me haría del team Laurie

Miro la foto con más detenimiento. Estoy a caballito de George, sonriéndole, y el pelo mojado me cae por los hombros. Él me sonríe desde abajo y me rodea las piernas con fuerza con los brazos.

Cambias de opinión por una foto mona?

Aurora

Cambio de opinión por la cara que ponéis los dos.

ESTÁIS ENAMORADOS!

Oh, no. Tú también?

Aurora

Lo siento, cielo, pero ahora lo veo

Empieza a sonarme el teléfono. Es Aurora.

Rechazo la llamada. Querrá que le haga un relato detallado de cada una de las palabras que ha dicho George y cada expresión facial que ha hecho desde que nos vimos en la piscina de la Casa Grande.

Betty y ella llevan juntas cuatro años y, como fan absoluta de las historias de amor, me perseguirá hasta que le dé lo que quiere.

Aurora

Coge el teléfono!!! Necesito que me cuentes todo lo que ha pasado hasta ahora

Por eso no te lo cojo!

Aurora

Pero ME ENCANTA el amor.

NO ME DEJES CON LA INTRIGA!!!

Hago zoom en nuestros rostros y sí que entiendo que otra persona pueda pensar que hay algo más entre George y yo.

De pronto, vuelvo a estar en la cama, con su brazo rodeándome y su voz ronroneándome al oído.

«Dime lo que quieres, cariño».

Siento calor en la piel y miro a mi alrededor como si alguien pudiera ver mis pensamientos intrusivos guarros.

Buscando una distracción, saco las hojas de investigación que me dio anoche y elijo un artículo sobre circunstancias que pueden hacer que lidiar con una ruptura sea una experiencia especialmente difícil, como la creencia de que el ex es tu único amor verdadero.

George ha subrayado esa parte y ha escrito al lado tres signos de interrogación con tinta negra.

—Aquí tiene a su mujer, señor Gardiner.

Alzo la vista y veo al camarero arrastrando una silla para que se siente George.

—Y enhorabuena a ambos.

Tiene el pelo mojado de la ducha de después de correr y huele increíble. Lleva vaqueros y una camiseta de David Suzuki que le compré hace dos Navidades.

—¿Qué lees? —me pregunta.

Le enseño el artículo y asiente, pero noto que hay algo más rondándole la cabeza. Mira a nuestro alrededor y se me acerca.

—Sé que hemos dicho que nos olvidaríamos de lo de esta mañana, pero antes quería pedirte disculpas.

—No hace falta, de verdad. No pasa nada. —Pero el recuerdo del sueño que he tenido y del calor de su cuerpo contra el mío hacen que me revuelva en la silla. Abro la carta del restaurante, pero siento la mirada de George puesta en mí.

—Frankie.

—¿Sí?

Sigo repasando las tortillas y los revueltos mientras él tamborilea con los dedos en la mesa. No abre la boca hasta que levanto la vista y lo miro a los ojos.

—No sé qué habré hecho, pero ha estado completamente fuera de lugar. Voy a dormir en el sofá el resto de la semana.

Se lo está tomando demasiado en serio. Necesito que se relaje, que sepa que no le estoy dando mil vueltas, aunque sí que se las estoy dando.

—Y, entonces, ¿quién me manoseará mientras duermo? —le pregunto—. ¿Quién me susurrará «cariño» al oído?

Se pone pálido.

—Me has dicho que no he hablado en sueños.

—Más bien has susurrado.

—¿Qué más he dicho?

—Creo que no querrás saberlo.

El móvil me vibra cuando llega un mensaje.

Moby

Cómo está Saint James?

Ya te lo has tirado?

Me doy prisa por dejar el móvil bocabajo en la mesa y volver a abrir la carta.

—Has dicho que hoy necesitaré tener energía —digo cambiando de tema—. ¿Qué vamos a hacer?

La pregunta basta para que George se olvide de la incomodidad.

—¿Qué te parecería otra aventura?

Levanto la vista del menú.

—Ya sabes la respuesta a eso.

—Puede que necesite que lo digas en voz alta.

—En ese caso —contesto sonriendo—, tengo unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.