Capítulo 22
Teníamos dieciocho años
—¿Te lo estás pensando mejor? —me dijo George observándome escribir mi nombre en un papel. Todavía no me salía muy bien—. No tenemos por qué hacerlo.
Llevábamos unas semanas viviendo en Toronto y la ciudad ya había dejado huella en nosotros.
George se había comprado unas gafas de montura negra que, de algún modo, eran al mismo tiempo de empollón y sexis, y yo me había cortado el pelo recto a la altura de los hombros en la mítica peluquería House of Lords y me había arrepentido de inmediato.
—Ah, no, vamos a hacerlo —le dije—. Hoy cumples los dieciocho. Llevamos un año planeando esto.
Que él se tatuaría mi nombre en las costillas y yo el suyo.
George y yo nos habíamos mudado juntos del interior de los lagos Kawartha al mismísimo centro de la cuarta ciudad más grande de Norteamérica.
Los dos teníamos unas ganas irrefrenables de que nuestra vida adulta nos llevase a vivir nuevas aventuras.
Pero yo también me sentía sobrepasada por el cambio, por el ruido y las luces y la cantidad de transeúntes.
Nuestro piso se convirtió en mi refugio.
Encajábamos bien como compañeros de piso.
Yo ponía la cocina perdida cuando cocinaba y George, que nunca podía estarse quieto, iba limpiando detrás de mí.
En muchos sentidos, anclábamos al otro a la realidad.
Él llenaba nuestro piso de torres de periódicos y revistas que siempre iban en aumento y de notas en pósits o en páginas arrancadas de una de sus muchas libretas.
Yo llenaba la nevera de estofados y curris y patatas Anna.
George y yo pasábamos muchos sábados por la mañana curioseando entre los puestos de los productores locales del mercado de Saint Lawrence.
Yo salía de allí con ingredientes para la cena de aquella noche, además de botes de mostaza Kozlik’s y espárragos en vinagre.
No teníamos espacio de almacenaje suficiente en la cocina para todas mis especias, arroces y condimentos, y las encimeras estaban adornadas con botellas de aceite de oliva y vinagre.
La colisión entre los objetos de George y los míos me hacía sentir segura.
—Vale, ya está —dije enseñándole el «Frankie» con la mejor letra que había conseguido hacer.
—Perfecto —dijo George.
Aquella noche entramos en un estudio de tatuajes de Queen Street West y marcamos nuestra amistad de forma permanente. Luego nos emborrachamos en el Black Bull con unos carnets falsos que George había conseguido.
Me desperté a la mañana siguiente en el sofá con solo un sujetador y unos pantalones cortos de pijama.
Lo último que recordaba era haber cantado «Since U Been Gone» a caballito de George por un callejón y que alguien nos había tirado un panecillo de perrito caliente.
Tenía el vago recuerdo de que George había intentado convencerme de que me fuera a dormir y de haberme negado a que terminase la noche.
Era posible que él hubiese intentado ponerme el pijama.
Lo oía moviéndose por la cocina, así que me esforcé por levantarme del sofá. Estaba delante de la nevera bebiendo zumo de naranja de la jarra y llevaba unos bóxers negros que evidenciaban demasiado su media erección matutina.
Yo me quedé ahí mirándolo boquiabierta.
Comprendía por qué a tantas chicas les atraía; tenía un aura sexy y misteriosa, unos ojos inteligentes detrás de esa montura negra y una cara angulosa.
Sin embargo, por lo general, conseguía ignorarlo.
¡Era George! Tenía el pelo caído y las extremidades largas.
Sabía que estaba fuerte porque me había llevado a casa a caballito con facilidad, pero verlo medio empalmado, tragando zumo de naranja, con la nuez subiendo y bajando, me reconfiguró el cerebro.
Fue como si alguien me diera unas gafas nuevas y, en un instante, dejó de ser solo George.
Había visto las pecas de sus hombros miles de veces, pero ahora quería cartografiarlas con los dedos.
Quería tocar las partes más suaves y más duras de su cuerpo.
Mi nombre acabado de tatuar en su costado me mareó.
Él me vio antes de que pudiera apartar la mirada.
Sus ojos repasaron mi cuerpo y vi el efecto que eso tenía.
Hubo tres segundos en los que ninguno de los dos se movió, tres segundos en los que pensé en recorrer la distancia que nos separaba y tirar a la basura diez años de amistad.
Pero me repuse. No quería que se repitiera lo que había pasado dos años atrás.
—¿Necesitas encargarte de eso? —le pregunté sonriendo—. Igual puedes sacar una de las revistas que tienes guardadas en la caja.
El cofre de caoba se había trasladado de debajo de su cama en la Casa Grande a debajo de su cama en nuestro piso. Tenía lirios tallados y, por desgracia, un cerrojo con candado.
—¿Crees que ahí guardo revistas? —preguntó él acercándose a la encimera para esconderse de cintura para abajo.
Me encogí de hombros.
—No estamos en los noventa.
—Entonces, ¿qué guardas ahí?
—Soy un hombre de dieciocho años, Frankie. No te lo puedo contar todo.
—Pfff.
Había una libreta al final de la encimera. La abrió y anotó algo.
—¿Qué haces?
Me miró.
—Poner límites. —Me tendió el boli—. Escribe los tuyos.