Capítulo 21
Derek se lleva mi mano a la altura de los ojos cuando me ayuda a subir al barco para ver si me he puesto un anillo de compromiso.
Ya vestidos, George y yo nos sentamos en el banco de la parte trasera del barco.
Mientras navegamos entre ensenadas e islas, lo observo con el rabillo del ojo preguntándome qué estaba a punto de decirme.
Me ha parecido casi aliviado por la interrupción.
Derek y George se abrazan cuando nos despedimos, y luego vemos cómo se aleja el Pórtate Mar.
—¿Qué, ha sido un buen día? —me pregunta George.
Levanto la cabeza para mirarlo. Se le ha rizado todavía más el pelo por la humedad del mar.
—Un gran día.
Y también un día raro. Nunca me había sentido tan fascinada por él ni tan celosa de las mujeres con las que ha salido.
Nunca me había dado cuenta de lo perfecta que tiene la boca ni de lo encantadores que son sus ojos.
Es George, mi amigo de toda la vida. Pero también es otro George, un hombre que ha arriesgado su vida por el trabajo y ha ganado premios de periodismo.
Es un adulto que quiere tener pareja y tiene sueños de los que me estoy enterando ahora. Este George ya no es mío.
—No creo que pueda olvidarlo —le digo.
Me mira.
—¿Quién podría olvidar su rito de iniciación en una secta sexual?
—O su primer viaje en el Pórtate Mar.
—Créeme, son lo mismo.
Me río.
—Lo digo en serio. Ha sido increíble. Siento que podría subirme a lo alto de una de esas montañas, pero, si cierro los ojos, seguramente dormiré doce horas seguidas.
—¿Y tu apetito?
—Voraz.
—Genial.
Volvemos en coche al resort y yo me ducho y me preparo para la cena.
Me pongo unos vaqueros, una camiseta de tirantes azul claro muy mona y unas sandalias blancas.
Hago el esfuerzo de desenredarme y secarme la melena.
Estos dos meses de despreocupación por mi aspecto en los que no he usado ningún tipo de calor en el pelo me lo han dejado sano y brillante.
No me molesto en ponerme demasiado maquillaje, solo lo de siempre: un poco de rímel, colorete y un bálsamo labial con color.
Mientras espero a que George se prepare, saco el móvil. No he respondido al mensaje de Brie de esta mañana, aunque tampoco pedía ninguna respuesta.
Dicen que la gastronomía en Tofino es increíble!
Pásatelo bien! A ver si te inspiras!!!
Frunzo el ceño mirando la pantalla. ¿Por qué me molesta tanto? Es un mensaje inofensivo.
—¿Va todo bien?
Levanto la vista y me encuentro a George con unos vaqueros oscuros y una camisa también vaquera, pero más clara. Todavía lleva el pelo mojado. Está increíble.
—¿Esmoquin canadiense?
Se encoge de hombros.
—Me parecía que ese era el rollo.
—Me gusta. Dice: «Sé montar a caballo y preparar un delicioso café con leche de avena».
Baja la vista para mirarse.
—Qué mal, porque no sé hacer ninguna de las dos cosas.
Me levanto y George mira mi modelito.
—Creo que nunca te había visto con algo así.
La camiseta de tirantes tiene un volante fruncido en el dobladillo. Cuando esta mañana le he recordado a George que soy una mujer, solo era medio en broma; a veces de verdad creo que se le olvida.
En su defensa diré que antes nunca llevaba ropa tan femenina.
Me puse la ropa que me pasaban mis hermanos hasta los diez años.
En el instituto me ponía vaqueros y camisetas que encontraba en la tienda de segunda mano.
Hasta que tuve ingresos y más amigas que entendían de moda no empecé a diversificar.
Ahora me toca a mí encogerme de hombros.
—Me parecía que ese era el rollo.
—¿Por qué mirabas el móvil como si estuvieras a punto de pegarle?
Se lo tiendo.
—¿A ti esto te parece raro?
Lee el mensaje de Brie.
—Tres signos de exclamación me parecen excesivos, pero, por lo demás, no. ¿Por qué?
—Me molesta.
George vuelve a estudiar el mensaje.
—¿Es porque habla de la inspiración como si fuera algo que puedes comprarte en el supermercado? —Me mira—. ¿Como si pudieras llevarte un brik de inspiración a casa?
Me río porque la verdad es que eso me ha molestado.
—¿Crees que te está insinuando que necesitas inspiración? Porque entiendo que eso pueda sentarte mal.
—No creo que sea eso lo que quiere decir. No es pasivo-agresiva.
—Entonces puede que no sea cosa de Brie, puede que se trate más de tus cosas.
—¿Qué cosas? Yo no tengo de eso —digo, y ahora George sonríe. Se ríe con los ojos.
—Frankie, todo el mundo tiene cosas.
—El que lo dice lo es.
Una risita le retumba en el pecho. Me gusta ese sonido.
—Claro —dice—, si yo soy el rey de las cosas.
El restaurante está en Ucluelet, el pueblo más cercano a Tofino, a unos treinta minutos del resort.
Pluvio es un local pequeño con una cocina abierta y una lista de reproducción musical de R&B de los noventa y, en cuanto echo un ojo a la carta, sé por qué me ha traído George aquí.
Empieza con un glosario, lo cual sería alarmante en la mayoría de los casos, pero este es ingenioso.
Enumera algunas definiciones de Ucluelet entre las cuales están «un pueblecito que prácticamente nadie conoce cerca de otro conocido a nivel nacional y mundial» y «la hermana menos moderna de Tofino».
Esta noche nos ofrecen un menú degustación de temporada de cinco platos con unos cuantos entre los que elegir y una lista de opciones adicionales que puedes añadir al festín.
Es evidente que el chef está comprometido tanto con el uso de ingredientes locales como con pasarlo bien.
El simple hecho de leer las descripciones hace que me entusiasme más con la comida y sus posibilidades de lo que lo he estado en mucho tiempo.
Nuestra camarera es una joven que se llama Gerry, con una risa pegadiza y trenzas rubio platino sujetas en forma de corona. Pronto descubrimos que Gerry es de Toronto. Nos hace un resumen de su vida en treinta segundos mientras nos sirve el agua.
—Me dejaron. Busqué en Google los sitios más bonitos de Canadá. Vine aquí hace cinco años y aquí sigo.
Cuando vuelve para tomarnos nota, George me mira.
—A ver qué tal se te da —le digo.
—Para Frankie, el cóctel No me gusta ni pícea —dice George pidiendo justo el que yo habría pedido—. Y para mí, un Si bebes no pilotes. —Es una de las bebidas sin alcohol.
—Muy bien —dice Gerry.
—Para cenar, ella tomará el bacalao largo asado con camarones moteados, la codorniz campera y… —Me mira entrecerrando los ojos—. De postre, la tarta.
Joder, se le da genial.
—De acuerdo.
—¿Qué tal lo he hecho? —me pregunta George después de pedir para él.
—Da miedo y todo —le digo—. Muy inquietante. Hasta has acertado con la bebida. Le había echado el ojo a ese cóctel.
—¿Mezcal? ¿Aperitivo de pícea? Pues claro.
Gerry sigue nuestra conversación como si fuese una partida de ping-pong con una sonrisa perpleja.
—También comeremos vieiras y dos de los mundialmente famosos calamarcitos calientes —le digo. Quiero probar todo lo posible, incluido el calamar de Humboldt a la plancha dentro de un panecillo de perrito caliente en miniatura.
—Marchando —dice Gerry—. Una mujer con buen apetito siempre me inspira respeto. Espero que le aguantes el ritmo —le dice a George.
—Ya te digo yo que no —le responde él.
Nos lo comemos todo. El postre es una tarta de chocolate llamada «Bosque encantado», con rocas hechas de merengue y tierra comestible.
Es una de las mejores comidas que he hecho en mucho tiempo.
Concluye con la camarera ofreciéndonos cajitas cuadradas llenas de conchas entre las que buscamos dulces.
Es algo que podría resultar pretencioso, pero, en realidad, parece más bien un guiño del chef.
Es divertido y demuestra una creatividad exuberante.
No puede ser más diferente de unos macarrones hechos en la olla de cocción lenta.
Al final de la noche estoy tan llena y cansada, y tan quejica sobre lo llena y cansada que estoy, que George me carga a caballito hasta el coche y luego desde el aparcamiento del resort a nuestro chalet, como hacía cuando volvíamos a casa de fiesta.
—Puede que me duerma aquí mismo —le digo hablándole a su cuello mientras abre la puerta y entra.
Me baja.
—Creo que eso no nos iría bien a ninguno de los dos —dice.
Pero, entonces, me coge en brazos y me lleva como si fuera una novia y estuviésemos cruzando el umbral de la casa por primera vez, a la planta de arriba.
La habitación está preparada para la noche.
La chimenea está encendida, de los altavoces sale una música tintineante y la cama vuelve a estar rociada de una nueva tanda de pétalos de rosa.
Estoy un poco borracha por el cóctel y le doy la mano tirando de él hacia el colchón. Me tumbo de espaldas con los pies todavía en el suelo, pero él no se deja caer a mi lado. Se sienta a los pies de la cama observándome.
—¿Te acuerdas de cuando empecé a cocinar?
—Claro —dice—. Te obsesionaste con la cebolla. Con todas las formas en las que se podía cortar, picar y rallar. Con si un plato era mejor si la rehogabas primero o la hacías a la plancha. Con cuánto rato tardaba en caramelizarse.
—Siempre más de lo que dice en la receta —añado—. Todo me hacía mucha ilusión en aquel momento. Antes estaba… No sé… ¿Hambrienta?
Su sonrisa es melancólica.
—Tenías unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.
No puedo evitar reírme.
—Sí, de vivir una aventura y de divertirme y de cocinar y de… vivir la vida. Creo que por eso me ha molestado el mensaje de Brie. He perdido esa sensación. Hace dos meses me creía la puta ama. Pensaba que lo tenía todo clarísimo. Y ahora mírame.
George se tumba y nos estudiamos.
—Ya lo hago.
Me sostiene la mirada un segundo, pero luego sus ojos viajan por mi cara.
—¿Quieres saber lo que veo?
Asiento.
—Veo a alguien con muchísimo talento y creatividad y pasión. Veo a una persona que me ha ayudado a superar algunos de los momentos más duros de mi vida. Veo a la mujer más fuerte, más cabezota y más frustrante que conozco.
Siento calor en las mejillas.
—Algún día volverás a estar hambrienta, Frankie. No seas tan dura contigo misma.
Eso no es mi fuerte.
—No duermas en el sofá —le digo—. Es muy pequeño para ti. Preferiría que te quedaras conmigo.
Me mira un instante.
—Seguramente pondré una alarma para salir a correr. No quiero despertarte.
Le quito importancia con un gesto de la mano.
—Estoy acostumbrada. La de Nate sonaba a las cinco de la mañana para poder ir al gimnasio. —La odiaba.
—Yo no me levantaré tan temprano, pero voy a dormir abajo para no molestarte.
—George —le digo—, por favor. No me gusta despertarme sola.
—¿Seguro?
—Claro. No pasa nada. Si soy yo.
George se pone en pie.
—Vale, dormiré aquí.
—Bien.
—Ah, casi se me olvida. —Cruza la habitación hasta el escritorio y abre uno de los cajones—. Me has dicho que querías ver el resto de mi investigación.
Saca una carpeta muy abultada y me la tiende.
—Gracias por todo esto. Te lo agradezco un montón. Tengo mucha suerte de tenerte.
—¿Tan fuerte era el cóctel?
—No es por el cóctel.
George sonríe.
—Voy a cambiarme y a bajar a leer un rato.
Aparto los ojos mientras se desviste en una esquina y se dirige al cuarto de baño con solo unos pantalones de chándal. Cuando vuelve a la habitación, levanto la mirada y trago con dificultad al ver la leve cicatriz. Mis ojos se desvían hacia el tatuaje.
—¿Alguna vez te arrepientes? —le pregunto. He conocido a más de un hombre a quien no le entusiasmó encontrar el nombre de George en mi cuerpo.
Él mira mi nombre escrito a mano en sus costillas y sonríe.
—Ni una vez. ¿Y tú?
—No, yo tampoco.
Nunca.
—Buenas noches, Frankie —dice, y se dirige abajo.
Yo me cepillo los dientes, me pongo el pijama y me instalo en la cama con los papeles de George. Al pasar las páginas me doy cuenta de que la transcripción de la entrevista ha desaparecido.
Se me están cerrando los ojos con el ruido blanco de las olas rompiendo contra la roca cuando el colchón se hunde con el peso de George.
La cama se calienta deprisa y su respiración adopta enseguida el ritmo constante del sueño.
Yo lo sigo poco después y pronto estoy soñando con que me rodea un brazo que conozco bien.