Capítulo 20 #3
Le quito las gafas y las limpio en la manta.
—¿Cómo puedes dejarlas así? —le pregunto, y echo vaho, luego limpio, levanto las gafas hacia la luz y luego vuelvo a echar vaho.
No sé por qué estoy tan agitada.
—Creo que ya están limpias, Frankie —dice George tras verme repetir el proceso cinco o seis veces.
En ese instante, levanto la mirada hacia la suya y me doy cuenta de que he mirado a George a los ojos cientos de miles de veces, pero que nunca me he parado a apreciar lo asombroso que es el azul oscuro de sus iris.
Lo eléctrico que es el azul más claro que le rodea las pupilas.
Me veo a mí misma reflejada en esas esferas negras, como si flotase en un océano tempestuoso.
—¿Frankie?
Mi mirada baja hasta su boca. Tampoco le he prestado nunca mucha atención.
El labio superior es casi una línea recta.
Por eso su sonrisa puede parecer tan mordaz; cuando sonríe, el labio se estira todavía más, como ahora.
El inferior es más carnoso, el más voluminoso de los dos.
Sale hacia fuera cuando está pensando. Cuando pone cara de preocupación.
Besé esos labios una vez y fue un error colosal.
Entreabre la boca y yo vuelvo de golpe a la realidad y le pongo las gafas.
Lo hago con cuidado y deprisa, sin mirarlo a los ojos, pero, aun así, siento su aliento en la muñeca.
Siento su mirada en mi rostro. Siento sus rizos rozándome los nudillos cuando le coloco las patillas detrás de las orejas.
Cuando éramos niños, el pelo rapado le empezó a crecer formando ondas espesas y turbulentas, y él me reñía por quedarme mirándolas o se molestaba cuando, incapaz de contenerme, tendía la mano para tocarlas.
—Si quieres tener pareja, la tendrás —le digo. Cuando George decide esforzarse por algo, nunca fracasa—. La encontrarás.
—O —dice— tal vez ella me encuentre a mí.
Lo dice con tanta franqueza que siento un pinchazo de algo que se parece mucho a los celos. Nunca ha habido una mujer en la vida de George que me haya parecido más importante para él que yo. Creo que una pequeña parte de mí, una parte fea, se sentía cómoda así.
—¿No se puede mandar una bengala de emergencia en esos casos? —bromeo.
—Ojalá fuera tan fácil.
—Supongo que cuesta que las cosas funcionen cuando viajas tanto. Igual tendrías que volver a Toronto más que unos pocos días aquí y allá. Guiño, guiño.
—Creo que el problema no es ese.
—¿No?
Niega con la cabeza mirándome a los ojos.
—No.
—A ver, ¿cómo es tu perfil en las apps para ligar? Igual estás atrayendo sin querer al tipo equivocado de persona.
—No tengo perfil en ninguna app para ligar.
—¿Cómo puede ser? Si siempre estás… ligando.
Una sonrisita de satisfacción se le dibuja en la boca y, antes de que responda, digo:
—Déjalo. Con ese combo de cara, pelo y culo seguro que te va bien sin apps.
Una ceja oscura se arquea por encima de sus gafas.
—Perdona, ¿qué combo?
—Venga ya —le digo—. Ya sabes qué aspecto tienes.
Mi mejor plan de acción es decir las cosas como son.
—Sé que aspecto tengo —dice con una sonrisa cada vez más engreída—, pero ¿cómo describirías tú mi aspecto?
—¿Ahora mismo? Un poco arrogante.
Se ríe y se recuesta con las manos detrás de la cabeza mirando el cielo. La manta se le ha escurrido hasta la cintura y mi mirada se ve atraída hacia el tatuaje y luego hacia los músculos que se le marcan en los brazos.
—¿Estás sacando músculo? —le pregunto.
Me sonríe.
—Puede que un poco.
—Qué descarado eres, pero quédate así. Tengo una idea.
Salgo de la hamaca, busco el móvil y abro la cámara. Le saco unas cuantas fotos cuando está distraído.
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a que éramos un rey y una reina y que la Casa Grande era nuestro castillo? —pregunta todavía observando el cielo.
—Claro.
Encontramos una falda morada de tafetán en uno de los baúles de Mimi y me la puse de vestido, y George se puso una capa de lana roja. Me puse hasta una estola de piel sobre los hombros y él usó un bastón como cetro.
—Creamos nuestro reino —digo.
En el armario metíamos a los prisioneros.
Representábamos decapitaciones bajo el manzano y recibíamos a la corte en el salón de baile.
El arroyo pasó a ser nuestro foso. El gato Baryshnikov era el juglar de la corte.
Mimi le cosió un sombrero con cascabeles, pero Baryshnikov se puso a aullar cuando intentó ponérselo.
Nos pasamos una semana recogiendo palos para delimitar un laberinto en el desordenado jardín de Mimi.
Cuando llegó agosto, la hierba había crecido tanto que mi padre usó el cortacésped para trazar un camino serpenteante que pudiéramos seguir, con un círculo despejado de maleza en el centro.
Recuerdo estar tumbados de espaldas con la hierba susurrando en la brisa. Recuerdo discutir sobre qué debía tener en el centro un laberinto como dios manda y quién sería el rey y quién el súbdito. Recuerdo que George dijo:
—¿Y si yo fuese el rey y tú la reina? Así los dos mandaríamos.
—Qué asco —le dije yo—. Entonces tendríamos que besarnos y todo eso.
—Si no queremos, no. El rey y la reina se inventan sus propias normas.
—Eso me gusta —le dije—. Serías un gobernante sabio y noble.
Me sonrió y me sentí coronada.
Ahora George sonríe todavía mirando el cielo.
—Se nos da bien —dice.
—¿Crear reinos?
Capturo la suave curva de sus labios antes de que se vuelva hacia mí. Entrecierra los ojos.
—¿Qué haces?
—Estoy ayudándote.
—Y ¿a qué me estás ayudando, Francesca?
—Sabes que no me gusta nada que me llames así.
—Ajá.
—Voy a hacerte un perfil en una app para ligar —le digo, pasando las fotos.
Dios, sale increíble. Pero también sale como es él. Amante de la naturaleza. Inteligente. Seguro de sí mismo.
George se pone de pie.
—No, no vas a hacer nada.
Le enseño el móvil.
—Esto es una bengala de emergencia. ¿Me estás diciendo que ni siquiera puedes intentarlo?
Se acerca un paso más, me coge el teléfono de la mano y bloquea la pantalla.
—Te digo que no hay nadie en ninguna app con quien quiera salir.
El modo en el que me sostiene la mirada hace que el corazón me golpee el pecho más deprisa.
—Eso me suena un poco a prejuicio —le digo cuando el viento se levanta y me pone el pelo delante de la cara.
—No juzgo a la gente que busca pareja por internet, pero me conozco y sé lo que quiero, y te digo que nunca la encontraré ahí.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Aguanto la respiración cuando George levanta una mano para apartarme los mechones de pelo rebeldes de las mejillas.
Antes de que responda, el traqueteo de un motor corta el silencio. Los dos nos volvemos hacia el origen del ruido. El Pórtate Mar se acerca despacio, como Derek nos ha prometido.