Capítulo 20 #2
—Intento tomar doscientos gramos de proteína al día.
Me río.
—¿Qué?
Se da la vuelta para quedarse frente a mí. Ha dejado las gafas sobre la plataforma, a nuestro lado. No estoy acostumbrada a verlo sin ellas y es raro lo íntimo que resulta. Es como si se hubiera quitado una pieza de ropa.
—Antes me has dicho que echabas de menos conocer los detalles de mi vida —dice George.
—Eres de los que se toman batidos de proteínas —digo sonriendo—. Lo sabía.
—Y colecciono arena.
Me pongo de lado mirándolo, sintiendo el tirón lento de otra sonrisa.
—¿Arena?
—Sí. Arena de todo el mundo. Meto un poco en una bolsita siempre que estoy en una playa.
—Y ¿qué haces con todas esas bolsitas de arena?
—Tengo un tarro y, cuando vuelvo, añado las capas nuevas de arena e indico de dónde son.
—Es muy tú.
—¿Sí?
—La mayoría de la gente colecciona imanes. Tú coleccionas especímenes geológicos.
—Y estoy aprendiendo italiano.
—¡No!
—Aprendí algo cuando estuve en Bolonia. Parece que no se me da mal. No es muy diferente del español y el francés.
—Dime algo en italiano.
— Ti sto dicendo qualcosa in italiano . —Le sale con mucha facilidad.
Abro mucho los ojos.
—¿Qué significa?
—Significa «Te estoy diciendo algo en italiano».
Me río.
—Has dicho que te preocupa que nuestra amistad solo exista cuando estamos juntos, que no te cuento estas cosas porque me he olvidado de ti.
—Sí.
—Supongo que yo también me preocupo de que te hayas hecho mayor sin mí, de que ya no me necesites.
—Sí que te necesito —digo de inmediato.
Pero, si Nate y yo nos hubiésemos casado, George y yo no habríamos tenido esta oportunidad de reconectar.
No estaríamos aquí tumbados en una hamaca en un rincón remoto de la bahía de Clayoquot.
Y eso —que podríamos haber ido alejándonos más y más sin hacer nada al respecto hasta terminar siendo irreconocibles para el otro— es una pérdida mucho mayor que la de la ruptura.
Que Nate me deje ha sido un golpe devastador, pero he conseguido salir adelante.
Perder a George habría sido una erosión lenta, más difícil de identificar y más difícil todavía de superar.
—¿Una promesa por otra? —pregunta George con los ojos alternando entre los míos.
—Dime.
—Esta mañana has dicho que quieres que volvamos a ser nosotros —continúa—, pero yo no creo que sea posible tener la misma relación que cuando éramos niños o cuando vivíamos juntos. Ahora tenemos treinta años. Me pregunto si todavía no hemos averiguado cómo ser George y Frankie de adultos.
Cuando éramos vecinos, el buzón y las cartas hacían de intermediarios.
Como compañeros de piso, nos asegurábamos de pasar por lo menos dos noches a la semana juntos, pero también nos dejábamos notas en trozos de papel y pósits.
A veces me encontraba un cuadrado amarillo pegado al espejo del baño o a mi cartera.
Una vez me desperté y encontré uno en mi frente.
Cuando teníamos veintitantos, estábamos en contacto por correo, mensajes y llamadas, y nos veíamos en vacaciones cuando él estaba en Toronto. Pero ya no era lo mismo.
—Supongo que tienes razón —le digo.
Yo todavía no he averiguado cómo ser yo misma de adulta y aún menos cómo conservar nuestra amistad a medida que evolucionamos.
—Creo que deberíamos volver a sentirnos cómodos siendo sinceros y abriéndonos al otro —dice George.
Levanto las cejas. Abrirse no es su fuerte.
—Si tú puedes hacerlo, yo también.
—¿Es el título de tus memorias?
—Exacto. A ver, dejando de lado los detalles, cuéntame las cosas grandes —le digo—. Y no estoy diciendo que lo de los batidos de proteínas no sea digno de contar.
Respira hondo. Abre la boca. Y la vuelve a cerrar.
—La verdad es que es más difícil de lo que pensaba —dice.
Se me hace un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre?
Pasa el dedo por la red de la hamaca y baja la mirada.
—He empezado a ir al psicólogo.
—¡¿Tienes psicólogo?!
Se vuelve hacia mí de golpe.
—Perdona. No quería parecer tan sorprendida —digo.
George es la última persona que me imaginaría en terapia. Es reservadísimo y muy centrado. Cuando se fue de casa de su padre y volvió a la de Mimi justo antes de que cumpliéramos catorce años, tuvo una sola cita con el orientador del instituto y se negó a ir por segunda vez. Vuelvo a intentarlo:
—¿Cuánto hace que vas?
—Poco. Hemos estado haciendo sesiones en línea estos últimos dos meses.
Asiento para animarlo a seguir hablando.
—El médico me recomendó que lo probase después de los incendios, pero me resistí.
—¿Porque contarle tu vida a un desconocido es casi tan angustioso como hacer cola?
—Eso es lo que yo pensaba, pero en realidad ha sido bastante liberador. Fui esperando trabajar en algo, pero… —Se ríe—. Con mi historia familiar resulta que hay mucho donde escarbar. Mi psicólogo se está poniendo las botas.
Le quita importancia, pero se le ha oscurecido la expresión.
—¿Te está sirviendo?
—Creo que sí. Siempre he lidiado con estas cosas. Normalmente es como un rumor de fondo, pero a veces se vuelve ruidoso. Y empeora cuando estoy estresado o cansado.
—Cuando dices que se vuelve ruidoso, ¿a qué te refieres?
—Básicamente a mí tratándome como una mierda.
Me quedo pasmada y George se ríe.
—Por la cara que pones parece que haya confesado una suplantación de identidad.
—¡No! Lo estoy procesando. Es genial, George. Estoy orgullosa de ti.
—¿Sí? —Veo una pizca de aprehensión en la postura tensa de sus hombros.
—Sí. Está claro que la salud mental es superimportante y tú has sabido ver que necesitabas ayuda y la has buscado.
Eso también es muy de George, ahora que lo pienso. No hay nada que lo pare.
—Tú también podrías plantearte ir a ver a alguien cuando vuelvas.
«Lo sabía».
—Puede —le digo—, pero no quiero convertirme en una de esas personas que empieza una de cada dos frases con «Mi psicólogo dice que…».
—Mi psicólogo dice que esa es una preocupación muy normal.
—Tú siempre tan gracioso.
—Mi psicólogo también dice que conoce a un par de profesionales especializados en cambios vitales como las rupturas.
—¿Le has hablado de mí a tu psicólogo?
Se me acerca y baja la voz como si tramase algo.
—Le hablo de ti sin parar.
—Ja.
Una ráfaga de viento llega por encima del agua y me estremezco. Se me eriza la piel de los brazos. Caigo en lo verdaderamente solos que estamos. Es como si fuésemos las dos únicas personas del mundo.
—Tienes frío —dice George—. ¿Quieres volver a la sauna?
—Estoy muy bien aquí.
—Vale, pues un segundo.
Se levanta de la hamaca y vuelve con las gafas puestas y una manta con la que nos cubre a ambos.
—¿Qué más? —le pregunto.
Estamos tumbados mirando al otro con la cabeza apoyada en la mano.
—¿Cosas importantes?
Asiento.
—Quiero seguir escribiendo y viajando. Algún día me gustaría escribir un libro.
—¿Sobre qué?
—Todavía no lo sé, pero quiero hacerlo. De no ficción, claro.
A otra persona podría parecerle arrogante, pero yo sé que George busca su siguiente desafío.
—Me sorprende que todavía no hayas escrito uno. George Saint James, periodista galardonado, escritor superventas… Es inevitable.
—Y quiero compartir mi vida con alguien —dice.
Eso me deja alucinada.
—Pero ¿con un solo alguien?
—No hace falta que pongas esa cara de sorpresa, Frankie.
Cierro la boca.
—Es solo que —empiezo a decir—, y no te lo tomes a mal, pero ha habido muchos alguien. Eres un poquito… —Busco una palabra inofensiva para terminar la frase.
—Cuidado —me avisa George.
—Digamos «libertino».
—Un libertino es una persona de bajo carácter moral.
—No te estoy juzgando —le digo—. Yo también he tenido unos cuantos alguien. Solo intento entenderlo. Pensaba que…
«… te acostabas muchas veces con muchas personas distintas», me digo.
Aunque procuro no pensar demasiado en la vida sexual de George, creía que sus líos eran una forma de quemar toda la energía que tiene.
Y tengo algunas pruebas que apoyan mi teoría.
Una vez volví a casa pronto de un turno en el restaurante y me lo encontré en el sofá con dos mujeres que se mostraron muy molestas porque yo hubiera interrumpido lo que fuera que estuviese a punto de pasar. Y lo había oído acostarse con alguien.
—Pensaba que querías vivir más o menos sin ataduras —le digo.
—Eres tú la que juraste que nunca te casarías —dice levantando una ceja—. Y varias veces, digámoslo todo.
—No tendría que haber cambiado de idea.
Antes pensaba que una relación seria me ataría, me distraería de mis objetivos, como le pasó a mi madre. Me imaginaba enamorándome y perdiéndome a mí misma en otra persona, como le había ocurrido a ella, y luego despertándome un día presa del pánico por todas las cosas que me había perdido.
En el caso de mi madre, aquella fue la oportunidad de volver al mar, de respirar el aire salado que para ella era su hogar y de luchar por salvar las ballenas francas del Atlántico Norte que tanto adoraba.
Terminó haciendo daño a personas a las que amaba para recuperar la parte de ella misma que había abandonado. Yo no quería terminar igual.
—En cambio, yo —dice George— soy mucho más de la vieja escuela. —Me sostiene la mirada—. Siempre he sabido que había una sola persona para mí, una persona a la que me gustaría unirme de por vida.
Es un esfuerzo evitar que se me abra la boca de par en par.
—¿Por qué ahora? Nunca has mostrado ningún interés por ir en serio con nadie.
—Eso no es cierto —dice George—. Lara y yo estuvimos juntos casi un año.
Vale, es más de lo que pensaba.
—¿Sí? Pero ¿en plan pareja pareja?
—Frankie, la llevé a tu cena y la presenté como mi novia.
—Siempre he pensado que usabas la palabra vagamente, como eufemismo.
—No era un eufemismo. Era mi novia de verdad.
—Pero cortaste con ella. Siempre rompes tú con ellas.
Es mejor irse primero que quedarse atrás.
—Lo dices como si fuera fácil. Es horrible empezar una relación lleno de esperanza y luego darte cuenta de que no funciona y nunca va a funcionar. Romper con alguien es terrible.
—Me perdonarás por no sentir mucha empatía ahora mismo.
—Yo no siento ninguna empatía por Nate —dice.
—Bien.