Capítulo 20
La cabaña tiene todo lo que necesitamos. Un vestuario. Baños. Una pequeña cocina con un surtido de sándwiches, sandía ya cortada y refrescos. Hay una hoguera exterior rodeada de sillas. Pilas de toallas y mantas. Y, por supuesto, la propia sauna.
Nos quedamos en bañador y entramos. Es una pequeña habitación revestida de cedro con bancos, una hoguera de madera con carbón incandescente en la parte de arriba y unas vistas espectaculares del paisaje.
El agua centellea, llena de posibilidades.
Las colinas son de un verde deslumbrante bajo la luz del sol.
Yo me he puesto un bikini rojo que fue un capricho para la luna de miel y George lleva un bañador corto que seguro que se ha comprado en Europa.
Es más corto que los que suele llevar, a rayas gruesas azules y color crema. Muy de James Bond de los sesenta.
Mientras él aviva el fuego y vierte agua sobre el carbón de la parte superior, yo me maravillo con los fibrosos músculos que se le marcan en los brazos y el torso.
Mis ojos recorren el camino de vello oscuro que desaparece dentro de su bañador y aparto la mirada cuando empieza a acelerárseme el pulso.
No es para tanto: George está bueno. Es solo que estoy un poco desentrenada en esto de lidiar con la realidad.
Nos sentamos en bancos opuestos y yo fijo la vista en el paisaje que se ve por la ventana.
Lo que pasa es que a mí George siempre me ha parecido mono. Cuando era pequeño simplemente me gustaba su aspecto. Las mejillas rosadas y los grandes ojos azul marino. Pensaba que era el chico más guapo del colegio mucho antes de que se convirtiera en el guapo oficial de la clase.
Pero, a los catorce años, mi forma de ver a los chicos cambió. Se le sumó una nueva capa emocionante y aterradora: la atracción.
Según he podido comprobar, la atracción puede ser incontrolable, inexplicable y frustrantemente inoportuna.
La primera vez que tuve que afrontar esa realidad fue en la fiesta de la piscina de nuestro catorce cumpleaños.
Hacía poco que George había vuelto de Montreal, donde había pasado los últimos siete meses viviendo con su padre, y yo no me había acostumbrado a cuánto había crecido.
Llevaba un bañador verde oscuro que nunca le había visto y recuerdo que, mientras se iba acercando al borde del trampolín, pensé que el color le quedaba bien.
Cuando empezó a impulsarse, preparándose para saltar, el calor me recorrió el cuerpo como si me hubiera quemado por el sol.
Quería que todo el mundo se fuera para que pudiéramos estar solos.
Quería a George solo para mí con una avaricia que casi me asustaba.
Se zambulló en el agua y yo salí de mi ensoñación, pero no pude dejar de lanzarle miradas, unas miradas que me parecían ilícitas.
Tumbada en la cama aquella noche, fui capaz de admitir que pensaba que mi mejor amigo estaba bueno.
Decidí aceptarlo e ignorarlo, y eso fue precisamente lo que hice. Casi siempre.
—¿Estás bien? —me pregunta ahora, y yo lo miro, reticente. Tiene el pelo alborotado por el viento del barco. Los ojos fijos en mí. Lleva barba de un día. Su cuerpo es… En fin, no puedo ni mirarlo.
—Claro. —Ya conseguí hacerme experta en ignorar la realidad física de George Saint James. Solamente tengo que recuperar la práctica—. Solo estoy asimilándolo todo. ¿Cómo sabías que existía este sitio?
—No lo sabía. Derek me dijo que le hablase si alguna vez venía por aquí. La sauna es de un amigo suyo que la alquila a turistas y hoy ha habido una cancelación, así que aquí estamos.
De vez en cuando, George conoce a una fuente que se convierte en amigo. Casi siempre suelen ser personas a las que admira. Me cuenta que Derek mantuvo la calma durante las evacuaciones de Kelowna y estuvo imperturbable durante las horas y los días más duros del incendio de McDougall Creek.
—Buen trabajo, Saint James —le digo—. Este sitio es increíble. Has llevado lo de escaparnos al siguiente nivel.
—Mejor que el armario de la biblioteca, ¿eh?
—Hum… La verdad es que ese escondite me encanta, pero esto me gusta casi tanto como el armario.
Me recuesto hacia atrás sobre las manos, cierro los ojos y apoyo la cabeza en las láminas de cedro.
Inspiro profundamente y suelto el aire en un suspiro.
Lo hago otra vez. Gotitas de sudor me resbalan por el torso hacia el valle entre mis pechos.
De pronto, soy consciente de lo callado que se ha quedado George.
Abro los ojos y me lo encuentro con la mirada clavada en mí. Tiene la boca entreabierta, la vista fija en mi pecho y los ojos oscuros y llenos de algo que se parece mucho al deseo. Me da un vuelco el corazón. Está tan concentrado que no sabe que lo estoy viendo. George NUNCA me mira así.
La punta rosada de su lengua resbala por su labio superior y yo parpadeo. Su mirada sube y se encuentra con la mía, pero ninguno de los dos se mueve. Siento cómo me palpita el corazón. Me pasa por la mente la idea de poner la boca en el marcado surco de su cuello para saber a qué sabe su piel.
Me incorporo.
—Me está entrando demasiado calor.
George asiente como un muñeco cabezón.
—Deberíamos enfriarnos.
Salgo fuera y me tiro de bomba directa al agua sin vacilar.
El frío es impactante y salgo del agua buscando aire en el momento en el que George rompe la tensión superficial.
Su salto de cabeza es impecable. Nada por debajo del agua y no veo lo lejos que ha llegado hasta que saca la cabeza mucho más lejos de la plataforma que yo.
—Sienta de maravilla, ¿verdad? —grita.
—Está fría de cojones —digo yo nadando hacia la escalera.
George me sigue y nos pasamos la hora siguiente alternando entre el calor seco de la sauna y el gélido golpe del agua salada.
Yo suelto un chillido cada vez que me tiro al agua y, cuando volvemos a la sauna, él aviva el fuego y nos sentamos en silencio con los ojos cerrados.
Todo se suaviza. Puede que se me hayan reblandecido hasta los huesos.
Aquí no hay espejo, pero me noto las mejillas sonrosadas.
Con cada vigorizante chapuzón, mi corazón bombea la sangre con más fuerza.
Siento un cosquilleo en la piel. Y hasta me parece que veo más claro.
Es como si pudiera distinguir cada uno de los tonos de verde de las montañas cubiertas de árboles. Se parece bastante a ir colocada.
Después del cuarto chapuzón, me tumbo en la ancha hamaca del embarcadero empapándome de ese entorno imposible mientras él nada.
Apoyo la cabeza entrelazando las manos detrás de la nuca y mirando el cielo.
Un águila de cabeza blanca planea en las alturas con las alas muy abiertas y parece que la imagen sea un regalo solo para nosotros.
—¿La has visto, Frankie?
Me incorporo. George ha nadado hasta bastante lejos, pero todavía alcanzo a ver un destello de sus dientes cuando sonríe.
—¡Sí! —le contesto también alzando la voz y sonriendo.
Señala un gran nido en las ramas más altas de un árbol en el cual el ave se ha parado ahora. Yo no soy una amante de la naturaleza como George y mi madre, pero incluso a mí me impresiona.
—¿Estás bien ahí? —pregunta.
—Sí, bien —digo, pero, mientras lo estoy diciendo, me doy cuenta de que me he quedado bastante corta—. En realidad, estoy genial.
Sé que en parte es por la adrenalina, pero siento que podría enfrentarme a cualquier cosa. No estoy segura de haber estado tan alerta ni tan viva en mi vida.
Cuando se lleva uno de los kayaks para salir a remar, yo cierro los ojos y mi consciencia pasa a centrarse en mi cuerpo.
Las gotitas de agua que serpentean por mi piel, el pulso golpeándome las muñecas, los pezones erizados contra la tela mojada del bikini…
Quizá por eso me miraba antes George. El calor se acumula entre mis piernas. Hace meses que no sentía eso.
Resulta que el hecho de que te dejen tirada el día de antes de tu boda va muy bien para apagar la libido.
No ha habido líos de una noche por despecho.
Ni siquiera he llegado al orgasmo yo sola.
Pero tumbada al sol, con el olor de la sal y la leña quemando en la piel y la sangre latiéndome con fuerza en las venas, el deseo y la necesidad despiertan en mi interior como un oso que sale de la hibernación.
Aprieto los muslos con fuerza. Si estuviera sola, puede que sí que dedicase el día a darme el gusto.
Por un momento, pienso en meter la mano debajo del bikini, pero entonces oigo el chapoteo de un remo cortando el agua.
—¿Hay sitio para dos?
George sube del kayak al embarcadero. Yo me hago a un lado y él se deja caer en la hamaca a mi lado, tumbándose bocarriba con un suspiro de satisfacción.
Canturrea su nana, con un antebrazo apoyado sobre los ojos.
El bañador se le ha subido un poco más por los muslos.
Tiene la piel bronceada. Unas pecas le salpican los hombros y la nariz, y un pequeño lunar le adorna la base del cuello.
Tiene el suficiente pelo en el pecho para poder pasarle los dedos entre la espesura.
Se le ve una pequeña cicatriz en forma de herradura encima de la cadera derecha, donde le pusieron los puntos después de caerse encima de una piedra en el arroyo.
Estábamos haciendo una carrera para cruzarlo, saltando de piedra en piedra, y entonces George resbaló.
Yo le hice presión en la herida con una gasa en la parte de atrás del Cadillac de Mimi cuando ella lo llevó al hospital, y le di la mano mientras un médico le ponía los puntos.
Lleva el tatuaje en el mismo sitio que yo, en plenas costillas.
El de George está en el lado izquierdo y el mío en el derecho.
Me gusta saber que, por muy lejos que se marche, lleva una parte de mí con él.
Él solo tiene ese, mientras que a mí Aurora me ha tatuado dos más: un cuchillo de cocinero diminuto en la muñeca y un laberinto de seto de cedro en el hombro.
—Oye, Frankie.
Doy un respingo al oír su voz.
George abre un solo ojo.