Una tormenta perfecta Capítulo 19
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Capítulo 19

El pueblo de Tofino se eleva sobre la bahía de Clayoquot, con vistas al agua azul, las montañas salpicadas de árboles perennes y los profundos valles.

La niebla cerca los picos como un cinturón diáfano.

Ni siquiera en verano hace un calor insoportable aquí.

Las playas son espectaculares, pero el agua está fresca todo el año y el tiempo puede cambiar en cuestión de segundos.

El rollo no es tanto de chiringuitos y bebidas tropicales, sino más bien de hogueras y muesli.

La calle principal está a rebosar de turistas que van entrando y saliendo de galerías de arte, tiendas de souvenirs y de material de surf.

Es evidente que Rhino Coffee House es el centro neurálgico; la cola se extiende calle abajo.

—Hoy el objetivo es que te cuides —dice George entrando en el aparcamiento que hay al lado del gran edificio de madera con un cartel que dice TOFINO RESORT + MARINA —. Que no te preocupes por nadie más. —Me lanza una mirada—. Por mí tampoco. Que te centres en lo que necesitas para sentirte bien.

—¿Me estás haciendo mansplaining del autocuidado?

—No. —Frunce el ceño—. Solo te lo explico.

—Sé que puede que no sepas esto sobre mí, pero soy una mujer de carne y hueso, y, como tal, cuento con una profunda comprensión de los fundamentos del autocuidado.

—¿Seguro?

—Vale —digo con rotundidad—, puede que últimamente no haya tenido muchas ganas de ir a hacerme la manicura.

George maniobra para aparcar en una plaza libre, apaga el motor y da unos golpecitos sobre el volante. Está intentando no discutir, pero sé que va a empezar en tres, dos, uno…

—El autocuidado no va de pintarse las uñas —dice—. Consiste en priorizarte a ti misma de formas simples, pero que a menudo se pasan por alto para poder gestionar mejor el estrés y el trauma. Exige escuchar tu cuerpo y tu mente. Supone no ser dura contigo misma, tratarte con amabilidad, comer bien.

—Entonces, ¿no vamos a hacernos una limpieza facial en pareja?

Me lanza una mirada perturbada.

—Sé que suena a cliché, pero es importante. No tienes el mejor historial a la hora de cuidarte. Y no lo digo como crítica —señala cuando entrecierro los ojos—. Pero sueles poner tu salud y tu bienestar bastante abajo de tu lista de prioridades, sobre todo en los momentos duros. Te conozco.

Qué rabia me da cuando tiene razón.

—Es posible.

Dibuja una sonrisa de suficiencia.

Salimos del coche y yo miro con recelo un cartel que anuncia expediciones de avistamiento de ballenas.

—No te preocupes —dice George—, hoy no habrá ballenas, pero sí que hay un barco.

—¿Y adónde iremos con ese barco?

—Digamos que vamos a escaparnos.

—¿Y si me dices adónde vamos en lugar de guardar secretos?

Suelta una risita.

—Sabes que, cuanto más te moleste, menos ganas me entran de decírtelo.

—Eres un sádico.

—Y es una sorpresa, no un secreto.

—Buen intento de darle la vuelta a la situación. Siempre has sido un mago con las palabras.

—¿Has terminado ya de meterte conmigo?

Me llevo un dedo a la barbilla.

—Creo que no.

—Es posible que seas la persona más frustrante que conozco.

Le dedico una sonrisa dulce.

—Y, aun así, me quieres.

—Desde luego, eres la persona más impaciente que conozco.

—Pfff, mira quién fue a hablar.

—Yo soy paciente.

—Para nada. Si te parece que hacer cola es un método de tortura.

Me mira con el rabillo del ojo.

—Cuando algo me importa, no tienes ni idea de lo paciente que puedo llegar a ser.

Lo dice en un tono grave y ronco que suena un poco sexy y hace que me tropiece con una grieta de la acera.

George me sostiene por el codo.

—¿Estás bien?

—Sí. —La voz me sale tensa y me aclaro la garganta.

Como me ha pedido George, me he puesto el bañador debajo de los vaqueros cortos y la sudadera con capucha que llevo.

Él va con vaqueros y una camiseta. Lo sigo hasta el muelle, donde hay un hombre con gorra y un chaleco naranja de pie con las piernas abiertas y cruzado de brazos, como si estuviera desafiando a alguien a que lo empujase.

Tiene la barba blanca y una expresión dura, pero, en cuanto ve a George, una sonrisa se apodera de su cara.

Amarrado al embarcadero de al lado hay un modelo ligero de Boston Whaler llamado Pórtate Mar, con el nombre escrito en la popa.

—Derek —dice George tendiéndole la mano—. Me alegro de volver a verte.

Derek ignora el gesto y lo abraza dándole fuertes golpes en la espalda.

—No sabes cuánto me alegro yo, Saint James. Qué gusto ver esa cara bonita cuando el mundo no está siendo engullido por las llamas. —Da un paso atrás sonriéndome—. Entonces, esta es tu Frankie.

—Esta es —dice George.

—Es como si ya te conociera —me dice Derek cogiéndome la mano—. Frankie, la chica de la casa de al lado. Eres famosa. ¡Y qué ojos violeta! No me puedo creer que este no los mencionara.

Miro a George buscando una explicación. El rubor le sube por el cuello.

—Derek y yo nos conocimos cuando estaba cubriendo los incendios. Él era el jefe de bomberos de Kelowna y me ayudó muchísimo.

—«Era», esa es la palabra clave —dice Derek—. Ahora estoy jubilado. Aquel año me enfrenté a incendios suficientes para toda una vida. No les tengo mucho cariño a los periodistas, pero tienes contigo a un buen hombre, Frankie.

—Lo sé —digo—, pero también es un mentiroso. Si te ha pedido que nos hagas un favor porque estamos de luna de miel, te informo de que se lo ha inventado todo.

—No me ha dicho nada de eso.

—No estamos casados —digo para enfatizar mi afirmación anterior.

—Todavía —dice Derek, y guiña un ojo.

George lo mira horrorizado y yo me río por la nariz.

—George no es de los que se casan —le digo a Derek.

Nos mira alternativamente sin saber bien qué decir y luego suelta:

—Venga, jóvenes, que el tiempo vuela. Os ayudo a subir.

Nos da chalecos salvavidas y arrancamos, esquivando las islas que salpican la bahía.

Reduce la velocidad para enseñarnos unas focas comunes y una garza que alza el vuelo.

Es impresionante lo virgen que está la mayor parte de la costa, los pocos edificios que vemos dirigiéndonos hacia el sur.

Según Derek, esta zona es el hogar del pueblo indígena tla-o-qui-aht y se encuentra en el corazón de una reserva de la biosfera de la Unesco.

Cuanto más nos alejamos, más calor hace.

Al cabo de treinta minutos, nos detenemos en las aguas tranquilas de una ensenada y vemos un gran embarcadero flotante con una moderna estructura de madera cuya chimenea libera nubes de humo al aire marítimo.

Hay una cuerda para columpiarse y saltar al mar, dos trampolines —uno al lado del otro—, una hamaca de red integrada en las tablas de la plataforma y un par de kayaks.

En cambio, en la costa no hay ninguna cabaña. Está totalmente aislada.

—Debería estar equipada con todo lo necesario —dice Derek ayudándome a bajar del barco—.

Os diría que me llamaseis si me necesitáis, pero no hay cobertura ni wifi.

Podéis usar esto para emergencias. —Nos tiende un walkie-talkie—.

Si no, os veré en unas horas. Me oiréis llegar, pero vendré despacio por si acaso. Aquí solo podrán veros los osos.

Con un último guiño y un saludo con la gorra, Derek enciende el motor.

Lo vemos marcharse y luego miramos a nuestro alrededor, a la colosal extensión de naturaleza que nos rodea, y luego a la casita.

Su fachada de cristal refleja el turquesa del mar, el verde de las montañas y a George y a mí, uno al lado del otro.

—¿Hoy toca el rito de iniciación de la secta sexual?

—Ya me has estropeado la sorpresa.

—Ya sabía a lo que venía cuando he puesto un pie en el Pórtate Mar, pero la séptima vez que Derek me ha guiñado el ojo ha sido la confirmación.

George se rasca la nuca.

—Sobre Derek… Aquel verano fue muy duro. Era como vivir un apocalipsis.

—Lo sé. —Fue la vez que más cerca me he sentido de George desde que se marchó. Estaba muy preocupada por él y, por primera vez en la vida, creo que él también estaba afectado. Hablamos casi cada día.

Me mira fijamente.

—Supongo que hablé demasiado sobre ti y Derek se hizo la idea equivocada. Perdona si ha sido incómodo.

—No te preocupes. Aunque creo que va a sentirse muy decepcionado luego, cuando vea que no llevo un anillo de compromiso.

—Te juro que en ningún momento le he dicho que esto fuera a ser romántico.

—Estaba silbando «Chapel of Love» cuando ha amarrado el barco.

—¿Lo has oído?

—También lo he oído desearte buena suerte.

George suelta un quejido.

—Aunque me encantaría que esto te resultara lo más vergonzoso posible —continúo—, ¿por qué no me dices qué vamos a hacer aquí?

—¿Todavía no lo has adivinado?

Niego con la cabeza y George sonríe. Señala la cabaña.

—Eso es una sauna. —Luego señala el agua—. Y eso es nuestra inmersión en agua fría. Y esto —dice abriendo mucho los brazos— es mejor que cualquier día en un spa.