Capítulo 18
Día dos: Darse el gusto
George se ha ido. Sin tener que mirar, siento que ya no está a mi lado en la cama.
No abro los ojos, para no ver el sol, y escucho el murmullo de las olas rompiendo.
Me siento tentada de volver a dormirme, pero sé que la semana se me pasará volando.
Dentro de seis días, George y yo volveremos a subir al coche de camino al aeropuerto y nos iremos cada uno por su lado.
Yo volveré a mi cuarto de cuando era niña y él a los manglares mexicanos. No quiero desaprovechar ni un segundo.
Cuando abro los párpados, lo primero que veo es el Pacífico centelleando más allá del bosque.
El día está más despejado que ayer y el sol ya brilla en lo alto.
Solo una leve pincelada de niebla remolonea sobre la bahía.
Cuando bajo la escalera, encuentro la casa vacía, pero tengo un mensaje de George esperándome.
Resoplo. Si son poco más de las once.
También tengo un mensaje de Brie al que respondo tras echar mano de un vaso de yogur francés de albaricoque.
Brie
Espero que llegarais bien. Besos
Sí, ya estamos aquí. Esto es tan bonito
que roza la obscenidad
Brie
Dicen que la gastronomía es increíble!
Pásatelo bien! A ver si te inspiras!!!
Me quedo mirando el mensaje. El número exagerado de signos de exclamación.
La orden de que me inspire. Me inquieta de un modo que no puedo terminar de concretar.
Y no solo porque decirle a alguien que se inspire es casi tan útil como decirle que esté contento o se tranquilice.
Es como si Brie sospechara que no he estado muy bien.
Aunque estoy segura de que, si pensara que hay algún problema con mi trabajo, me lo diría.
Es una de las cosas que me gustó de ella cuando nos conocimos: va directa al grano.
Aun así, sigue habiendo algo en su mensaje que no me sienta bien.
Cuando me dirijo hacia el porche con una taza de café recién hecho, me llama la atención una esquina de papel que sale de debajo del sofá.
Me agacho para cogerla y veo que está entre un grueso montón de papeles impresos y notas.
Los saco sin saber muy bien si George ha querido esconderlos o no.
Sonrío pensando en el cofre de madera cerrado con llave que guardaba debajo de su cama.
Cuando los hojeo, me queda claro que aquí no hay nada ilícito.
Es la investigación sobre rupturas de George.
Son consultorios sentimentales, artículos de revista y artículos científicos revisados por expertos.
También hay todo un hilo de Reddit que ocupa doce páginas.
En el artículo de un psiquiatra, George ha subrayado un fragmento sobre psicoterapia.
Me pregunto cuánto tiempo tardará en proponerme que vaya.
Dudo que haya nada aquí que pueda ayudarme a esclarecer lo que ha pasado.
Llevo dos meses descuartizando el cadáver de mi relación fallida, intentando encontrar un ápice de verdad que explique lo ocurrido.
Nate parecía muy seguro de lo nuestro, no me cuadra que le entrasen unas dudas tremendas a última hora.
Si nuestra pelea lo asustó, ¿por qué esperó tanto a decir algo?
Me parece como si me faltara una pieza del puzle.
Paso la página y algunos de los papeles se escapan del taco y caen al suelo. Me pongo a cuatro patas para recogerlos y veo la transcripción de una entrevista del 18 de julio, hace solo unos días.
—De acuerdo, empiezo a grabar. Gracias de nuevo por su tiempo, doctor Nasseri.
—Entonces, ¿esto no es para un artículo? ¿Lo he entendido bien?
—No, como le dije por correo, intento ayudar a una amiga a superar una ruptura muy dolorosa y tenemos una especie de límite temporal.
Esperaba poder hacerle unas cuantas preguntas y conocer su opinión sobre algunas ideas.
No tengo ningún problema en pagarle por su tiempo como si fuera un paciente, puesto que esto no se publicará.
—No es necesario. Tu mensaje me llamó la atención. Entonces, ¿Frankie es una buena amiga tuya?
—Mi mejor amiga.
—Y, si leo correctamente entre líneas en tu correo, ¿sientes algo por ella?
—No… Eso no… [Ininteligible].
—Ah, ¿lo he entendido mal?
—Solo somos amigos.
—Disculpa. Háblame de la situación de Frankie.
—¿Qué haces ahí abajo?
Me quedo de piedra a gatas. Cuando levanto la vista, veo a George al otro lado de la habitación con deportivas de correr y unos pantalones cortos negros, el pelo empapado y las mejillas coloradas del ejercicio. Tiene el torso desnudo, bronceado, mojado de sudor. Estoy sin habla ante esas vistas.
—Frankie.
—Estaba echándole un vistazo a tu investigación —le digo poniéndome de pie con el taco de papeles en la mano.
George es miope y no lleva las gafas, lo cual significa que no ha visto el repaso que le he dado a su cuerpo. Viene hacia mí todavía jadeando por el ejercicio.
—¿Me dejas los papeles un segundo?
—Me dijiste que podía leerlos.
—Y puedes —dice—. Cuando yo termine con ellos.
Huele a pícea y a rayos de sol y, cuando una perla de sudor le resbala por la frente, no puedo evitar seguir su recorrido. Pero ¿qué me pasa? Le doy los papeles.
—Luego los clasificaré —dice George—, y te daré lo que sea relevante.
Se va a la cocina y se sirve un gran vaso de agua que se bebe de una vez con la cabeza echada hacia atrás. Yo escucho el sonido de sus tragos y veo cómo le cae el agua por la barbilla y al pecho, y soy incapaz de apartar la mirada mientras se seca la boca con el dorso de la mano.
George me lanza una mirada inquisitiva.
—¿Has corrido mucho?
Él se encoge de hombros.
—Diez kilómetros.
—Para ser alguien que no corre, parece bastante.
—Hace ya tres años que salgo a correr.
—¿Desde los incendios?
Los meses que pasó cubriendo los incendios forestales le dejaron huella.
¿Cómo no iban a dejársela? Presenció una enorme devastación.
Casi perdió la vida. No quiso hablar mucho de ello después de volver, pero hace dos años, cuando ambos estábamos en casa por Acción de Gracias, salimos a dar un largo paseo al lado del arroyo y me contó que a veces todavía olía el humo cuando cerraba los ojos.
—Ajá.
—Nunca lo has mencionado.
—Porque el ejercicio es un tema de conversación aburrido.
Levanto las cejas. Estoy casi segura de que se trata de una pulla por Nate, que le habló largo y tendido sobre sus entrenos para el triatlón.
—A mí no me parece aburrido —le digo—. Quiero estar al tanto… No. Exijo estar al tanto de tu entrenamiento cardiovascular.
—¿Ah, sí? —George se apoya en la encimera. Parece que se divierte.
—Sí —insisto—. Y, como tu mejor amiga, tengo derecho a que me consultes cuando quieras cambiarte las gafas.
Quiero saber si has empezado a correr y a hacer pesas y a beber batidos de proteínas para no entrar en shock cuando vea todo esto.
—Le pongo la mano en la barriga y hago un poco de presión y ¡guau!
Baja la cabeza siguiendo el movimiento y un rizo le cae sobre la frente.
Poco a poco, levanta la mirada buscando la mía y yo aparto la mano.
—¿Qué más? —pregunta.
—Sé que estás ocupado rescatando crías de oso polar y saltando de helicópteros, pero…
—No he hecho ninguna de esas cosas —dice conteniendo una sonrisa.
—Antes lo sabía prácticamente todo de ti —continúo—. Todos los detalles que te hacían ser tú. Sabía lo que leías y la música que escuchabas o si estabas pasando por una fase James Dean.
La boca se le curva en una sonrisa.
—La verdad es que aquella chupa de cuero me quedaba genial.
—Era de polipiel.
—¿Y el pelo engominado hacia atrás? ¿Y el paquete de cigarros en la manga doblada? Un gran look para un chaval de quince años. Muy auténtico.
Suelto una carcajada.
—¿Sabes a quién le gustaba? —dice George arqueando una ceja.
—A Avery Harper-Klyne.
—A Avery Harper-Klyne —corrobora.
Cojo un plátano de la cesta de fruta, lo abro y se lo tiendo antes de continuar.
—Y también siento que me estoy perdiendo todas las cosas importantes. Nunca sé cuánto tiempo estarás fuera ni cuándo vas a volver. Casi no hablas de tus relaciones.
George podría señalar mi hipocresía —yo no lo había avisado de mi compromiso—, pero, en lugar de eso, da un bocado.
—No ha habido mucho que contar —dice con la boca llena.
—No me estás entendiendo.
—Lo dudo.
—Creo que me preocupa que nuestra amistad solo funcione en las distancias cortas. Cuando no estamos juntos, puede que se te olvide cuánto te gusta estar conmigo.
—Frankie, créeme, eso sería imposible.
Me muerdo el labio.
—Ese supuesto plan tuyo…
—Ese plan completamente real —me corrige.
—Va todo sobre mí.
—Sí.
—Creo que también debería ser sobre nosotros.
George se detiene a medio masticar mirándome con una expresión inescrutable.
—¿En qué sentido?
—Quiero que volvamos a ser nosotros. Quiero que las cosas sean como antes.
—Hum —dice, y separa el último trozo de plátano de la piel para dármelo.
—Quiero ser mejor amiga. —No le digo lo que de verdad quiero, que es volver a sentirme cerca de él.
—Eres una buena amiga, Frankie.
—¿Entonces por qué no dejas de alejarte de mí? —La pregunta sale de mis labios y nos sorprende a ambos. Me meto el trozo de plátano en la boca y miro a todas partes menos a los ojos de George.
Pero él da unos pasos hacia mí y se agacha para que no pueda evitar que nuestras miradas se encuentren.
—¿Eso es lo que piensas?
—Creo que sientes una especie de responsabilidad hacia mí por todo lo que hemos vivido y por eso estás aquí ahora.
—Es increíble. —Me pone las manos en las mejillas.
Me quedo atónita porque George nunca me toca así.
—¿El qué?
—Lo equivocada que estás.
Se ríe y me deja ir.
—Voy a ducharme y nos vamos.
—¿Adónde?
—Es una sorpresa.
—Odio las sorpresas.
—Te doy una pista. —Vuelve la cabeza para mirarme—. Hoy es el día de darse el gusto.