Una tormenta perfecta Capítulo 17
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Capítulo 17

Teníamos veintisiete años

En tres semanas hubo más incendios forestales activos en Canadá que en los últimos veinte años juntos.

Y George estaba allí en medio, cubriéndolos en primera línea para la CBC. Su firma aparecía en la página principal casi a diario.

Yo le mandaba mensajes a horas intempestivas para asegurarme de que estaba bien, de que seguía vivo.

Dormía con el teléfono sobre la almohada para no perderme ninguna llamada.

Hablábamos casi cada día. Me contaba lo que había presenciado.

Llamas que se alzaban a cien metros de altura.

Casas hechas cenizas. Bomberos agotados, cubiertos de hollín, que seguían adelante a pesar del dolor.

A veces estaba demasiado cansado para hablar, de modo que yo le daba mi propio boletín de noticias.

La mujer de Darwin, Anh, estaba ya en el tercer trimestre de embarazo.

Moby había pagado la entrada de una casa en Ottawa.

Aurora y Betty se iban a vivir juntas. Brie, mi amiga de la universidad, había firmado un contrato de colaboración con una plataforma de contenidos.

¿Y yo? Llevaba trabajando en diferentes cocinas los últimos siete años y estaba cansada.

Durante mi escasísimo tiempo libre, estaba demasiado agotada para hacer nada más que tumbarme en el sofá y ver Love Island .

Brie quería que fuera a trabajar para ella, pero dar un giro tan drástico me parecía rendirme y admitir que mi madre tenía razón.

Aunque lo tenía muy lejos, aquel verano me sentí cerca de George.

Yo era su línea de vida, pero también me parecía que él era la mía.

Era casi como en los viejos tiempos. Conocía su horario, sus rutinas y cómo sonaba su voz por la mañana y al final de un día horrible.

Sabía cuándo pasaba el tiempo suficiente en un sitio para cocinarse tofu revuelto para desayunar y sabía que leía libros sobre dragones para evadirse. Lo conocía.

Entonces, un día, me mandó un mensaje para que pusiese The National , el telediario nocturno de la CBC.

Yo estaba trabajando, pero a las diez acabó la hora punta, de modo que salí por la puerta de atrás con el móvil.

Y ahí estaba George, bien peinado, micrófono en mano, hablándole a todo el país.

A sus espaldas, en la distancia, un incendio volvía naranja la noche; una belleza horrorosa.

No presté atención a lo que estaba diciendo, fue la autoridad calmada de su voz lo que me cautivó.

Me miraba directamente a través de la pantalla con los ojos fijos, la mandíbula tensa, sin inmutarse por el peligro que hacía que a mí se me revolviese estómago de preocupación.

Lo sentí como nunca antes: George ya no era el niño con el que me había criado.

Aquellos últimos siete años había cambiado.

Le mandé un mensaje en cuanto acabó la conexión.

Se te da genial! Qué tal tu primera

aparición en la tele? Estabas nervioso?

George

Supernervioso antes de empezar,

pero, en cuanto me he puesto a hablar,

estaba bien. El productor quiere que

sea algo habitual

Qué fuerte. Qué buena noticia.

Estoy muy orgullosa de ti.

Supongo que eso significa que estarás

cubriendo los incendios más tiempo, no?

George

Sí, quieren que vaya a Yellowknife

A Yellowknife? Qué lejos! Estarás bien?

George

Claro. No tienes de qué preocuparte

No podía estar más equivocado.