Una tormenta perfecta Capítulo 16
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Capítulo 16

Me siento en el porche a contemplar la niebla que pasa por encima de Chesterman Beach como si estuviera arropando la playa porque es hora de acostarse.

George se está duchando. Veo a una pareja con trajes de boda.

Un grupo de adolescentes en bicicleta pasan por su lado haciendo sonar los timbres y gritándoles la enhorabuena.

Mando fotos de las vistas a Aurora y al grupo de la familia Gardiner para que sepan que hemos llegado.

Mi familia estaba entusiasmada por el viaje, pero Aurora parecía vacilante.

—Le he dicho a Nate que vas, pero no le he contado lo de George —me dijo cuando hablamos ayer.

—¿Por qué no? —le pregunté.

—Me preocupaba que no le pareciera bien que pasases una semana en una casa con tu mejor amigo buenorro, Clark Kent.

Yo me puse a dar vueltas por mi habitación echando pestes.

—Nate ha perdido el derecho a opinar. Podría pasarme la semana en un bufet libre de surferos sexis si quisiera.

Ahora Aurora tiene el teléfono en «no molestar» y no contesta, pero mi familia inunda el grupo de mensajes.

Mamá

Cómo está George? Salúdalo de mi parte

Papá

Darwin

Qué mala pinta

Moby

Ya has desflorado al pequeño George

Saint James?

Pongo los ojos en blanco. Moby no se corta a la hora de meterse con George y conmigo.

Mamá

Moby, no seas tan vulgar

Darwin

Pero si George mide uno noventa

Moby

Te lo tomas todo demasiado al pie de la letra

Tengo que tatuarme «Solo somos

amigos» en la frente?

Moby

No

Moby

Lo que sí que tienes es su nombre tatuado

en las costillas, así que mi pregunta sigue en pie

Papá

Apago el móvil

Doy un respingo al oír los pasos de George y, cuando me vuelvo, me lo encuentro saliendo al porche mientras se come una manzana.

Solo lleva unos pantalones de pijama de algodón azul claro colocados muy abajo en la cadera.

Me cuesta no quedarme boquiabierta. Siempre ha estado musculado; en forma, pero flaco.

Si le quitabas las gafas de diseño y le ponías un cigarro entre los labios y una funda de guitarra en la mano, tenías a uno de esos roqueros indie algo desaliñados, pero ahora está bastante mazado.

—¿Qué es todo eso? —pregunto demasiado en shock para preocuparme por esconderlo.

—¿Todo el qué? —dice sacudiéndose el pelo para que se le seque.

Tampoco es que esté cubierto de enormes músculos, pero todo está más grande, más definido. Tiene sombras en los surcos de la barriga y se le han hinchado los hombros. Bajo la mirada hasta mi nombre tatuado en su costado y me late un poco más deprisa el corazón.

—No te hagas el tímido conmigo. Tú estás levantando pesas y haciendo abdominales —le digo burlona—. Seguro que también estás calculando la ingesta de proteínas.

—Cállate.

—Desde luego, sentadillas has hecho.

Levanta las cejas.

—No lo niegues —digo obviando la realidad evidente de que le he estado mirando el culo.

—Ya hace unos años que voy al gimnasio. Supongo que los dos hemos cambiado. Tú has aprendido a masticar con la boca cerrada y yo…

—¡Tienes abdominales! —digo alegremente.

—¿Te estás riendo de mí?

—Un poquito, pero son unos buenos abdominales, George. Intento ser maja.

—Y ¿te duele mucho cuando lo intentas?

—Que te den —contesto riendo—. Puedo ser maja si quiero.

—¿Puedo contarte un secreto? —pregunta dándole un bocado a la manzana.

Me tiende la fruta y yo la acepto. La piel chasquea al romperse bajo mis dientes con un estallido de dulzor ácido.

—Prefiero cuando no intentas ser maja —dice sentándose en la silla de mi lado.

—¿Cómo?

—Prefiero que seas la bocazas de siempre antes que la que fuiste en aquella cena. No me gusta verte dócil. Puedo soportar lo que necesites sacar. No tienes que hacerte la maja conmigo.

George recupera la manzana.

—¿Y si te grito?

—No sería la primera vez.

—¿Y si lloro? —le pregunto más seria.

—Me parece que llorar te supondría un problema mucho mayor a ti que a mí.

—¿Y si lo único que quiero hacer durante los próximos seis días es pedir comida al servicio de habitaciones y ver películas?

—Ya has accedido a El Plan.

—Ah, sí, El Plan.

—Pero, si de verdad es eso lo que quieres hacer esta semana, eso es lo que haremos.

—Nah.

Me apetece vivir una aventura con George. Hace demasiado que no vivimos una.

—Me lo imaginaba.

—Me siento —digo recalcando esa segunda palabra— extrañamente bien.

—¿«Extrañamente» en qué sentido?

—Pensaba que lo echaría más de menos cuando estuviera aquí.

La mirada de George se pasea por mi cara.

—¿Y no lo echas de menos?

Niego con la cabeza.

—Pero pienso en cómo terminó. Pienso en cómo lo asusté y salió huyendo.

George me devuelve la manzana para que le dé el último bocado.

—¿De qué hablas?

—Tuvimos una discusión unos días antes de la boda —digo cuando termino de masticar—. Hizo algo y yo salté. Es lo único que se me ocurre para que se marchara de forma tan abrupta.

George se ha quedado muy quieto.

—¿Qué hizo?

Suelto una carcajada al oír el tono amenazador de su voz.

—¿Qué harás? ¿Darle una paliza en el aparcamiento de la universidad?

No sería algo inaudito.

Fue en el instituto. En el baile de invierno del penúltimo curso.

Mientras él bailaba con Tish Torres, yo estaba sentada en el regazo de Dylan Martin y nos íbamos pasando la petaca de su padre.

Estaba decidida a perder la virginidad aquella noche y el ron me ayudaba con los nervios.

George nos vio salir. Yo iba trastabillándome, incapaz de mantenerme en pie sin la ayuda de Dylan.

Estábamos en el aparcamiento, yendo hacia su coche, cuando George nos alcanzó. Nunca olvidaré cómo sonó su voz.

—Tócala y te mato.

Dylan lanzó el primer puñetazo, pero iba borracho y medía quince centímetros menos que él, así que no dio en el blanco. George lo empujó contra el capó de un coche y le estampó el puño en la nariz. Aquel puñetazo le valió un meñique roto y una expulsión.

—No es lo que crees —le digo ahora—. Nate es buena persona, pero perdí los nervios. Le grité. Le dije algunas cosas no muy agradables.

George levanta un hombro como diciendo: «¿Y qué?».

—Me fui enfadada y pasé la noche en casa de Aurora y Betty antes de volver. Le pedí disculpas por cómo me había comportado, pero noté que estaba afectado. Siempre había sido muy serena con él y de pronto me había puesto hecha una fiera.

Él va asintiendo y al final dice con una sonrisa burlona:

—No te imagino serena.

—Que te jodan —digo—. Estaba serenísima. E intentaba portarme bien.

Se le encienden los ojos de rabia.

—No hagas eso.

—¿El qué? ¿Intentar ser una buena novia?

—No te anestesies. No eres un animal de compañía. Ese fuego es una de las cosas que más admiro de ti.

—Pero creo que es el motivo de que Nate se marchara. Vio esa parte de mí, la parte fea, y decidió alejarse.

George me observa con atención, inmóvil, como si hubiera algo agitándose dentro de él y estuviese a punto de estallar.

—No tienes partes feas. Algunas son más escandalosas que otras. Otras pueden ser crueles si las provocas. —Clava la mirada en mis ojos—. Pero todas forman parte de ti. Todas merecen amor.

La intensidad del tono de George coincide con la de su mirada y yo tengo que desviar la mía. Observo la playa. Todavía no ha oscurecido. Me sorprende la cantidad de surfistas que siguen en el mar.

—Qué malas vistas, ¿eh? —dice, y yo sonrío.

—¿Cómo vamos a sobrevivir una semana en este vertedero?

—¿Con anfetas y tranquis?

—El clásico combo.

—Le preguntaré a Kevin si puede pasarnos algo. —George se apoya en el respaldo de la silla entrelazando los dedos detrás de la cabeza, con los bíceps marcadísimos.

—Será mejor que le digas que son solo para ti.

—Es verdad. No me puedo creer que le hayas dicho que odias a las ballenas. Ya deberías saber cómo acaba eso.

—Estaba cansada —digo—. Se me ha escapado.

Suelta una risita.

—La gente es muy sensible con el tema de las ballenas.

—¡¿A que sí?!

—Aunque hay que decir que son unos animales extraordinarios.

—Traidor.

—¿Sabías que la orina de las ballenas dispersa nutrientes vitales por el océano de un modo parecido al del polen que transportan las abejas?

—Pues no —le digo.

—Las ballenas jorobadas, las ballenas blancas y las ballenas grises son importantísimas para la salud global de los océanos. Incrementar el número de individuos ayudaría a proteger los ecosistemas del cambio climático. —Tiene una mirada intensa que suele aparecer cuando está alterado.

—Menudo banco de datos —le digo sonriendo.

—Publicaron un estudio el año pasado. Tu madre me habló de él.

Mi sonrisa se esfuma.

—¿Sí? Ya nunca habla de ballenas.

Antes de marcharse, mi madre seguía las noticias de avistamientos, nacimientos y enredos de ballenas francas en aparejos de pesca. Escribía cartas a los políticos y una columna en el periódico local sobre medio ambiente que mi padre recortaba todas las semanas y guardaba en una carpeta de manila.

Sin embargo, cuando volvió estaba diferente.

Se puso en modo esposa y madre a tiempo completo.

Hacía repostería y preparaba almuerzos con notitas, y tenía lista la merienda cuando bajábamos del autobús del colegio.

Se volcó en ayudar a mi padre con el negocio, trazando planes para renovar la casa y, así, exhibir sus piezas e invitando a los clientes a tomar café para que pudieran admirar sus habilidades.

De vez en cuando, todavía escribía algún artículo de opinión y se enfadaba por el aumento del nivel del mar, pero ya no hubo más informes sobre Francesca o su migración, ni tampoco cuentos sobre ballenas a la hora de acostarse.

«Había una vez una niña que se llamaba Francesca y una ballena que se llamaba Francesca…».

La mirada de George se suaviza como un mar barrido por la tormenta que vuelve a la calma de su azul veraniego.

—Sí que habla de ballenas —dice—. Si le preguntas por ellas. —Entonces se pone en pie y me tiende la mano—. Vamos.

Dejo que tire de mí para levantarme.

—¿Adónde?

—No nos pasaremos la semana viendo pelis, pero he pensado que esta noche deberíamos ver una.

Sigo a George a la planta de arriba, donde ha preparado un pícnic en la cama con las fresas cubiertas de chocolate y los dulces. Se me dibuja una gran sonrisa en la cara cuando veo lo que tiene listo en la pantalla.

Nos tumbamos bocabajo con la barbilla apoyada en las manos y, mientras empieza a sonar la banda sonora de Mujercitas , miro el perfil de George. Todo es mejor cuando está él.

—Echo de menos hacer esto juntos —digo.

Él vuelve la cabeza hacia mí.

—¿Ver Mujercitas ? Si la pusimos en Nochebuena.

—Sí, pero solo nos vemos a ratitos cuando no estás paseándote por el mundo.

Se le levantan las comisuras de los labios.

—Yo no me paseo.

—Echo de menos poder estar tranquilos. Como cuando compartíamos piso. Creo que aquellos fueron los cuatro años más felices de mi vida.

—¿En serio?

—Sí, podíamos hacer esto siempre que quisiéramos y, por algún motivo, viviendo juntos no discutíamos tanto, ¿te acuerdas?

—Me acuerdo —dice en voz baja y ronca.

—¿No te encantaba?

Tarda un poco en contestar.

—Sí. Me encantaba casi todo.

—¿No te cansas de viajar? ¿No quieres recuperar tu piso y quedar conmigo a todas horas? —Le dedico una sonrisa llena de dientes.

—A veces es justo lo que quiero —dice él flojito.

Vuelve a mirar la pantalla.

—Antes no me gustaba nada esta escena —digo cuando llegamos a la parte en la que Laurie le pide matrimonio a Jo y ella lo rechaza.

También solía rebobinarla para poder ver a Christian Bale besar a Winona Ryder tropecientas veces—.

Y ahora vuelvo a odiarla. —Los paralelismos entre Nate y el profesor Bhaer ya no me hacen tanta gracia.

George pausa la película.

—¿Quieres que la dejemos?

—No, seré valiente, pero que conste en acta: Jo debería haber elegido a Laurie.

Su mirada recorre mi rostro antes de volver a la película.

—Sí —dice—, seguramente.

Mis pesadillas son casi siempre sobre George.

Empezaron el año de los incendios. En mis sueños no vuelve a casa sano y salvo, y muchas veces me despierto llorando.

La primera vez que me pasó estando con Nate, él me rodeó con los brazos hasta que me tranquilicé.

Permitirme llorar en brazos de alguien fue una experiencia nueva y no podía creerme lo bien que me hacía sentir.

Lo segura que me hacía sentir. Después de aquella noche, nunca quise volver a dormir sola.

Esta noche, George está atrapado en un coche mientras las llamas se acercan. Me despierto jadeando. Cuando toco el otro lado de la cama, está vacío. Debe de estar en el sofá. Me pongo una almohada sobre la cara para ahogar mis lloros.

No oigo pasos, pero la cama se hunde con el peso de George.

—¿Frankie?

Me quita la almohada de la cara y me aparta el pelo de delante de los ojos. Solo distingo su silueta.

—Todo irá bien —dice—. Estoy aquí.

Se tumba a mi lado y me atrae contra su pecho. Empieza a acariciarme el pelo, algo que nunca ha hecho antes.

—Prométeme que no te irás —le digo.

—Te lo prometo.

Lo último que recuerdo es el sonido de George tarareando su nana.