Capítulo 15
Durante el resto de la tarde, George se pone un poco mandón.
Me dice que tengo que revolcarme en el fango todo lo posible hoy y descansar para el día dos.
Me manda al jacuzzi a «permitirme sentir» mientras él deshace las maletas.
Durante un instante, se me pasa por la cabeza decirle que ni se le ocurra tocar mi ropa interior, pero, teniendo en cuenta que nos doblábamos la ropa el uno al otro cuando vivíamos juntos, decido calmarme un poco, me envuelvo en un albornoz blanco y mullido y disfruto del jacuzzi.
Me sumerjo en las burbujas casi hirviendo del jacuzzi, deshaciéndome en un gemido, y dejo que los chorros de agua me masajeen los hombros y la parte baja de la espalda.
Podría pasarme los siete días en este porche, rodeada de niebla y de bosque, alternando entre el jacuzzi y las sillas, observando cómo suben y bajan los surfistas en el agua mientras esperan una de las olas antes de que rompa contra la arena.
Cuando termina con las maletas, George me trae una copa de rosado espumoso.
—Ponte el bañador —le digo—. Esto es un lujo en plan White Lotus .
—Se supone que deberías estar centrándote en tus sentimientos, no en mí.
—¡Eso hago! Lo que siento es que preferiría que estuvieras aquí conmigo.
Eso casi le saca una sonrisa.
—Tenemos toda la semana para estar juntos. Tómate un rato para sentir tus emociones, Frankie.
Arrugo la nariz.
—No sé si me gusta esta versión de ti de app de mindfulness .
—Te acostumbrarás. —Modula la voz para que sea suave como la seda—. Ahora, cierra los ojos y centra la atención en la respiración. Inhala. Exhala. Deja que los pensamientos vayan y vengan sin juicios.
—Socorro.
Se ríe y vuelve dentro.
Y yo me quedo ahí sentada. Todo es perfecto: el vino, el tosco paisaje, el aroma de sal y pino.
Debería sentir gratitud o calma. A través de la ventana, observo a George leer una pila de papeles con las gafas en la punta de la nariz, el pelo cayendo como olas del mar que rompen sobre su frente y el bolígrafo dando golpecitos sobre la página. Salgo del jacuzzi.
—Han pasado diez minutos —dice sin levantar la vista cuando entro en la casa en albornoz.
—No quiero estar sola —le digo—. Una semana no es tanto tiempo. Quiero estar contigo.
El bolígrafo se detiene. Levanta la mirada buscando la mía. Sé qué está pensando porque se le forma esa arruga entre las cejas. Me quedo ahí plantada, algo incómoda, esperando a que diga algo, pero no dice nada.
—Lo siento si es muy cursi —le digo—, pero así es como me siento. Llevo dos meses sin pensar casi en nada más que en mí y en mis emociones. Estoy harta de mí. Quiero estar contigo.
Nos hemos pasado noches enteras hablando hasta el amanecer, pero a ambos se nos da bastante mal expresar nuestros sentimientos. Siempre se nos ha dado mejor cuando hemos tenido tiempo para pensar qué queremos decir y escribirlo.
—Vale —dice con suavidad—, tú ganas.
George pide comida al servicio de habitaciones mientras yo me ducho arriba, en el escaparate que tenemos por ducha.
Me tomo mi tiempo para desenredarme el pelo.
No me puedo creer cuánto me ha crecido; mojado me llega más abajo del pecho.
Para cuando me he puesto la camiseta y los pantalones cortos que he traído como pijama, George ya tiene la cena preparada en la mesa del comedor.
No me ha preguntado qué quería, pero ha acertado de pleno.
—¿Qué te parece? —tantea mientras yo estudio las hamburguesas y se me hace la boca agua.
—Tus poderes psíquicos para adivinar lo que quiero comer son un talento concretísimo y algo perturbador.
Es un don que cultivó cuando vivíamos juntos y pedía a domicilio los días que yo volvía tarde a casa después de un servicio.
Una sonrisa le acaricia la boca.
—Hacía tiempo que no los ponía en práctica. Me alegra saber que siguen ahí.
—¿De qué es la tuya? —George es piscivegetariano. No come carne y es puntilloso con el pescado.
—De champiñones.
Devoramos las hamburguesas y las patatas fritas con trufa en un silencio amigable salpicado de gemidos puntuales de satisfacción.
La hamburguesa está de muerte. Yo me zampo la mía primero.
George es de los que no deja de picar en todo el día, pero yo siempre he sido la más rápida comiendo.
Me estoy chupando los cristales de sal de los dedos cuando George se me queda mirando con la hamburguesa a medio camino de la boca, muy satisfecho de sí mismo.
—Debe de ser el aire marino —digo.
—Eso debe de ser, sí. —Sin dar el bocado, George deja la comida en el plato. Se lleva el pulgar por el labio inferior, analizándome.
—¿Qué?
Niega con la cabeza con un movimiento pequeño.
—Nada.
—George y sus secretos.
—Es que me gusta verte comer así.
—¿Como un animal de granja?
—Sí. Estabas tan correcta en aquella cena…
Se refiere a la que di en casa de Nate.
A veces me pregunto si George desearía que me hubiera quedado conservada en ámbar tal y como era cuando nos conocimos. Una niña con las rodillas manchadas de hierba y suciedad bajo las uñas. O una adolescente inquieta sin interés por el maquillaje. Un chico más.
—Me moría de hambre —le digo—. Puede que te sorprenda, pero ya no suelo engullir la comida para repulsa del resto de los comensales.
Cuando era niña tenía que comer deprisa para que mis hermanos no me robasen la comida del plato.
Es un hábito que cuesta dejar, pero ya no soy la criatura asilvestrada que era cuando George se mudó a la Casa Grande.
Tampoco soy la chica que era con veinte años, esclava de mi ambición sin importar el precio que tuviera que pagar.
Pienso en la confianza que tenía en mí, en lo segura de mí misma que estaba, y no soy capaz de identificarme con esa persona tan insensata.
La verdad es que estoy perdida, a pesar de saber de sobra cómo he llegado aquí.
Mi madre intentó disuadirme de ir a la escuela de cocina.
Me advirtió de lo intensa que era la vida de un chef y me avisó de que tendría que trabajar mientras mis amigos se divertían, pero no la escuché.
Si acaso, me empeciné todavía más, porque quería demostrarle que se equivocaba.
¿Quién era ella para dar consejos profesionales?
Pero mi madre tenía razón. Empecé decidida a demostrar mi valía, a hacer ver que no era «buena para ser mujer» como me dijo mi primer jefe, sino, simplemente, buena.
Me dije a mí misma que estaba triunfando, pero en realidad me estaba quemando con cada servicio.
A veces me quemaba literalmente. Al final, nada compensaba el hecho de que me pasaba seis días a la semana en un infierno, sometida a una grandísima presión.
Había estado alerta para no perderme en otra persona, pero mi trabajo me había engullido entera. Tenía que dejarlo.
Buscaba un lugar seguro en el que aterrizar y tanto el trabajo con Brie como la relación con Nate me proporcionaron uno.
Él estaba asentado tanto en su puesto de profesor titular como en su estatus de propietario.
No necesitaba nada de mí más que mi compañía.
No era complicado. No existía ningún riesgo de que me consumiera.
Ocurre lo mismo con el trabajo. Por fin controlo mi tiempo.
Ya no trabajo los fines de semana ni me despierto sudando por una pesadilla en la que soy incapaz de seguir el ritmo de las comandas que inundan la cocina.
Y, aunque disfruto de la experimentación que entraña el desarrollo de las recetas, echo de menos la emoción de crear un plato realmente especial y el alma de lo más importante de todo: las personas que lo comen.
Las recetas de Brie las dictan los algoritmos y las modas de TikTok.
Brie me anima a crear el nuevo «pollo “cásate conmigo”» o el nuevo guiso que se haga viral.
Yo respeto su deseo de conquistar internet, pero no es algo que a mí me motive.
Últimamente oigo una vocecita en mi cabeza que me dice: «Aquí no es».
—¿Estás bien? —pregunta George. Siempre ha sido muy perceptivo, pero hoy parece especialmente en sintonía con lo que siento.
Hemos pasado un día tan bueno que no quiero estropearlo. Estar juntos es como ponerse esa camiseta de los Parques Nacionales de Canadá. Familiar. Cómodo. En cierto modo, diferente de cómo era antes, pero espero que esta semana pueda cambiar eso.
—Nada de nada —contesto. Y es casi verdad.