Una tormenta perfecta Capítulo 14
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Capítulo 14

Solo veo pétalos rojos como la sangre. Es como si hubiera explotado una floristería.

Están cuidadosamente colocados formando un camino flanqueado por velas que lleva a la cama extragrande, y también esparcidos por encima de las sábanas blancas perfectamente tirantes.

Y flotan en la bañera gigantesca y humeante que hay delante del ventanal con vistas al paisaje de olas y bosque que parece de otro mundo. Me quedo mirando la cama.

—Sí —dice Kevin confundiendo mi aprehensión con asombro—. Espectacular, ¿eh?

—Hay muchísimos pétalos —digo.

—Y velas —añade.

Seguro que eso es peligroso.

No puedo mirar a George. Teníamos dieciséis años la última vez que estuvimos en un dormitorio entre velas titilantes. Siento el rubor de la humillación en las mejillas.

Nunca me he alojado en un sitio tan fino y ni se me había pasado por la cabeza llamar para avisar de que el viaje no iba a ser una luna de miel.

Alguien se ha tomado muchas molestias para que nuestra habitación parezca el decorado de una escena de pedida de mano de una comedia romántica de los noventa.

Una música ambiente de flautas sale de la pantalla plana en la que hay puesta una presentación de diapositivas de los servicios que ofrece el resort.

Hay una segunda chimenea, un diván de cuero, un escritorio y el espacio suficiente para contratar a un DJ y cobrar entrada.

Una puerta de cristal da a un pequeño patio equipado con dos tumbonas.

—He pedido que preparasen un baño cuando han llegado —le dice Kevin a George—. Sé que el trayecto hasta aquí puede pasarles factura a los nervios. He pensado que les gustaría darse un buen remojón.

Le enseña a George el funcionamiento de la chimenea y yo hago sola un tour del baño en suite.

Y, cuando digo «tour», quiero decir «tour», porque es del tamaño de un estudio.

Hay dos lavabos y una ducha con mampara de cristal que ofrece una vista completa del dormitorio (y viceversa).

En la encimera hay una pequeña cesta con una etiqueta que dice KIT ROMÁNTICO .

Dentro de unas discretas cajitas blancas, encuentro condones, lubricante, «toallitas íntimas» y un vibrador diminuto.

Inexplicablemente, mi primera reacción es echarle una toalla encima, pero la idea de que George la destape me da todavía más vergüenza, así que doblo la toalla.

No es para tanto, los dos somos adultos maduros y con una vida sexual activa. Bueno, yo lo era. No echo mano de mi kit romántico personal desde hace meses. Conociendo a George, él estará siendo activo por los dos.

—También puedo llamar al spa —le está diciendo Kevin cuando vuelvo a la habitación—. Tal vez todavía tengan disponibilidad para un masaje de pareja. Pueden traer las camillas aquí arriba.

Las mejillas de George se han puesto casi tan rojas como los pétalos de rosa. Se lo merece. Me mira para que lo salve.

—Me encantaría un masaje —digo sonriéndole a George.

—¿Qué coño? —me dice él moviendo los labios sin emitir sonido desde detrás de Kevin.

—¿A ti no, cielo? —añado con dulzura.

—La verdad es que yo preferiría estar solo. —George arquea una ceja—. Con mi mujer.

El mundo estalla en fuegos artificiales y llena la habitación de una electricidad centelleante. Noto calor en la piel. Sin duda, mi rubor es tan intenso como el suyo.

George sonríe burlón.

—Creo que de momento no nos hace falta nada más.

Saca un billete de cien dólares de la cartera y lo pone en la mano de Kevin con una soltura desconcertante.

Es un detalle sin importancia, pero dice muchísimo de la vida que George ha vivido sin mí.

Personas a las que no conozco. Lugares que nunca he visto.

Buenos hoteles y propinas discretas. Está más cómodo gastando dinero que antes.

Kevin hace una inclinación de cabeza.

—Por supuesto —dice—. Me marcho ya y, si les falta algo, lo que sea, para que su estancia sea más cómoda, háganmelo saber.

George le da las gracias y Kevin se esfuma sin hacer ruido, como un fantasma.

—Se ha ofrecido a enseñarnos el funcionamiento del jacuzzi mientras curioseabas el baño, pero le he dicho que estabas cansada —me cuenta George.

—Me parece que, si se lo pidieras, Kevin te enseñaría el funcionamiento del vibrador nuevecito que nos han dejado en el baño.

—¿Hay un vibrador? —pregunta con voz seca.

—Hay un sex shop en miniatura —le digo quitándole las gafas.

Están todas sucias, no sé cómo lo soporta. George no se queja. Me observa mientras las limpio en el bajo de la camiseta, como si estuviera embelesado, y espera a que termine.

—A ver —digo volviéndole a poner las gafas sobre el puente de la nariz—, ¿me explicas por qué estamos fingiendo que nos hemos casado? No llevamos ni anillo.

Él tiene la mirada fija en mi camiseta —su vieja camiseta— y tarda un momento en responder.

—¿Has visto el servicio que nos están dando? Tratan a los recién casados como si fueran de la realeza.

—A mí me parece que Kevin estaría encantado de darte a ti cualquier servicio, seamos pareja o no. A mí no tanto.

George asiente.

—Lo has perdido por lo de las ballenas.

—No es la primera vez que me pasa.

Qué pesada se pone la gente con las ballenas.

—Disfruta de las ventajas de la vida de casada, Frankie —dice él—. Total, todo el mundo da por hecho siempre que estamos juntos.

Es cierto. No importa que George y yo no nos demos afecto físico.

Es todo lo demás lo que hace que los desconocidos nos digan la bonita pareja que hacemos.

Las conversaciones que podemos mantener con la mirada.

Los piques. Mi modo de limpiarle las gafas.

Pero eso es porque hay muy pocos referentes de amistad entre hombres y mujeres.

Hace mucho tiempo, cometí el error de intentar cruzar esa línea, pero George enseguida me puso en mi lugar.

Vuelvo a contemplar la habitación y es cuando me doy cuenta de que las velas no son de verdad.

—Ya le he preguntado a Kevin si nos podían cambiar a una habitación con dos camas —dice George—. Le he dicho que te gusta dormir cómoda, pero dice que lo tienen todo reservado. Dormiré abajo en el sofá.

—No vas a pasarte una semana en el sofá. Eres demasiado grande.

—No me importa.

—¿Por qué lo haces más raro de lo que es?

Hay mucho espacio. —Y entonces caigo: George no ha mencionado a ninguna novia, pero dormir separados tendría sentido si por fin tiene una relación seria.

Hasta la persona más tolerante pondría pegas a que su novio compartiese cama con su mejor amiga, y más si esa cama está decorada con pétalos de rosa—. ¿Cómo se llama? ¿De qué trabaja?

—No me estoy viendo con nadie.

Lo observo con recelo. Se lo sonsacaré.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras interrogarme bajo un foco cegador. No te estoy escondiendo nada.

—Hum.

—Es paranoia tuya.

—Bueno, sueles ser bastante hermético.

Aunque le cuesta esconderme cosas a mí… o a Mimi.

—Te digo la verdad, no hay nadie más.

Lo miro atónita.

—¡«Nadie más»! O sea, que sí que hay alguien.

—Ha sido un lapsus —contesta George, pero al decirlo desvía la mirada hacia la ventana.