Una tormenta perfecta Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Esto es lo mejor que me he llevado a la boca —coincide George.

Kevin parece encantadísimo.

—Me alegro mucho de que les guste. Es una mezcla de chardonnay y pinot noir de una de las magníficas bodegas del valle Okanagan de la Columbia Británica.

Apuramos las copas en menos de tres minutos. Kevin vuelve, echa un vistazo sutil a las flautas vacías y dice:

—Su alojamiento está listo y tengo una botella fría esperándoles. ¿Vamos hacia allá?

Salimos del edificio principal detrás de Kevin y pasamos al lado de una hilera de chalets adosados entre los árboles al lado de la playa.

Kevin le habla a George de las iniciativas de sostenibilidad del resort y del pueblo nuu-chah-nulth, que ha cuidado estas tierras desde hace miles de años.

Cuenta maravillas del restaurante y del spa y tiene una infinitud de sugerencias de actividades.

George presta mucha atención, pero a mí se me va el santo al cielo en algún punto de la explicación sobre la visita a unas aguas termales.

El día y el vino me están pasando factura, y noto muy pesado cada centímetro de mi cuerpo.

—Aquí es —anuncia Kevin cuando llegamos a la última casa.

Se encuentra bajo un manto de ramas de hoja perenne y, al lado de la entrada, crece una hortensia azul imponente. ¡Es más alta que George!

—Ah, antes de que se me olvide —dice Kevin—: los cruceros de avistamiento de ballenas se llenan deprisa, así que, si quieren que haga una reserva, avísenme.

—Ni hablar —digo demasiado deprisa, y Kevin ladea la cabeza—, pero gracias.

—No le gustan demasiado las ballenas —explica George.

—Me desagradan profundamente —digo sin que me dé tiempo a pensar.

Kevin ahoga un grito y luego se da prisa por recomponerse.

—Son extraordinarias. Y en el tour también verían leones marinos y focas.

—No es mi rollo —le digo.

Kevin me mira boquiabierto antes de volverse lentamente hacia George.

—A Frankie no le gusta ningún tipo de fauna marina —explica George.

El pobre Kevin hace lo que puede por sonreír, como si aquella no fuera la frase más desquiciada que ha oído en su vida.

«Que te pongan a ti el nombre de una ballena, a ver qué te parece —me entran ganas de decirle—. O que te toque una madre como la mía».

—Lo siento. —Me encojo de hombros y el hombre se lo toma como una señal para pasar a otra cosa.

Abre la puerta con la tarjeta y nos hace un gesto para que entremos.

—¡Jo-der!

Había visto fotos del resort cuando Nate hizo la reserva, pero no sabía que nuestra casa fuera tan deslumbrante.

Es un apartamento de concepto abierto, con una pared de ventanales de dos plantas que da a la playa y al bosque y una puerta corredera por la que se sale al porche.

Hay muebles de cuero, una chimenea de gas y una escalera en espiral que se enrosca hasta la planta de arriba.

Como en la recepción, los colores son todos marrones arenosos, verdes apagados y grises lluviosos.

—¿A que es increíble? —exclama Kevin, saliéndose del personaje por un momento—. Es una de las suites más lujosas que ofrecemos para huéspedes especiales como ustedes.

La cocina es maravillosa. Paso la mano por la encimera de pizarra, acaricio los nudos de la madera de los armarios y casi suelto un chillido al ver la marca de los electrodomésticos.

Yo nunca me los podría permitir. La nevera, los fogones y el fregadero están colocados en un triángulo perfecto para trabajar en la estancia, y está abierta al resto de la suite para que, estés donde estés, tengas vistas del paisaje épico.

Podría pasarme la semana entera en esta cocina experimentando con el abundante pescado y marisco del noroeste del Pacífico.

Camarones moteados. Cangrejo dungeness. Salmón.

Ostras. O percebes de Canadá, una exquisitez que solo conozco por mis lecturas.

—Les haré un tour y les dejaré para que disfruten —anuncia Kevin.

Como en un bodegón neerlandés, hay comida por todas partes.

Una botella de rosado espumoso descansa en un cubo con hielo.

Al lado brillan unas fresas bañadas en chocolate.

Hay una fuente de fruta rebosante de piña, cerezas, higos, uvas y manzana.

Sobre una tabla de madera hay una barra de pan crujiente y una ristra de salchichas secas junto a un bote de mostaza granulosa y una botella de pinot noir de Duncan, en la isla de Vancouver.

—El pan es de la casa —dice Kevin siguiendo mi mirada—.

No sabía si preferían el vino tinto o blanco, así que también hay una botella de gewürztraminer en la nevera.

—Se vuelve hacia George—. Es de Okanagan.

No sé si son amantes del vino, pero de los viñedos del valle están saliendo muy buenos productos.

—Somos amantes del vino, por supuesto —digo.

—Maravilloso. —Kevin me dedica una sonrisa tensa y luego vuelve a mirar a George.

Supongo que lo he perdido con lo de las ballenas.

—Y no tema —le dice a George—, el gewürz es muy seco.

George contiene una sonrisa y asiente muy brevemente con la cabeza.

—Te lo agradezco, Kevin. La verdad es que prefiero el gewürz muy seco.

Kevin parece a punto de salir flotando hacia el techo.

—Me encantaría abrírselo si quiere probarlo ahora.

—No hace falta —dice George—. Me lo guardo para luego.

—Por supuesto —responde Kevin, incapaz de esconder su decepción—. Sigamos, pues. Nuestro restaurante ofrece una gastronomía de primera calidad y hay locales muy buenos en la zona, pero también les hemos dejado algunas provisiones en la nevera.

Abre las puertas de acero inoxidable. Dentro hay una docena de vasitos de cristal de yogur francés y botellitas de zumo de pera, melocotón y naranja.

Hay un estante entero para bebidas. Mantequilla de la Isla del Príncipe Eduardo.

Queso de cabra suave de la isla Saltspring.

En la puerta hay botecitos de caramelos rosa en forma de corazón, nubes de golosina caseras y frutos secos.

—Los bombones se elaboran en la zona —dice Kevin refiriéndose a la caja cuadrada de Chocolates Tofino que hay en el estante central. Se inclina hacia George como si le contase un secreto—. Los troncos crujientes de avellana son toda una revelación.

Si de verdad fuéramos recién casados, tal vez me pondría un poco territorial, porque Kevin mira a George como si el tronco crujiente de avellana fuera él.

Aunque hay que admitir que la combinación de la camisa de cuadros de franela y las gafas sexis de George le dan un aire rudo e intelectual, como si fuera un Thoreau moderno que anhela vivir profundamente y sacarle hasta el tuétano a la vida.

Entiendo que pueda despertar cierto interés si te gustan los hombres con rizos oscuros que huelen a ramas de pino acariciadas por la niebla.

—Y, cómo no —dice Kevin—, siempre está el servicio de habitaciones.

Nos enorgullece poder ofrecer nuestro menú completo y el chef estará encantado de adaptarse a cualquier restricción alimentaria.

Espero que encuentren todo lo que necesiten para satisfacer su apetito, pero, si tienen alguna petición especial, háganmelo saber.

Es su luna de miel, sé que puede que no quieran salir de la suite.

George arquea una ceja mirándome y yo me muerdo el labio para contener la risa.

—Antes de llevarles al dormitorio, permítanme enseñarles el exterior —continúa Kevin.

Cruza la sala, nos hace un gesto para que lo sigamos y abre la puerta.

Yo asomo la cabeza. El porche es como una casa en un árbol, rodeado de ramas de hoja perenne y helechos, con sillas de jardín de estilo Muskoka y vistas a la playa.

En un rincón, detrás de un biombo de madera, hay un jacuzzi en el cual pronto me estaré relajando con una copa de gewürz seco en la mano.

Kevin se vuelve hacia George.

—Nuestro arquitecto y nuestro paisajista se esforzaron por cerciorarse de que los huéspedes disfrutan del jacuzzi y de las vistas y, a la vez, cuentan con la máxima privacidad.

«Para follar». Eso no lo dice, pero ¡venga ya!

Decido que lo mejor es no mirar a George.

—¿Están listos para ver la suite principal? —pregunta Kevin.

George lo sigue por las escaleras y yo sigo a George. No es que quiera mirarle el culo, pero lo tengo delante de la cara y es difícil apartar la vista porque no recuerdo que tuviera tan buen culo. O estos vaqueros le sientan genial o ha estado haciendo sentadillas.

Cuando llegamos arriba, miro a George perpleja.

Él musita algo que suena como «Válgame dios».