Capítulo 13
Recorremos otro largo tramo de curvas serpenteantes hasta tomar el desvío hacia Tofino a última hora de la tarde.
Me llega el olor salado y limpio del océano a medida que van apareciendo playas entre los árboles de hoja perenne, y veo un destello de arena clara y olas plateadas por la ventanilla de George.
En este punto, la carretera atraviesa mediante varios túneles el bosque templado húmedo del Parque Nacional de la Cuenca del Pacífico.
—Los árboles son gigantescos —digo.
—Están entre los más altos y viejos del país —responde George—. El cedro rojo del Pacífico más grande del mundo está en esta reserva. Se llama el Gigante de Cheewhat.
Me quedo boquiabierta.
Hay un camino asfaltado paralelo a la carretera por el que van ciclistas, familias de excursión y gente que ha salido a correr.
Pasamos al lado de un tipo con una tabla de surf atada a un lado de la bici.
Hay señales que indican el camino a lugares como Incinerator Rock o Radar Hill, y lo más preocupante es que otras marcan zonas de peligro de sunami y rutas de evacuación.
Finalmente, George sale de la autopista cuando un cartel anuncia el Resort Moss es como una cucharada fresca de sal, algas y píceas.
George se pone a mi lado y nos quedamos mirando las ramas del árbol más enorme que he visto en mi vida.
Tiene el tronco tan grueso que haría falta un grupo de varias personas cogidas de la mano para abrazarlo.
Me entran muchísimas ganas de hacerlo. Este trocito de paraíso escondido posee una majestuosidad formidable.
Puede que esté cansada, pero, al levantar la vista hacia ese impresionante árbol, me siento más viva de lo que me he sentido en los últimos meses.
—¿Sabes qué árbol es? —pregunto sin apartar la vista de las centenarias ramas.
A George se le dan bien estas cosas, pero, además, tiene aplicaciones en el teléfono para identificar plantas y cantos de aves.
Cuando cumplió once años, mi madre me ayudó a comprarle un libro muy grueso llamado Árboles de Canadá , lleno de fotografías, ilustraciones y trucos de identificación.
Lo tiene en la estantería de su piso con las esquinas de las páginas dobladas y todo anotado.
—Una pícea de Sitka.
—¿Cómo lo sabes?
—Por las ramas largas, por cómo caen hacia abajo. ¿Ves lo recto que está el tronco? ¿Y que la corteza parece hecha de escamas?
Una gran gota cae de una rama —¡plof!— a mi cara. Noto la mirada de George y se la devuelvo.
El pelo se le ha rizado más por la humedad. Tiene manchas oscuras en el pecho de la camiseta donde le han caído gotas del árbol. Sí que está más grande; no era el coche. Los hombros, el pecho, los brazos… Lo tiene todo un poco más voluminoso, deliberadamente tonificado.
Me cae otra gota, esta vez en la nariz. Luego una más en el hombro.
Cada una me despierta un poco más y me recuerda que estoy en un bosque húmedo con George.
Siempre hemos querido viajar juntos, pero yo me había resignado a que eso no fuera a pasar.
Y aquí estamos, en la costa oeste de la isla de Vancouver.
—No me puedo creer que estemos aquí —digo, y no es la primera vez que lo expreso hoy.
—¿Sabes qué? —dice él mirándome fijamente—. Yo tampoco.
Ahogo un grito cuando entramos en la recepción.
Este lugar parece una extensión del bosque en todos los sentidos, con su madera de color miel oscuro y sus tonos de pizarra y verde terroso.
Hay sillones de cuero de color caramelo, una chimenea de piedra espectacular y obras de arte mires por donde mires; piezas impresionantes que honran las técnicas y los estilos indígenas tradicionales: esculturas de focas y osos en piedra lisa, una pintura de una ballena con colores vivos y paneles de madera con soles y lunas tallados.
La sala huele a leña recién cortada y a brisa marina, como si alguien hubiera conseguido destilar el exterior en un frasco e infundir con sutileza la fragancia ahí dentro.
Dejo la maleta al lado del mostrador de recepción y me voy directa hacia los ventanales de suelo a techo, observando la costa neblinosa donde el bosque se encuentra con el Pacífico.
No se parece en nada a ninguna playa que haya visto, con su arena de oro blanco impecable contenida por árboles de hoja perenne doblados por el viento, un denso sotobosque y unas rocas escarpadas.
La paleta de colores del paisaje es apagada y su belleza agreste. Cuesta creer que sigamos en Canadá.
—George, ¿te puedes creer lo precioso que es esto? —digo volviéndome hacia atrás.
Me está mirando con una expresión extraña. Parpadea y el gesto desaparece.
—Parece sacado de un cuento, ¿no crees? —dice.
—Vaya, son las palabras perfectas para describirlo —dice el hombre que hay detrás del mostrador.
Tiene más o menos nuestra edad y lleva un traje azul marino con corbata.
Parece que se alegre excesivamente de vernos, dos viajeros desaliñados, muy mal vestidos para este lujo.
Yo llevo la vieja camiseta de los Parques Nacionales de Canadá de George y unas mallas cortas, y él unos vaqueros rotos y una camisa de franela a cuadros.
Aunque, dejando de lado al personal del hotel, allí todo el mundo va vestido para la playa o para ir de excursión.
—Me llamo Kevin —dice, tendiéndole la mano a George cuando yo me acerco a ellos—, soy el encargado de experiencias de hospedaje, y ustedes deben de ser nuestros recién casados.
No es la primera vez que nos toman por una pareja ni mucho menos. Normalmente lo dejamos correr —¿de qué serviría explicarle a un camarero que solo somos amigos?—, pero, si vamos a interactuar con alguien más de unos minutos, soltamos nuestro discursito.
Por eso, cuando George dice «Eso es», lo único que puedo hacer es mirarlo boquiabierta.
Él no me mira. En lugar de eso, lleva una mano a la parte baja de mi espalda y yo doy un respingo como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Siento el calor de su mano a través de la camiseta y no estoy en condiciones de afirmar que respiro cuando me atrae hacia él con una ligerísima presión, como si estuviéramos bailando.
—Permítanme darles la bienvenida oficialmente a Moss and Stone —dice Kevin—. Es todo un placer tenerles aquí con nosotros, señor y señora… —Hace una pausa—. Es Bacon, ¿verdad?
Estoy que echo chispas. No me puedo creer que Nate haya reservado poniéndonos a ambos su apellido.
—No —dice George—. Mi ayudante debió de cometer un error cuando hizo la reserva. Nosotros somos el señor y la señora Francesca Gardiner —aclara.
A mí casi se me escapa la risa por la nariz. Ya se me está pasando la rabia.
Kevin ni se inmuta.
—Tengo una tarjeta de crédito a nombre de Nathaniel Bacon y me han asegurado que todos los costes deben cargarse a esa tarjeta.
—Perfecto —contesto.
Antes me incomodaba el desequilibrio económico de nuestra relación, pero, si Nate quiere jugar a ser mi sugar daddy esta semana, pues juguemos.
—Lo cierto es —empieza a decir George mientras deja una tarjeta negra mate sobre el mostrador— que preferiría usar esta.
A George no le gusta hablar de dinero. Creo que le da un poco de miedo.
Cuando nos fuimos a vivir juntos, lo obligué a tener una conversación seria sobre el tema para que los dos supiéramos cuál era la situación del otro.
Fue incómodo. Yo estaba sin blanca y, en cambio, él, gracias a Mimi, iba sobrado.
Sin embargo, nunca le ha gustado gastarlo.
Ver a su padre derrocharlo ha hecho que tenga miedo de quedarse de pronto sin nada.
—No hace falta —le susurro, porque no quiero montar una escena, pero George se limita a quitarle importancia con un sutil movimiento de cabeza.
—Por supuesto —dice Kevin cogiendo la tarjeta. Señala la zona de sillones—. Tomen asiento y disfruten de las vistas mientras finalizamos el registro y nos aseguramos de que su alojamiento esté listo. Mandaremos sus maletas para que las encuentren allí al llegar.
Nos sentamos en el cuero más suave con el que mi culo ha tenido el placer de establecer contacto, y Kevin nos trae dos flautas de vino espumoso rosado.
—¿Me permiten ofrecerles una copa de rosé espumoso?
—Después de venir por esa carretera, aceptaría una piscina entera de rosé espumoso —le digo cogiendo la copa.
Kevin se ríe y su risa suena como el tintineo de una campana de viento.
—Es mi forma de darles la bienvenida y la enhorabuena, señor y señora Gardiner.
Toco la pierna de George con la rodilla. Luego hablaremos de esto.
—Por nosotros, cari —le digo haciendo chinchín con las copas. Lo miro a los ojos con una sonrisa felina—. Qué ganas de tenerte para mí solita.
Él esboza una sonrisa burlona.
—Y que lo digas, mi amor.
O es el mejor vino que he probado o pasarme horas pensando que vamos a caer por un barranco me ha dejado especialmente sedienta.
—Así deben de saber las lágrimas de ángel —digo maravillada.