Capítulo 12 #2
—Ahora sí que estás de coña. —Mi sonrisa es de loca.
—Me está costando que tu expresión no me ofenda —dice, pero está igual de contento que yo—. Lo digo en serio, lo tengo todo pensado.
—Vale, a ver, listillo, cuenta.
—Para superar una ruptura hay un proceso —dice dándole un bocado a un pretzel —. Has perdido a una persona importante, y eso es duro, pero hay pasos que puedes dar para procesar lo ocurrido y, con suerte, pasar página.
Me quedo mirando su perfil, las suaves pinceladas de rosa peonía de sus mejillas.
—Entonces, va en serio. Tienes un plan de verdad.
—Sí.
George es listísimo. Es una de esas personas que pueden ir tirando sin esforzarse demasiado.
En el instituto se pasaba las clases atendiendo a medias mientras hacía garabatos y me escribía notitas.
No estudió para un solo examen, pero sacaba buenas notas, lo cual supuso que yo tuviera que esforzarme el doble para superarlo.
Sin embargo, en el trabajo nunca va en punto muerto; es incansable.
Se ha abierto camino como autónomo en un sector cada vez más exigente, a pesar de estar de capa caída.
La pasión de George por el periodismo es una de las cosas que admiro de él, incluso sabiendo que lo aleja de casa.
Cuando indaga en una noticia es a la vez terco y tenaz.
Estoy bastante segura de que ha decidido que yo sea su siguiente trabajo, pero yo tengo otras prioridades.
—De verdad que estoy bien. —Me tomo un momento para observar la superficie cristalina de un enorme lago que refleja las suaves montañas que se alzan a sus orillas—.
Estaba fatal cuando ocurrió todo y todavía me siento un fracaso absoluto algunos días.
Es una mierda vivir en casa de mis padres y empezar de cero, pero no todo es malo.
Las cosas con las que quiero aclararme no tienen que ver con él.
George me mira con el rabillo del ojo.
—Cuando dices que estabas fatal cuando ocurrió todo, ¿a qué te refieres exactamente?
Lo miro incrédula.
—Ya lo sabes.
—Sí, pero recuérdamelo. ¿Qué pasó? —Habla en un tono de voz uniforme; no es duro, pero tampoco indulgente.
—Ya sabes lo que pasó —digo. Empiezo a estar molesta.
—Pongamos que no lo sé.
—George —lo reprendo—, ¿qué dices?
—Frankie, si no eres capaz de decir el nombre de Nate, si no puedes hablar de lo que has vivido, no has pasado página.
—Entonces, ¿tengo que decirlo? —pregunto levantando la voz.
Él me lanza una mirada y dice con suavidad:
—¿Puedes?
«Mi prometido me dejó el día antes de nuestra boda con una nota escrita a toda prisa en el papel corporativo de un hotel».
George aguarda a que hable, pero las palabras me pesan en la lengua. Es demasiado humillante decirlas en voz alta. Dios, no soporto cuando tiene razón.
—No te preocupes, ya lo conseguirás —dice—. Esto irá así: cada día del viaje, nos centraremos en uno de los pasos hacia la recuperación. No voy a decirte cuáles son ni lo que tengo planeado porque quiero que sea sorpresa.
—Odio las sorpresas.
—Sobrevivirás —dice.
Entrecierro los ojos.
—Lo que pasa es que te preocupa que vaya a discutirte el itinerario.
—Por supuesto —dice.
«Te conozco», pienso.
—Y ¿qué sacas tú de todo esto? —le pregunto.
—¿Además de pasar esta semana contigo? —Me mira como si estuviera haciéndome la tonta—. Recuperar a mi mejor amiga.
Tal vez nuestras prioridades no sean tan distintas, al fin y al cabo.
George me sostiene la mirada, es una bocanada de mar oscuro. Oigo la voz de mi madre. «Los marineros se perderían en esos ojos».
—¿Y cómo se te han ocurrido esos pasos?
—He investigado mucho. He sacado información de webs de psicología y de algunos artículos de buenos periodistas. Después entrevisté a un psiquiatra para asegurarme de que iba por buen camino. Tomé algunas decisiones basadas en quién eres tú y en el tiempo que tenemos, y así redacté El Plan.
Lo miro atónita.
—He impreso bastante material por si quieres echarle un vistazo —dice.
—No me puedo creer que hayas hecho todo eso.
Se encoge de hombros.
—Tú habrías hecho lo mismo.
Intercambiamos una mirada y en ella yace una verdad que asusta.
No hay nada que no haríamos por el otro.
Seguiré el plan de George. No solo por todo lo que se ha esforzado ni porque puede que me ayude, sino porque puede que nos devuelva al George y a la Frankie que éramos.
Cuando entre nosotros solo había sinceridad.
Cuando conocíamos al otro mejor que a nosotros mismos.
—Bueno, y ¿cuándo empezamos?
—Ya hemos empezado —dice—. Este es el día uno.
—Y ¿eso qué significa?
—Este, querida, es el día de revolcarte en el fango.
—Ya me he revolcado mucho.
—Eso es —dice George—, eso quiere decir que vas bien. Parece haber un consenso acerca de que «permitirte sentir», incluso si lo que sientes es negativo, es importante en esta fase.
Suelto una risa burlona.
—Vaya, menuda madurez emocional —le digo.
—No parece que sea un cumplido.
—Es solo que hablas como un psicólogo. Entonces, ¿qué quieres que haga?
—No es muy difícil. Si estás hecha una mierda, te dices a ti misma: «Oye, pues estoy hecha una mierda». Respeta la mierda. Honra la mierda.
—Entonces, de secta sexual, nada, ¿no?
—Me temo que no.
Miro la ladera de una montaña por la ventanilla. El pico es tan alto que se esconde entre las nubes. Su majestuosidad es casi aterradora; es un paisaje perfecto para afrontar los grandes misterios de la vida.
—Me siento afortunada de poder hacer esto contigo —digo.
—Y yo. —Vacila un poco y luego añade—: Y también me siento un poco culpable.
—¿Por qué?
—Estoy aquí porque te han hecho daño.
—No puedes sentirte mal por eso. No fue culpa tuya. Además, intentaste avisarme.
Su respuesta es calmada pero contundente:
—Tendría que haberlo intentado más.