Una tormenta perfecta Capítulo 12
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Capítulo 12

Revolcarse en el fango

—Estoy segura al noventa y nueve por ciento de que voy a morir en esta carretera, pero no me parece un mal plan —digo mirando boquiabierta un valle cubierto por un manto de niebla.

George y yo vamos serpenteando hacia Tofino por la Autopista de la Cuenca del Pacífico en la isla de Vancouver.

El tramo entre Port Alberni y la costa es conocido por sus curvas, y yo las estoy experimentando de primera mano.

El paisaje es impresionante —agua cristalina, enormes cedros, lechos rocosos de ríos y montañas imponentes—, pero la carretera me hace sentir al borde de la muerte en todo momento.

Nunca he tomado tantas curvas cerradas, y menos al lado de un barranco.

Y la llovizna y el asfalto mojado tampoco ayudan a tranquilizarme.

—¿Te parece raro? —pregunto.

George se ríe.

—No hemos hecho todo el viaje hasta la Columbia Británica para morir aquí —dice—, pero es verdad, hay lugares peores en los que morirse.

—¿A que sí? Pensaba que en casa era todo muy verde, pero esto es… —Busco la palabra adecuada. Él es un experto en condensar la descripción de personas y lugares en su adjetivo esencial, pero yo estoy sin habla—. Es otro nivel —concluyo.

Hemos salido de casa a las tres y media de la madrugada para coger un vuelo en el aeropuerto de Toronto.

Mis padres se han puesto el despertador para despedirnos y prácticamente me han echado de casa cuando ha aparecido George.

Hemos estado más de cinco horas en el avión y llevamos más de dos en la lata de sardinas que es este coche.

No tengo muy claro si George está más fornido o si parece más grande por lo apretados que vamos.

Me da el último trozo de su barrita energética; siempre me guarda el último bocado de todo. Yo lo acepto y pongo la bolsita de la mezcla de frutos secos que he preparado en casa donde puede alcanzarla.

—¿Salados? ¿Con anacardos? —pregunta.

—¿Qué soy, una novata?

Hasta le he puesto pasas de Corinto, se pondrá como loco.

Coge un puñado y gime exageradamente al masticar.

George tiene una especie de intensidad contenida, se le nota en la hiperconcentración de la mirada y en los movimientos constantes.

Cuando está quieto, siento que va a ponerse en marcha en cualquier momento, como el muñeco de una caja sorpresa.

No le gusta estar encerrado, así que, antes de salir, he llenado una bolsa de tela enorme con sus snacks favoritos.

Si lo voy alimentando, no se pondrá gruñón por el hambre y por estar atrapado en un coche durante horas.

—Las pasas están buenísimas. Y los arándanos recubiertos de yogur…

No hay nada mejor que el sonido de alguien disfrutando de una comida que he preparado.

Abro un poco la ventanilla para que me dé el aire, y los ojos de George se vuelven hacia mí mientras nos acercamos a la siguiente revuelta.

—¡No me mires a mí! —Me aferro al asidero durante la curva—. ¡Mira la carretera!

Se ríe por lo bajo.

—Creo que nunca te había oído soltar esos grititos. Es bastante adorable.

Le saco la lengua, animada a pesar de haber tenido un día tan largo. George se ríe de mí con los ojos y me saca también la lengua como respuesta. Los dos soltamos una carcajada.

En su caso, todas las emociones se cocinan a fuego lento y bajo la superficie, pero hoy parece rebosar alegría.

Empieza a canturrear una nana que recuerda que le cantaba su madre.

Casi nunca habla de ella, pero siempre tararea esa canción cuando está contento.

Hasta los diez años, no me contó cómo había muerto.

La atropelló un coche cuando iba en bici por Montreal.

Sé que se llamaba Lily. Sé que era arquitecta, como su marido, y que se conocieron en la universidad.

Y sé que el padre de George no fue capaz de lidiar con su muerte, por eso su hijo se mudó de Montreal a la Casa Grande.

Hoy ha estado tarareando mucho la nana de Lily.

Creo que ni siquiera es consciente cuando lo hace.

La siguiente curva está al bajar una cuesta empinada. Hay una pared de roca en el lado de la carretera de George y una caída brusca en el mío. El guardarraíl es una barrera de una insustancialidad absurda. Me llevo la mano a la barriga cuando me entran las náuseas.

George hace una mueca y, cuando volvemos a una recta, toca la pantalla del salpicadero unas cuantas veces para cambiar la música.

—Necesitas distraerte.

Reconozco la canción a la primera nota. «Since U Been Gone» de Kelly Clarkson se lanzó en la época en la que George y yo nos hicimos amigos. Conecté con ella profundamente y todavía hoy es la canción que siempre elijo en los karaokes.

George me lanza una sonrisa descarada y se pone a cantar.

Así es él. La mayoría de la gente solo ve al reportero brillante y resuelto, la parte que oscila entre la reflexión profunda y la energía física.

Como periodista, tiene la reputación de ser implacable, pero también tiene un lado divertido que no sé si deja ver a alguien más.

—No me dejes solo en esto —dice entre versos.

—Eso nunca.

Cantamos «Since U Been Gone» a pleno pulmón tres veces. Me olvido del mareo y las lágrimas de alegría me ruedan por las mejillas cuando por fin dejamos que la lista de reproducción avance. No recuerdo la última vez que me había reído así, pero la verdad es que nadie me hace reír como George.

Su sonrisa brilla como la luna y siento que tengo el corazón lleno. Cuando estamos juntos, estamos genial. Lo de estar lejos es lo que nunca hemos conseguido dominar.

—Prométeme que llegaremos enteros a Tofino —digo cuando damos otro giro cerrado.

Se le curvan los labios.

—¿Una promesa por otra?

—No creo que garantizar mi seguridad deba depender de que yo te haga una promesa —digo.

Entonces la lluvia golpea el parabrisas como si estuviéramos en un túnel de lavado. Suelto una palabrota y George se ríe por lo bajo poniendo los limpias a máxima velocidad.

—¿Estás segura? —pregunta.

—Pfff, vale, una promesa por otra.

—Te prometo que llegarás entera a Tofino —dice.

—Tú puedes pensar qué te debo cuando lleguemos.

—Ay, mi querida e inocente amiga. —La mirada de George busca la mía. Está casi vibrando. Algo le hierve bajo la piel—. Tendrías que haber sabido que ya tenía algo pensado.

Estamos a una hora del resort cuando George carraspea.

—Pues he estado hablando con Aurora —dice.

—Sí, ya me ha dicho que estabais compinchados.

—Yo no diría eso, pero, cuando me dijo que tenías la luna de miel medio pagada, me pareció una buena oportunidad.

—¿Para qué, exactamente? —Estoy convencida de que ha llegado a la misma conclusión que yo: es una oportunidad para que volvamos a la normalidad.

—Para que superes esta ruptura.

—Ah… —O sea, que era eso—. La verdad es que estoy bien, pero gracias.

—Frankie. —Habla en un tono grave—. Te vi aquella mañana. Sé el daño que te hizo.

Un recuerdo confuso de George cogiéndome en brazos me cruza la mente.

«Estoy aquí. Todo irá bien».

Abro la boca para pedirle disculpas, pero él habla primero:

—Para ser tan bajita, pesas un huevo.

Resoplo.

—Mido uno setenta y cinco.

—Un tapón —dice George—. Hablemos de mi plan.

—George —le digo—, ¿es en serio? Que estoy bien.

—Las personas que te quieren no opinan lo mismo.

Entrecierro los ojos.

—¿Con quién más te has compinchado?

Se encoge de hombros.

—Con todo el mundo.

—Ay, dios, ¿has hablado con mi madre?

—Sí.

—¡George!

—Ya sabes que hablo con ella. Deberías probarlo.

George llama a mi madre casi tantas veces como a Mimi. Seguro que las dos le han estado haciendo informes sobre mí.

—Bueno, a ver ese plan que tienes. —Es posible que haya algo de escepticismo en mi voz.

A George se le dan bien muchas cosas —casi todas, lo cual me molesta mucho—, pero la organización no es una de ellas. Es un hombre de acción.

—Vamos a estar siete días en Tofino —dice.

—Si llegamos vivos.

—Lo cual significa —continúa— que tenemos siete días para curarte el corazón roto. Porque, según parece, y a pesar de lo que digas tú, mi brillante, resiliente y luchadora amiga, ahora mismo tu vida es un circo.

—No te pases —le digo, pero sonrío.

—En siete días dormirás mejor. Tu autoestima volverá a su anterior estado sobredimensionado. Comerás como la glotona que eres.

Me río y George continúa:

—Esta semana te sanará el alma y te ensanchará el ánimo. Te dolerá la cara de sonreír y tu corazón… —Se coloca una mano en el pecho como si estuviera haciendo un juramento—. Tu corazón estará listo para volver a amar.

—Me apunto a lo de sonreír y subirme el ánimo —le digo—, pero ¿qué te hace pensar que mi sueño, mi autoestima y mi apetito necesitan tu ayuda?

—Está claro que tu cuerpo es tuyo —dice serio—. No voy a decirte qué hacer con él, pero ¿piensas que todo eso lo llevas bien?

Me encojo de hombros.

—Yo creo que disfrutar de la buena comida, estar rodeada de naturaleza y pasar tiempo lejos de casa podrían ayudarte —dice George—. Solo quiero que vuelvas a sentirte como antes.

Noto un pinchazo en el pecho. Me pregunto si George también echa de menos cómo eran las cosas.

—Vale —contesto—. Hagámoslo. Acepto tu plan. Comer, relajarme, respirar aire puro. No parece muy complicado.

George dibuja una sonrisa diabólica que conozco demasiado bien. Es la que pone antes de desafiarme.

—Sí, pero ese no es El Plan. El Plan es mucho más intensivo. El Plan es la razón por la que, dentro de una semana, saldrás de la isla de Vancouver siendo una mujer nueva.

—El Plan es meterme en una secta sexual, ¿no?

Asiente.

—La más sexual de todas. Pero también la más secta de todas.

—Entonces, cuando dices que saldré de la isla de Vancouver siendo una mujer nueva, te refieres a…

—Que saldrás en una bolsa para cadáveres. Lo siento.

Chasqueo los dedos.

—Siempre hay truco.

Nos sonreímos y me parece que estoy en el cielo.

—Entonces dices que no hay plan —tanteo.

—Que te den. Sí que hay plan. He tomado notas, he investigado, he preparado… ¡un itinerario!

—¡¿Un itinerario?! —Me cuesta trabajo creerlo.

—Y, además—añade George orgulloso—, cada día tiene una temática diferente.