Una tormenta perfecta Capítulo 11
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Capítulo 11

Teníamos treinta años

Hace siete meses

Mi madre y yo decoramos la mesa con ramas de cedro y pino, portavelas plateados y el mantel de encaje que reservamos para el día de Navidad.

Moby estaba fuera jugando con Birdie en la nieve, mientras Anh, Darwin y mi padre bebían ponche al lado de la chimenea de la sala de estar.

Nate había ido a pasar las fiestas con su madre.

Me puse el anillo antes de que llegasen Mimi y George. Habíamos empezado a tomar los primeros bocados de pavo cuando hice sonar la copa de vino con el cuchillo. Sonreí, pero noté que mis labios se resistían.

—Tengo una noticia.

George me miró desde el otro lado de la mesa con el ceño fruncido.

Los dos habíamos llegado a casa el día anterior y yo quería contárselo por la noche, cuando nos quedamos solos.

Estábamos cada uno en una punta del sofá del salón de la Casa Grande viendo Mujercitas , una tradición navideña.

Lo único que tenía que hacer era coger el mando, parar la película y abrir la boca, pero no pude.

Con su apretado calendario de viajes, George solo había coincidido con Nate dos veces.

La primera, lo trató con un desdén que dudo que alguien que no fuera yo hubiera notado.

Era evidente que pensaba que ese chico era como los que lo habían precedido, un novio pasajero al que no hacía falta tomarse en serio.

La segunda, lo invité a cenar en casa de Nate.

Él trajo a la mujer con la que se estaba viendo, pero yo sentí que estaba juzgando mi relación en todo momento.

Cuando nos quedamos solos en la cocina, comentó que parecía que yo estuviera jugando a las casitas.

Viendo la película, me fui poniendo nerviosa.

Laurie y Jo bailaron. Meg perdió el guante.

Amy quemó el manuscrito de Jo. Jo se cortó el pelo.

Para cuando murió Beth, yo me había convencido a mí misma de que George reaccionaría mal.

Su opinión me importaba más que la de nadie y no quería saberla.

Me dije a mí misma que sería mejor que recibiera la noticia junto con los demás, pero la verdad era que esperaba que tener público asegurase su buen comportamiento.

Al día siguiente, ocho pares de ojos me miraban expectantes.

—Nate y yo nos hemos prometido —anuncié dejando el cuchillo y limpiándome las manos en los vaqueros.

Nadie dijo ni una palabra. George se me quedó mirando con los labios apretados formando una línea recta.

—Me mudaré a su casa cuando pasen las fiestas y nos casaremos en mayo —dije obligándome a sonreír—. No queremos alargar el compromiso.

Pasaron lentamente tres segundos más de silencio y entonces, de pronto, una avalancha de comentarios inundó el comedor.

Mi madre:

—Maravilloso, cariño.

Mi padre:

—¿No es un poco precipitado?

Moby, con frialdad:

—Ah, enhorabuena.

Birdie:

—Mamá, ¿qué han prometido?

Anh:

—Se han prometido, Bird. La tía Frankie se casa.

Mimi:

— Merde.

Darwin:

—¿Alguien me pasa la guarnición?

—¿No vas a decir nada? —le pregunté a George, la única persona que no había hablado.

La sala se sumió de nuevo en el silencio.

Estaba completamente inmóvil; helado, como el arroyo. Tal vez no tendría que haberlo presionado, pero estaba desesperada por recibir su aprobación.

Perdí la sonrisa.

—¿George?

—Enhorabuena. —Su tono fue inexpresivo.

—¿Y ya está?

—Frankie —dijo mi madre con suavidad—. Déjalo estar.

La ignoré.

—¿Tu amiga de toda la vida se casa y no tienes nada más que decir?

George se me quedó mirando un largo rato y luego musitó:

—Creo que no querrás oír lo que tengo que decir.

Lo miré altanera. Me hervía la sangre.

—Pues yo creo que sí.

George se levantó de la mesa en un movimiento tan repentino que Birdie se tapó las orejas por el fuerte chirrido de la silla contra el suelo.

—Gracias por la cena, Rebecca —le dijo a mi madre.

—George —dijo Mimi—, siéntate.

Él la ignoró.

—Moby, ¿puedes acompañar a mi abuela a casa después de cenar? —dijo, a lo que mi hermano respondió con un «sí» balbuceante.

—¿Por qué estás siendo tan gilipollas? —le pregunté yo poniéndome en pie.

—¡Frankie! —dijeron mi madre y Anh al unísono.

Mi sobrina me miró con la boca formando una «O» mayúscula. Hice una mueca de arrepentimiento.

—Lo siento, Birdie.

George salió del comedor y yo lo seguí hasta el recibidor.

—Tendrías que alegrarte por mí. Tendrías que apoyarme. Iba a pedirte que fueras mi padrino.

Soltó una risa sarcástica y no dijo nada más mientras se ponía las botas y se abrochaba la parca.

—No te atrevas a irte —le dije abrigándome deprisa—. Esto no ha terminado.

George había salido a la oscuridad de la noche antes de que yo hubiera tenido tiempo de hacerme con un gorro y unos guantes.

Lo perseguí por el campo. La nieve brillaba a la luz de la luna y el cielo estaba cubierto de estrellas. Era una noche despejada, la más fría del año. Tendría que haber estado muerta de frío —llevaba la chaqueta desabrochada y no me había puesto bufanda—, pero estaba demasiado enfadada.

—George, para. Háblame.

Él se dio la vuelta a medio camino del seto.

—Ya te he dicho que no querrás oírlo.

—Y yo ya te he dicho que sí.

—Vale —contestó—. ¿Quieres que hable? Pues hablo. Creo que estás cometiendo un grave error. Creo que un día te darás cuenta, pero, como eres tan tozuda, no lo admitirás. Creo que te casas con alguien que no tiene ni idea de quién eres.

—Nate me conoce —le dije, pero me escoció la verdad que había en sus palabras.

Solo había dejado que Nate viera una versión muy contenida de mí misma. Todavía no sabía lo cabezota que podía llegar a ser. No me había visto enfadada y diciendo cosas en caliente que en realidad no pensaba.

—Os he visto juntos —dijo George—. Te comportas como un animal de compañía. Él no conoce tu verdadero yo.

—Y mi verdadero yo es horrible, ¿no? —Levanté la voz luchando contra el escozor de las lágrimas—. ¿Cómo iba a querer alguien pasar el resto de su vida conmigo?

Él abrió los brazos.

—Tu verdadero yo no es un perrito faldero. Es intensa, incisiva y vehemente.

—Y siendo así siempre se mete en líos —repuse—. Me estoy esforzando por mejorar, por ser una buena novia.

—No deberías tener que esforzarte tanto, Frankie. Deberías ser suficiente.

Me sequé las lágrimas en cuanto cayeron.

—Y ¿qué pasará con tu piso? —me dijo George en un tono más suave.

—Voy a avisar de que lo dejo.

—¡Pero si te encanta!

Era cierto. Era el primer lugar en el que había vivido sola.

—Ya, pero no tiene sentido pagar el alquiler cuando Nate es propietario. Y ya viste su casa, es muchísimo mejor que la mía.

—Tu piso es perfecto. Es muy tú. No lo dejes, Frankie. Subal­quílalo para poder recuperarlo si las cosas no van bien.

—George. Entiendo que estés preocupado, pero ahora mismo necesito que te alegres por mí.

Se le tensaron los músculos de la mandíbula.

—No puedo alegrarme por ti. Esta vez no, porque has decidido estar con alguien que te hace más pequeña. Más callada. Gris.

Me sentí como si me hubiera dado un bofetón. Nadie tenía el poder de herirme como George.

—No sabía que tuvieras tan mala imagen de mí.

George cerró los ojos. El vaho de su respiración salía como una nube de humo de una chimenea.

—Si yo te tengo en un pedestal.

—Entonces, ¿qué problema hay? Si casi no conoces a Nate.

—La que casi no conoce a Nate eres tú. —Buscó mi mirada con la suya—. Yo sí que te conozco, Frankie.

Una ráfaga de viento cortante recorrió el campo e hizo que el pelo me golpeara la cara. Me quedé mirando a mi mejor amigo a los ojos y noté que se me rompía el corazón. No quería perderlo, pero no sabía cómo salvar aquel abismo que nos separaba.

—Nate es buena persona —me defendí—. Es amable y estable y alguien con quien es fácil tratar.

Levantó el labio superior con repulsa.

—¿Fácil? ¿Eso es lo que buscas en una pareja?

—¿Tan horrible te parece?

No dijo nada y yo levanté las manos.

—¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que me quede sola para siempre?

—Claro que no, pero tú nunca has querido casarte. Nunca has querido perderte en una relación. —Hablaba con voz grave y firme—. Y yo tampoco quiero perderte.

—Eso no pasará. Siempre seremos nosotros.

Pero incluso mientras lo estaba diciendo era consciente de que no era verdad. Las cosas habían cambiado entre George y yo en los últimos años, desde que había vuelto de cubrir los incendios. De pronto, me entró el pánico por si no podíamos volver atrás. Y vi que él sentía lo mismo.

—Vale —dijo. Parecía abatido.

—George. —Tendí la mano para tocarlo, pero él se apartó—. No te vayas. Quédate y peleémonos hasta aclararlo.

Él negó con la cabeza.

—Necesito espacio, Frankie. Si no, diré algo de lo que me arrepienta.

Yo me quedé plantada en medio del campo, viendo cómo se alejaba, hasta que desapareció tras el seto.