Capítulo 10
Abro un párpado y ladeo la cabeza. Un hombre alto se cierne sobre mí, con la silueta recortada contra el sol. Da un largo trago y luego me tiende el refresco.
Estoy soñando. Me he imaginado cómo sería volver a ser pequeña y estar aquí con George, y ahora está en mis sueños.
—No tienes catorce años —le digo.
—Pareces decepcionada. —Es una voz grave, de hombre, a juego con los dedos largos y manchados de tinta que rodean la lata morada.
Refunfuño un poco y cierro los ojos para dormir más profundamente. Las cosas eran mucho más fáciles cuando teníamos catorce años.
—Frankie, despierta.
Me incorporo, resollando. Las gafas de sol se me caen de la cara cuando levanto la mirada hacia el hombre y parpadeo.
No es un sueño. George está aquí de verdad.
Con un chillido encantado, me pongo de pie de un salto y lo rodeo con los brazos apretando tanto que la risa le sale ahogada.
Está rígido como un palo, pero me da igual.
—Suéltate —le digo, y se relaja un poco.
En algún momento, en la época en la que me salieron las tetas y él empezó a esconderme cosas en un cofre de madera cerrado con llave debajo de su cama, llegamos al acuerdo tácito de que casi todas las formas de contacto físico quedaban proscritas.
Bailar era una excepción. Los empujones en el hombro y los apretones de manos estaban permitidos; tumbar al otro en el césped de un placaje o darnos la mano, no.
Dejamos de jugar en el arroyo en ropa interior y George ya no podía quedarse a dormir en mi cuarto.
De todos modos, mis padres no tenían de qué preocuparse; George dejó claro cuando teníamos dieciséis años que no tenía intenciones deshonrosas en lo que a mí respectaba.
Lo inhalo y huele distinto. No en el mal sentido, como cuando teníamos quince años y tuve que esconderle aquel fétido desodorante en espray. Huele a cuero, a humo, demasiado elegante para alguien que lleva dos meses viviendo solo con lo que cabe en una maleta de mano.
—Frankie —dice George apartándome las manos de sus costados—. No puedo respirar.
Lo dejo ir a regañadientes.
—Eres mi sorpresa —digo dando saltitos.
—¿Soy tu qué?
—Mimi me ha dicho que tenía una sorpresa para mí. ¡Eres tú!
Le bailan las pupilas.
—Igual tendría que haber salido de dentro de un pastel.
—¿Lo harías?
—No.
—¿Ni por mí?
—Nunca.
Me tomo un momento para echarle un vistazo.
No tiene nuevas cicatrices ni heridas visibles (es muy temerario a la hora de ir tras la noticia que está cubriendo).
Ahora mismo escribe una serie de artículos sobre la recuperación de los manglares en las reservas de la biosfera del Caribe y América Latina.
Desde la última vez que lo vi, ha estado en Perú, Ecuador, Colombia y Cuba.
Se ha cortado el pelo; ahora tiene los lados bien recortados, pero en la parte de arriba persiste el caos de rizos.
Lleva unas botas de montaña de piel, unos vaqueros negros descoloridos y una camiseta de manga corta gris, pero lo más importante es que también lleva…
—¿Gafas nuevas? —Arqueo las cejas.
Estas tienen montura de carey, pero la parte de debajo de las lentes queda al aire y las patillas tienen unos toques dorados muy chic. Son mucho más sofisticadas que las gafas de pasta negras y gruesas que lleva siempre.
Me toco la barbilla con el índice.
—Vaya, corte nuevo, gafas nuevas y colonia nueva.
—No empieces. —George me lanza una mirada fulminante, pero le brillan los ojos. Quiere jugar. Es la chispa que tanto he echado de menos y voy tras ella.
—Tal vez me equivoque, pero da la impresión de que te has hecho un cambio de imagen. —Dibujo una sonrisa diabólica—. Hay quien diría que eso es un poco… No sé… ¿Cuál sería la palabra?
Él echa la cabeza hacia atrás, mirando el cielo.
—¡Sabía que te burlarías!
—¡Superficial! —Doy una palmada.
Una vez, George afirmó que él no prestaba atención a su apariencia. Vivíamos juntos y, viendo cómo me preparaba para salir una noche, se quedó perplejo con el tiempo que invertía en peinarme y vestirme.
«No sabía que fueras tan superficial», refunfuñó.
Como respuesta, no solo le eché la bronca, sino que también le enumeré todas las veces que había mostrado preocupación por su apariencia física.
Le recordé cuánto había cambiado su vida cuando había empezado a estar bueno.
Evoqué el momento exacto en el que se había dado cuenta del poder que le otorgaba ser la persona más atractiva de nuestro instituto.
(La vez que se enrolló con Tish Torres en el pasillo el primer día de nuestro penúltimo curso.
Tish era un año más mayor). Era un hipócrita y me aseguré de hacérselo saber.
Molestar a George es uno de mis pasatiempos favoritos y hace mucho que no tengo la oportunidad. Así que insisto, frotándome las manos ilusionada.
—A ver, ¿quién fue el que dijo una vez que estaba por encima de la superficialidad?
Él suelta un quejido.
—Eres lo peor.
—Soy la mejor.
Me mira a los ojos y un fugaz amago de sonrisa le pasa por los labios.
—Eres un monstruo.
—Soy un angelito y, como prueba de mi benevolencia, voy a parar.
Él contesta arqueando las cejas, divertido.
—¿Seguro?
—Por lo menos de momento, pero hueles a perfume caro y estás muy guapo, George.
Me dedica una mueca de aburrimiento.
—¿Las gafas son de Prada? ¿Ahora te vistes de Prada? ¿Acaso hay alguien nuevo a quien intentas impresionar?
Me cruzo de brazos y sus ojos los siguen. Miro hacia abajo. Llevo un bikini microscópico para broncearme todo lo posible y tengo los pechos apretados entre los brazos y la parte de arriba del bikini torcida de una forma indecente.
George coge mi camiseta de la silla y me la tira. Me la pongo.
—Me dijiste que no te la habías llevado. —Mira fijamente el logo de los Parques Nacionales de Canadá—. Sabía que era mentira.
—Y yo sabía que lo sabías.
Las comisuras de los labios se le tensan. Conseguir que George sonría plenamente es uno de mis mayores placeres.
Le cojo las gafas. Los dos cristales están sucios, así que los limpio en el bajo de la camiseta. Es una vieja costumbre que George tolera. Después de que se las vuelva a colocar sobre la nariz, se le forma una arruga entre las cejas.
—Dios, Frankie, estás fatal.
Me imagino lo que ve. Debo de tener los ojos rojos e hinchados del cloro. Las mejillas más hundidas que hace dos meses. Y últimamente no me he preocupado mucho por lavarme el pelo ni peinarme.
—Qué raro —digo fingiendo que el horror de su cara no me molesta—, porque me encuentro de maravilla.
Lo cierto es que tenía la autoestima muy subidita y me sentía demasiado válida, pero ahora ambas cosas están más que controladas.
No solo he pasado dos meses tranquilísima, sino que además ha sido una etapa de lo más satisfactoria.
No dejo de encontrarme con gente con la que estudiamos y se mueren de envidia.
—Frankie. —George ha adoptado un tono suave, como si pensara que soy frágil—. Venga.
—A pesar de lo fatal que me ves, la verdad es que estoy bastante bien. Si hubieras estado aquí, lo sabrías. —Le doy un codazo en el brazo.
—Aurora me ha mandado algunos mensajes. Está preocupada por ti.
—Estoy bien —respondo con firmeza. No quiero que me considere una persona débil.
—Yo también estoy preocupado. —Se agacha poniendo la nariz a unos centímetros de la mía. Sus ojos azul oscuro, unos ojos que en otro momento eran mi hogar, se clavan en mí—. ¿Cómo vamos a arreglar esto?
—No vamos a arreglar nada así, en plural, y no me hables como si fuera un grifo roto.
Su mirada rebosa compasión.
—Por favor, no me mires así.
—¿Cómo?
—Como si te diera pena.
Se le acaba la paciencia.
—Joder, Frankie. No me das pena. Me da pena tu ex por perderse una vida contigo. Pero me importa que no estés bien. Eres mi mejor amiga.
Tengo la mala costumbre de atacar a los demás cuando me siento herida y no puedo evitar preguntar:
—¿Ah, sí?
Como si le hubiera dado un golpe, George recula mirándome confundido.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pasé un infierno hace dos meses y tú me abandonaste.
—Tenía que trabajar.
—Podrías haberme llevado contigo. Te supliqué que me llevaras contigo.
Le pasa por los ojos un destello de arrepentimiento.
—No podía, Frankie. En aquel momento, no.
«Ni en ninguno».
—¿Entonces cuándo? ¿Cuándo puedo contar contigo?
—Pero ¿qué dices? Siempre puedes contar conmigo. Estoy aquí. He venido en cuanto he podido.
—Venga ya. Si llevas tres años desaparecido.
Aparta la mirada.
—Entiendo que tienes tu vida —le digo—, pero yo también tengo la mía y he estado intentando encarrilarla. Y entonces, cuando por fin empezaba a experimentar algo de estabilidad, apareciste tú y me la echaste por tierra. ¿Cómo crees que me sentí?
—Perdona —dice dando un paso hacia mí—. En Navidad me pasé de la raya.
Sé que lo siente de verdad, pero no tengo claro qué hacer con esas disculpas.
Lo cierto es que he notado su ausencia cada día desde que dejamos nuestro piso y todavía más estos últimos años.
Aunque lo tengo a pocos pasos de distancia, me parece que estamos en zonas horarias distintas.
Pienso en lo que me ha dicho antes Mimi.
¿Acaso George y yo nos conocemos todavía?
Me muerdo el interior de la mejilla rechazando esa idea.
Nos conocemos del modo en que solo puedes conocer a alguien cuando te has criado con esa persona.
Me entiende mejor que nadie. No solo me acepta por cómo soy, sino que aprecia todas y cada una de mis partes.
George me hace sentir como en casa, pero nunca he tenido el vocabulario para expresarle lo mucho que significa para mí.
No sé cómo decirle que me da miedo perderlo, que ya lo he perdido.
—¿Me perdonas? —pregunta. Un rizo le cae en la frente.
No hay nada que perdonar. Se ha comportado exactamente como lo habría hecho yo.
—Me lo pensaré —le digo—. De momento estás en periodo de prueba.
—Qué pena —dice con un brillo travieso en la mirada—. Porque tengo un problema.
—¿Ah, sí? —Intento evitar que mis labios dibujen una sonrisa, pero no sirve de nada.
—Sí. —Suelta un profundo suspiro—. Verás, tengo unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.
Hace mucho tiempo que no lo oigo decir esas palabras, pero siguen teniendo el mismo efecto. Se me acelera el corazón, porque, madre mía, yo también.
—¿Tienes algo en mente? —le pregunto.
Una sonrisa se apodera de su rostro.
—Vamos a escaparnos.
George y yo nos pasamos la infancia escapándonos juntos: al armario de la biblioteca de la Casa Grande, a la copa del roble rojo, al arroyo del final del campo.
Cuando éramos algo mayores, cogíamos la camioneta de mi padre hasta el final de un viejo camino de tierra de leñadores, en lo alto de una colina.
De día, nos sentábamos en la parte trasera a contemplar los lagos y los ríos que brillaban a lo lejos.
En las noches claras de verano, poníamos una manta en el suelo y hablábamos con las estrellas.
Teníamos sueños de ir más allá, de viajar juntos por el mundo. Pero solo él los ha cumplido.
—¿Ah, sí? —pregunto—. ¿Adónde nos escapamos esta vez?
Le centellean los ojos.
—A Tofino.
Me quedo mirándolo confundida.
—Es el momento perfecto para una luna de miel, ¿no te parece?
—¡¿Qué?!
—Tú, yo, Tofino…
—¿Quieres —digo poco a poco— que vayamos juntos a mi luna de miel?
—Eso es. Me debes una, Frankie. No hicimos la nuestra.
Me lo quedo mirando un instante más y luego me doy cuenta del regalo que podría ser ese viaje, de cuánto necesito ponerme las pilas.
Llevo dos meses atrapada en un limbo y tengo la oportunidad de liberarme.
Una aventura. Una ocasión de viajar juntos por fin.
Una semana para que nuestra amistad vuelva a ser terreno seguro.
—Vale —le digo—. Vayamos.
—¿En serio? ¿Así sin más?
—Así sin más.
—¿No vas a ponerme ninguna pega?
—¿Quieres que te ponga pegas?
—Tal vez alguna. Tenía todo un discurso preparado.
Clásico.
—¿Cuántas veces me decías «te lo dije» en el discurso?
Me dirige una sonrisa cariñosa.
—Ni una.