Una tormenta perfecta Capítulo 9
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Capítulo 9

Mimi hizo instalar la piscina el verano en el que George y yo cumplimos nueve años y, como de costumbre, no escatimó en gastos.

Hay un trampolín al fondo y una hilera de fuentes en forma de cabeza de león a lo largo de uno de los lados.

Yo me quito la camiseta, camino hasta el final del trampolín y me tiro de cabeza.

George y yo nos pasamos incontables horas nadando en esta piscina, haciendo carreras en el agua, jugando a Marco Polo con mis hermanos, bebiendo refresco de uva y sorbiendo helados.

Casi puedo ver nuestras pisadas húmedas sobre la piedra de la terraza y oír los gritos de «¡Pez fuera del agua!

» de los que seguían jugando a Marco Polo.

Cumplimos años a principios de septiembre y, para los doce, dimos una fiesta conjunta en la piscina.

Triunfó tanto entre nuestros amigos que se convirtió en una tradición anual.

El último gran acontecimiento del verano era el cumpleaños de George y Frankie en la Casa Grande. Esta piscina ha visto muchas cosas.

Pero ya no tengo branquias como entonces.

Tras unos cuantos largos, me seco, me recuesto en una tumbona y saco un libro de cocina de mi bolsa de tela, Farm, Fire & Feast: Recipes from the Inn at Bay Fortune , de Michael Smith.

Las fotografías, tanto de la comida como de la Isla del Príncipe Eduardo, son impresionantes.

Las recetas salen del corazón del autor.

Son muy personales y tienen una conexión profunda con las treinta hectáreas de la isla en las que Smith tiene su parador y su granja ecológica.

Un suspiro de envidia me vibra en el pecho.

Tenía un horario agotador como cocinera y, aparte de una estancia de cuatro semanas en un restaurante de Barcelona y un par de viajes con todo incluido a México y Costa Rica, no he viajado tanto como soñaba.

Mientras que a George los encargos le permiten explorar el mundo, mi pasaporte han sido los libros de cocina.

Al principio de la veintena, antes de estar sobrepasada y agotada por el trabajo, los leía compulsivamente.

Para poder dormir cuando estaba demasiado alterada después de un turno, viajaba al África oriental con In Bibi’s Kitchen , de Hawa Hassan y Julia Turshen.

Antes de entrar a trabajar los sábados por la mañana para empezar a preparar el servicio, me iba en bici al mercado de productores locales de Evergreen Brick Works para pasearme entre los puestos.

Me compraba un cucurucho de papel de patatas fritas condimentadas con hierbas y buscaba un banco en el que sentarme para viajar al Sudeste Asiático con Hot, Sour, Salty, Sweet de Jeffrey Alford y Naomi Duguid.

Cuando me entraron celos por la estancia de un mes de George en Noruega, aprendí las tradiciones culinarias del país con North Wild Kitchen de Nevada Berg.

Mis libros de cocina favoritos tratan tanto de la comida como del lugar, pero hace mucho que no me siento a leer uno. Al ir pasando las páginas, vuelvo a sentir el aleteo del anhelo.

Lo ignoro y saco una foto de mis pies y el agua turquesa de fondo y otra de las vistas. Mimi tiene un terreno enorme, un campo abierto flanqueado por árboles a lo lejos, por donde corre el arroyo. Le mando las fotos a Aurora.

Irme a Tofino? Para qué?

Aurora

Guaaau. Sí que es precioso

Cuando era pequeña y soñaba con correr aventuras lejos de aquí, no lo apreciaba, pero cada cambio de estación insufla nueva vida a los bosques, las charcas y los lagos cercanos a Old Stone Road.

No comparto la devoción de mi madre y de George por la naturaleza, pero hasta yo me maravillo ante el impresionante alarde de hojas otoñales y la viveza de los rojos, los teja y los dorados en contraste con el verde de las ramas perennes y el frío azul del cielo.

Soy consciente del aspecto extraordinario de nuestro campo tras una noche de fuertes nevadas, del manto liso que centellea bajo el tenue sol invernal.

Me gusta cuando hace frío de noche y calor de día y los arces están llenos de savia.

El olor ahumado y dulce de las cabañas donde se fabrica el sirope es casi divino.

Me gusta el gran deshielo en primavera. Ver cómo el arroyo trae un hilo de agua un día y, al otro, un torrente. Me gusta la fragancia de las lilas y el azahar y el piar de los pollitos en sus nidos.

Y luego está el verano, en el que ya hemos entrado de pleno.

Los días son tan extensos como el cielo y se alargan con languidez hasta terminar siendo tardes de puestas de sol maravillosas y anocheceres melancólicos.

En los campos hay actividad constante: saltamontes, grillos y luciérnagas que trabajan por turnos.

Es un paisaje más tranquilo que el de las espectaculares playas y bosques húmedos de la isla de Vancouver, pero, aun así, sigue siendo bonito.

Nunca he estado en Tofino. Nate fue una vez y me dijo que era incapaz de imaginar un lugar más romántico en el mundo.

Nos reservó una casa en un resort de lujo, pero, por lo demás, no habíamos hecho más planes.

Supuse que el viaje consistiría básicamente en comer y quedarnos en la cama.

Tal vez daríamos algún paseo entre la comida y la cena.

Pensé en cocinar algunas noches. Exploraría los mercados locales. Experimentaría con sabores diferentes.

Reparo en que, aunque he estado mucho tiempo preguntándome qué fue mal en nuestra relación, he dejado de aferrarme a los recuerdos. Pensaba que tal vez hoy me despertaría algo de nostalgia, pero los doce meses que pasé con Nate ahora me parecen la vida de otra persona.

Puede que sea porque fui otra persona cuando estaba con él.

Me pasé la veintena escalando puestos para llegar al de sous-chef en uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad.

Noche tras noche, trabajaba sometida a una presión extraordinaria y a un nivel de exigencia altísimo.

Estaba en racha. Volaba alto. Sobrevivía gracias a la adrenalina y a un bol de ramen a las dos de la mañana.

Optaba por mantener relaciones románticas informales y poco exigentes para conservar la energía para lo importante: el éxito.

Dejé de soñar con lugares lejanos. Ya no tenía tiempo para leer libros de cocina ni para pasear por mercados de productores locales.

El trabajo se había convertido en la aventura.

Pero, al final, me estampé. Bastó con un cliente horrible para que perdiera los estribos.

Había hecho llorar a una camarera reprendiéndola por un bistec demasiado hecho.

Yo salí al comedor, le eché un solomillo crudo en el plato y, antes de que pudiera reaccionar, volví a la cocina a grandes zancadas y dejé el trabajo.

Cuando apareció Nate, yo no quería tener nada que ver con la persona estresada que escupía fuego en la que me había convertido.

Durante el año que estuvimos juntos, fui una nueva Frankie.

Las aventuras eran lo último que se me pasaba por la cabeza.

Necesitaba recargar las pilas. Necesitaba una vida fuera del trabajo.

Deseaba tranquilidad. Dejaba pasar las cosas que me molestaban de nuestra relación. Quería vivir en paz.

Ahora no tengo más que paz. Trabajo unas horas razonables.

Preparo recetas en una olla de cocción lenta sin llamas ni chisporroteos.

Los días se funden unos con otros y siento que vuelvo a tener ocho años y tengo unas ganas irrefrenables de que pase algo, lo que sea. Quiero aventuras. Quiero emoción.

Me pongo las gafas de sol y cierro los ojos imaginándome que tengo catorce años y que George ha ido adentro a por unos refrescos de uva. El verano se extiende ante nosotros, titilando con la posibilidad de correr aventuras, y mi mayor problema es poder vivirlas todas antes de que termine agosto.

Debo de soñarlo también, porque oigo el chasquido y el siseo de una lata de refresco al abrirse, seguidos de una grave risa que me es muy familiar.