Capítulo 8
Entro por la puerta lateral para que Mimi no tenga que levantarse.
—Buenos días —digo levantando la voz.
—Estoy aquí —responde—, todavía no me he muerto.
La casa de mis padres tiene un buen tamaño, pero la Casa Grande la hace parecer una choza.
La estructura original es la de una bonita casa de campo de piedra de dos plantas, pero Mimi y su marido ya fallecido, el gran Edward Saint James, le añadieron tres alas.
Tiene seis chimeneas, una biblioteca y un salón de baile con puertas acristaladas que dan a la terraza trasera.
Mimi está escuchando una pieza dramática y clásica, sin duda, de un ballet. Dejo el arroz frito en la nevera y sigo el sonido de la orquesta hasta la luminosa sala de estar que hay en la parte trasera de la casa.
Me la encuentro fumando un cigarrillo fino y hojeando Vogue , vestida con un caftán negro y una de sus pelucas.
Esta tiene rizos cortos azabache que contrastan con su piel fina como el papel.
Antes de conocer al abuelo de George, Mimi era prima ballerina en Les Grands Ballets Canadiens de Montreal.
Imagino que ya la consideraban una extraña criatura aquí, en North Kawartha, mucho antes de que mis hermanos y yo pensásemos que era una bruja.
—Pero si ibas a dejarlo —le digo, y le doy un beso en la mejilla que ella me ofrece.
—Y tú ibas a casarte.
—Hace justo dos meses —contesto sentándome delante de ella y colocando la caja de magdalenas de mi madre sobre la mesita de café.
—¿Las galletas con trocitos de chocolate de Rebecca? —pregunta con la voz seca como la estopa.
—Magdalenas de arándanos.
— Pas mal.
Tanto Mimi como George son bilingües. Mi francés es horrible, pero entiendo ese « pas mal ». No está mal.
Le da una larga calada al cigarro antes de apagarlo en el cenicero.
—Hay arroz frito en la nevera —le digo.
—Eres maravillosa. ¿Cómo te encuentras? —me pregunta con sus ojos azul oscuro fijos en mí de un modo que me recuerda a su nieto. Ya no tiene la espalda recta de bailarina de ballet, se le curva como una hoja de helecho, pero hay algo majestuoso en ella.
—No es la primera vez que me hacen esa pregunta hoy.
—¿George?
—Mi madre.
—Bueno, es un día importante. Te habías hecho una idea de cómo sería tu vida y las cosas han sido muy diferentes. Sé lo que es eso.
Mimi pensaba que su gran amor sería el ballet, pero luego se enamoró de un magnate maderero que prefería la tranquilidad del campo a la ciudad.
—Estoy bien —digo—, aunque por momentos siento que mi vida entera se ha venido abajo.
Me vienen a la mente todos los días malos de los últimos dos meses.
La nota en el papel azul. Las noches enumerando mis defectos. El extracto de mi tarjeta de crédito. Las devastadoras oleadas de soledad.
— C’est bête —dice Mimi—. Hay que vivir día a día. Ve con la frente alta, saca pecho y, sobre todo, respira, Francesca. Recuerda lo que te decía en clase: «Respira con el abdomen».
Se me escapa la risa.
—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta.
—El ballet.
Ella suelta una risita.
Durante unos años, Mimi dio clases de ballet para los niños del pueblo en el salón de baile. Dijo que se aburría. Mi madre me apuntó, pero Mimi me echó al cabo de tres sesiones. Todavía la oigo decirle a mamá: «A Francesca le cuesta controlar la respiración y se porta mal con las otras niñas».
Por algún motivo, siempre me resultó más fácil bailar con George.
—Esto también pasará —afirma Mimi—. Como todo. Además, nunca pensé que Nate fuera para ti.
—Parece que es una opinión muy extendida en la familia Saint James.
—Pocas personas te conocen mejor que George y yo.
Es cierto. Cuando éramos pequeños solíamos venir aquí después del colegio.
Mimi nos dejaba tomar refresco de uva con la merienda y luego nosotros corríamos a la planta de arriba a jugar.
Mimi tenía armarios llenos de ropa estrafalaria y baúles llenos de pelucas viejas, sombreros y otros trastos para disfrazarse. La Casa Grande era nuestra fortaleza.
—Nadie me conoce mejor que George —le digo.
Mimi enciende otro cigarro.
—Eso ha sido así en algún momento, pero no estoy segura de que lo siga siendo. Tu compromiso fue toda una sorpresa.
Se me queda mirando fijamente y da una larga calada.
—Ojalá pudiéramos volver a estar como antes —digo con un hilo de voz—. ¿Por qué las cosas nunca pueden seguir igual?
—No podemos volver nunca al pasado, ma chère , solo seguir adelante.
Ahora sois adultos, no niños que corren descalzos escupiéndose pepitas de sandía.
—Me hace un gesto con el cigarro—. Pero ¿quién sabe lo que nos depara el futuro?
Yo me pasé años aquí metida llorando a mi marido, a mi hijo que se había ido y al nieto al que apenas conocía.
—Y entonces llegó George —digo.
Asiente.
—Y volví a la vida.
Y el terreno de la Casa Grande también. Los jardines abandonados empezaron a parecer cuidados, los rosales estaban podados y el césped cortado. Y mis hermanos y yo dejamos de referirnos a Mimi como «la bruja».
—¿Lo echas de menos?
—Tanto como tú —dice.
—¿A todas horas?
—Cada segundo.
—Ojalá volviera para quedarse.
Pero sé que siempre habrá otro encargo que se lleve a George lejos. Ser amiga suya es aceptarlo por quien es, incluida su negativa a atarse a nadie ni a ningún lugar.
Ella chasquea la lengua.
—George necesitaba abrir las alas y echar a volar, encontrar su lugar en el mundo. Igual que tú.
—Y, sin embargo, aquí estoy, otra vez en el punto de partida. —Me han cortado las alas.
—Con los años he descubierto que volver al principio es a veces la única forma de seguir adelante —dice Mimi—. Además, creo que las cosas están a punto de mejorar.
—¿Sí? ¿Viene Leo a hacer una limpieza extra?
Leo es un joven fornido que se encarga de cuidar la piscina todos los miércoles. Los días que él está, Mimi y yo nos instalamos en la terraza con un té frío y bromeamos en voz baja sobre qué más podría cuidar Leo. Es lo más cerca que podemos estar ambas de comernos un rosco aquí.
Me ofrece una sonrisa.
—Mejor.