Capítulo 7
La cálida caricia del sol que se filtra a través de las cortinas.
El aroma a mantequilla de la repostería de mi madre.
El canto de los grillos en el campo y el gorjeo del carbonero entre las ramas del manzano.
«Pio-pi-pi-pi». Qué canto tan optimista.
Yo me quedo tumbada en la cama esperando a sentir el golpe de la desolación, pero solo están el sol, los grillos y los pájaros.
Estamos a 16 de julio. En otra vida, haría dos meses que me habría casado y estaría haciendo las maletas para irme de luna de miel.
Evoco la cara de Nate, pero es como apretarme un moretón que va desapareciendo, ya no duele como antes.
Llevo más de un mes en casa de mis padres.
Viven en una típica casa de campo de ladrillo naranja en Old Stone Road, en la región de Kawartha Lakes, pero no viven en una isla.
Su trocito de terreno del centro del Ontario está en el interior, a unas dos horas al nordeste de Toronto.
No es que esté en medio de la nada, pero es muy rural.
La Casa Grande está justo al lado, pero el siguiente vecino más cercano está a casi un kilómetro carretera abajo.
Antes de que llegase George, no había ningún niño aparte de mis hermanos a una distancia a la que se pudiera ir andando o en bici. Todo eran campos y bosques y piedras.
Ahora, sola en mi habitación, me parece que el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Miro el póster de Katniss Everdeen y el corcho cubierto de cartas de George, medallas de atletismo y recetas recortadas de revistas.
Es fácil imaginarme que tengo dieciséis años.
Me permito fingir que George está en la cocina engullendo el bizcocho de plátano de mi madre mientras espera para llevarme al instituto en el Cadillac de Mimi.
Me lo encontraré en un taburete hablándole a mamá sobre la acidificación de los océanos o el deshielo de los glaciares.
Pero basta con un mensaje para devolverme a la realidad.
Aurora
Eres la persona más fuerte que conozco.
Te quiero y pienso mucho en ti. VE A TOFINO!!!
Con un quejido, le mando una hilera de emojis de corazón.
Aurora ha sido la correveidile en todas las gestiones entre Nate y yo después de la ruptura.
Dice que él insiste en que yo vaya a la luna de miel, pero todos mis amigos están ocupados trabajando y una escapada romántica en solitario es demasiado para mí.
Oigo la camioneta de Darwin entrar por el camino y a mi padre salir a saludarlo antes de ponerse ambos a trabajar en el taller que tenemos detrás de casa.
La Ebanistería Gardiner ahora es la Ebanistería Gardiner e Hijo.
Nunca pensé que volvería a vivir con mis padres, pero oír a mi hermano mayor y a mi padre saludarse cada mañana me reconforta, y me encanta ver más a Birdie.
Mi sobrina es caótica y le gusta hacer tonterías y gritar, y siempre lleva el pelo rubio oscuro enredado.
Me recuerda a mí cuando era pequeña. Birdie tiene mucho apetito y declara que casi todo lo que le preparo yo está «¡rico, rico, rico!
». El queso fundido y los palitos de zanahoria son lo que más le gusta y, aunque cualquiera podría preparárselos, ver cómo sonríe al comerse algo que he hecho yo me da una profunda satisfacción.
Me obligo a levantarme y me pongo un bañador y la camiseta de los Parques Nacionales de Canadá que le robé a George cuando vivíamos juntos.
Bajo las escaleras —las chanclas van chocando contra los escalones de mármol— y me encuentro a mi madre en la cocina con unas magdalenas enfriándose sobre una rejilla.
—¿Cómo te encuentras? —me pregunta mientras saca una segunda bandeja de magdalenas del horno.
—Estoy bien —contesto.
Mi madre no insiste. Nunca insiste.
Señala la toalla de playa que llevo al hombro.
—¿Te vas a la Casa Grande?
—Ajá.
Mimi me ha invitado a bañarme en su piscina cuando quiera. Me pedí unos días libres justo antes de la luna de miel y pienso pasarlos poniéndome morena.
—Le he hecho a Mimi raciones de arroz frito con kimchi —digo sacando la fiambrera de la nevera. Le encanta el arroz frito.
—Pues te preparo algunas magdalenas para que te las lleves.
Con las fiambreras en la mano, cruzo el terreno hasta el agujero en el seto de cedro, donde una casita de pájaros de madera descansa en la maraña de ramas.
Tiene forma de cabaña de troncos con un tejado a dos aguas que se puede abrir.
George la puso ahí un año después de que volviera mi madre.
En el colegio habíamos estado estudiando los volcanes y justo así era como me sentía yo.
Mis emociones eran lava ardiente y burbujeante a punto de estallar dentro de mí y salir en una erupción descontrolada, y yo no siempre entendía por qué. Estaba enfadada todo el tiempo.
—Será como el buzón que Laurie les da a las hermanas March en Mujercitas —me dijo George, que ya entonces sabía muy bien cómo convencerme. Hacía poco que habíamos visto la película por primera vez—. Te escribiré una carta hoy y podrás ir a buscarla mañana por la mañana.
Como por arte de magia, su nota me esperaba bajo una manzana roja y reluciente. Todavía la tengo.
Querida Frankie:
¡Esta es la primera carta oficial de nuestro nuevo buzón!
(En realidad, es una casita para pájaros, pero la he encontrado en el sótano y creo que valdrá).
¿Te acuerdas del otro día, cuando me dijiste que a veces te cuesta explicar cómo te sientes? Me preguntaba si sería más fácil escribirlo. Yo hago eso cuando quiero aclararme.
Podemos decir lo que queramos y solo lo leeremos nosotros.
G EORGE
Aunque escribir no me resultaba tan natural como a él, plasmar mis emociones en un papel y dejar que el buzón se las llevara fue la forma en la que lidié con mis sentimientos más complicados durante años.
E, igual que le dejaba cartas, le dejaba también tesoros: la pluma de un arrendajo azul o un cuenco de frambuesas silvestres y, más tarde, recortes de lugares que deseaba visitar o recetas que quería que George probara.
Llevo seis semanas aquí y nunca había necesitado tanto a mi mejor amigo.
Lo veo por todas partes. El dulce niño de ocho años al que defendí con uñas y dientes.
El rompecorazones adolescente al que hacía rabiar cuando las chicas se derretían por él.
El chico que entraba por mi ventana cuando yo había discutido con mi madre.
El hombre que me gritó en el campo en Navidad.
Abro la tapa del buzón y le dejo la carta que le escribí anoche. No sé cuándo la recibirá, pero aquí estará. Igual que yo.