Capítulo 6
¡Teníamos diez años
George y yo nos casamos una tarde fresca de finales de septiembre bajo el manzano de mi jardín de atrás.
Mi vestido era una cortina transparente con volantes que él había encontrado en el baúl de disfraces de Mimi.
Él llevaba un jersey verde de lana y un sombrero de copa de fieltro que había sido de su abuelo.
Cogimos mis flores, un ramillete de oscuras violetas de otoño, del jardín del oeste de la Casa Grande.
Escribimos los votos en hojas arrancadas de la libreta de anillas de George, y luego nos los leímos antes de terminar la ceremonia con un solemne apretón de manos y lanzar al aire arroz de la despensa de Mimi.
Como a menudo ocurría en aquella época, yo estaba enfadada con mi madre.
Había vuelto antes de que George y yo cumpliéramos diez años, con lágrimas y abrazos y declaraciones de lo mucho que me quería y de cuánto me había echado de menos. A diferencia de mis hermanos, yo no las tenía todas conmigo.
—Se ha ido a casa —había dicho mi padre.
Había resultado que «casa» era la costa este, donde se había criado. Había vuelto al mar.
Durante dieciocho meses, mi madre había vivido en una casa destartalada en la costa de Nuevo Brunswick.
Había ayudado a unos investigadores a documentar las ballenas francas del Atlántico Norte y también había sido aprendiz en un equipo que hacía el peligroso trabajo de rescatar animales que quedaban atrapados en redes de pesca de langostas.
Antes de que naciera Darwin, estudiaba para ser bióloga marina. Hasta que se marchó, su amor por las ballenas llenó los primeros años de mi vida, y yo era capaz de recitar datos sobre cetáceos como si fuera una enciclopedia andante:
«Las ballenas francas del Atlántico Norte son una de las especies más amenazadas del planeta.
»Pueden llegar a pesar más de sesenta toneladas y medir más de quince metros.
»Aunque las ballenas francas pueden vivir hasta setenta años, las muertes causadas por el ser humano provocan que las hembras vivan unos cuarenta y cinco años, y los machos, unos sesenta y cinco».
Teníamos un mapa en el que marcábamos los avistamientos recientes y, para el concurso de talentos de tercero, recité el poema preferido de mi madre, «Ballenas jorobadas» de Mary Oliver.
Y, entonces, un día me desperté y mi madre se había ido. Con las ballenas. Sin mí.
Cuando volvió, George y yo ya éramos como siameses.
Él se quedó prendado al instante de mi madre y ella lo quiso también.
Hablaba de cuánto le gustaban sus ojos y de lo bien educado que era.
No dejaba de alborotarle el pelo. A él le encantaba comer y a ella, alimentarlo.
Nos organizó una fiesta de cumpleaños por todo lo alto, y George la seguía por ahí como una planta se vuelve hacia el sol.
Yo intenté que no me molestase. Pero él no tenía madre, murió cuando él era apenas un niño de siete años.
Un día de aquel otoño, George y yo volvimos del colegio y nos encontramos dos cuencos del crumble de manzana y frutos del bosque de mi madre todavía caliente.
Él estaba repitiendo y yo seguía dándole vueltas dentro del cuenco a mi primera ración mientras mi madre le contaba la historia de mi nombre.
Darwin se llamaba así por un biólogo. Moby, por la ballena de la novela.
Y yo me llamaba así por una ballena de verdad, una ballena franca que mi madre había visto en un viaje familiar a la costa este cuando estaba embarazada de mí.
En aquel mismo momento, una enorme ballena llamada Francesca nadaba por el océano Atlántico.
Cuando era más pequeña, me contaba cuentos sobre las aventuras de una niña y una ballena que compartían nombre.
—Había una vez —empezaba diciendo siempre— una niña que se llamaba Francesca y una ballena que se llamaba…
—¡Francesca! —canturreaba yo.
—Francesca, la niña, vivía al lado del mar, y lo mejor de vivir al lado del mar eran…
—¡Las ballenas!
Hubo un tiempo en el que consideraba a la ballena Francesca mi hermana marina, pero, cuando mi madre se marchó, la chica a la que le gustaban estos animales se fue con ella.
Yo me quedé mirando la fruta del cuenco fijamente mientras mi madre le explicaba a George que los investigadores registraban los avistamientos de ballenas francas en una base de datos de ADN y que algunas tenían nombre.
Todas recibían un número de registro y se podían identificar por sus marcas y cicatrices.
Francesca era la número 1.950. Era la primera vez que mi madre hablaba sobre ballenas desde que había vuelto a casa, y yo estaba enfadada.
—Qué guay —dijo George zarandeando la cuchara. Una frambuesa aterrizó en su jersey y yo puse los ojos en blanco. Era incapaz de no ensuciarse y siempre tenía los pantalones llenos de agujeros—. Creo que quiero hacer eso cuando sea mayor, quiero trabajar con las ballenas como tú.
Yo lo fulminé con la mirada, aparté la silla de la mesa y me llevé el cuenco a medio comer dando grandes zancadas hasta la cocina. Lo eché dentro del fregadero con gran estruendo.
—Frankie —me riñó mi madre—, con cuidado.
—Ojalá no hubieras vuelto —le dije, y eché a correr.
George me encontró llorando en las ramas de un roble rojo. Se subió al árbol hasta llegar a mí y le dije que lo odiaba. Lo acusé de que le caía mejor mi madre que yo. Le dije que no quería volver a hablar con él.
Al día siguiente lo ignoré en el colegio, pero, volviendo a casa en autobús, me tendió una carta.
Querida Frankie:
Sí que me cae bien tu madre. A veces me gustaría que fuera mi madre. Pero tú me caes mejor que nadie.
Eres mi mejor amiga. Y yo seré tu mejor amigo para siempre. Y puedo demostrártelo. Ven a nuestro escondite secreto.
G EORGE
Entré en la biblioteca de la Casa Grande y me metí detrás de una de las estanterías.
George había descubierto una puerta que daba a un armario olvidado y, siempre que yo entraba en sus confines, el corazón me palpitaba de emoción.
Algunas de nuestras mejores aventuras empezaban con un plan que se fraguaba en el armario.
Encontré a George sentado dentro con todo lo necesario para una boda.
Una vieja cortina como vestido. El sombrero de copa.
Una libreta y un lápiz para que escribiese mis votos. Él ya había escrito los suyos.
Diez minutos más tarde, nos declaramos mejores amigos para siempre.