Una tormenta perfecta Capítulo 5
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Capítulo 5

Aurora y Betty viven en un pisito acogedor de un solo dormitorio en Toronto. Yo me hago un nido en el sofá con todas las mantas y almohadas que les sobran en casa. El viejísimo gato de Aurora, Atomic Yellow, viene al nido conmigo. Solo me levanto cuando es absolutamente necesario.

George y mis hermanos recogen mis cosas de casa de Nate y el salón queda atestado, aunque todas mis posesiones se reducen a ropa, libros de cocina y cuchillos. Regalé la mayoría de mis cosas cuando me mudé con Nate.

Tengo el primer ataque de pánico cuando George anuncia que no puede quedarse. Me tranquiliza y dice que lo siente, pero que tiene un encargo en Perú. Yo le ruego que me deje ir con él, pero dice que no, que todavía no. Me abraza con fuerza y me besa en la sien de un modo que parece definitivo.

Nate no me responde a las llamadas ni me contesta a los mensajes.

Me obsesiono con encontrarle un sentido a lo que ha ocurrido, igual que me pasó cuando tenía ocho años y comprendí que mi madre no iba a volver pronto.

La semana antes de irse, yo me había metido en un lío en el colegio por darle una patada a un niño durante el recreo.

Se reía del acento de nuestra maestra y a mí me pareció que se lo merecía. Mi madre se puso furiosa.

—¿Por qué tienes que ser una niña tan difícil? —me había dicho.

Mis hermanos y yo éramos muy revoltosos, y supe que ese tuvo que ser uno de los motivos por los que se marchó.

Con Nate no sé qué he hecho mal, pero algo debo de haber hecho.

Hago recuento de todas mis carencias (como pareja, como mujer, como adulta, como hija, como hermana, como compañera de trabajo) en un trozo de papel.

Es una lista larga. Rodeo «malhumorada» tres veces.

No le conté a Nate cómo dejé mi último trabajo.

Solo perdí los nervios una vez durante nuestra relación, unos días antes de salir hacia la mansión Darlington.

Sé que se quedó impactado, pero ¿lo suficiente para dejarme el día antes de nuestra boda?

Me atormenta la carta de Nate y me preocupa dónde habrá ido a parar. Me imagino a alguien encontrándola al limpiar la habitación y me muero de vergüenza de que un desconocido pueda acceder a mi dolor. Desearía habérmela llevado conmigo.

Soy vagamente consciente de que Aurora y Betty no pueden escapar de mí a no ser que estén trabajando o encerradas en la habitación. Las duchas de Betty son cada vez más largas y oigo Aurora pidiéndole que tenga paciencia.

George me pregunta cómo estoy mucho más que en los últimos años, pero eso solo hace que lo eche aún más de menos.

Avery Harper-Klyne me manda un mensaje directo.

Se ha encontrado a nuestra amiga Jenny en las cajas del Foodland de Lakefield y ella se lo ha contado todo.

Avery LO SIENTE MUCHÍSIMO. Dice que entiende PERFECTAMENTE por lo que estoy pasando porque su divorcio fue HORRIBLE.

Me recuerda que tras las nubes más oscuras siempre brilla el sol.

Por ejemplo, sabe de una oportunidad de negocio que me daría independencia económica, lo cual fue SUPERIMPORTANTE para ella después del divorcio.

Los productos para el pelo ME CAMBIARÁN LA VIDA, y solo tengo que hacer una pequeña inversión para empezar.

¿Me interesa que me cuente más? Además, Jenny le ha dicho que George vuelve a estar soltero.

¡QUÉ FUERTE! ¿George y yo seguimos en contacto?

Le pregunto a Avery si tiene muestras gratuitas.

No tiene.

Al cabo de una semana, decido que Avery tiene razón en algo: ha llegado el momento de volver a trabajar. Estoy harta del nido y no tengo muy claro quién lleva más pelo de gato encima, si Atomic Yellow o yo. Pero, además, los días de fiesta que pedí para la boda se han terminado.

Trabajo desarrollando recetas para Brie Palmer.

Nos hicimos amigas en la escuela de cocina cuando ella todavía se hacía llamar Brianna.

Nuestra amistad nació de la rivalidad —éramos de las mejores de la clase—, pero se fortaleció por ser dos mujeres en un cuerpo estudiantil formado mayoritariamente por hombres.

Mientras yo empezaba a trabajar en restaurantes, ella se convirtió en influencer de cocina.

Es la persona más espabilada que conozco y ha convertido su éxito en un imperio culinario con dos libros de cocina ( Repostería con Brie y Mejoraría con Brie ), un equipo de rodaje, un equipo de gestión de contenidos y una colección de menaje de cocina de lunares.

Llevaba años pidiéndome que fuera a trabajar con ella antes de que yo me hartase del restaurante.

Me gustaría que el sueldo fuera mejor y las recetas más originales, pero Brie es la mejor jefa que he tenido.

Me deja elegir mis horarios y puedo convertir cualquier cocina en mi lugar de trabajo, aunque la de Aurora es más un armario que un espacio para cocinar.

Guarda los calcetines de invierno en el cajón de los utensilios y los jerséis doblados en el horno.

Me centro en la receta de macarrones con queso en una olla de cocción lenta que estoy desarrollando para el tercer libro de Brie, Mejor todavía con Brie , y decido que van a ser los mejores macarrones con queso que se hayan cocinado a baja temperatura en mucho tiempo.

Una tarde, cuando Aurora y Betty se han ido al teatro, me llama un empleado del gimnasio. Ha reparado en que uso las instalaciones a pesar de haberme matriculado hace poco.

—¿Tiene cinco minutos para hablar de cómo podemos ayudarla a conseguir sus metas deportivas, señora Bacon? —me pregunta el hombre. Nate me apuntó al gimnasio con su apellido; esa fue la única vez que perdí los nervios con él.

Le digo al hombre (bueno, le grito) que no soy la señora Bacon, que nunca lo he sido y que nunca lo seré.

Él me responde que el ejercicio puede mejorar mi salud mental y me pregunta si quiero pedir cita con su masajista. Son ciento ochenta dólares la hora. Le cuelgo.

Le mando a Nate tres mensajes más y le dejo uno grabado en el contestador pidiéndole, indignadísima, que me explique por qué me ha dejado, pero sigue sin contestar.

Me llama el contable de Brie. El banco se ha puesto en contacto con él preguntándole por una serie de cargos extraordinariamente altos a la tarjeta de la empresa por una compra de quesos. Me dice que bajo ninguna circunstancia puedo volver a gastarme cuatro dígitos en lácteos.

Un día caliento el horno sin pensar. Entonces tengo que emplear todo el crédito de mi tarjeta en comprarle a Aurora jerséis nuevos. Betty me pregunta si puede ayudarme a buscar piso. Yo no le digo que no puedo ni pagar la fianza.

Al día siguiente, Nate por fin me responde a los mensajes. Accede a hablar en persona.

Quedamos en nuestra cafetería y llego preparada con un discurso demoledor, pero mi sed de sangre desaparece en cuanto lo veo.

Nate no parece él. Nunca lo había visto tan descuidado.

Está demacrado y tiene los ojos rojos. Cuando le devuelvo el anillo de compromiso, se queda mirándolo cinco largos segundos antes de aceptarlo.

El hombre que acaba de romperme el corazón parece tan destrozado como yo.

Y no responde a mis preguntas. No estoy segura de que termine de procesarlas.

Se deshace en disculpas pasándose la mano por la cara.

Me dice que la luna de miel ya está medio pagada y que cree que yo debería ir a Tofino. Y se despide.

La realidad me cae encima como la hoja de una guillotina: tengo treinta años y me toca empezar de cero.

Vuelvo al nido.

Rechazo el ofrecimiento de Aurora de pedir hora con una psicóloga.

—Estoy preocupada por ti —me dice.

Al cabo de dos días, mis padres vienen a recogerme.

Le mando un mensaje a George desde el asiento de atrás del coche.

Por favor, vuelve a casa