Capítulo 4
Cuando me despierto hay una nota en mi almohada, pero lo que ocurre a continuación prácticamente se ha perdido en un agujero negro de mi memoria.
Es la letra de Nate sobre el papel azul del hotel.
Te quiero, pero no puedo casarme contigo.
Salta el contestador automático cuando lo llamo.
Me tiemblan los dedos al quitarme las horquillas que me dejé anoche en el pelo.
No recuerdo haber llamado a Aurora, pero debo de haberlo hecho, porque ella trae a mi madre a la habitación. Me acogen entre sus brazos mientras sollozo. No recuerdo haber visto a George, pero sé por su olor que me lleva al coche de mis padres. Me susurra al oído:
—Estoy aquí. Todo irá bien. Te lo prometo. Te lo prometo. Te lo prometo.
Pero es Aurora quien está a mi lado, y no George, cuando vomito en el asiento de atrás.
Mi padre me compra un ginger-ale en una gasolinera y mi madre dice que nunca me había visto así.
—Yo sí —le dice mi padre—. Cuando cumplió nueve años.
Ese fue el cumpleaños en el que no estuvo mi madre.
Me he dejado caer sobre el hombro de Aurora mientras ella me abanica con un folleto de la mansión Darlington. Cuando nos acercamos a Toronto, caigo en la cuenta: no tengo dónde vivir. Me incorporo presa del pánico y con la piel de gallina en las piernas y los brazos sudorosos.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
—A casa —dice mi padre.
No puedo volver a casa de mis padres. No pienso ir hacia atrás.
Lo poco que me queda de mi vida está en la ciudad.
No consigo que me entre oxígeno suficiente en los pulmones.
Siento la cabeza como un globo aerostático a punto de despegar de mi cuello y salir flotando.
Nunca me he desmayado, pero creo que me falta poco.
—Frankie —oigo que dice Aurora, pero parece como si ella estuviera en el suelo y yo en la estratosfera. Me sale un ruido raro de la garganta—. Respira, Frankie.
—No quiero ir a casa. Por favor.
Aurora me pone una mano fría en la mejilla y me vuelve la cara hacia ella. Junta nuestras frentes.
—Respira.
Asiento mirando mi reflejo en sus ojos.
—¿Está bien? —La voz agitada de mi madre me devuelve a la tierra. Me centro en respirar.
—Sí —dice Aurora—. Y puede quedarse en nuestra casa. A Betty no le importará.
Me tiende una botella de agua.
—¿Y el vestido? —pregunto. Me encanta mi vestido de novia. Todavía no he comprendido que nunca me lo pondré.
—George se encargará de todo —dice Aurora—. Está recogiendo todas tus cosas.
Mi padre le pide a Aurora la dirección, y yo apoyo la cabeza en la ventanilla y cierro los ojos.