Capítulo 3
Ni con un estropajo de metal podrían borrarme la sonrisa de la cara. Ahora que ha llegado George, todo es perfecto.
Me termino dos copas de crémant seguidas y siento que mi cuerpo se relaja. Estoy rebosante de alivio.
George tiene en el regazo a Birdie, mi sobrina de tres años.
Están pintando una página de su libro de colorear.
Darwin y su mujer, Anh, agradecen tener un respiro.
Mi madre acribilla a George a preguntas acerca del congreso sobre el cambio climático y mi padre escucha.
Es un hombre de pocas palabras y una compasión infinita.
George ya se ha aflojado la corbata. En cualquier momento se desabrochará el primer botón de la camisa.
Tenía un aspecto respetable al llegar, pero es incapaz de mantenerse tan arreglado mucho tiempo.
Tampoco puede estarse quieto. A no ser que esté absorto en sus pensamientos, está en movimiento.
A veces creo que se mueve tanto porque su cuerpo necesita quemar todo lo que se le pasa por la cabeza.
Cuando nuestras miradas se encuentran durante el postre, levanto una mano abierta.
—¿Cinco minutos? —le digo sin emitir sonido, moviendo solo los labios—. ¿Fuera?
Él asiente.
Me veo arrastrada a la pista de baile junto a Nate.
Le ha pedido al pianista que pase a hacer versiones jazzísticas de canciones pop.
Hemos estado yendo a clases de baile para prepararnos para la boda, aunque yo ya sabía bailar vals, tango y foxtrot.
Mimi nos enseñó bailes de salón a George y a mí cuando éramos niños.
Como tutora legal no era estricta, pero, como antigua bailarina, Mimi insistía en que él aprendiera a llevar a su pareja de baile en la pista.
Durante años, esa pareja de baile fui yo.
George era un bailarín nato, pero yo siempre intentaba ser la que lo guiaba a él. Así que Mimi me hizo bailar con los ojos cerrados para que no tuviera más remedio que seguirlo.
«Delante, al lado, juntos».
«Francesca, tienes la gracia de un rinoceronte».
«Un, dos, tres».
Mimi y Nate son las únicas personas que me llaman Francesca. Nunca he corregido a Mimi porque me da un poco de miedo, y Nate tiene el pase porque dice que soy demasiado guapa para llamarme Frankie.
Mi prometido no es un bailarín nato y, a pesar de las clases, no hemos encontrado nuestro ritmo. Me pisa la punta de los pies cinco veces mientras bailamos, pero no me importa. Cuando miro a George, tiene una sonrisa de suficiencia en la cara.
—Rinoceronte —me dice sin emitir sonido, y yo me río tanto que se me saltan las lágrimas.
—¿Cinco minutos más? —le digo yo también moviendo solo los labios desde la distancia, y él asiente.
Pierdo la noción del tiempo. Me duelen las mejillas de sonreír.
Todo el mundo está en la pista de baile, hasta Birdie, casi dormida en brazos de George.
El pianista termina de tocar y Moby se autoproclama DJ poniendo música con el Bluetooth.
Es el momento en el que los padres y abuelos empiezan a excusarse.
Anh se lleva a Birdie a la cama y Darwin consigue grandes vasos de whisky mientras Moby va repartiendo gominolas de marihuana.
Aurora y Betty sirven chupitos de tequila.
Yo estoy algo preocupada por si estamos dándolo todo dos noches antes de tiempo, pero entonces Nate me da un beso torpe con una sonrisa floja.
—Te quiero —dice—. Me haces muy feliz.
Yo me quito los tacones.
Consigo separar a Aurora de su novia y bailamos como si tuviéramos trece años, meciéndonos, yo con las manos en sus hombros y ella con las suyas en mi cintura.
Somos amigas desde hace cinco años, desde la noche en la que entré de improviso en su estudio de tatuaje y ella me dijo que volviera cuando tuviese cita.
A la mañana siguiente, repasé su perfil de Instagram, maravillada por el nivel de detalle de sus trabajos.
Puede hacer cualquier cosa, pero por lo que más se la conoce es por sus flores y animales hiperrealistas.
Tatúa unos colibríes increíbles. Leí una entrevista que le hicieron en la que hablaba de cómo es ser una artista negra y de su compromiso por dar a conocer las técnicas adecuadas para tatuar tonos de piel oscuros.
La forma en la que hablaba de su trabajo, con tanta dedicación, me recordó a George.
Le pedí cita para mi segundo tatuaje y salí de allí con un precioso laberinto en el hombro y una nueva amiga.
—Me encanta verte así —dice.
—¿Cómo?
—Radiante. En cuanto ha aparecido George, has vuelto a la vida.
Me encojo de hombros.
—Es mi mejor amigo.
Al cabo de un momento, el hombre en cuestión entra en escena y toca a Aurora en el hombro.
—Voy a robártela un momento —dice George.
Ella le lanza una mirada que parece de ánimo y, al mismo tiempo, amenazadora. Sabe lo de la discusión.
Él levanta la barbilla como para hacerle saber que lo ha entendido, y Aurora se aleja para unirse a Betty y al círculo de gente que baila.
Frente a mí, George levanta la palma de la mano.
—Hace mucho tiempo —le digo, poniendo mi mano sobre la suya y levantando el otro brazo para colocarme en la posición de inicio del vals.
—No te preocupes, yo todavía me defiendo.
Y, así, sin más, George me guía por la sala. Y, en efecto, todavía se defiende, y muy bien.
—Fanfarrones —grita Moby.
Yo levanto la vista y le sonrío a George, pero él me mira de un modo raro, sus ojos van de un punto a otro de mi cara.
—¿Tengo algo entre los dientes?
—No. —Carraspea—. Estás distinta.
Me ha maquillado Aurora. Ha conseguido resaltar el violeta de mis ojos y hacer que mi enorme boca parezca sexy y no de payaso.
—Me han hecho el contouring —le digo.
—No sé qué es eso.
—Qué suerte tienes.
—El vestido es… —Da la impresión de que le cuesta decir algo bonito. Es un simple vestido lencero escotado.
—Tú di que estoy guapa —le ordeno.
—Estás guapa —dice sosteniéndome la mirada—. Estás preciosa, Frankie.
Me río por la tensión de su voz. Nunca se le ha dado bien hacerme cumplidos sobre mi apariencia física.
—Y pareces feliz —añade.
—Lo soy —le digo—. Creo que nunca había sido tan feliz.
Le piso el pie. George me aprieta la espalda con delicadeza, un recordatorio de que se me ha olvidado dejar que me guíe.
De modo que, durante el resto de la canción, bailo con los ojos cerrados tal como me enseñó Mimi.
Todo se reduce a la música y al movimiento y a la presión de sus manos.
Es el único momento en el que le entrego el control a otra persona y la sensación es de liberación total.
Algo que no he podido encontrar en ningún otro sitio y que hacía años que no sentía, desde que George y yo bailamos en la boda de Darwin.
Cuando cambia la música, abro los ojos.
—Echaba de menos esto —digo.
—Yo también. —Tiene la voz rasposa.
A veces todavía veo al chico perdido al que conocí hace tanto tiempo, pero ahora mismo no hay ni rastro de él.
Su cara de querubín ha sido sustituida por ángulos marcados y la sombra oscura de la barba de pocos días.
Es seguro de sí mismo. Nate tiene una energía de guardabosques competente, pero, no sé cómo, la seguridad de George es más discreta y, a la vez, completamente innegable.
Nunca olvidaré cómo era a los ocho años, con esas mejillas de un rosa pálido y sus ojos azules mirándome desde el otro lado del seto. En aquel momento, no conocía su historia, pero, de algún modo, sabía que me necesitaba. Igual que ahora sé que algo va mal.
—¿Qué pasa? —le pregunto cuando avanzamos por la sala todavía cogidos de la mano.
Él esboza una sonrisa torcida.
—Nada, aunque seguramente lo de la gominola no haya sido buena idea.
—Claro que no, ha sido una cagada de novato. Ingerir cualquier cosa que salga del bolsillo de Moby siempre es una mala idea.
—Me ha dicho que era suave.
—Estamos hablando de la misma persona que te convenció para fumarte un porro entero la primera vez que probaste la marihuana.
Teníamos catorce años. Yo le di una calada, pero creo que George quería impresionar a Moby.
Al cabo de unos minutos, iba en globo. A Moby le pareció graciosísimo, pero yo fui la que tuvo que colar a George en casa sin que Mimi se diera cuenta y llevarlo a su cuarto, donde fue alternando entre ataques de risa y discursos en los que se sinceraba sobre nuestra amistad.
Habría sido bonito si no hubiera durado HORAS.
Una sonrisa le curva las comisuras de los labios.
—Tienes razón, tendría que haberlo visto venir.
Miramos a nuestro alrededor. Moby está retando a Nate a una batalla de break dance, y mi prometido hace el gesto de quitarse el polvo de los hombros con una sonrisa.
Le da totalmente igual hacer el ridículo.
Eso es algo que me encanta de él. Es una persona seria, pero no se toma a sí mismo demasiado en serio.
—¿Cómo está Chiara? —le pregunto a George volviéndome hacia él.
Su novia actual —y «novia» es una palabra un poco fuerte, teniendo en cuenta lo poco que le duran— es una intérprete que conoció en São Paulo.
—Lara —me corrige.
Hago una mueca.
—Lo siento.
George no habla demasiado sobre las mujeres con las que se acuesta y no hay rastro de ellas en sus redes sociales. Son todo fotos de amplios fiordos, plantas tropicales raras y marsupiales adorables. Y, si bajas lo suficiente, muros de fuego y bosques convertidos en ceniza.
Pero yo viví con él cuatro años y sé que no pierde el tiempo.
Es claro desde el principio acerca de lo que busca y lo que puede ofrecer.
Viaja tanto que, muchas veces, solo es una noche o dos.
Pero hay algunas mujeres a las que ve siempre que está en una ciudad (la abogada especializada en derechos humanos de Londres, la piloto de Vancouver…).
Las «novias», las relaciones en las que hay exclusividad, son menos frecuentes. Así que debería acordarme de Lara. La trajo a una cena que organicé en casa de Nate, pero yo estaba demasiado centrada en George. Era la segunda vez que él coincidía con Nate.
—¿Cómo está Lara? —pregunto.
—Su artículo sobre los rinocerontes moteados de Namibia que están en peligro de extinción acaba de recibir un premio muy importante.
¿Lara es periodista? Joder, sí que le presté poca atención.
—Oh —digo—, dale la enhorabuena de mi parte.
George suelta una risita grave.
—Frankie, Lara es intérprete.
Le doy un empujón.
—¡Lo sabía!
—Y no existe el rinoceronte moteado.
—Eres un capullo.
—Y Lara y yo ya no salimos juntos.
—Vaya, no me lo habías dicho —digo intentando no parecer dolida—. ¿Cómo se lo tomó?
George siempre es el rompecorazones. Es comprensible que sea siempre el primero en saltar del barco: su infancia le dejó un profundo miedo al abandono. Aunque yo tampoco soy quién para hablar.
Me observa un momento.
—No muy bien, pero fue hace un par de meses, seguro que ya ha pasado página.
Lo dudo.
—Dicen que Avery Harper-Klyne está soltera —digo, y George se ríe flojito. Fuimos a la universidad con Avery y ha sido una broma recurrente a lo largo de nuestros años de amistad. Pobre.
—Todo el hemisferio norte ha oído que Avery está soltera —dice él. Escribió sobre su divorcio en un tratado de diecinueve párrafos que compartió en distintas plataformas.
Sonrío y George me devuelve la sonrisa. Es como oír una melodía familiar. Sin embargo, la sonrisa flaquea.
—Algo va mal. Cuéntamelo.
—Vas a casarte —dice.
Yo frunzo el ceño.
—¿Ahora te das cuenta?
—Creo que empiezo a asimilarlo ahora.
Le aprieto la mano y sus pasos se ralentizan.
—No me creo que estemos aquí —musita—. Parece que hace nada estábamos escondidos en el armario de la biblioteca discutiendo sobre qué pondríamos en el centro de nuestro laberinto.
—Una fuente —digo yo.
—Un jardín secreto —replica él.
Este debate es un clásico.
George me estudia con atención.
—¿Eres feliz, Frankie? ¿Feliz de verdad?
Me da un vuelco el corazón y le sonrío.
—Lo soy, George. Te lo prometo.
Asiente con la cabeza de forma casi imperceptible y sé que confía en mi respuesta. Las promesas son importantes para nosotros.
—¿Una promesa por otra? —le pregunto.
Es algo a lo que jugábamos de pequeños. Yo le he hecho una promesa y ahora quiero que me la devuelva.
—Vale —dice.
—¿Me prometes que tú también eres feliz? —Él está preocupado por mí, pero yo también lo estoy por él.
En ese momento, Nate nos interrumpe. Miro a George esperando a que conteste.
—Te lo prometo —dice, y se aleja.
Veo cómo se va a buscar a mis hermanos, y rodeo el cuello de mi prometido con los brazos.
—Te quiero —le digo.
Nate me dedica una sonrisa torpe.
—Te quiero, Francesca Gardiner —dice, y echa la cabeza hacia atrás para gritar—: ¡Vamos a casarnos!
La sala estalla en vítores.
Es la mejor noche de mi vida.
Al cabo de ocho horas, todo se viene abajo.