Capítulo 2
George está de pie bajo el arco de la entrada. Por un momento me pregunto si la mente me engaña. Pero no.
Mi mejor amigo ha llegado y todo va a salir bien.
Me sorprende el perfecto estado de su ropa —una chaqueta negra sobre una camisa blanca, ambas impecables—, pero lleva el pelo castaño todo revuelto. Unas ondas oscuras se le arremolinan por la frente y culebrean a la altura de las orejas; como siempre, necesita un corte de pelo urgente.
Una vez, Aurora me dijo que George era un Clark Kent en la vida real, lo cual a mí me pareció pasarse un poco, aunque sí que es alto y guapo.
También es un reportero con gafas, con una vena bienhechora, ningún tipo de preocupación por su propia supervivencia y una mandíbula que algunas personas describirían como cincelada.
Las gafas son negras y tirando a cuadradas, y las ha llevado —estas o unas muy parecidas— desde que era estudiante de Periodismo.
Se compró las mismas gafas que se pondría un actor para hacer de reportero de la televisión. Y yo, cómo no, me burlé de él.
George observa la sala con una expresión inescrutable. Cuando su mirada encuentra la mía, me levanto tan deprisa que la silla cae al suelo.
Por un momento, nos quedamos mirándonos, pero luego el susurro de una sonrisa se extiende por su cara.
Es una ligera tensión en los labios, algo que otra persona pasaría por alto.
Echo a correr por la sala —a la mierda lo de ser toda una señorita—, y le envuelvo la cintura con los brazos.
No solemos abrazarnos así y siento cómo se tensa antes de relajarse.
Me rodea la espalda con los brazos y su pecho se alza con una larga inhalación.
Cierro los ojos un instante. Por primera vez esta noche, puedo respirar.
—Has venido —le digo echándome hacia atrás para poder mirarlo.
Puede que la sonrisa que tengo en la boca no se me quite nunca.
George me estudia con sus ojos de un azul nocturno, unos ojos que conozco mejor que los míos.
—He venido.
—Te he llamado. Te he dejado mensajes. Estaba preocupada.
—Perdón, me he quedado sin batería en algún punto sobrevolando el Atlántico. —Observo cómo se le mueve la nuez al tragar—. Oye, ¿podemos hablar?
—George —dice Nate llegando a mi lado. Mi prometido me coge por la cintura y le tiende la mano.
Nate se gana a la gente con su sonrisa y su inquietante capacidad para recordar todos los pequeños detalles de una conversación. Es seguro de sí mismo, amable y cuenta con el respeto tanto del claustro como de los alumnos. Le cae bien a todo el mundo.
Menos a George.
Aunque siento que el tiempo y la distancia tensan las costuras de nuestra amistad, nadie me conoce mejor que George. Y yo también lo conozco a él.
Le di la mano mientras un médico le cosía ocho limpios puntos en el costado cuando éramos niños.
Estuve con él cuando lloró en el suelo de nuestro piso, abrazándolo todo lo fuerte que pude.
Fui la persona a quien llamó la noche que pensaba que iba a morir.
Tengo su nombre tatuado en las costillas, y él, el mío.
De modo que sé que, cuando mira a mi prometido y su párpado derecho hace un movimiento casi imperceptible, es porque no le cae bien.
Esboza la sombra de una sonrisa, un velo que cubre sus verdaderos sentimientos.
Cuando le da un apretón de manos a Nate y le dice que se alegra de verlo, sé que no es sincero.
Pero no me importa, porque George ha venido y va a fingir que Nate le cae bien.
Lo hará por mí. Y estoy segura de que los próximos días harán que cambie de opinión.
En cuanto pase más tiempo con él, terminará encantándole, igual que le encanta a todo el mundo.
—Nos hace mucha ilusión que estés aquí —dice Nate con franqueza. No participa en eso de los celos y me creyó cuando le dije que George y yo no tenemos un pasado romántico. Como en cualquier relación que dura décadas, ha habido muchos dramas, pero ningún beso.
A no ser que contemos aquella vez.
(Para mí no cuenta).
Haríamos una pareja horrible. Somos Laurie y Jo, demasiado parecidos y demasiado vehementes para ceder como hay que hacerlo en una pareja.
—Soy el padrino de Frankie —responde George sin más—. No me lo habría perdido por nada del mundo.
Antes de que podamos decir nada más, George se ve rodeado por los Gardiner.
Mimi nos mira desde la mesa riendo por el alboroto que se ha formado.
Mi amigo recibe abrazos de Darwin y Moby, y luego de mis padres.
Tenemos un gran parecido familiar. Todos somos de pelo claro y yo tengo los extraños ojos azules casi púrpura de mi madre.
Darwin y mi padre se parecen tanto que es casi cómico: de metro ochenta, pecho ancho e incómodos cuando tienen que ponerse elegantes.
Incluso trabajan juntos en el negocio familiar de ebanistería.
Moby también es alto, pero no podría ser más distinto.
Vive en Ottawa y trabaja de informático en ciberseguridad.
Tiene treinta y dos años, pero se comporta como un adolescente.
Esta noche se ha puesto una camiseta que tiene impreso un esmoquin.
A George siempre lo han tratado como si fuera de la familia. Es el hijo favorito de mi madre. Tiene que ser Darwin el que la aparte de él.
—Déjalo respirar, mamá —dice, y pasa a rodear el cuello de George con el brazo—. No está lo bastante fuerte para tenerte en brazos para siempre.
—Bueno, a ver —dice Moby apretándole el bíceps—, parece que el pequeño George se ha mazado.
Sí que parece que esté más fuerte que en diciembre, aunque puede que sea por el traje.
Los hombres Gardiner son altos, pero él lo es todavía más.
Cuando teníamos trece años, se fue a vivir con su padre a Montreal siete meses y, cuando volvió, ya era más alto que Moby, de quince años, y casi llegaba a la altura de Darwin, que tenía diecisiete.
Con aquel estirón repentino pasó de ser un niño corpulento de rostro infantil a ser un chico de casi catorce años flaco, con las extremidades largas y una voz grave que parecía fuera de lugar.
—Se te ve cansado —le dice mi madre. Se preocupa por él, por cuánto viaja, por si descansa lo suficiente. Alarga el brazo para apartarle un rizo de la frente, una causa perdida—. Pero mejor que el mes pasado.
—¿Estuviste en casa? —No me lo había dicho. Hubo un tiempo en el que estábamos juntos a todas horas, en el que yo sabía dónde se encontraba en todo momento.
—Fue una visita rápida —dice él—. Menos de un día y medio.
George es periodista ambiental y se ha pasado la mayor parte de la veintena cubriendo noticias en todos los rincones del país, pero estos últimos tres años ha estado viajando tan lejos y con tanta frecuencia que apenas lo he visto.
Entre nuestros cumpleaños hay cuatro días de diferencia e intentamos celebrarlos juntos, pero a veces no es posible.
El año pasado estaba en Brasil investigando para un artículo sobre la deforestación de la sabana del Cerrado.
Se compró un piso en Toronto para tener un centro de operaciones, pero normalmente está ocupado por un elenco cambiante de inquilinos temporales.
—Habría ido —le digo. Está solo a dos horas en coche de la ciudad—. Tendrías que haberme avisado.
Me observa como lo hace él, con una mirada directa y profunda. Lleva las gafas sucias. Siempre las lleva sucias. Me contengo para no quitárselas y limpiarlas como normalmente haría.
—No te pases con él, Frankie —dice Darwin—, que apenas ha aterrizado en esta franja horaria.
George acaba de volver de un congreso sobre el cambio climático en Bolonia.
—Déjalos que se peleen —dice Moby—. Siempre se agradece un buen espectáculo. Hace ya meses de su riña en Navidad.
Nate frunce el ceño, pero la preocupación solo aparece en la parte superior de su rostro.
—¿Qué riña?
—No fue nada —digo mirando a George—, ya ni me acuerdo de por qué nos picamos.
Él casi ni se inmuta.
—A ver, nada tampoco. Volvimos a discutir por la guarnición. Tú querías cambiarla, como siempre, pero a la gente le gusta la de toda la vida. ¿Qué era esta vez…, pan de maíz y nueces pecanas?
Es cierto, sí que intento convencer a las familias Gardiner y Saint James de que innovemos un poco en Navidad, pero no discutimos por eso. Nadie corrige la mentira.
—Ya sabes cómo son —le dice mi madre a Nate.
Él ladea la cabeza y me mira, porque no, no sabe cómo somos George y yo.
No del todo. He intentado explicárselo, por supuesto, pero nuestra historia está tan enmarañada que es imposible tomar la distancia suficiente para ver nuestra amistad con claridad, y menos todavía para explicarla.
George no es alguien distinto a mí, forma parte de mí.
Desde el día en que nos conocimos a los ocho años, hemos sido inseparables.
En esa época, yo sentía la necesidad de proteger a aquel chico nuevo, tímido, de ojos entrecerrados, que parecía receloso de todo el mundo menos de mí.
Mi padre empezó a llamarlo «mi costilla».
«¿Dónde te has dejado a tu costilla?» o «¿Cómo está tu costilla? No lo veo desde esta mañana».
Entonces, a George le pusieron gafas y dejó de llevar los ojos siempre entrecerrados. Creció y se volvió más atrevido. Pasó a ser guapo y popular. Seguía siendo mi compañero de aventuras, pero ya no necesitaba que lo protegiera.
Cuando terminamos el instituto, nos mudamos a Toronto juntos y compartimos piso.
Él estudió Periodismo y yo fui a una escuela de cocina.
Éramos como dos cohetes gemelos que se daban apoyo mutuo mientras perseguían sus sueños.
Y entonces George se mudó a la otra punta del país por trabajo y me dejó coja.
Cada avance en su carrera profesional se lo llevaba más lejos, pero conservamos la amistad mediante un flujo interminable de mensajes y correos.
Hace tres años, estuvo tres meses cubriendo los incendios forestales que arrasaron una gran parte del país. Cuando volvió, todo había cambiado.
—George, ven a sentarte —dice mi padre—. Estarás muerto de hambre. ¿Cómo ha ido el vuelo?
Observo cómo mi amigo se detiene para darle un beso a Mimi, que le susurra algo al oído antes de que lo absorba mi familia, igual que ocurre siempre desde que se mudó a la casa de al lado.
Era como un gato callejero. No dejaba de venir y nosotros no dejamos de darle comida.
Se quedó con nosotros. Nos ayudó a mantenernos unidos tanto como nosotros lo ayudamos a él.
Nate y yo nos sentamos. Aurora me sirve agua en un vaso y me pasa la cesta del pan.
—Come.