Una tormenta perfecta Capítulo 1
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Capítulo 1

Esta noche todo brilla. Las majestuosas lámparas de araña con sus lágrimas de cristal centelleantes. Las guirnaldas de lucecitas que cuelgan de los árboles en el exterior. Incluso yo.

Estoy rodeada de mis amigos y familiares más queridos, sentada como una reina entre sus súbditos en el elegante comedor de una antigua casa solariega.

La mesa que tengo delante está vestida con mantelería francesa, cubiertos dorados y muchísimas velas, cada una envuelta en un halo radiante.

Observo su reflejo titilante en los jarrones de latón a rebosar de peonías.

Me he puesto sombra de ojos dorada, me acabo de hacer los reflejos en el pelo rubio miel y mi vestido es de seda de color champán y ligero como el merengue.

En la mano izquierda llevo un enorme diamante amarillo claro al que no he tenido tiempo de acostumbrarme.

Estoy radiante, pero siento que no puedo respirar.

Nunca pensé que me casaría y, sin embargo, aquí estoy, a dos días de mi segunda boda.

Aunque la primera no cuenta.

Un pianista con esmoquin y pajarita toca algo ligero en el Steinway, pero, por un momento, todo eso se desvanece. El tiempo se escurre y, de pronto, estoy en esa primera boda debajo del manzano.

Pronunciamos los votos bajo sus ramas, y las frutas caídas eran el confeti a nuestros pies.

Mi vestido estaba hecho con una vieja cortina, como si fuera una niña de Sonrisas y lágrimas .

El ramo de flores era un manojo de violetas cogidas del jardín con los tallos atados con hilo de cocina.

Él tenía una mancha en el jersey de limpiarse los dedos del crumble de manzana y frutos del bosque de mi madre; siempre estaba comiendo y siempre se ponía perdido.

Recuerdo quedarme estudiando ese pequeño punto morado antes de que él hablase.

«Frankie, te prometo…».

Una mano fría se posa en mi muñeca.

—¿Frankie?

Parpadeo volviendo al presente. Siento el andamiaje de pasadores y ganchos clavándoseme en el cráneo, sosteniendo mi melena leonina en un correcto moño francés.

Advierto el sabor pegajoso de algodón de azúcar de mi brillo de labios.

Noto la seda resbaladiza rozándome las piernas.

Percibo la mirada preo­cupada de una de mis damas de honor.

—¿Frankie? —repite Aurora con los ojos de color café entrecerrados y fijos en mí—. ¿Estás bien? —El tacto de sus dedos contra mi piel se me antoja el de cinco diminutos tentáculos. Estoy segura de que es medio lagarto, siempre está helada.

Lleva todas las trenzas peinadas hacia un lado, como una cascada negra que va volviéndose morada y luego rosa pastel, y los labios pintados de un color rosáceo parecido al de su vestido con un solo tirante.

Dejando de lado los tatuajes que le cubren un brazo, parece que esta noche la hayan ayudado a vestirse unas criaturas del bosque y un hada madrina.

—Estoy bien —digo. Me vuelvo para mirar la silla vacía y los nudos que tengo en el estómago vuelven a estrecharse—. Enseguida vuelvo.

No espero a que me responda antes de escabullirme al pasillo. Encuentro un rincón oscuro bajo una escalera de caoba y llamo. Me salta directamente el contestador. Apoyo la frente en el brocado del papel pintado y le dejo otro mensaje.

—Soy yo. Otra vez. En recepción dicen que todavía no te has registrado. Por favor, dime que vas a venir. Te necesito, George. No creo que pueda hacer esto sin ti.

Cierro los ojos y respiro hondo intentando sofocar el miedo.

Vuelvo a mi asiento. Tengo a Aurora y a su novia, Betty, a un lado y a mi prometido al otro. Me apoyo en Nate, le aprieto la mano y él me da un beso en la mejilla.

La cena de bienvenida de esta noche, con un menú de seis platos, es el principio de las festividades de nuestra boda y quiero pasármelo bien.

No como lo habría hecho en los años desenfrenados de la veintena, sino de un modo más apropiado para una mujer responsable de treinta años que está a punto de casarse con un galardonado profesor universitario de Matemáticas.

Nate es dieciséis años mayor que yo, pero su pelo espeso y pelirrojo hace que aparente mucho menos de cuarenta y seis.

Tiene los ojos de color miel jaspeado y, aunque ahora está recién afeitado para la boda, normalmente lleva barba de unos pocos días.

Es de sonrisa fácil y asidua. Esta noche se ha puesto un traje azul marino, pero resulta más sencillo imaginárselo con un kilt caminando por las Tierras Altas de Escocia que dando clase de teoría de la probabilidad en un aula.

Recorro la sala con la mirada esquivando la silla vacía que hay al lado de Mimi, la abuela de George.

Casarme nunca fue uno de mis sueños, pero, si lo hubiera sido, no me habría imaginado una boda tan sofisticada.

La mansión Darlington y sus terrenos ocupan más de cuarenta hectáreas de bosque y prados a una hora al este de Toronto.

Durante los próximos días, tendremos a nuestra disposición unas habitaciones de invitados amuebladas con antigüedades, unos jardines primorosamente cuidados, un restaurante con estrellas Michelin y excursiones con vistas preciosas.

Nate era un estudiante universitario sin blanca cuando se casó por primera vez.

Él y su ex celebraron la ceremonia en el ayuntamiento y luego se fueron a un pub con sus amigos.

La novia llevaba vaqueros. A mí todo eso me sonaba la mar de bien, pero Nate quería un bodorrio.

Celebrarlo a lo grande. Darnos un festín.

Eso último lo había dicho levantando una de sus cejas rubias, sabiendo que despertaría mi interés.

Yo me he volcado en la planificación de los menús con el chef, en deliberar sobre cada plato, en probar cada bocado.

Mañana, a medida que vayan llegando los invitados, habrá varias experiencias entre las que elegir y la buena comida será el centro de cada una de ellas.

Podrán salir a buscar setas, puerros silvestres y brotes de helecho con un experto, o hacer una excursión a caballo por el bosque y disfrutar de un pícnic preparado en una hoguera.

Habrá una cata de vinos en la bodega centenaria de la finca, acompañada de quesos y conservas artesanales.

Por la noche, un grupo más reducido se reunirá para el ensayo y luego se celebrará una cena para todos nuestros amigos.

Por supuesto, el colofón será el sábado, con la ceremonia y el banquete.

Nuestra lista de invitados alcanza los ciento veinte.

Mi vestido costó lo que vale un coche pequeño.

Para el camino hacia el altar, un cuarteto de cuerda ha aprendido a tocar «Orchard House», de la banda sonora de Mujercitas de 1994, la mejor película de la historia. (No se admiten réplicas).

Siempre me he sentido identificada con Jo March.

Soy cabezota, impulsiva e independiente.

Nunca quise tener pareja hasta que sí que quise.

No soy especialmente presumida, excepto en lo relativo a mi pelo.

Antes no me gustaba nada la parte de la película en la que Jo rechazaba la propuesta de matrimonio de Laurie, me parecía que el profesor Bhaer era demasiado viejo y aburrido. Luego maduré y conocí a Nate.

Me pilló dándole un repaso con la mirada en la cola de una cafetería.

Poco antes había dejado el trabajo de sous-chef en un arrebato de rabia y agotamiento, y hacía dos semanas que había empezado a trabajar en algo totalmente distinto y a tener una rutina equilibrada.

Nate sonrió y el resto de su cara acompañó la sonrisa.

Los rabillos de los ojos. Las arrugas alrededor de su boca.

Fue como ver un time lapse de una flor abriéndose.

Entabló conversación conmigo, me pidió el teléfono y al cabo de una hora me escribió.

Cena conmigo el sábado.

El punto al final de la frase me cautivó. Me impresionó lo directo que era y la facilidad con la que decía lo que quería. Sin juegos. Sin segundas. Sin tópicos baratos para ligar. Nate era un hombre. Y yo quería madurar.

Aurora cree que todas las veces que había leído y visto Mujercitas terminaron manifestándose en mi vida. Por fin estaba lista para tener una relación seria y el universo me mandó a un profesor, igual que a Jo.

—Creo que será el hombre de tu vida —me dijo ella antes de nuestra primera cita.

Es una romántica empedernida, pero tenía razón. A los seis meses, Nate me pidió que me casara con él y yo me mudé a su adosado de Seaton Village.

Un camarero que lleva chaleco negro me coloca delante un plato con el borde dorado.

Hay tres raviolis de cangrejo. Juego con ellos con el tenedor mientras escucho, ausente, las conversaciones que se solapan.

Nate habla sobre su próximo triatlón, Aurora y Betty se ríen por algo que ha dicho Mimi, y mi madre charla con mi futura suegra sobre la luna de miel.

Nate y yo nos quedamos en la mansión unas noches más después de la boda, pero el viaje de verdad será en julio. Hemos reservado una semana en un resort de Tofino, un remoto paraíso costero de bosques templados húmedos en la periferia de la isla de Vancouver. Tendremos una casa a la orilla del mar.

Mi madre me pilla mirándola y una expresión de preocupación le cruza fugazmente la cara.

He perdido la sonrisa. La recupero con la esperanza de que confunda el sudor de mi piel con el resplandor de alguien que está a punto de casarse.

Aurora habla con su madre de todo, pero yo no tengo la misma confianza con la mía.

Ella no tiene ni idea de que tal vez mi mejor amigo de toda la vida no aparecerá.

Mi madre quiere a George y el sentimiento es mutuo, pero mi relación con ella es más complicada.

Abandonó a mi familia durante un año y medio cuando yo tenía ocho años. Mis hermanos pudieron olvidarlo y perdonarla, pero a mí siempre me ha costado conciliar a la mujer que nos dejó con la que volvió. Yo había cambiado durante su ausencia, pero ella había cambiado todavía más.

—Estás muy rara —dice Aurora, y yo le mando a George otro mensaje desde debajo de la mesa.

Me dijiste que estarías

Me prometiste que serías mi padrino

Me guardo el teléfono debajo del muslo.

—¿Sí?

—Apenas has comido. —Mira con insistencia el plato intacto.

Ya no soy cocinera, pero me sigue encantando la comida. En todos los sentidos. Me encanta hablar de comida, comprarla, prepararla… Y lo que más me gusta de todo es comerla.

Pero estoy demasiado nerviosa para probar más que un bocado de ravioli. ¿Y si George ha cambiado de idea?

Estos últimos años, se ha ido alejando. No lo veo desde que nos gritamos en el campo de detrás de casa de mis padres en Navidad, pero no pensaba que fuera a dejar de contestarme al teléfono.

—No dejas de mirar el móvil a escondidas —dice Aurora.

—Qué va.

Como respuesta, me lanza una mirada. A diferencia de mí, Aurora no es nada beligerante, pero sí que tiene esa mirada. Con las cejas arqueadas. Los labios formando una fina línea. Es su forma de llamarme la atención sin llamarme la atención.

Me obligo a dar un bocado.

—¿Contenta? —pregunto con la boca llena.

Ella sonríe.

—Vaya, la novia es toda una señorita.

Le saco la lengua al mismo tiempo que la madre de Nate nos mira entrecerrando los ojos. No le gusto y su recelo no me parece descabellado, porque Nate y yo nos conocemos desde hace solo un año, pero pienso ganármela.

—Ya estás otra vez —dice Aurora mientras yo les doy vueltas a los raviolis en el plato.

—¿Que estoy qué?

—No comiendo.

Mira el resto de la sala.

—No llega tarde, ¿verdad?

Eso es lo que le he dicho a todo el mundo, que George ha pillado un atasco viniendo del aeropuerto. Le he preguntado a Mimi, pero ella tampoco ha tenido noticias suyas hoy.

Niego con la cabeza, con el estómago revuelto.

—Tampoco sería el fin del mundo si no viniera, ¿no? —pregunta Aurora.

Intento reír al oír el falso optimismo de su voz, pero la risa se me queda atascada en la garganta como si fuera un chicle muy masticado y duro.

Desde hace veintidós años, George siempre ha estado a mi lado en los momentos más importantes.

Aurora me aprieta la mano y, aunque tiene los dedos gélidos, yo me aferro a ella.

—Estás a punto de empezar un nuevo capítulo de tu vida. Si decide que no quiere formar parte de él, pues él se lo pierde.

Me escuecen los ojos y levanto la vista hacia las lámparas de araña para contener las lágrimas. George es mi mejor amigo. Quiero que esté presente en todos los capítulos de mi vida.

Cuando me vibra el teléfono, estoy segura de que será él, pero, al ver el nombre de mi hermano, se me cae el alma a los pies.

Moby

Parece que estés a punto de potar

No es demasiado tarde para cancelarlo todo

Ladeo la pantalla para que Nate no lea el mensaje y fulmino con la mirada a Moby, que está al otro lado de la mesa. Darwin y él ya han intentado convencerme de que no me case. Mascullaron un discursito disuasorio la mañana siguiente de mi despedida de soltera.

«Es la primera vez que vas en serio con alguien. ¿Qué prisa tienes?».

Pero hay algo en lo que Moby tiene razón: puede que vomite.

—Tengo que ir al baño —le digo a Aurora.

Y entonces lo veo.