Una tormenta perfecta Prólogo
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Una tormenta perfecta

Una tormenta perfecta

Por Carley Fortune

© inepub.com

Prólogo

Teníamos ocho años

Conocí a George Saint James el día que mi madre se esfumó.

La noche anterior me dormí como todas las noches, deseando que pasara algo extraordinario. A los ocho años estaba segura de una cosa: mi destino era vivir grandes aventuras.

Por la mañana, una fuerte lluvia primaveral arremetió contra los últimos restos de nieve y liberó flores blancas y violetas de azafrán silvestre de sus nidos helados.

Mis hermanos mayores y yo nos arrodillamos delante de la ventana para ver los surcos de las ruedas de los coches llenarse de lágrimas caídas del cielo. La ranchera de mi madre no estaba.

Mi padre apenas habló cuando lo despertamos, pero, mientras iba sorbiendo su primera taza de café, nos dijo que nuestra madre se había ido a casa. Solo Darwin, que tenía doce años, pareció entenderlo. Moby tenía diez, y vi que estaba tan confundido como yo.

Aquella era nuestra casa. ¿No era también la de mi madre?

Mi padre no supo decirnos cuánto tiempo estaría fuera, pero nos aseguró que volvería y no tuvimos más remedio que creerle.

En cuanto la lluvia se convirtió en llovizna, nos mandó salir.

Sin mi madre para desenredarme el pelo con paciencia, lo tenía hecho una masa enmarañada.

Todavía iba en camisón, pero Dar­win se aseguró de que me pusiera las botas de agua y el impermeable amarillo. Moby fue a buscar el balón de básquet.

Yo quería jugar, pero mis hermanos no me pasaban la pelota.

Nunca me la pasaban. Les grité y salté sobre los charcos, pero ellos siguieron lanzando la pelota por encima de mí.

Harta, cogí el cazamariposas verde del recibidor y me dispuse a atrapar una criatura en los matorrales del final del campo.

Un gusano, un saltamontes o incluso una rana.

En lugar de eso, encontré algo mucho más interesante: un conejo de color marrón claro sentado en las briznas nuevas de hierba. Tenía las orejas largas y aterciopeladas y una inquieta nariz rosada. Iba a atraparlo. ¡Qué celosos se pondrían Darwin y Moby!

Pero la paciencia nunca fue mi fuerte. Eché a correr, las ramitas chasquearon al romperse bajo mis pies, y allá que fue el conejo, hacia la otra punta del campo.

Lo perseguí hasta el seto de cedro que rodeaba el terreno colindante.

El animal no sabía lo que yo: la mujer que vivía en la Casa Grande, la vecina, era una bruja.

Y las brujas usaban a los conejos para todo tipo de cosas. Tenía que salvarlo.

Recorrí el denso muro perenne hasta un agujero lo bastante grande para colarme por él. Miré a través de las ramas y ahogué un grito al encontrarme con unos ojos azules oscuros entrecerrados observándome desde el otro lado.

Nunca había visto a aquel niño. Era blanco como la nieve, con los mofletes redondos y rosados y unas pestañas oscuras. Llevaba el pelo rapado muy corto. Tenía pecas en la naricita y era igual de alto que yo. No había nada que temer.

—Hola, soy Francesca. —Le tendí la mano, como me había enseñado mi padre—. Pero puedes llamarme Frankie.

El niño parpadeó y me pregunté si saldría corriendo, pero luego alargó el brazo de repente y me dio la mano.

—Yo soy George.

Con los brazos en jarra, lo estudié con detenimiento. No llevaba botas de agua ni impermeable y tenía un agujero en los pantalones a la altura de la rodilla. La única ropa de abrigo que llevaba era una sudadera con capucha que tenía una mancha en la manga.

—¿Me estabas espiando? —le pregunté.

—No. —Se sonrojó—. Bueno, desde hace muy poco.

—¿Qué haces ahí?

La Casa Grande no era un buen lugar para un niño, y menos para uno con un aspecto tan delicado como George. Necesitaría que alguien lo defendiera. Incluso que lo rescatara. Se me puso la piel de gallina de la emoción.

—Ahora vivo aquí —dijo con voz resignada.

Lo miré boquiabierta.

—¿Vives ahí? —Señalé la imponente casa de piedra que tenía detrás—. ¿Con la bruja?

—No es una bruja, es mi abuela.

—Me sabe mal decírtelo, George —dije disfrutando del momento—, pero está claro que tu abuela es una bruja.

¿Cómo podía no saberlo? Tenía el jardín descuidado.

El viejo invernadero estaba lleno de plantas para pociones.

Casi nunca salía de casa y siempre iba envuelta en ropas negras.

Además, Darwin juraba que la había visto canturreando mientras removía un enorme caldero negro burbujeante una noche que fue a espiarla.

—Que no —dijo George.

Entrecerré los ojos.

—Demuéstramelo —solté—. Déjame entrar y, si no hay ni un caldero ni colas de lagarto ni ojos de tritón, me lo creeré.

—No hay nada de eso. Es una casa normal.

—Oh —dije enseguida, decepcionada.

—Pero hay un gato negro —se apresuró a decir él—. Se llama Baryshnikov.

—¿En serio?

—Sí, pero es lo único. Nunca he visto nada mágico.

Tal vez George pensara que la Casa Grande era normal, pero dentro tenía que haber secretos escondidos esperando ser descubiertos.

—¿Me la enseñas?

—¿Quieres entrar? —Se notaba que no se lo creía, que pensaba que igual cambiaba de idea.

—¡Sí! Llevo mil años esperando que pase algo interesante.

—Yo no soy interesante. —El rubor de sus mejillas se intensificó como el de las fresas cuando maduran en verano.

—Eso lo decidiré yo —dije—. Por favor, tengo unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.

Se rio. Fue un sonido fuerte y repentino, como cuando explota una pompa de chicle.

—¿Tienes unas ganas irrefrenables de vivir una aventura? —repitió.

—Sí —le dije yo—. ¿Tú no?

Me miró pensativo y asintió.

—Vale, pues sígueme.

Y lo hice. Seguí a George y entramos en la Casa Grande, y nada volvió a ser como antes.

Para ninguno de los dos.