Una tormenta perfecta Capítulo 53
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Capítulo 53

Al terminar, nos quedamos enredados en el sofá besándonos con ternura. George me recorre la columna con los dedos y yo me incorporo de pronto al recordar a qué había venido.

—Quiero leer las otras cartas.

—Ahora no —dice levantando la barbilla para darme otro beso—. Dejemos esa humillación para otro día.

Niego con la cabeza.

—Tengo unas ganas irrefrenables de abrir esa caja.

Nos vestimos y nos acurrucamos en el sofá con el cofre entre nosotros, y él me observa ruborizado mientras abro el candado y la tapa.

Está lleno de hojas, postales, cartas y recuerdos de nuestra amistad.

Una pluma de arrendajo azul. El esbozo de un laberinto.

El menú de mi trabajo final en la escuela de cocina.

Algunas de las cartas están escritas con mi letra.

Otras con la de George. Saco una de las mías.

Es una tarjeta casera con un dibujo en el que jugamos en el campo en la parte delantera y un mensaje escrito en rotulador azul dentro.

Para George:

¡Felices nueve años! Espero que te guste tu regalo.

De tu mejor amiga,

F RANKIE

—¿Recuerdas qué me regalaste? —pregunta.

Yo niego con la cabeza.

—Atrapaste un sapo y lo metiste en una caja de zapatos con agujeros en la tapa.

—¡Y tú lo soltaste! —digo cuando me vuelve el recuerdo.

—Era cruel tenerlo ahí.

Saco otra escrita con boli morado. Por la letra, me imagino que la escribí durante la adolescencia.

No volverá a pasar. Te lo prometo.

—Esto debió de ser de cuando intenté seducirte.

Se ríe.

—Aquel sujetador verde fue una tortura.

Luego saco un pósit de cuando compartíamos piso:

¡¡¡No me puedo creer que viva con el EDITOR JEFE de The Eyeo­pener !!! Estoy superorgullosa de ti. ¿¿¿Invitas a tus compañeros a cenar el lunes???

Niego con la cabeza.

—Está todo aquí.

—No todo. Me guardaba las que me hacían sonreír o reírme.

Antes de que yo pueda decir nada me da otra hoja.

—Esta también me gusta. La encontré cuando volví a casa el mes pasado.

Es lo que le dejé en el buzón en junio.

Te veo por todas partes. Y eso solo hace que te eche más de menos.

Niego con la cabeza maravillada.

—Ojalá lo hubiera sabido antes.

—¿El qué?

—Que podía enamorarme de ti tan fácilmente si me lo permitía.

Aunque puede que siempre lo haya sabido. Puede que eso fuera lo que me daba tanto miedo.

Me aparta el pelo hacia atrás.

—No sabes cuánto deseaba que ocurriese.

Sin pensar, le cojo las gafas y empiezo a limpiarlas.

—Me encanta que hagas eso —dice.

—¿En serio? ¿No te molesta que siempre te las esté quitando?

Niega con la cabeza.

—Es una pequeña forma de cuidarme. Me gusta.

Lo cuidaré. Cuidaré a George como siempre he intentado hacerlo y lo cuidaré de formas en las que no he sido capaz de hacerlo hasta ahora.

Le daré todo el amor que siempre se ha merecido.

Y él me querrá del modo en que solo George puede quererme.

Incansable. Lo veo todo muy claro. Tengo la respuesta a una pregunta que no sabía cómo formular.

—Entonces te limpiaré estas gafas sucias y sexis siempre que me apetezca.

Levanta las cejas.

—¿Sexis?

—Pues sí —le digo—. Te sientan muy bien.

—Gracias.

—¿Puedo leer ya el resto de tus cartas? —le pregunto.

Su respuesta es un beso en la sien.

Saco una —es una postal de Vancouver— y empiezo a leerla. Las lágrimas me nublan la vista cuando la devoro, y luego devoro otra y otra. George se coloca a mi lado y me rodea con un brazo y yo apoyo la cabeza en su hombro.

Cuando éramos niños, jugábamos a que éramos un rey y una reina y que la Casa Grande era nuestro castillo, pero ahora pienso que podríamos haber creado castillos en cualquier lado. Sentado en aviones y autobuses, te imagino a mi lado y el mundo me parece nuestro reino.

En una carta de cuando tenía veinticinco años:

Esta semana he vuelto a leer Mujercitas .

Marmee le dice a Jo que ella y Laurie son demasiado parecidos para hacer buena pareja.

Tienen una «personalidad fuerte y apasionada» y «ambos valoran demasiado la libertad», pero a mí me parece que eso habría hecho que estuvieran muy bien juntos.

Pienso que habrían tenido una vida grandiosa, escandalosa y espectacular juntos. Y creo que nosotros también.

Una postal de São Paulo:

¿Sabes cuántas palabras hay para designar el color morado? A mí se me han ocurrido diez, pero ninguna de ellas capta el matiz de tus ojos, así que me quedaré con «violeta». Frankie, tienes unos ojos violeta preciosos.

Levanto la vista hacia George. Y salvo la distancia entre nosotros. De pronto, vuelvo a estar hambrienta de él. De su cuerpo. De su piel. De su alma en la mía. Me subo a su regazo y bajo la boca hasta la suya, y él suelta un suspiro.

—¿Estás bien?

Roza la nariz con la mía sonriendo.

—Es que no me lo creo —dice—. Tardaré un tiempo en asimilarlo.

Son las palabras que yo he usado antes.

—Te quiero —le digo.

George cierra los ojos, absorbiendo las palabras, y busca mis labios con los suyos. Cuando abre los ojos, encuentro en ellos un brillo que me resulta familiar.

Me tumba de espaldas y se coloca encima de mí.

—Yo te quiero más —dice.

Me río.

—¿Ahora es una competición?

—No —dice George bajando la frente hasta la mía—. Yo te quiero más. Es oficial.

—Eso ya lo veremos. —Le paso las manos por el pecho, por el tatuaje—. Ya sabes lo competitiva que soy, y creo que puedo demostrarte que tengo razón.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Igual tardas un tiempo —dice acariciándome el labio inferior con la lengua—. Igual tardas toda la noche.

—Igual tardo toda la vida —le digo cuando me recorre el cuello a besos.

«Hasta el fin de los tiempos».

George levanta la cabeza y sus ojos alternan a toda velocidad entre los míos.

—¿Crees que podrás conmigo? —le pregunto.

—No. —Sonríe—. Nadie puede contigo. Es algo que me encanta de ti y nunca me agobia: siempre quiero más.

—Cuidado con lo que deseas.

—Ya he ido con cuidado demasiado tiempo.

Me sorprende cuando parpadeo y derramo una lágrima.

George me la seca con un beso.

—Te prometo que te querré siempre.

—Y yo te prometo que te querré a ti.

—Una promesa por otra —dice George.

La mejor que hemos hecho.