TREINTA Y NUEVE #2
Su voz es como una luz que se abre paso entre las sombras, y me aferro a cada una de sus palabras.
—Te lo prometo, Maeve —exclama Lobo con determinación.
La promesa cálida de su tacto se cierne sobre mi piel, aunque duda un segundo.
Lo escucho tragar saliva y, después, el chasquido de una cerilla encendiéndose a sus espaldas.
La llama de luz me ciega por completo, pero, en mitad de la penumbra, alcanzo a ver la mirada horrorizada que invade los ojos hinchados de Cash.
Lobo se inclina sobre mí y me obliga a mirarlo a él.
—Cierra los ojos —me insta con delicadeza, pasándome la mano por los hombros y envolviéndome la nuca.
Estoy casi segura de que, ahora mismo, es la única parte del cuerpo que no tengo manchada de sangre, rota o amoratada—.
Necesitamos algo de luz para romper los grilletes.
Confía en mí. Es mejor que no veas nada.
Debería sacar fuerzas de donde no las tengo. Debería ser lo bastante valiente como para verlo con mis propios ojos. Pero algo en lo más profundo de mi ser me dice que, en realidad, no es así como quiero recordar a mi hermana.
Eso en el caso de que viva lo suficiente como para recordarla.
Una violenta oleada de dolor me azota el pecho. No puedo respirar y tengo los ojos abiertos como platos.
—Está teniendo un ataque de pánico —exclama Cash en voz baja.
—No me digas… —le responde Lobo en tono cortante mientras se acerca para darme un beso en la frente con todo el cuidado del mundo—. Estoy contigo, Maeve. Voy a sacarte de aquí.
Justo antes de cerrar los ojos, veo que Lobo agarra algo de la mesa.
Dejo caer el cuerpo sobre sus fuertes hombros mientras él trata de aflojar los pernos que sujetan los grilletes.
Uno se suelta, pero el otro se le resiste.
La herramienta se le escapa de las manos y se me clava en los nudillos destrozados de la mano izquierda y, aunque ni siquiera la siento, sacudo la mano por instinto y me doy otro golpe en la muñeca magullada.
Reprimo un grito contra el cuero desgastado y cálido de su chaqueta.
—Joder, lo siento mucho —dice en tono tenso antes de colocar la mano entre mi piel y la herramienta para que, si se le vuelve a resbalar, no me dé. Entonces, vuelve a intentar quitar el perno—. Sal ya, pedazo de mier…
El metal retumba contra el suelo y por fin me libera de los grilletes. Sigue quitando los demás a toda prisa, pero entre la avalancha de emociones y la conmoción me cuesta reprimir las náuseas que me suben por la garganta.
No pienso vomitar después de todo lo que ha pasado. Y menos siendo yo la que sigue en este mundo, viva.
Puede que la Dama de las Sombras me haya destrozado, pero no ha acabado conmigo.
Porque no he dejado de luchar en ningún momento.
Escucho otra explosión a lo lejos y, al segundo, empiezan a caer más motas de polvo y arenilla de las rocas que hay sobre nuestras cabezas.
Lobo me pasa un brazo por debajo de los hombros y me ayuda a levantarme.
—¿Puedes andar?
Las manos me cuelgan, sin fuerza, y tengo todos los nudillos aplastados y la piel cubierta de sangre y hematomas. No llevo las botas, así que las piedras frías y húmedas me provocan un escalofrío cuando apoyo los pies desnudos en el suelo, pero solo lo noto en el izquierdo.
—El pie derecho… —Trago saliva y me encojo cuando me invade el miedo—. No lo siento.
Lobo me envuelve con el brazo y carga con el peso de mi cuerpo. Lo único que puedo hacer es probar a apoyarme sobre el pie que, por suerte, la Dama de las Sombras no ha llegado a machacarme.
Aunque el tobillo izquierdo me tiembla, aguanta; por ahora. Pero no puedo evitar que un dolor me trepe por la pierna.
Vuelvo a tragarme un sollozo, pero, al final, me acaba saliendo. Lobo clava entonces sus ojos en los míos.
Escuchamos el repentino eco de más botas retumbando fuera de los barrotes de hierro y, en ese momento, Lobo me rodea por la cintura y me pega contra su costado. Cash levanta el sable y su fría y amenazante mirada se gira hacia el ruido.
—¡Soy yo! —exclama una voz.
Garra atraviesa la puerta de hierro con una antorcha encendida en la mano y, entonces, sus ojos se posan en mí; primero, en todas las heridas que se extienden por mi cuerpo y, después, en la mesa. Yo, en cambio, soy incapaz de mirar en esa dirección, porque no soportaría ver…
—Se nos acaba el tiempo —dice Garra en voz baja—. ¿Estáis preparados para enfrentaros a ella?
Noto un zumbido en los oídos. Lobo señala la mesa con la cabeza, justo donde la Dama de las Sombras dejó todas las armas que llevaba, fuera de mi alcance.
Las recoge una a una y las va colocando en las vainas vacías que me cubren los costados, entre ellas el puñal de acero málmar que me dio y la espada corta que es idéntica a la de Finn.
Casi de inmediato, dirige una mirada letal hacia el otro lado de la habitación.
—Más vale que estés en lo cierto —brama Lobo, señalando con un dedo a Cash—, porque, si no, te entregaré a la mismísima Mártir y, después, te abriré en canal y alimentaré a todas las putas víboras de las islas con tus entrañas.
—De la isla —le corrijo en un murmullo casi inaudible.
Lobo me acaricia el cabello enmarañado y ensangrentado que se me pega a las mejillas magulladas. Noto el temblor de su mano, como si apenas pudiera contener la impotencia.
—De nada, por cierto —le responde Cash en tono sarcástico mientras su mirada fría como el hielo se clava en la puerta de hierro—. Será mejor que nos vayamos antes de que acabemos sepultados entre los escombros del castillo.
—Colmillo jamás se atrevería, te lo aseguro. —Lobo asiente con decisión, mirando a Garra y veo que intercambian una mirada cuando le guardia, mi amigue, asiente en respuesta. Un gesto breve, pero en el que veo un fugaz atisbo de tristeza.
Cash sujeta la puerta enrejada y dejamos atrás la oscuridad de la caverna.
Abandono a mi hermana junto a los mil pedazos en los que se me ha partido el alma.
Entierro la cara en el hombro de Lobo y me sujeto a él con más fuerza con cada paso tambaleante que nos acerca a la salida.
Puedo saborear el regusto mordaz de las piedras y los minerales que impregna el aire.
Las paredes que encuentro al otro lado de mi prisión no son paredes como tal, sino pasadizos excavados en la roca de la montaña, justo como los que serpentean tras las paredes del castillo.
Y Cash nos conduce a través de ellos con una soltura desconcertante.
No nos encontramos a ningún guardia de la Garda ni a nadie que nos corte el paso.
Solo escucho los pasos de Garra, que arrastra los pies a nuestras espaldas como si pesara más de la cuenta.
Tal vez debería servir para tranquilizarme, pero la ausencia de los demás despierta una sospecha en mi interior que se transforma en un miedo que estrangula los restos de mi corazón.
Cash nos hace señas para que bajemos por un recodo cerrado del angosto túnel y tomamos una curva tras la que hay un destello anaranjado que proyecta distintas sombras en las paredes.
Es el resplandor de una antorcha que hay en el suelo, justo delante de una única puerta excavada en la pared.
El olor de la grasa que empapa la antorcha se me cuela en las fosas nasales justo cuando la luz me permite ver una figura solitaria que se gira hacia nosotros.
Es Aoife; está sujetando una manzana como si no tuviera la más mínima preocupación. Sin embargo, en cuanto nos ve, se le cae la fruta al suelo.
Sus dedos se enroscan sobre el mango del puñal que le di conforme sus ojos azules se posan en mí y, al segundo, saltan a Lobo y a Cash.
—Por favor… —exclama Aoife, negando con la cabeza, aunque saca el puñal y nos apunta con él en cuanto Cash da un paso decidido hacia ella—. Me juró que la reina soltaría a mi madre si yo…
—A estas alturas ya deberías saberlo —le responde Cash, alzando su espada cuando algo frío y despiadado oscurece sus ojos como zafiros—. Sus promesas no valen una mierda. —Asesta un golpe rápido y certero con la espada.
Aoife grita con todas sus fuerzas y cae al suelo.
El morado apagado de su capa se tiñe de carmesí por la zona del pecho. Estrecha la tela con los dedos al desplomarse y se tapa con ella, como si quisiera que la abrazara.
Cash la deja en el suelo y abre la puerta de una patada.
—Por aquí.
No miro atrás.
Ni yo ni ninguno de nosotros.
El intenso hedor a tierra podrida y a cuerpos en descomposición brota del túnel que hay al otro lado de la puerta.
Justo detrás de nosotros, escucho la respiración entrecortada de Garra cuando cambia el peso de su cuerpo a la otra pierna.
El estómago me da un vuelco cuando intento girarme para mirarle, pero justo en ese momento Lobo me aprieta la cadera con la mano.
Ahogo un grito por la presión que siento en las rodillas.
Los ojos verdes de Lobo se encuentran con los míos, y la sombría angustia que reflejan me desgarra el corazón.
—Puedo llevarte en brazos —me ofrece en voz baja.
Y lo haría, lo sé perfectamente. Pero no puedo permitírselo. Y, aunque no me salen las palabras, asiente y me observa con determinación.
—Entonces, sigue andando, pero déjame ayudarte.
Así es como nos adentramos en el pestilente túnel excavado en el interior de la montaña: juntos. Y lo único que puedo hacer es tragarme el dolor que me azota con cada paso que doy y rezar para que podamos salir con vida de aquí.