Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y NUEVE
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TREINTA Y NUEVE

P loc.

Ploc.

No puedo taparme las orejas con las manos por culpa de los putos grilletes, así que ellos tienen la culpa de que lo escuche todo . Unos sonidos que desearía no haber tenido que oír en mi vida.

Finn grita. Una y otra y otra vez. Y, cuando me percato del crujido de sus huesos, mis berridos se suman a los de ella.

Suplico y ruego que pare. Le imploro a la Dama de las Sombras que utilice sus herramientas de tortura conmigo y que deje en paz a mi hermana.

Por un momento, se marcha y nos deja solas, pero atrapadas en las sillas.

Escucho el crujido metálico de algo que se cierra, así que imagino que será la puerta de hierro que nos tiene aquí encerradas.

Las respiraciones de Finn son entrecortadas y agonizantes.

Por ahora, tendré que conformarme con oírla, porque no puedo alcanzarla con los pies y tampoco verla por la densa oscuridad que nos envuelve.

Cada vez que tomo aire, siento una punzada de dolor. Un dolor que no remite, que no desaparece.

Y, aun así, saco fuerzas para decirle:

—Nunca me lo has contado.

Noto el sabor amargo de mis palabras y me avergüenzo por que eso haya sido lo primero que le he dicho a mi hermana después de todo lo que hemos pasado. Pero, si por lo que sea morimos aquí…

Finn responde entre jadeos:

—¿Contarte… —escucho algo húmedo chocar contra el suelo, como si Finn hubiera escupido sangre— qué?

Esa última palabra suena tan desgarradora que me deja sin aliento. Aun así, y a pesar de no poder dejar de apretar los dientes por lo resentida que tengo la mandíbula, me obligo a que me salgan las palabras.

—Lo que hizo nuestro padre.

Por primera vez desde que han encerrado a Finn aquí conmigo, nos sumimos en el silencio.

Un silencio que es tanto o más desolador que los gritos.

Finn respira hondo y suelta un suspiro ronco casi de inmediato.

—Habrías salido corriendo. —Escucho la cuerda tensarse y los gruñidos de mi hermana atravesando la penumbra. Ni siquiera se molesta en preguntar cómo me he enterado—. No podía. Protegerte. Si huías.

—No habría huido, Finn. —Niego con la cabeza, aunque sé que no puede verme por la negrura que invade la caverna.

La mejilla se me raja otra vez y la sangre fresca me chorrea por la piel desgarrada, justo donde la jefa espía ha descargado todos sus puñetazos—.

Y tampoco tengo intención de huir ahora. Sin ti no. Jamás.

Lo único que obtengo como respuesta son sus jadeos intermitentes, que suenan mil veces peor al estar en un lugar tan tenebroso.

Los sonidos se intensifican y hasta el más sutil retumba por las paredes rocosas.

Entonces, vuelvo a oír el chirrido metálico de la puerta.

La Dama de las Sombras chasquea la lengua y exclama:

—Bueno, ¿qué? ¿Listas para hablar?

La silla rechina al moverse sobre la piedra y las cuerdas chirrían al tensarse mientras que el agudo zumbido del alambre de plata se extiende por la densa atmósfera que nos rodea.

Las rocas vuelven a crujir. El pelo se me llena de polvo y también me cae sobre las heridas abiertas e impregnan los hilos de sangre que me chorrean de la boca.

—Que. Te. Follen —masculla Finn y, al segundo, creo que escucho otro escupitajo repentino.

La Dama de las Sombras gruñe por lo bajo y, de buenas a primeras, oigo una capa que se agita en el aire y unos pasos lentos que retumban contra el suelo empedrado y que se alejan de nosotras. Creo que va hacia la mesa.

Otra vez no.

No puedo permitir que vuelva a torturar a Finn.

—¡Déjala en paz, joder! ¡Es a mí a quien quieres! —Tengo la garganta tan desgañitada que mis gritos no son más que un murmullo ronco.

—Entonces, dame lo que quiero —exclama la Dama de las Sombras en tono de desprecio.

Pero no puedo rendirme. No puedo darle la información que me está pidiendo. Porque, si lo hago, si traiciono a Lobo y a los Susurradores, toda esperanza de salvar lo que queda de magia en los Siete Pozos y de proteger nuestro futuro y la libertad de nuestro pueblo se perderá para siempre.

Si me rindo ahora, todo lo que hemos sacrificado para llegar hasta aquí habrá sido en vano.

Pero, siendo sincera, no sé cómo voy a poder seguir aguantando tanto sufrimiento.

— Maeve —susurra Finn con la voz rota.

Se me escapa un sollozo. Las lágrimas brotan de mis ojos y saboreo la sal después de que me caigan por las mejillas y se cuelen en las heridas, mezclándose con la sangre seca y la suciedad que ahora cubren cada centímetro que me besó Lobo.

Va a pedirme que deje de luchar. Lo sé. Finn quiere que sea yo la que ponga fin a esta tortura. Necesita que esto pare, así como saber que estoy dispuesta a hacer lo que haga falta. Como cuando estaba a punto de morir y la salvé. Y ahora puedo a volver a hacerlo. Puedo acabar con esto.

Y solo las Primigenias saben que, si me lo pide, lo haré.

Me rendiré de una puta vez.

Escucho un chasquido metálico, como unas pinzas haciendo presión. La respiración de Finn cada vez es más agitada y, aunque no alcance a verle la cara, juraría que distingo un destello de determinación en su mirada voraz y obstinada.

— No te rindas —me dice en un susurro.

Intento estirar los dedos de la mano para alcanzarla, pero los grilletes me lo impiden. El metal cruje y se mezcla con el rechinar de una cuerda tensándose contra unos músculos duros.

—Finn…

De pronto, el chasquido de algo que se suelta atraviesa el aire y oigo un sonido similar al que hacen mis puñales cuando se hunden en la carne. Unos segundos después, Finn ahoga un grito y sus jadeos cesan.

La penumbra me impide ver cómo se apaga el brillo de sus ojos, pero sí que escucho el momento en el que deja de respirar. El momento en el que su pecho se queda inmóvil y acaba su sufrimiento.

En ese preciso instante, siento que el alma, si es que sigo teniendo una, se me parte en mil pedazos.

Noto una fuerte opresión en el pecho. Los pulmones no me responden.

Tengo la piel adormecida. No hay rastro del dolor.

Lo único que siento dentro de mí es la oleada de angustia que lo absorbe todo.

El aire que me presionaba las costillas sale de golpe acompañado de un grito desgarrador y gutural que se cuela por las rocas de la caverna.

Lo poco que queda de mí empieza a fundirse con la penumbra, pero no es suficiente. Una presión nace de mi fuero interno hasta volverse insoportable y lleva todos y cada uno de mis sentidos al límite. Mi cuerpo no soporta tanto dolor. Y mi mente está al borde del colapso.

Un estruendo vuelve a atravesar las paredes de piedra.

El temblor que sacude la montaña se extiende por el suelo y zarandea la silla que me tiene retenida en este lugar. Solo alcanzo a distinguir un intenso zumbido, como si los cimientos del Castillo del Monte se estuvieran derrumbando.

Como si hubieran retomado la batalla que estalló tras la Prueba de Fuerza.

Y, si es así, quiero morir sepultada. Quiero que la tierra me trague y no deje ni un hueso mío. Es imposible que mi marchito corazón aguante tanta desolación. No puedo vivir así.

Entonces escucho…

Botas.

Pisadas de botas sobre las piedras y unos choques metálicos, como de espadas.

Dos sonidos que conozco tan bien como el último aliento de mi hermana. Ojalá no hubiera tenido que escucharlo nunca.

Las abruptas voces se acercan, pero la oscuridad no remite, sino que cada vez me asfixia con más violencia. Cada angustiosa bocanada de aire me raspa los pulmones y retumba entre las sombras justo cuando las bisagras de la puerta de hierro chirrían.

No sé cuántos cuerpos hay, pero, por el ruido, me consta que se adentran en la estancia.

Mi cabeza elige ese momento para imaginarse un olor a cuero y especias.

—Señora —grita una voz grave. Está amortiguada, como si alguien hablara a través de sus manos o de una máscara—. La Reina Suprema la reclama. —Aunque lo dice en voz baja, distingo un gruñido que me resulta familiar—. Los magos han regresado.

Noto un dedo larguirucho acariciándome la hendidura de mis pómulos. No puedo hacer nada más que cerrar los ojos y dejar que la punzada de dolor me atraviese todo el rostro.

Merezco sufrir.

—Eso es imposible —exclama la Dama de las Sombras, cuyo perfume floral impregna el aire que me viene por la derecha. Escucho un sonido metálico, como si hubiera soltado el utensilio que tuviera en la mano encima de la mesa—. ¿Qué os ha dicho exactamen …?

De repente, oigo el crujido de unos huesos rompiéndose que me revuelve las entrañas seguido del jadeo seco de su respiración agonizante y de una palabra que no alcanzo a escuchar por el gorgoteo que la ahoga. Un chorro húmedo choca contra el suelo.

—Me hice la promesa de que lo último que verías antes de morir sería a mí .

—Un peso muerto se estampa contra las piedras que hay a mis pies y, al segundo, el sonido silbante del acero deslizándose por una vaina.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la voz me resulta demasiado familiar—. Y yo siempre cumplo mis promesas.

El corazón me da un vuelco y se me escapa un sollozo entre los labios.

La mente me está jugando una mala pasada otra vez, sobre todo ahora que Finn está…

Ni siquiera soy capaz de decirlo. Es mi puta cabeza imaginándose cosas, aferrándose al único rayo de esperanza que puede salvarme de hundirme entre las tinieblas.

Pero, al final, me rompo.

Me derrumbo por completo.

Las lágrimas me abrasan las heridas abiertas y los moratones que me cubren toda la cara, y el aire apenas me llega a los pulmones porque soy incapaz de respirar hondo.

Por todas las Primigenias… Su aroma parece tan real que es imposible que sea producto de mi imaginación.

Esa combinación dolorosamente cercana a cuero, humo y salvia tiene que ser real.

Él es real.

—Estás viva. —Son las mismas palabras de asombro que me dijo cuando me encontró en mitad de su habitación con el pelo suelto y empapado—. Te tengo, Maeve. Vamos a sacarte de aquí.

—Promételo —murmuro con la voz rota. Es la única palabra que soy capaz de articular porque, cada vez que muevo los labios, siento que la piel tirante de mi rostro hinchado se vuelve a rajar.