TREINTA Y OCHO #3
La mente me está jugando una mala pasada.
Una de lo más retorcida. Por un momento, me parece oír el tono familiar de la voz de Finn y el sonido de sus botas arrastrándose por el suelo.
A cada paso lo acompaña un choque metálico, como cuando se cargaba hasta las cejas de las armas que vendíamos en el puesto de nuestro padre y se escapaba conmigo para ayudarme a entrenar.
«Tu padre fue quien traicionó a tu madre».
¿Cómo es posible que Finn me ocultara algo así?
Se me nubla la visión justo cuando escucho unas voces que vienen del otro lado de los travesaños de metal.
Son unas voces ásperas y, entre ellas, distingo la de la Dama de las Sombras.
Forcejeo contra la silla y lucho por zafarme de los grilletes que me impiden moverme, pero lo único que consigo es que el dolor se vuelva tan intenso que acabo vomitando en el suelo.
No hay nada de luz ni ninguna ventana que me dé una pista de cuánto tiempo ha pasado.
La vela se ha convertido en un charquito de cera dura y el destello del alambre plateado que trepa por la pared es mucho menos intenso ahora que cuando dio comienzo la sesión de tortura. ¿Cuánto más va a esperar para matarme?
—Metedla ahí dentro con la traidora.
La puerta metálica chirría al abrirla y aparece la Dama de las Sombras con dos guardias de la Garda y una mujer que lleva la cara oculta bajo un saco de tela.
Una guardia va cargada con una silla de madera y un puñado de cuerdas, que suelta en el suelo en cuanto entra en la caverna.
El otro guardia deja caer a la mujer en la silla y, entonces, me fijo en que la cabeza le cuelga por encima de un hombro musculoso.
En un abrir y cerrar de ojos, le atan las muñecas y los tobillos con la cuerda a la silla.
Una oleada de celos me invade por dentro y me retuerce el estómago vacío. Daría lo que fuera por cambiar los grilletes por unas cuerdas, porque así al menos tendría la posibilidad de encontrar la forma de cortarlas y salir corriendo.
Aunque, pensándolo mejor, no creo que llegara demasiado lejos.
Tengo los pies casi tan destrozados como las manos. Creo que la Dama de las Sombras ha disfrutado mucho más aplastándome los dedos del pie derecho que los de las manos.
En cuanto la tengo delante, le pasa una mano por los hombros a la mujer que acaban de traer y gira la cabeza para mirarme.
—Reconozco que me has sorprendido —exclama mientras observa con detenimiento mi rostro hinchado—.
La mayoría de la gente se rompe después de la primera descarga, aunque una vez torturé a alguien que aguantó una docena.
Pero, como no te veo demasiado… cooperativa, he pensado que tal vez te vendría bien un aliciente.
El corazón se me detiene en cuanto le destapan la cara a la mujer.
Es Finn.
No tiene ninguna marca en la cara ni tampoco le veo rasguños por el cuerpo, pero eso solo consigue que la avalancha de pánico que me invade sea aún mayor.
He aguantado todas las torturas a las que me ha sometido la Dama de las Sombras.
Cada alarido, cada corte en la piel y cada descarga agonizante que me ha atravesado.
Y todo lo he hecho para proteger a Finn.
Para mantenerla con vida .
Mi hermana me observa como si creyera haber visto un fantasma.
—¿Maeve?
La Dama de las Sombras le propina un puñetazo en la cara y de mis labios ensangrentados brota un grito desgarrador. La cabeza de mi hermana se tambalea hacia un lado y el crujido seco de su mandíbula hace que me tiemblen hasta los huesos.
—Tampoco lo habéis puesto muy difícil. Lo único que tuvo que hacer Aoife fue seguiros mientras huíais del castillo y esperar entre las sombras.
Fue tu guardia quien la llevó derechita a esa choza a la que llamas hogar, justo después de que le suplicaras que encontrara a tu querida hermanita.
Y no sabes lo encantados que estuvieron los guardias de la Garda de ir a buscarla cuando Aoife les dijo dónde podían encontrarla.
La jefa espía se acerca tanto a mí que puedo oler su perfume, que desprende un aroma dulzón y empalagoso a rosas que se me cuela por las fosas nasales. En ese momento, contemplo el brillo de sus ojos negros.
La luz se extingue casi por completo. Solo quedan unos inquietantes vestigios que luchan contra la penumbra, pero acaban perdiendo la batalla.
—Sabes de sobra lo que tienes que hacer para evitar que pase por lo mismo que tú —dice entre dientes la Dama de las Sombras.
Ahí es cuando mi determinación flaquea. Hay algo que sí que podría decirle sin problema. Algo con lo que no pondría en riesgo todo lo que nos jugamos. Algo con lo que, quizás, se quede satisfecha.
O, tal vez, nada sea suficiente para ella.
Un repentino y estrepitoso crujido se propaga a través de las rocas que nos rodean, como si fuera una especie de onda expansiva que viniera de algún lugar lejano.
Al segundo, empiezan a caer unas piedrecitas sobre la mesa.
Siento el escozor de las motas de polvo cayendo sobre mis heridas y aferrándose al cabello de Finn.
La mecha de la vela parpadea unos instantes antes de apagarse por completo y sumirnos en la asfixiante oscuridad. Entonces, escucho el sonido de unas garras deslizándose por una superficie de metal…
Luego, el atronador grito de mi hermana.