Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y OCHO #2
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TREINTA Y OCHO #2

Su boca se curva en una sonrisa sagaz y empieza a retroceder conforme el alambre que va de las pinzas al techo se calienta hasta adquirir un tono rojo incandescente.

—No puedo ver esto —murmura Aoife, retorciendo las manos sobre los hilos sueltos de su capa morada. El quejido de su voz hace que una avalancha de ira me corra por las venas.

—Que te jodan. —Aunque trato de gritárselo, la voz me sale cascada y rota.

Y, aun así, se gira para mirarme.

—Tú decidiste contarme tus planes sin que yo te lo pidiera —responde Aoife con tristeza.

—¿Cómo? —Me quedo sin aliento al escuchar su respuesta.

—«Cash va a hacerlo, ¿verdad?» —repite, atravesándome con esos ojos azul zafiro, fríos e insensibles.

No veo ni rastro de la chica conmocionada de la que me despedí en las escaleras del castillo después de matar al rey, tras haber intentado protegerla—.

«Va a reclamar la corona antes de que lo haga ella , ¿no? ».

El sabor amargo de la derrota aplastante y desgarradora me deja la boca completamente seca.

Si Aoife advirtió a la Reina Suprema de nuestros planes, eso significa que Cash… Por todas las Primigenias… Ahora mismo, Cash podría estar en el Muelle Negro, o quizás lo hayan descuartizado o enterrado en algún lugar en el que nadie pueda encontrarlo jamás.

La Dama de las Sombras me pasa un dedo por la mejilla, que está en carne viva.

—Aoife solo ha hecho lo que haría una buena hija: saldar la deuda de lealtad que tenía su familia con la Corona desde hace cinco años, sobre todo después de aquel desafortunado intento de rebelión. Al fin y al cabo, ella es la última esperanza de su madre.

Parpadeo para tragarme las lágrimas.

Me he equivocado. He cometido un terrible y grave error al confiar en Aoife.

Me hice a la idea de que, como ella también había perdido a alguien, sería como yo. Pensé que, al haber sufrido la crueldad del Rey Supremo y la Reina Suprema en sus propias carnes, querría verlos caer y que otra persona ocupara sus tronos. Que es su puto primo segundo, joder.

No obstante, también sé hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar a las personas que más queremos.

La Dama de las Sombras me fulmina con la mirada.

—Tú decides cuándo paramos —dice en un tono tan convincente que parece que sus palabras fueran las más razonables del mundo.

Como si solo hubiera una forma de poner fin a todo esto; y quizás sí que la haya.

Pero eso no significa que vaya a dar mi brazo a torcer.

Finn está a salvo. He cumplido con mi parte del trato. Así que, si tengo que pagar con mi vida, al menos lo haré por una buena causa.

Y sé que yo también soy la última esperanza de mi madre.

—¿No? —La jefa espía gira una especie de manilla que regula la potencia de la mitad superior del alambre plateado, que se extiende por la pared—. Tú misma.

Un repentino olor a quemado nos envuelve.

El alambre se pone al rojo vivo.

Y un grito me desgarra la garganta justo cuando un dolor insoportable se me cuela bajo la piel y me paraliza todos los músculos del cuerpo. Al cabo de unos segundos, vuelvo a perder el conocimiento.

Qué raro se me hace pensar que, en algún momento de mi vida, no sentí dolor.

De pronto, se me viene a la mente el suave tacto de su piel sobre la mía y su aliento cálido en mi oreja. Calor, calma, libertad… Me aferro a los recuerdos cuando noto que alguien me toca, pero lo único que me provoca es… una agonía aterradora.

Ahora mismo, lo único que siento es dolor, un dolor que se propaga por todas partes . No hay ni una sola parte de mi cuerpo que no esté gritando con desesperación. No me queda ni un centímetro de piel que la Dama de las Sombras no me haya golpeado, quemado o aplastado.

Tengo las manos destrozadas. Cuando agacho la cabeza para mirarme los dedos, forman unos ángulos tan antinaturales que la bilis me sube hasta la boca.

La jefa espía me golpeó con un martillo en el antebrazo en algún momento entre la segunda y la tercera ronda de descargas eléctricas.

La extraña piel levantada donde justo me golpeó el martillo se va amoratando por segundos y siento los latidos retumbando por cada rincón dolorido de mi cuerpo, por cada zona hinchada y demacrada.

Las recientes marcas de abrasión, idénticas a la que le cubren a Lobo todo el cuerpo, están desolladas, justo donde han impactado las corrientes de los rayos.

Mientras observo la luz cada vez más pobre de la vela, me pregunto… ¿Le habrá hecho lo mismo a él?

Puede que Lobo tuviera las heridas superficiales curadas, casi todas, pero las que se extienden bajo su piel, las que no se ven, siguen sin sanar.

Y ahora lo entiendo. Es como si se hubiera roto un hueso y, en lugar de recomponerse, se hubiera quedado torcido entre los músculos.

Y tal vez ya sea demasiado tarde para que sanen de verdad esas partes de él, pero solo las Primigenias saben lo mucho que desearía vivir para verlo.

Una punzada aguda me encoge el pecho. Ojalá pudiera ser testigo de cómo intenta sobrevivir.

Y yo también.

Voy a ver el amanecer, aunque sea una última vez. Y voy a contemplar una sonrisa en el rostro de mi hermana.