TREINTA Y OCHO
R ecupero el conocimiento poco a poco y emerjo de las oscuras profundidades que se ocultaban tras mis párpados.
No mires , me suplica una voz en mi cabeza.
El lugar está envuelto por un hedor que hace que me escuezan los ojos, a pesar de que sigo teniéndolos cerrados con fuerza. El pánico se me cuela bajo la piel, pero, por mucho que me gustaría, no hay nada que pueda hacer para desprenderme de él.
No quiero mirar. No quiero saber , pero tengo que hacerlo.
No puedo estar preparada si no veo a qué me tengo que enfrentar.
Escucho varias voces y una de ellas me resulta vagamente familiar. La otra parece la de una víbora, una voz que rezuma veneno, con un tono tan inquietante que se me pone la piel de gallina.
A pesar del escozor, me obligo a abrir los ojos muy despacio.
Lo que encuentro a mi alrededor ni siquiera se parece a una habitación, sino que más bien es una especie de caverna excavada en una roca gris y cercada por unos barrotes de hierro.
Las paredes, si es que se les puede llamar así, son más bien unas curvas irregulares que le dan el aspecto de un semicírculo al lugar, aunque son bastante toscas y brutas.
Los barrotes metálicos se entrecruzan y forman una especie de muro que se alza a tres metros de donde estoy. Entre los barrotes y yo, hay una mesa de madera tan manchada, deteriorada y agrietada como la que se encuentra en el Muelle Negro.
Reparo entonces en el inquietante despliegue de utensilios metálicos que hay sobre ella, justo al lado de todas mis armas y de la espada que me regaló mi hermana.
El miedo se apodera por completo de mí y me nubla cada pensamiento. Trato de moverme, pero me encuentro con el frío de los grilletes de metal que me inmovilizan las muñecas y los tobillos. La silla oxidada sobre la que estoy sentada cruje cuando intento tirar de los grilletes.
«Cuando la Dama de las Sombras acaba con nosotros, no quedan restos que empalar en el Muelle Negro».
Esa fue la confesión de Lobo que le dejó destrozado por completo.
Que las Primigenias se apiaden de mí.
—Vaya, vaya —exclama una figura que emerge de entre las sombras al otro lado de los travesaños de hierro. No le veo la cara porque tiene la capucha puesta, pero, en cuanto me señala con la cabeza, aparece una segunda figura encapuchada—. Por fin se ha despertado nuestra invitada.
La primera figura se acerca a la angosta puerta que hay entre los hierros y me inclino hacia atrás en la silla por puro instinto.
Los grilletes crujen y la silla se tambalea cuando trato de moverme, pero es inútil. El metal se aferra a mis muñecas y se hunde en los huesos de mis tobillos, como si fuera una trampa implacable.
El pánico se me cuela en la garganta y me impide respirar.
—Ven a saludar, querida —exclama la figura sombría, haciéndole un gesto con la mano a la otra, que es de menor estatura—. Ante todo, hay que tener educación, incluso en un sitio así. Aunque… Bueno, en realidad todas nos conocemos, ¿a que sí?
El aire frío y fétido que flota en este sitio me resulta asfixiante, pero no puedo huir de él. Y tampoco puedo salir de aquí, aunque, cuando la figura más pequeña cruza los barrotes de hierro, me da la impresión de que ella tiene tantas ganas como yo de estar aquí.
El resplandor de la única vela que hay dispuesta sobre la mesa ilumina a la figura conforme se acerca hacia mí bajo su larga capa.
Una capa deshilachada de color morado .
Y, entonces, la luz me revela el rostro de Aoife.
—Es una chica muy inteligente, ¿verdad? Ella solita se ha dado cuenta de que, si me ayuda, su madre dejará de sufrir —masculla la Dama de las Sombras, acariciando con la mano los utensilios de metal que descansan sobre la mesa.
El sonido que hace al rechinar los dientes me pone de los nervios—.
Mira que es fácil decir la verdad… Y, aun así, siempre me veo en la obligación de sacársela a la gente a la fuerza.
La Dama de las Sombras agarra una herramienta que cualquier persona podría utilizar para cascar una nuez.
Noto los músculos agarrotados por el miedo y me invade una oleada de desesperación por intentar que no me alcance. Sin embargo, todos mis puñales están en la mesa junto a sus juguetitos infernales. No tengo forma de recuperarlos.
No puedo hacer nada .
Estoy atrapada.
Sus manos, que son increíblemente fuertes, presionan las mías hasta que aflojo los puños.
—¿Por cuál empiezo? ¿Por la derecha o por la izquierda? —exclama mientras observa mis manos y, al segundo, baja la voz hasta que es poco más que un murmullo—. Venga, te dejo elegir.
Soy incapaz de contestarle porque estoy luchando con todas mis fuerzas por no vomitar.
«Aún no estás capacitada para resistir la tortura a la que te someterá la Dama de las Sombras si decide ir a por ti»; esas fueron las palabras de Garra la mañana de la Prueba de Sabiduría, el día que me envenenaron. «Y te puedo asegurar que lo hará si te captura».
Por eso sé que es ella.
La jefa espía de la Reina Suprema. La mujer que le rajó la garganta a esa joven chica, Caitria, en mitad de la Prueba de Astucia.
La misma cuyo nombre atormenta a todas y cada una de las personas de la ciudad.
Por eso mismo no puedo dejar de preguntarme si también fue ella la que mató a la primera mujer de la que Cash se enamoró, la que dijo Lobo que tenía los mismos ojos que yo.
Me pregunto si fue Keeva quien le vendió el veneno que la mató y si, de algún modo, mi vida y la de Cash están entrelazadas desde mucho antes de lo que me imaginaba.
Aunque Cash hubiera conseguido hacerse ya con el trono, ¿quién iba a escucharme gritar desde aquí?
Hay tanta humedad en este sitio que las gotas resbalan por las paredes rocosas, así que debo de estar en un lugar mucho más profundo y frío que la mazmorra en la que me encerraron cuando los Susurradores me infiltraron en el Castillo del Monte.
No escucho a nadie más allá de los barrotes, ni siquiera a los guardias de la Garda.
—¿Quién te trajo al castillo? —pregunta la Dama de las Sombras, apretando el nudillo de mi dedo índice derecho con las tenazas—.
Porque sé de sobra que tú no eres la campesina a la que trajimos para el Ensayo.
—Con la otra mano, me acaricia el pelo, justo donde la chica a la que vi en la mazmorra tenía un mechón rubio.
El terror se cuela por cada poro de mi cuerpo.
Aprieto tanto la mandíbula que me duele, pero no pienso decir nada.
No voy a delatarlos, cueste lo que cueste. No voy a traicionar a Lobo ni a los Susurradores.
No sé cuánta magia quedará en los Siete Pozos, pero es nuestra .
La jefa espía ronronea con un regocijo que apenas puede contener conforme empieza a apretarme el nudillo con las tenazas.
Una punzada de agonía me sube por el brazo. El crujido me retumba en la cabeza y saboreo la bilis de mi estómago antes de que la Dama de las Sombras pase al siguiente nudillo y me lo aplaste como el primero.
Aoife, mientras tanto, me mira sin decir ni una palabra.
Su traición se clava en lo más profundo de mi ser. Pierdo la noción del tiempo y paso a medirlo por mis propios gritos y latidos.
La Dama de las Sombras va alternando sus métodos de tortura. De pronto, me da un puñetazo que me echa la cabeza hacia atrás y me llena la boca de sangre al morderme la lengua. Cada golpe va acompañado de una pregunta y, por un momento, siento que mi determinación empieza a flaquear.
¿Dónde se esconden los Susurradores? ¿Cómo conseguí salir del castillo?
¿Quién está al mando de los caoranachs?
¿La Mártir sigue viva?
Sin embargo, en ningún momento me pregunta por el Rey Supremo, al que ya han debido encontrar muerto en su cama.
Tengo las mejillas rajadas y en carne viva, y los labios también. Las manos y las muñecas están teñidas de moratones de un púrpura intenso y de rojo carmesí, justo donde me ha clavado las tenazas. Y, aun así, no me rindo. No pienso ceder.
La esperanza es como el amenazante filo de una daga que se hunde en mi corazón, y cada corte es más profundo que el anterior.
Si Cash ha reclamado ya el trono, entonces es cuestión de tiempo que les ordene a los guardias de la Garda que registren cada rincón del castillo.
Y espero que eso suceda antes de que Lobo decida volver a colarse entre sus murallas para venir a buscarme.
Lo único que tengo que hacer es aguantar.
—Supongo que debería darte las gracias —exclama la Dama de las Sombras, alisándose la capa oscura y envejecida con las manos.
Horas después, o eso me parece, suelta las tenazas y rebusca algo en el rincón más alejado de la caverna semicircular.
La luz de la vela me permite ver unos delgados filamentos que observo con atención hasta que la curiosidad se transforma en una nueva oleada de terror que me acelera al corazón cuando desenrolla un objeto que parece un filamento brillante—.
Hace años que no utilizo esto, pero espero que siga funcionando.
Sujeta la bobina delante de mí, como si me importara lo más mínimo de qué está hecha.
—Qué artilugios tan ingeniosos, ¿verdad?
Son alambres de plata y sirven para conducir la corriente de los rayos —explica la Dama de las Sombras mientras noto cómo me caen unos goterones de sudor por la nuca—.
Eso significa que, cada vez que vuestros magos lanzan uno de sus ataques contra nuestras torretas, canalizamos esa energía y va pasando por las agujas de cada torre del tejado hasta llegar aquí para…
—Ladea la cabeza y en sus labios rojos sangre se dibuja una sonrisa maliciosa—.
Bueno, para utilizarla con traidores como tú .
Me retuerzo en la silla con todas mis fuerzas, pero los grilletes no ceden. Aun así, tiro con tanta fuerza de ellos que noto un crujido en mi tobillo derecho.
—¿Nada? —insiste la Dama de las Sombras, frunciendo el ceño de su rostro pálido con una decepción fingida—. Pues muy bien. Tenemos tiempo de sobra. Y tú no vas a ir a ninguna parte, así que…
En cuanto me clava las pinzas en las clavículas, un sollozo me brota de la garganta.
— Por favor. —Con esas dos palabras, pierdo lo poco que me queda de dignidad.