TREINTA Y SIETE #3
—Te dije que tenemos amigos entre los guardias de la Garda.
Justo después de la rebelión, Colmillo se hizo con las copias de las órdenes de arresto de todos los magos y de los supuestos traidores a los que ejecutaron.
Y en esas órdenes de arresto incluían las fechas, los nombres de los delatores…
—Duda un momento, pero me acaricia la mandíbula con el pulgar, inquieto, como si pensara que esta puede ser la última vez que lo haga—. Y los miembros restantes de la familia.
Es en ese momento cuando siento el aguijón de la traición clavándose en mi corazón y lo miro a los ojos.
—¿Te encontró Finn? —Se me rompe la voz—. ¿O diste tú con ella ?
Su mirada devastada se topa con la mía.
—Cuando terminó la rebelión, no estaba en condiciones para que me reclutaran.
Las heridas… —Deja escapar una mueca y se le crispa el rostro, como si acabara de sentir una punzada de dolor—.
No sanaron precisamente rápido que digamos.
—Aprieta los dientes y se arma de valor para seguir hablando—: Pero Colmillo era bastante… estricta.
Recuerdo la ira contenida en los ojos de Finn el día que me enseñó a luchar, apenas una semana después de que ejecutaran a nuestra madre. Fue como si alguien encendiera un fuego en su interior, como si todo hubiera cambiado para ella.
Y si resulta que los Susurradores le contaron lo que creían que había hecho nuestro padre… Conozco a mi hermana. Siempre ha destacado por una valentía salvaje que los Susurradores podrían haber utilizado a su favor para que se uniera a su puta causa, la misma por la que luchaba nuestra madre.
Pero, si es así, ¿por qué habría permitido que me quedara con nuestro padre? ¿Y por qué se quedaría ella ?
Me aparto de Lobo y, en cuanto lo hago, me doy cuenta de que la piel que estaba en contacto con él me sigue quemando, como si fueran las brasas de una hoguera.
Los Susurradores fueron los que buscaron a Finn. Y solo las Primigenias sabrán si no sacaron provecho de la desesperación y el dolor de todas las personas que perdieron algo en la rebelión. O a alguien.
Garra, que estaba buscando a su hermana.
Lobo, con todo lo que acababa de perder y con tantas heridas en su cuerpo que sigo sin entender cómo logró sobrevivir.
Una nueva punzada de dolor me atraviesa el corazón y, de pronto, creo que lo entiendo todo.
Durante años, Finn ha estado apropiándose de una parte del dinero que ganábamos con el negocio de armas de nuestro padre. Sé que se ha preocupado de meter el dinero de contrabando en los distintos bancos que hay repartidos por la ciudad, escondiéndolo en todos los lugares posibles.
Conozco a mi hermana. Si se hubiera enterado de lo que hizo nuestro padre, no habría dudado ni un segundo en robarle dinero de su puesto de armas para, de alguna forma, financiar la misma causa por la que murió nuestra madre.
Y, mientras tanto, no dejaba de decirme que era para poder tener un futuro juntas.
He sido yo la que ha dado por hecho que se refería a huir de la ciudad para siempre.
—¿Finn os ha estado pasando el dinero que le robaba a nuestro padre?
Estoy segura de que, desde el punto de vista de mi hermana, es una forma de hacerle justicia a nuestra madre. Sé cómo es y sé cómo piensa.
La mirada de Lobo reabre todas y cada una de mis heridas. No soporto la tristeza y el anhelo que sigo viendo en ellos y que me atrae hacia él, a pesar de todo lo que ha pasado.
—Sí —dice sin más.
Me falta el aire hasta el punto de que me duelen los pulmones.
Retrocedo unos pasos y niego con la cabeza.
—Tengo que encontrar a Finn.
Esas son mis últimas palabras antes de que el terror se me cuele por las venas e infecte la sangre de todo mi cuerpo. Y, de pronto, empujada por el instinto, salgo corriendo .
Abro la puerta de la habitación de Lobo de golpe y me encuentro con un pasillo en el que solo hay sombras y el extraño fulgor verde que desprenden las llamas.
—¡Maeve! —grita a mi espalda. La desesperación se cuela en su voz—. Espera un momento, yo…
Un sollozo repentino me brota del pecho. Tengo que encontrar a mi hermana.
Tengo que averiguar la verdad.
Cuando salgo del refugio, me percato de que sigue lloviendo a cántaros.
Los caminos que rodean el lugar se cruzan entre ellos, así que empiezo a correr sin rumbo, tratando de encontrar algo que me indique por dónde debo ir. Pero solo he estado una vez aquí, y ahora mismo soy presa de la conmoción que me nubla los recuerdos y los sentidos.
Giro por una calle ancha y me detengo a recuperar el aliento en un callejón que hay cubierto. Entonces, escucho algo que cruje a mi lado y unos pasos que se acercan por mi espalda…
Sin embargo, el rostro que sale de las sombras formadas por la niebla y la lluvia no es el de Lobo. Y el puño que impacta de lleno contra mis costillas tampoco es el suyo.
El miedo, seguido del dolor, se apodera de mí y la cabeza empieza a darme vueltas. Casi al instante, comienzo a perder la visión conforme voy recibiendo puñetazos y patadas a diestro y siniestro.
Me gustaría luchar, pero ya estoy tendida en el suelo. Unas manos ásperas me agarran por los brazos y me los pegan a la espalda antes de hundirme la cara en los adoquines fríos y empapados. Y, tras unos segundos, me estampan la cabeza contra el suelo.
El golpe hace que las tinieblas se cuelen tras mis párpados y, de pronto, el dolor se desvanece.
Y, con él, desaparece todo lo demás.