TREINTA Y SIETE #2
Después de lo muchísimo que nos ha costado quitarnos las corazas que nos protegían del otro, ver que él vuelve a ocultarse tras ella es como si me dieran una patada en el estómago.
—No tuve más remedio —añado en voz baja y reprimo un escalofrío cuando veo lo mucho que le ha afectado mi confesión, como si cargara con el peso de todos los recuerdos que le han atormentado durante tantos años.
Lobo retrocede y baja de la cama que ahora se interpone entre nosotros.
—Tus palabras son casi idénticas a las que él me dijo una vez —espeta con la voz rota y áspera por la lucha que debe de estar librando en su interior mientras busca sus mallas de cuero y se las sube de un tirón.
Después, se pone la camisa negra y oculta las pruebas de todo lo que acabo de hacerle, y el corazón me da un vuelco.
Salgo de la cama en silencio y recojo las prendas de ropa que hay desparramadas en el suelo. Las que tomé prestadas de su cómoda. Las que todavía huelen a él.
El aroma a cuero, humo y salvia dulce me embauca de nuevo cuando me meto la enorme camisa por la cabeza y me ato los cordones del cuello. Las putas mallas de cuero se me pegan a la piel todavía húmeda y maldigo en voz baja cuando me las subo hasta las caderas.
Al fin consigo armarme de valor para mirarlo otra vez y siento que me arden los ojos.
—No lo entiendo, Lobo. Tú mismo lo escuchaste. Quería ayudarnos y, de hecho, le endosó el frasco de magia a una de las hijas de nobles. Es más, parece que confías lo bastante en él como para considerar que será mejor rey que su padre.
—¡Eso no quiere decir que me fie de él cuando está contigo !
El grito de Lobo resuena por toda la habitación y el dolor que veo reflejado en su mirada me deja sin aliento.
—No tienes ni idea de cómo eran las cosas antes —masculla, pasándose una mano por la cara—.
¿Alguna vez te has preguntado por qué no dejan que los nobles mueran en el Muelle Negro junto al resto de las personas?
—Se le quiebra la voz un segundo, pero, al ver mi reacción ante sus palabras, decide insistir—.
Porque, cuando la Dama de las Sombras acaba con nosotros, no quedan restos que empalar allí.
—Es incapaz de ocultar el devastador sufrimiento que inunda sus ojos—.
¿Te imaginas cómo sería presenciar algo así, Maeve?
Pues te puedo asegurar que es aún peor cuando utilizan esas mismas herramientas para torturarte a ti.
No puedo seguir conteniendo las lágrimas.
El pánico hace que se me hiele la sangre. Extiendo un brazo hacia él sin pensarlo; solo necesito sentir su piel bajo mis dedos.
— Lobo… —Apenas me sale la voz.
Cuando estoy a punto de tocarlo, se aparta con brusquedad.
Hay tanto dolor en su mirada que parece que va a explotar en cualquier momento.
El verde de sus iris contrasta con el rojo de la rabia contenida mientras se lleva una mano a la cicatriz de la mandíbula e interpone la otra entre nosotros, como si levantara una barrera.
—No —dice con voz ronca.
Tardo un segundo en entenderlo.
Y, cuando lo hago, el corazón se me vuelve a partir en mil pedazos.
No quiere que lo toque por nada del mundo, y mucho menos ahora que los recuerdos que tanto se ha esforzado por enterrar en lo más profundo de su ser han vuelto a salir a flote.
¿Cómo puedo vivir con dos verdades opuestas dentro de mí?
Por un lado, está la atrocidad y la traición de Cash, pero, por otro, me encuentro con la amarga realidad de que es nuestra única opción para mantener la estabilidad y evitar que Cymrea se anexe a Eireann mientras luchamos por conservar la magia.
Solo las Primigenias sabrán cómo se las apañará Lobo, precisamente él, para poder vivir con eso día tras día.
Mis armas descansan junto al montón de ropa sucia y llena de sangre que hay en el suelo.
Me las guardo en las correspondientes fundas, las ato bien y, cuando me pongo a rebuscar en los bolsillos, aprovecho para secarme las lágrimas que me empapan las mejillas.
Aún sigo teniendo el frasco que me guardé cuando estuve en las dependencias del Rey Supremo, y las delicadas astillas plateadas siguen dentro.
Estiro la mano por encima de la cama y suelto el frasco justo a los pies para que Lobo pueda verlo con sus propios ojos.
—Cinabrio —exclamo en un murmullo—. Es un mineral que, si sabes cómo fundirlo, se convierte en mercurio, y provoca demencia. Solo conozco a una persona en toda Eireann que lo venda y creo que ambos sabemos quién se lo compró.
Keeva siempre me ha dicho que la Dama de las Sombras paga el triple por los venenos más raros y valiosos. Ese es el único motivo por el que sé que está dispuesta a venderle este tipo de sustancias a una mujer a la que odia.
Los ojos de Lobo se oscurecen al reconocer los fragmentos plateados.
—Cash tal vez no supiera qué veneno era exactamente, pero sí que sabía que era un veneno. Y, aun así, dejó que matara a su padre en lugar de buscar un antídoto para tratar de curarlo.
He conseguido que deje de temblarme la voz, pero Lobo sigue fulminándome con la mirada.
—Eso no cambia nada de lo que hizo y jamás voy a confiar en él.
Y mucho menos en lo que a ti respecta, Maeve.
—Sigo viendo el mal que bulle en su interior cuando se acerca a mí con grandes zancadas.
Entonces, me agarra con las manos por los codos y me atrae hacia él antes de decir sin pensar—: No puedo confiar en él después de que me traicionara de aquella manera.
Y pensé que, si alguien podía llegar a entenderme, esa persona…
Resopla y el tormento que se cuela en sus ojos desaparece en cuanto los cierra de golpe y se le escapa una mueca de dolor.
De pronto, me siento mareada.
—¿Que esa persona sería yo ?
—Joder… —gruñe, entrelazando las manos por detrás de la cabeza y alborotándose el pelo. Aún sigue con los mechones oscuros revueltos por lo que acabamos de hacer. Una expresión de confusión repentina le crispa el rostro cuando dice—: No lo sabes, ¿verdad? ¿Finn nunca te lo ha contado?
El estómago me da un vuelco.
—¿Contarme qué?
Lobo se acerca a mí, pero esta vez soy yo quien lo aparta y me alejo de él hasta que me choco de espaldas contra la pared que hay junto a la ventana, plagada de vetas de las finas gotas de lluvia.
Él sigue mis pasos, pero se detiene y deja algo menos de un metro entre nosotros.
Mueve la mano, nervioso, como si tuviera la imperiosa necesidad de tocarme, pero acaba cerrándolas en puños junto a sus caderas.
—Tu padre fue quien traicionó a tu madre.
Niego con la cabeza y noto los latidos de mi corazón retumbándome en los oídos.
—No, él jamás haría algo así. Se quedó destrozado cuando mi madre… —El nudo que se me forma en la garganta me impide hablar—. Mi padre ni siquiera puede mirarme a la cara porque…
El pánico que me invade sacude los cimientos de mi mundo.
No puede mirarme a la cara porque soy casi idéntica a mi madre.
Todo el mundo lo decía.
Me tiemblan las piernas. No sé si me agarro a algo o es Lobo quien me sujeta, porque lo único que veo es el rostro de mi padre cada vez que me miraba a los ojos desde que ejecutaron a mi madre. Ese dolor desgarrador. Esa angustia asfixiante.
Por todas las Primigenias… ¿Acaso era por la culpabilidad que lo consumía por dentro?
—No. —Todos los instintos de mi cuerpo se empeñan en negar lo que acaba de confesarme Lobo.
Y mi negativa hace que su mirada se vuelva más y más lúgubre.