TREINTA Y SIETE
C reo que no hay palabras para describir este sentimiento. Es como si estuviera satisfecha, pero, al mismo tiempo, ansiara más. Como si alguien hubiera encendido una cerilla bajo mi piel y hubiera dejado un rastro de brasas por todo mi cuerpo.
El pecho de Lobo sube y baja despacio mientras me observa con detenimiento.
—No tienes ni idea de cuánto tiempo llevaba fantaseando con hacer eso contigo.
Una extraña punzada, igual a la que acabo de apaciguar, vuelve a brotar en mi interior.
—¿Cuánto? —respondo en un susurro aterciopelado.
—Tanto que roza la indecencia —reconoce mientras recorre con un dedo la curva de mi cintura hasta subir a la cicatriz que me atraviesa las costillas, la que me hizo una de las asesinas de la Reina Suprema.
Sus labios se acercan a los míos y se detienen a menos de un centímetro conforme vuelve a bajar el dedo por mi estómago, mi cadera y mi…
Se me corta la respiración cuando noto su tacto aproximándose a mi zona más sensible y despierta un nuevo aluvión de necesidad en mi fuero interno.
Esto es una locura . No sé si seré capaz de soportarlo otra vez, pero, aun así, me resulta imposible dejar de pensarlo cuando sigue provocándome con el dedo y trazando promesas sobre mi piel.
—Demasiado —murmura Lobo antes de acercar su boca a la mía.
El beso es tan lento y dulce que me vuelve a dejar sin palabras, pero consigue recomponer todos los pedacitos en los que me he roto hace tan solo unos minutos.
Ahora que lo conozco, sé que hay partes de mí que no volverán a ser como antes.
Y, aunque existiera la posibilidad y fuera fácil, me niego a volver a la Maeve que era antes de conocer a Lobo.
Me quedo con esta lucha.
Me quedo con nosotros .
Separo los labios para recibir los suyos y le insto a que profundice el beso, a que alarguemos un poco más este momento en el que no importa nada más, solo él y yo. Y, por un segundo, siento que lo consigo, porque su boca se hunde en la mía y sus ojos verdes me devoran, sedientos de placer.
—Tanto que… —Gruñe por lo bajo cuando deslizo la mano entre nuestros cuerpos—. Si no paramos ahora , no vas a salir nunca de esta cama. —Las llamas verdes de sus ojos me queman la piel—. Y, por si acaso lo que ha pasado te ha borrado la memoria, tenemos una guerra que ganar.
Por todas las Primigenias, otra vez esa sonrisa…
—Pero mira que eres engreído.
Desliza los labios por mis mejillas y murmura:
—Tú de eso sabes bastante.
No hay nada, pero nada , que pueda decir ahora mismo que no le vaya a inflar el ego.
Así que me limito a poner los ojos en blanco justo cuando un relámpago se abre paso entre las nubes del amanecer y se filtra a través de la bruma que se cierne al otro lado de la ventana.
Reprimo un escalofrío que me sube por la espalda y noto que me invade una chispa de miedo.
Lobo me aprieta contra su cuerpo y recorro con los dedos los ángulos marcados de sus músculos duros, su piel cálida y sus incontables cicatrices.
El silencio de la habitación se ve interrumpido por la lluvia que repiquetea contra la ventana.
—Has sobrevivido —susurra, aunque no sé si lo dice para él o para mí—. Lo has conseguido.
—Otra vez… —respondo mientras deslizo los labios por la prominente línea de su mandíbula—.
Me ofende que te sorprenda tanto que siga con vida.
—Al negar con la cabeza, rozo con la nariz la barba incipiente que le baja por el cuello y le doy un sutil beso mientras reflexiono unos segundos—.
Si te soy sincera, a mí me sorprende que ni tú ni ninguno de los tuyos hayáis intentado matarme para que no quedaran cabos sueltos.
La mano de Lobo, que está apoyada en mi cintura, se tensa. Noto que se le entrecorta la respiración, aunque sigue siendo constante, y aparta los ojos de mí para clavarse en la estrecha ventana.
—Ya se ha derramado demasiada sangre.
Sus palabras evocan el recuerdo del olor a cobre y hierro, de lo mucho que me quemaba la cuerda en las palmas de las manos y de cómo mi puñal se abrió paso entre la carne y los huesos que cubrían el pecho de Oona.
Cierro los ojos un momento para tratar de zafarme de todos esos pensamientos.
—¿Maeve? —pregunta en voz baja.
—¿Cómo hago que pare? —farfullo en un susurro casi inaudible.
Lobo me acaricia las mejillas con el pulgar cuando dice:
—¿A qué te refieres?
Por todas las Primigenias… Todavía tengo metido en la nariz el hedor de la sangre. La sangre que se mezcla con la lluvia en los charcos. La sangre empapándome las manos y colándose bajo la piel de mis uñas. La sangre que froté con desesperación y que, aun así, sigo sintiendo.
Creo que hasta podría olerla en mis sueños.
—¿Cuál crees que es el precio que hay que pagar?
—La voz me retumba en los oídos y me suena más aguda y forzada.
Lobo frunce el ceño, a pesar de que he tratado de hablar con toda la determinación que me ha sido posible.
Y todo para ocultar esas partes que sé que no va a entender, para esconder esas heridas tan recientes que, en cualquier momento, podrían volver a sangrar—. Me refiero al precio por sobrevivir.
—El más alto —responde sin dudar y sin parpadear, mirándome a los ojos—. Cuando sobrevivimos, pagamos con todo lo que tenemos. Con todo lo que somos.
—¿Y merece la pena? —Aunque he tratado de evitarlo, se me quiebra la voz. Ya no tiene sentido que trate de ocultar mis miedos.
Lobo dibuja espirales sobre mi cadera y murmura:
—Yo también me hice esa misma pregunta una vez —reconoce en tono sombrío mientras levanta la mano para posarla en mi barbilla—. Mírame, Maeve. Por favor.
Sus dos últimas palabras me parten el corazón y me obligo a mirarle a los ojos. Está tan cerca que el calor que mana de su pecho me envuelve.
—¿Esa es tu respuesta? —le pregunto en voz baja.
En sus ojos verdes veo un destello tan fugaz que desaparece en cuanto baja la vista hasta mis labios y, después, vuelve a clavarla en mis ojos.
—Estaría dispuesto a pagar cualquier precio si con eso consigo vivir un día más sin que me hayan derrotado, con la tranquilidad de saber que podremos seguir luchando.
Para mí, es más que suficiente. Lo es todo —exclama con voz áspera y grave—.
Solo tú puedes decidir si te ha merecido la pena o no.
Pero yo ya no puedo huir de esta realidad, Maeve. No tengo esa opción.
Por un segundo, sus palabras me confunden, pero acabo entendiendo lo que quiere decir.
La familia de Lobo está muerta, una situación que, por mucho que lo desee, no puede cambiar.
Cash fue el que los delató y el que lo traicionó a él. Y yo acabo de despejarle el camino a su mayor enemigo para que ocupe el trono de su padre y, por ende, para que tengamos la oportunidad de salvar la magia que queda en Eireann.
Supongo que ya habrá reclamado el trono, ¿no?
No sé qué otros motivos tendrían los Susurradores para correr el riesgo de exponerse con este ataque si no es para que Cash aproveche para proclamarse rey y, de paso, nombrar a la nueva reina.
Estoy segura de que Saraid hará una gran labor.
Lobo me acaricia la cicatriz del costado con el pulgar.
—Esta noche has matado a un rey, así que has cumplido con tu parte del trato. Eso significa que, si quieres huir de todo esto, ahora es el momento. Sin embargo… —Duda un segundo y noto los callos de sus manos sobre la piel de mi cadera—. Una vez te pregunté qué harías si supieras la verdad.
—Te puedo garantizar que no fue eso lo que preguntaste, pero continúa.
La boca de Lobo se estampa contra la mía y me muerde el labio inferior otra vez para callar cualquier respuesta que esté a punto de darle.
—Quédate, Maeve —susurra—. Quédate y lucha conmigo por nuestro hogar.
Trago saliva y observo el brillo de sus ojos verdes.
—¿Qué pasa si acepto tu propuesta?
Sus labios se curvan hacia arriba y me regala una sonrisa pícara.
—Pues que tendremos que armar un poco de caos —responde como si estuviera haciéndome una promesa—.
Haremos todo lo necesario por salvar la magia que queda en los Pozos y traeremos de vuelta a la Mártir…
—Hace una pausa para darme un beso—. A todos los magos…
—Sus labios bajan hasta mi cuello y, después, vuelve a subir hacia mi oreja—.
Y le devolveremos la magia a la gente de la isla.
Lobo se apoya sobre los musculosos antebrazos y se mueve hasta que su cuerpo me cubre por completo.
Lo tengo tan cerca que no hay lugar para más dudas ni temores, solo para la oleada de alivio que me invade.
Entonces, se acerca de nuevo a mi boca y se queda a menos de un centímetro, como si estuviera poniéndome a prueba.
Me está provocando .
De pronto, vuelve a estar pegado a mi oreja y me da un mordisquito en el lóbulo.
—¿Tuviste algún problema para encontrar al rey?
—Sí —respondo con la respiración entrecortada—, pero gracias a Cash…
Se pone tenso y me fulmina con la mirada.
Mierda.
—¿Cómo que Cash?
La expresión de su rostro cambia por completo y se aparta de mí hasta que nuestros cuerpos dejan de tocarse por todas las partes que conectaban hace tan solo unos segundos.
—¿Qué hacía Cash contigo? Pensaba que Garra…
Una punzada de culpabilidad me atraviesa el estómago. Pero no porque haya hecho nada malo, sino porque sé que las palabras que está tratando de arrancarme solo van a servir para hacerle más daño.
Cierro los ojos y le explico en un murmullo:
—Los guardias de la Garda me capturaron cuando me fui del baile.
Iba a buscar a Garra, pero me atraparon antes.
Y, cuando por fin conseguí bajar de esa maldita torreta, como justo ya había dado comienzo el ataque, había guardias por todas partes.
Cash era el único que podía ayudarnos a entrar y salir de las dependencias del rey sin que nadie sospechara nada, y accedió.
Vislumbro un destello de dolor en su mirada y, de pronto, vuelve a levantar todos los escudos que lo separan de mí.