CUARENTA
A hora los estallidos y los crujidos de las rocas suenan con más frecuencia.
Están tan cerca que puedo sentir el temblor en los dientes, que me castañean, y me fijo en que hasta Lobo lo está sufriendo por la rigidez de su mandíbula y la piel tirante de su cicatriz.
Ya no podemos dar la vuelta, y el simple hecho de apoyarme en él me ralentiza cuando nos abrimos paso a través del estrecho pasadizo.
Es como si tuviéramos que gatear de pie, porque nos vamos rozando con las piedras de las paredes mientras que el polvo y la arenilla nos cae en la cabeza cada vez que la montaña se sacude por otra explosión.
—Puta Colmillo —masculla Lobo entre dientes tras un estruendo mucho más devastador que los anteriores, un temblor tan inmenso que parece que la montaña entera se nos va a caer encima—. Hemos detenido la lucha tres días, no una semana, joder.
¿Solo han pasado tres días desde que me capturaron?
Levanto la cabeza para mirar a Lobo y observo cómo se le contrae la mandíbula.
—Colmillo… está recuperando el tiempo perdido. Digamos que no le hizo mucha gracia que le ordenaran detener la batalla mientras fui al castillo a buscarte.
—¿Se lo ordenaron? ¿Quién? —Me quedo sin aliento ante una nueva oleada de dolor porque lo único que puedo hacer es reprimirlo.
La inclinación del camino cambia, pero Lobo no me contesta. Poco a poco, el pasadizo empieza a subir y distingo unos destellos de luz más adelante.
Siento un alivio tan grande que casi puedo saborearlo. No consigue eclipsar mi sufrimiento por completo, un sufrimiento protagonizado por una pena y una rabia desgarradoras, pero lo agradezco igualmente.
Cash respira hondo y resopla con fuerza, como si él tampoco se creyera que hemos conseguido salir de ahí con vida.
Un poco más adelante, los destellos se vuelven tan intensos que me hacen daño a la vista.
Un trueno parte el cielo en dos y el olor de la lluvia me inunda los pulmones, un potente aroma frío y feroz que se extiende por la tierra y las rocas.
El túnel acaba en un agujero que nos obliga a agacharnos para poder pasar por él.
Cash lo atraviesa primero y aparta las espesas ramas de serbal que crecen justo al otro lado de la salida y que ocultan el pasadizo de las miradas indiscretas.
La montaña desciende formando una colina escarpada sobre la que flota una densa y persistente niebla, la misma que lleva acechando la ciudad desde hace años, aunque nunca me había parecido tan peligrosa como ahora.
Siento un hormigueo en la piel y, cuando miro hacia el mar, observo unos extraños escombros de pared rocosa a unos metros de nosotros que perfectamente podrían ser las ventanas de los baños a los que fui con Aoife.
Un poco más abajo, el mar impacta contra las rocas y, justo al lado, vislumbro un sendero estrecho y serpenteante que rodea la base del castillo, al borde de los acantilados.
Aunque el camino es tan angosto que tenemos que ir de uno en uno, Lobo no me suelta.
Bajamos por la cuesta con la espalda pegada a la abrupta ladera de la montaña mientras los relámpagos atraviesan las nubes sobre nuestras cabezas.
Los rayos dibujan un inquietante reguero de luz en el cielo y, a lo lejos, atisbo el tenue resplandor de las luces del Paseo del Muelle, al lado de la costa.
El sentimiento de nostalgia que me invade es tan penetrante que siento que las costillas me oprimen el pecho. No tengo tiempo para preguntarme si alguna vez volveré a caminar por esas calles o si veré de nuevo la sonrisa socarrona de Keeva mientras trituramos las hierbas que vende en su puesto.
Por todas las Primigenias… ¿Cómo voy a contarle lo de Finn?
—¿Y Keeva?
Me duele hasta decir su nombre. La barba áspera de Lobo me roza la mejilla cuando se inclina para acariciarme los labios con el pulgar y yo me estremezco al sentir su tacto.
—La hemos ayudado a huir de la ciudad —responde como si fuera una promesa.
De pronto, es como si me hubieran clavado un puñal en el pecho. ¿Y no pudieron ayudar a Finn a huir también?
Lobo me atraviesa con la mirada, como si pudiera sentir el agonizante dolor que me está consumiendo por dentro.
Esta vez soy yo la que le aparta la mirada.
El sinuoso sendero se abre y, por fin, volvemos a estar sobre llano.
Colmillo nos espera junto al borde del acantilado montada a lomos de un caoranach y hay otro a su lado que, cuando nos acercamos, entrecierra sus ojos amarillos en dirección a Lobo.
Sobre el segundo caoranach, distingo una figura con una deslumbrante armadura negra y verde.
¿Solo han sobrevivido ellos dos?
En el ataque había docenas de magos.
El violento vendaval le quita la capucha de la capa azul marino a Colmillo. Sus labios se tensan y a Lobo se le escapa una mueca cuando el caoranach sobre el que va montada despliega una de sus alas negras raídas, como si estuviera a punto de emprender el vuelo.
—Ya era hora —exclama Colmillo en tono de reproche.
Noto el temblor de los músculos de Lobo bajo mi cuerpo, como si estuviera luchando por mantenerse de pie.
Entonces, se traga el nudo que se le forma en la garganta y, al segundo, suelta el aire poco a poco y sus latidos se ralentizan—.
La Reina Suprema ha aprovechado para fortificar la mitad norte del castillo en los tres días que has tardado en encontrarla.
La Tesorería y la Corona son suyos gracias a ti , por haber ido contando por ahí nuestros planes.
—Me fulmina con esos amenazantes ojos negros y, después, señala a Cash—.
Y con el precio que le han puesto a la cabeza de ese podríamos comprarnos todo un ejército.
—Nos apunta a todos con el dedo, uno a uno, y hacia el mar que se extiende a nuestras espaldas—.
Y solo la Mártir sabe que vamos a necesitar uno sí o sí.
Apenas me giro un centímetro cuando otra avalancha de dolor se me propaga por la piel hinchada y tirante que cubre todos los músculos de mi cuerpo.
Pero parece que con eso es suficiente.
Por todas la Primigenias…
Un relámpago ilumina el cielo y me ofrece una imagen de la armada de barcos que hay atracados a los pies de los acantilados.
Son unos barcos largos y en las proas llevan talladas unas amenazantes figuras de las diosas de la guerra de Cymrea. En cada uno se alza un único mástil con unas velas ondeantes con franjas blancas y azules, el mismo azul pálido que tiñe los ojos de la Reina Suprema.
Siento una repentina mezcla de angustia, odio y rabia en mi interior.
Una vorágine de ira y desconsuelo. Hemos hecho todo lo que hemos podido y yo lo he dado todo de mí.
Pero, si los cymreanos están aquí, nada ni nadie impedirá que la Reina Suprema drene la magia que queda en los Siete Pozos.
Tras soltar un gruñido colérico, Colmillo levanta ambas manos y el caoranach retrocede sobre sus patas traseras y su grito retumba por todo el acantilado.
Los remolinos de magia que envuelven los dedos de la maga empiezan a trepar por sus muñecas y brazos mientras recita una serie de palabras que no logro entender y, de pronto, el blanco de sus ojos se tiñe de un negro brillante .
Siento la corriente de la tormenta en la piel, una descarga tan intensa que me eriza todos los vellos del cuerpo, como si quisieran tocar la energía que impregna el aire, como si algo en lo más profundo de mí se hubiera despertado al escuchar ese cántico tan extraño y salvaje.
Un despiadado y potente rayo impacta contra la ladera sur del acantilado del castillo, cuyas rocas se desmoronan y se precipitan al mar, además de bloquear el serpenteante camino por el que acabamos de cruzar.
Garra suelta un silbido de asombro.
Pero yo ni siquiera tengo fuerzas para reaccionar y, al segundo, me fallan las piernas.
Lobo me atrapa antes de caerme al suelo, pero, aun así, siento que todo lo que acaba de pasar me golpea de repente. Un zumbido ensordecedor me martillea los tímpanos y soy incapaz de contener el sollozo que me sube por la garganta.
Quiero que Finn vuelva. Necesito a mi hermana aquí conmigo. Necesito que me lo explique todo. Quiero que ambas nos expliquemos lo que no hemos podido compartir. Necesito que me cuente la verdad.
Pero ya no tendré la oportunidad de hacerlo. Y es tal la pena que me invade que siento como si una bestia salvaje me estuviera devorando.
Unas manos callosas me sujetan el rostro.
Las gotas de lluvia me salpican al rebotar contra el cuero de su chaqueta y Lobo se arrodilla sobre la tierra anegada hasta que su cara queda a mi altura.
Me pasa una mano por los hombros y me agarra la nuca con cariño antes de decirme en tono serio y firme:
—Sé lo mucho que estás sufriendo ahora mismo. Créeme, lo sé perfectamente. Y también sé que eres consciente de ello. —Al decir las últimas palabras, se le quiebra la voz. Claro que lo sé, pero eso no facilita las putas cosas.
Que Lobo entienda mi sufrimiento no cambia nada.
—No puedo respirar —balbuceo con dificultad mientras me presiono los ojos hinchados con las manos ensangrentadas—. Ni siquiera puedo pensar…
—Pues no pienses. —Estrecha mis manos entre las suyas con una delicadeza increíble para tratar de no hacerme daño. Ni siquiera se arriesga a entrelazar sus dedos con los míos para no apretarme los nudillos machacados.
Sin embargo, su tacto es ligero como una pluma, y el calor que desprende su piel me ancla a este momento. No alcanzo a entender por qué, pero Lobo consigue que los latidos de mi corazón se ralenticen lo bastante como para levantar la cabeza y encontrarme con su mirada atormentada.
—¿Necesitas algo a lo que aferrarte? ¿Necesitas una causa en la que creer?
—exclama antes de pasear la mirada por las ruinas del castillo que se alza ante nosotros—.
Pues cree en nosotros . Cree en mí . Y dame un voto de confianza, por favor.
Porque te prometo que este no es el final.
—Sus ojos verdes me atraviesan y me dejan sin aliento—.
Vamos a proteger nuestra magia. Vamos a destronar a la Reina Suprema.
Y vamos a hacer justicia, tú y yo. Vamos a hacer que todos y cada uno de ellos paguen por lo que le han hecho a nuestra isla. Por lo que nos han hecho a nosotros .
Me sujeta el rostro con las manos, se inclina poco a poco hacia mí y roza mis labios con los suyos, un beso rápido, decidido y ferviente.
Noto que me hierve la sangre y que algo se enciende dentro de mí; a lgo que sofoca la oscuridad que amenaza con consumirme.
Al segundo, se aparta y sus ojos se clavan en los míos, como si pudiera ver el infierno que arde en mi fuero interno.
—Y sabes que siempre cumplo mis promesas, faolán .
Aunque me cuesta articular las palabras, le digo:
—Así no… se pronuncia mi apellido.
Lobo me sostiene por los codos y me ayuda a levantarme despacio.
Me conduce hasta el segundo caoranach y trato de ignorar la extraña mirada de la criatura, como si supiera algo que yo desconozco.
Entonces, reparo en un par de cestas altas, o eso me parece, aferradas a sus costados por un arnés de cuero que le rodea los hombros.
—Lo sé —responde—. Es una palabra de la lengua antigua que se hablaba en los tiempos de las diosas y la magia. Para algunos, significa «lobito» o «lobita». —Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano—. Pero los lobos también eran los protectores de las Primigenias. Guardianes. Guerreros .
Los latidos me retumban en los oídos y siento una punzada en el pecho.
Guerrera.
—¿A dónde vamos? —le pregunto en un murmullo mientras le dejo espacio para que se monte en la cesta atada al caoranach.
—A las Islas Málmar —dice Lobo, saltando por uno de los laterales de la cesta y me ayuda a sentarme dentro para asegurarse de que voy bien protegida—. Voy a llevarte ante la Mártir.
Se me escapa un grito ahogado.
De pronto, otro relámpago atraviesa el cielo y, al instante, se escucha el estruendo atronador de un rayo justo cuando los caoranachs empiezan a rugir.
Lobo me rodea con los brazos y me aprieta contra su cuerpo cuando el caoranach se pone a cuatro patas. Garra se monta en la cesta que hay al otro lado de las alas de la criatura con un pesado bulto cubierto de negro colgando sobre sus hombros, y Cash va justo detrás de elle.
—La tiene Garra. —Las palabras de Lobo hacen que me dé un vuelco el corazón—. Tenemos a tu hermana.
Se me corta la respiración y siento el escozor de la sal marina aferrándose a las heridas de mi cara.
Si se puede derribar un castillo con magia, también se la puede utilizar para destruir una corona.
El caoranach retrocede unos pasos antes de desplegar las enormes alas y lanzarnos hacia la noche salvaje azotada por la tormenta.
Es en ese momento cuando le hago una promesa silenciosa a mi hermana y dejamos atrás el único hogar que hemos tenido nunca.
Pero nuestra historia no acaba aquí.
La Reina Suprema podrá gobernar sobre un puñado de escombros, una reina que se ha alzado tras dejar a su paso un rastro de huesos y cenizas.
Pero nosotros contamos con la ayuda de los magos y la Mártir y, a partir de ahora, me da igual cuánta sangre deba derramar por cumplir con nuestro cometido.
Yo misma trazaré los planes de nuestra venganza.
Y pienso darme un festín entre las ruinas a las que reduciremos su mundo y sus sueños.
Por mí.
Por nuestra isla.