Una tentación de susurros y lobos TREINTA Y SEIS
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TREINTA Y SEIS

S olo las Primigenias saben cuantísimo he echado de menos su sabor.

Es todo cuanto anhelaba. Todo cuando necesitaba.

Todo.

Nuestras bocas se estrellan y Lobo me besa como si fuera la respuesta a las preguntas que no hemos podido hacernos durante todo este tiempo, como si el mundo no existiera fuera de estas cuatro paredes.

Sus manos se enredan en los mechones que me caen por el cuello y me acerca hacia él y, mientras tanto, yo envuelvo la tela de su camisa con los dedos para apretarlo contra mi cuerpo hasta que noto el calor de su pecho sobre el mío.

—Joder —brama Lobo con la cara enterrada en mi cuello conforme va depositando besos en la sensible piel de mi mandíbula y baja hasta donde retumban los latidos de mi corazón, que lo eclipsan todo, salvo la respiración entrecortada que resuena en su garganta—. ¿Cómo es posible que sigas viva?

Entierra con ansia una de las manos en la carne de mi cadera y, con la otra, me acuna el rostro mientras se aparta unos centímetros para mirarme con atención a los ojos. El fuego que inunda su mirada derrite la capa de hielo que se formó en lo más profundo de mi ser desde que comenzó la batalla.

Le muerdo el labio y le arranco un sonido grave que parece salirle directamente del pecho, un sonido que enciende unas llamas en mi interior.

—Me ofende que estés tan sorprendido.

—Pues no es momento para ofensas —murmura, subiendo los labios hacia la suave piel que me va del cuello a la oreja. Con el pulgar, me acaricia los pómulos y es entonces cuando me fijo en el brillo de ternura de sus ojos—. Joder, Maeve. ¿ Cómo es posible que estés viva? —insiste.

Porque he matado a gente.

Porque, por mucho que me haya frotado las manos, las sigo teniendo manchadas de sangre.

No puedo pensar en nada de eso. No puedo pensar en el Ensayo, en las vidas que he arrebatado, en la sangre, en los magos, en el ataque.

No puedo pensar en nada de lo que he vivido.

Aparto la mirada de Lobo y cierro los ojos para tratar de desprenderme de los recuerdos.

Noto su dedo calloso deslizándose por mi mejilla y, al segundo, sus manos me sujetan la cara con suma delicadeza y ternura, como si tuviera miedo de que pudiera derrumbarme de un momento a otro.

— Maeve —exclama en un murmullo. Y, cuando lo miro, me encuentro con esos ojos verdes como tempestades, el único refugio que me protege del caos que amenaza con poseerme.

Aun así, su mirada también refleja la vorágine de caos que bulle en su interior.

Y, por si la inminente tormenta nos acabara alcanzando, quiero entregarme a ella sabiendo que lo he dado todo de mí.

—Bésame —susurro en un tono que se parece demasiado a una súplica.

Puede que Lobo me haya puesto en peligro al infiltrarme en el Ensayo. Puede que me haya convertido en un tentador cebo y, después, en un arma.

Un arma que ha conseguido matar a un rey. Y, aun así, he sobrevivido.

Ahora soy una mujer que conoce la verdad y sé a la perfección en qué bando estoy.

Elijo formar parte de la guerra para alcanzar un mundo mejor.

Lo elijo a él .

Lo deseo .

Y lo quiero a pesar de todo, o tal vez por todo, lo que hemos compartido.

—No deberíamos —responde en un tono que contradice por completo a sus palabras, como si ni siquiera él se las creyera, mientras me coloca unos mechones detrás de la oreja.

Me acerco lo suficiente a él como para apoyarle las manos en la nuca y enredo los dedos en los oscuros mechones de su pelo empapado por la lluvia. En cuanto siente mi tacto, deja escapar un leve gruñido y me busca con una mirada ardiente, como si fueran unas llamas avivándose poco a poco.

No quiero seguir sin sentir nada. No quiero pensar. No quiero recordar.

— Por favor —suplico en voz baja.

Y, con esas dos palabras, basta para que sus labios choquen contra los míos y el beso se vuelva frenético y desesperado. Me siento hambrienta, famélica; jamás me había permitido ser así con él, pero no puedo evitar pensar que siente exactamente lo mismo que yo.

Los dientes de Lobo rozan con delicadeza mi labio inferior antes de inclinarme la cabeza hacia atrás con sus enormes manos para profundizar el beso.

Mi lengua se encuentra con la suya y empieza a juguetear con ella mientras la suya explora cada centímetro de mi boca.

Es como si creyera que, ahora que me tiene tan cerca, todo pudiera desaparecer a nuestro alrededor.

Y yo me sumo a él.

Lo beso y descargo todo lo que llevo dentro.

Rebusco con los dedos las hebillas de la chaqueta de cuero que lleva bajo la pesada capa y se la quito de un tirón. Al segundo, con solo mover un dedo, desabrocho la capa y ambas prendas caen a la vez.

Los brazos de Lobo me envuelven y me aprietan con tanta fuerza contra su torso que dejo de sentir el suelo bajo mis pies.

Yo le rodeo con los míos por las caderas y la calidez que mana de nuestros cuerpos hace que cada centímetro de piel se me estremezca por el calor intenso y el dolor punzante que se mezclan en las profundidades de mi alma.

Lo deseo y deseo esto con tanta desesperación que casi puedo saborearlo.

Ese aroma a salvia dulce, a humo y a cuero tan propio de él me llena los pulmones cada vez que respiro.

Y no me canso.

Las botas de Lobo impactan contra una superficie dura y se tambalea. Entonces, me agarra con fuerza con un brazo y el otro lo extiende para amortiguarnos la caída.

Mi espalda choca contra la cama mullida y, al instante, noto el peso de su cuerpo sobre el mío.

Por fin. Se quita las botas de una patada a la vez que tira con brusquedad de las mías.

Los escasos segundos que tarda en arrojarlas al otro lado de la habitación se me hacen eternos al no sentir la suavidad de sus labios contra los míos.

Sus besos son droga pura; no puede haber otra explicación. Me estoy volviendo adicta al alivio que me ofrece su tacto, a sus respiraciones roncas y entrecortadas que hacen que la sangre me arda en las venas.

—Te deseo —le digo en un susurro áspero, como si mi voz saliera de unas brasas encendidas.

Veo un destello en sus ojos verdes antes de que recorra con los labios la curva que va de mi garganta al cuello de la camisa.

Una camisa que, en realidad, he sacado de su cómoda, como si fuera una ladrona en mitad de la noche.

«Joder, no es justo», me dijo una vez. «Que estés tan preciosa con mi camisa».

Al recordarlo, se me escapa una sonrisa y Lobo se aparta para observarme con detenimiento.

—¿Estás bien? —exclama con el ceño fruncido de preocupación y sé que, con tan solo decir una palabra, se detendrá.

Ahora yo soy quien tiene el control, pero eso solo hace que lo desee más aún.

Asiento conforme deslizo una mano por los fuertes músculos de su espalda. Entonces, se le escapa una ligera sonrisa que hace que el verde de sus ojos se vuelva aún más intenso. Por todas las Primigenias…

—No pares.

Lo atraigo hacia mí y separo los muslos cuando trata de acomodarse entre ellos. Extiendo una mano para agarrarle el culo y se me escapa un jadeo cuando sus dientes me pellizcan el lóbulo de la oreja.

—Pensaba que jamás volvería a verte. —Siento que me derrito cuando su aliento cálido flota sobre mi cuello—. Pensaba que los guardias de la Garda te habrían atrapado, que nunca llegaría a…

Pero las palabras mueren en su garganta cuando estampa sus labios contra los míos.

Aquí no hay cabida para promesas. Nada de lo que digamos podrá cambiar lo que somos en realidad: unas espinas que se enroscan alrededor del mismo tallo.

Unas espinas que corren el peligro de hacer sangrar al otro, de arruinarlo todo, de estropear lo que signifique todo este cúmulo insaciable e innegable de sentimientos.

Eso si es que vivimos lo suficiente como para descubrirlo.

Las manos de Lobo juguetean con el dobladillo de mi camisa y sus dedos me dejan una estela de calor cuando me acarician el estómago.

Pero no fuerza nada. No pide ni toma nada que no esté ya dispuesta a darle, aunque lo cierto es que me muero por entregarme por completo a él.

Aun así, interpreto las preguntas ocultas en sus caricias y me quito la camisa yo misma antes de guiar sus manos por mi piel desnuda.

Estas trepan por mis costillas y me rozan con sumo cuidado la cicatriz, esa que me hizo la daga de una de las asesinas, y suben hasta envolver mis pechos. Los pezones se me endurecen al sentir el tacto de sus yemas y dejo caer la cabeza hacia atrás cuando se me escapa un jadeo.

—¿Sí? —gruñe contra mi boca mientras me besa. Yo le respondo mordiéndole el labio inferior conforme deslizo la mano entre nuestros cuerpos, tiro de la cinturilla de sus mallas de cuero y recorro el bulto duro que se oculta tras la tela, preparado para recibirme.

El gemido que le arranco es como echarle más leña al fuego que me abrasa por dentro.

Tiro de la camisa que cubre ese pecho ancho y musculoso y, de pronto, se le corta la respiración. Se aparta hasta que nuestras bocas se separan, apoya su frente sobre la mía y me parece distinguir una chispa de…

¿Esa sombra que veo en sus ojos es miedo ?

Me echo un poco hacia atrás y le busco la mirada mientras recorro con el pulgar los centímetros de piel desnuda que asoman sobre la cinturilla de sus mallas. Sin embargo, decido no levantarle más la camisa.

La tensión que le invade es casi imperceptible y trata de disimularla acariciándome la mejilla mientras sus ojos, ahora de un verde oscuro, se clavan en los míos.

Por todas las Primigenias… Es como si estuviera esperando a que, de buenas a primeras, me apartara de él. A que huyera .

De él.

—Tal vez no te guste lo que veas —me advierte en voz baja.

El corazón se me parte en mil pedazos.

Sin decir ni una palabra, y sin apartar los ojos de él, le subo la camisa un centímetro y, después, otro más. Deslizo las manos despacio para darle la oportunidad de que me pida que pare o que me haga alguna señal si no quiere seguir adelante con esto.