TREINTA Y SEIS #2
Y no lo hace, aunque se tensa conforme voy dejando su piel al descubierto poco a poco hasta que ya solo queda que se quite la camisa él mismo.
En cuanto se zafa de la tela, la arroja a una esquina de la habitación, pero a ninguno nos importa dónde haya caído.
Distingo un breve destello de angustia en su mirada que desaparece en cuando parpadea.
Entonces, aprovecho esos segundos para contemplar su cuerpo.
Solo las Primigenias sabrán cuántas cicatrices tendrá en total, pero muchas más de las que vi en la habitación secreta cuando me curó la herida.
Algunas son irregulares, mientras que otras están en relieve, como si lo hubieran marcado con un hierro candente, aunque se nota que cicatrizaron hace mucho tiempo.
Y también me percato de otras que son idénticas a la que le cubre la mandíbula, con unas ramificaciones moradas.
Siento una punzada en el pecho, el corazón me da un vuelco y se me forma un nudo en la garganta, todo al mismo tiempo.
—¿Cómo…?
Recorro con la mano las profundas marcas y cicatrices que le ocupan el amplio pecho, las clavículas y las costillas. Lobo reprime un escalofrío justo cuando cae un rayo fuera del refugio.
—¿Acaso importa? —exclama mientras observa cómo sigo el camino que trazan sus cicatrices con la misma delicadeza que si lo acariciara con una pluma. Lo último que quiero es hacerle daño; de hecho, soy incapaz de imaginar por qué alguien querría infligirle tanto sufrimiento.
Su pregunta es sencilla, pero está cargada de significado, como si, en cualquier momento, pudiera volver a esconderse tras un escudo que lo proteja de mí.
No le contesto con palabras, sino que recorro la distancia que nos separa y deposito unos besos suaves en la profunda y marcada cicatriz que le nace en el hueco entre el hombro y la clavícula. Todos los músculos de su cuerpo se contraen al sentir el tacto de mis labios sobre su piel.
—Maeve… —susurra en un tono casi imperceptible pero rasgado. Y, cuando levanto la cabeza para mirarle, el anhelo bruto que veo en sus ojos hace que el corazón me dé un vuelco.
Su boca choca con la mía y, esta vez, el beso es mucho más peligroso por la combinación del hambre voraz, la necesidad imperiosa y la soledad dolorosa que ha estado forjándose en nuestro interior durante demasiado tiempo.
Lobo baja con la boca y se detiene sobre los pezones duros que culminan mis pechos.
Joder.
El calor que sale de sus labios aviva las llamas que brotan de lo más profundo de mi ser. Su lengua juguetea con mi pezón y dibuja unas intensas espirales de placer que me obligan a ahogar un gemido tapándome la boca con la mano.
Entonces, Lobo sube la mano y sus dedos se entrelazan con los míos para destaparme la boca y besarme los nudillos magullados, uno a uno.
—Quiero escucharte. Necesito escucharte, Maeve.
Cada vez que pronuncia mi nombre, siento que algo me quema por dentro. Quiero escuchárselo decir una y otra y otra vez, aunque nada nos garantice que ambos sobrevivamos para ver un nuevo amanecer.
El tiempo se detiene. Todo se detiene, salvo nosotros.
Lobo mete las manos por debajo de la cinturilla de mis mallas de cuero y es inútil que trate de ocultar lo que el tacto de sus dedos me provoca.
Y, aunque pudiera, tampoco lo haría.
Desliza un dedo entre mis muslos y deja escapar un gruñido de satisfacción.
Me estremezco y arqueo la espalda para suplicarle más. Más presión, más de él, más todo .
Lobo chasquea la lengua cuando ve que empiezo a bajarme las mallas de cuero y las tiro al suelo. La curva de su boca se transforma en una sonrisa pícara y perversa.
—Vaya, vaya, parece que a alguien le puede la impaciencia…
Traza un pequeño círculo con el dedo en la unión entre mis piernas y, en ese momento, veo las estrellas. Hasta que empieza a aumentar la presión poco a poco con una habilidad exasperantemente perfecta que hace que suban mis niveles de excitación.
Sabe muy bien lo que está haciendo, por eso sus caricias son cada vez más intensas.
—¿Qué quieres? ¿Que te suplique?
Lobo presiona aún más el dedo y ahogo un grito. Él suelta una carcajada y, al segundo, sigue la curva de mis clavículas con los labios y vuelve a bajar hasta mis pechos.
Al hacerlo, dejo caer la cabeza hacia atrás y se me escapa un gemido.
Pero él no es el único que sabe jugar a esto. Así que, si quiere hacerme sufrir, yo puedo hacerle lo mismo a él. Y puedo conseguir que se vuelva loco .
Llevo las manos a los botones de sus mallas de cuero, se los desabrocho con soltura y se los bajo despacio, dejando a la vista sus fuertes muslos. Y, antes de que pueda darse cuenta de mis intenciones, meto la mano por debajo de la suave tela de su ropa interior.
Lobo cierra los ojos y ahora es él quien inclina la cabeza hacia atrás.
— Maeve. —Su gruñido hace que me invada una embriagadora sensación de poder. ¿Habrá alguien más que le arranque esos gruñidos? ¿Existirá otra persona que lo haya tocado así y que lo haya visto entregarse al placer?
Froto su miembro largo y duro contra mis muslos. Lobo entierra la cara en mi hombro y me muerde la piel desnuda, lo que me provoca un escalofrío que se encuentra en el punto medio entre el placer y el dolor.
Con una mano, me inclina la mandíbula para seguir besando la sonrosada piel de mi cuello y, de pronto, se detiene y juguetea con la cadena de plata y el amuleto que tengo enredado entre los mechones de la nuca.
Sus ojos se iluminan, como si pudiera sentir el sutil poder que desprende.
—Es un amuleto para prevenir el embarazo —le explico en un susurro, enterrando los dedos en su pelo.